#Niunamenos: la gran tarea que demanda superar la autocontemplación

 

/ por Tana Ferro

 

 

 

 

 

Tengo una contradicción que no sé si alguien más la comparte. Me la provoca leer en algunos medios que hoy la «marraqueta está más crujiente», o leer en varixs un gustillo a júbilo por la marcha del miércoles. Sí, la convocatoria fue emocionante, pero ¿se puede hablar de un gustillo a victoria? La figura de la marraqueta crujiente, erigida por los periodistas deportivos para expresar la proyección semanal de la alegría de un triunfo de la selección de fútbol, deja fuera una pregunta clave: ¿clasificamos?

 

Considerando que la potencia del feminismo en un país como Chile es algo por lo menos “novedoso” (“moda”, dicen los escépticos), claramente provoca una emoción que ya no seamos las locas de siempre –que con suerte convocábamos a 40.000 personas– las que hayamos participado de esta masiva marcha. La marcha es, sin duda, un pequeño logro: cada vez será más difícil negar la violencia de género; el que la ejerza será sancionado socialmente, una semillita por ahí podrá germinar. Sin embargo, ¿es esto suficiente? ¿es este el camino a seguir, con el cual conseguiremos algo? Y aclaro que estas dudas no las expongo de aguafiestas, sino desde una sincera inquietud por el camino que viene. Porque la marcha no puede ser un fin en sí mismo, eso debimos haberlo aprendido el 2011.

 

El grito cruelmente irónico de «Dejen de matarnos», logra una transversalidad hipócrita que se expresó brutalmente en la imagen de La Moneda con las luces apagadas y el hashtag #NiUnaMenos en el frontis. La demanda es una petición que por simple y real, desnuda una estructura de violencia atroz. Es la consigna que busca impactar a través del absurdo. Por lo que sus alcances se potencian sólo a través de la actitud reflexiva, de lo contrario pierde su eficacia: claramente a nadie le gusta que maten a nadie y hasta el gobierno se muestra de acuerdo con el reclamo de la ciudadanía. Sin embargo, en la práctica, el episodio en La Moneda es una verdadera burla: ¿cuál es el compromiso que tiene el Estado de Chile respecto al bienestar de las mujeres si penaliza el aborto, merma su calidad de vida aceptando discriminaciones aberrantes como la diferencia de sueldos o la diferenciación de los costos en los planes de salud? ¿Si le quita la hija a una madre por considerarla una “peligrosa e incapaz”, exclusivamente por ser Alexandra una joven madre vegana y libertaria y haber parido por parto natural en su casa? ¿Si en Araucanía obligan a una lamngen a parir engrillada? ¿Si cotidianamente se matan a trabajadoras sexuales ante la absoluta indiferencia del Estado? ¿Si jurídicamente no hay una tipificación especial de agravante de violencia de género? ¿Si no se aborda seriamente el problema en el currículum escolar? Y un largo etcétera…

 

Cuando decimos “Dejen de matarnos”, debemos referirnos a la violencia de género naturalizada e institucionalizada por el patriarcado y no sólo a que no nos asesinen más. Si fuera así de simple, hasta el Kike Morandé podría hacer uso del famoso hashtag. Todos marchando enojados ayer por la brutalidad con que mataron a la chica argentina, pero ¿cuántos sabían que al mismo tiempo obligaron a parir engrillada a una mujer mapuche en el sur?, ¿que en Rosario reprimieron con lacrimógenas a las mujeres que acudieron al Encuentro? Las mujeres no sólo han sido víctimas del patriarcado, sino que el agravante de «feminista» las está convirtiendo en un enemigo social. Sin embargo, la gente se queda con la noticia morbosa del asesinato más brutal, y al día siguiente ya sienten que vencieron. ¿Cuántos de los que estaban ayer saben que en Chile se tipifica un crimen como femicidio sólo cuando el atacante convive con la víctima?* ¿Podemos sentir hoy que la marraqueta está más crujiente, cuando ni siquiera tenemos las herramientas para saber cuál es el escenario real de los femicidios en el país?

 

Yo ayer fui a la marcha y me emocioné, pero me encantaría ver esos mismos rostros el 25 de noviembre (Día contra la violencia de género), el 8 de marzo (Día Internacional de las mujeres) y el 25 de julio (Convocatoria anual por el Aborto Libre). Y no se trata de «cumplir» con el calendario ni de ser la más consecuente, sino de darle una forma al movimiento, que no caiga en dos terribles efectos (que es lo que me aterra y me provoca contradicciones): a) que sea una mera reacción a noticias morbosas (generando el terrible mensaje de que la violencia de género se reduce apenas a asesinar a una mujer), y b) que con el feminismo ocurra lo mismo que con las otras convocatorias en las que se cae en un narcisismo aweonao en que todos nos quedamos contemplando lo lindo que estuvo la marcha, sin poder darle una proyección más constructiva en el tiempo y en el espacio.

 

Sí, la marcha estuvo linda. Pero me parece muy adelantado empezar a felicitarnos, porque pudimos apenas llenar la Alameda. Fue un hito, y vale la pena destacarlo con la alegría de la lucha. Pero la tarea recién empieza, y al día siguiente hay que ponerse a trabajar urgentemente: tiene que haber discusión, crítica, autoeducación, conversación, organización, etc. Si no, sólo nos queda la linda marcha. No podemos quedarnos sólo en la indignación, hay que establecer demandas más amplias y concretas que la solicitud de que acaben los asesinatos. Pues estos  “sólo” representan la violencia final de la mujer; su exterminio total.

 

Esa es mi inquietud, y la expongo tal cual, como un vómito ansioso, que así y todo va con respeto y amor, para todes.

 

 

 

 

 

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* Para quienes no lo saben, lo explico de otra forma: femicidio aplica sólo cuando la pareja se constituía en la figura de matrimonio o convivencia. Es decir, si a una chica que vive con sus padres la asesina su pololo, no califica como femicidio. O si a una mujer la mata un violador en la calle, tampoco es femicidio. Cuando en Chile se dice que hay un promedio de 50 femicidios al año, hablamos de esa cifra mañosa. Saque sus propias conclusiones.
Tana Ferro
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