Ir a la trinchera

No se trata de suposiciones ni de recomendaciones. Jamás de reconocimientos (¡válgame!). Acaso, sólo de impresiones siempre individuales, siempre colectivas. Impresiones desde las cuales, como abre Juan Carreño Ir a la trinchera, “[…] la confianza en una vida tranquila [nos parece], por lo bajo, innecesaria”. Y es que las impresiones, las desconfianzas siempre necesarias, expresan esos imaginarios paralelos en los cuales Lautaro revienta Santiago, se toma La Bastilla y acaso también el Palacio de Invierno.

 

Ir a La Trinchera juega con imaginarios como puntas de lanza de un sarcasmo que se enfrenta, ante todo y todos, al ritmo irreductible de nuestra realidad, de nuestra ciudad. No de cualquier ciudad, sino de ésta ciudad, ajena, despreciable, irrepetible, nuestra en su enajenación. Las calles donde aprendimos a jugar y amar, incluso a odiar, desembarazadas de realismos y heroísmos de masas, para espanto de Lukács.

 

Los textos que Carreño presenta en Ir a la trinchera oscilan entre presentaciones, publicaciones aparentemente dispersas y trabajos inéditos que disuelve prontamente de su aparente finalidad inmediata arrojándonoslos de frente. Breves, pero intensos. Honestos, y a la vez, carentes de patetismo. Textos a los que desde nuestras más profundas y oscuras pretensiones personales atendemos suponiendo poder haberlos escrito antes, mejor y con mayor precisión. Pero, lo cierto, es que no lo hicimos.

 

El autor aparece y desaparece: ya lo conocemos, no, ¿no es una biografía? Un juego. Quizás. Línea a línea, página a página, creemos leer en Ir a la trinchera retazos de la vida de Carreño, algunos de los cuales creemos nuestros, algunos de los cuales se desvanecen en una singularidad imponderable. Ahí la astucia, ahí el juego. Los relatos trabajados por Carreño son una invitación, una puerta abierta a una cotidianidad que transita entre La Legua (“Diario de la Mini DV”), el Bar Serena (“Drogarnos y jugar fútbol”), La Pintana (“El Fútbol-Pasaje”), la parafernalia de los rodoviarios y los espasmos de los espacios virtuales. Una puerta abierta que, en nuestra vertiginosa cotidianidad elegimos o, acaso, nos vemos forzados a desatender. Caminamos y nos sentamos; y unos metros más allá, las astucias que nos ofrece Carreño.

 

No es necesario decirlo, verbalizarlo, pero ahí está el escenario y el sujeto neoliberal que nos aturde con más fuerza y capricho que calor de febrero por Estado o Ahumada: sin paternalismos, “los domésticos son los que le roban a sus propios vecinos, rondan en angustia y no viven por amor, se salvan solos, no devuelven, y son pocos, pero la cagan” (de “Museos instantáneos”); ahí está la burda simpleza de los nacionalismos ungidos en majadería: “desde que se instauró nuestra bandera gigante en el centro del centro la gente anda así, sospechando de todos” (“Versión para piano para Paranoid Android”); y ahí está el imaginario geopolítico que en Chile, y algo más allá también, parece hoy todo momificarlo: “las relaciones patrióticas con las fronteras inmediatas en Latinoamérica siempre supuran algo del mito republicado sobre el que se levanta la construcción de una dominación moderna, estatal” (“Ya se ha muerto mi abuelo”).

 

¿Algo más? Hay que dejárselo a Carreño.

 

Juan Carreño. Ajiaco Ediciones, Santiago 2015: 129 pp.
Angelo Narváez
Angelo Narváez
angelo.narvaez.l@gmail.com