Del festival y el fuego: notas sobre tiempo y combustión

/ por Chico Jarpo
Una de las principales herramientas ideológicas que poseen los medios masivos de comunicación en su pacto tácito con el sistema hegemónico, del que son por cierto un importante apéndice, consiste en narrar la estabilidad nacional a través de la exposición de una lógica cíclica en su programación anual. En los puntos más notorios de esta alianza está la televisación, es decir, la puesta en escena, de las calendas que emanan del propio gobierno, como el veintiuno de mayo o la parada militar. De forma similar funciona la puesta a punto con los hitos de la cultura occidental, cuya sujeción subordinada a las pautas que dictan las potencias metropolitanas se puede comprobar por medio de la cantidad de material importado que atiborra la parrilla especial para semana santa o navidad. A estas dos líneas, local e internacional respectivamente, se une una tercera que es por lejos la más interesante de analizar, pues resulta de la capacidad de la industria cultural chilena para producir sus propios mitos circulares. La Teletón y el Festival de Viña son, en ese sentido, las máximas expresiones de esta última vertiente.
 
Hace décadas al show viñamarino le corresponde, en esa incesante rueda de acontecimientos televisivos, la tarea de marcar el término de las vacaciones de verano. Pero desde ya hace algún tiempo que no somos ingenuos al respecto, quizás con mucha más certeza desde el terremoto del 2010:  uno jamás ve dos veces el mismo festival (por más que los organizadores se empeñen en traer a los mismos artistas) porque, ni el certamen es el mismo, ni tampoco uno como espectador lo es (y si la tarjeta aguanta, es probable que tampoco el aparato receptor lo sea).
 
Este año fueron los tristes rescoldos del incendio forestal más grande en la historia de nuestro país los que atizaron un espectáculo televisivo que alcanzó a reaccionar ante la catástrofe incorporando la dimensión caritativa a su acostumbrado despliegue de glamour abastardado y grotesco. Y, de cierta forma, algo de ese fulminante fuego logró impregnar el desarrollo del festival. Trasunto teatral de la verdadera hoguera, la combustión se manifestó en múltiples e incontrolables focos. Ingresar en alguno de ellos significó la mayoría de las veces quemarse con alguna postura. Ardió el clasismo entre Chiqui Aguayo y las reflexiones pelolisas del maltraído trovador de las cosas caras, que actualizó la tradicional fórmula de rotear al populacho sustituyéndola hábilmente por el más contemporáneo y transversal verbo flaitear; crepitaron también con Maluma las leyes nunca escritas de los interdictos antipatriarcales (pero ¿quién dijo que éramos inmunes a los incendios de la contradicción?); otras pavesas inflamaron el vestido mexicano de Mon Laferte y una exquisita llama latinoamericana chamuscó los mullidos bordes de la alfombra roja; y hasta un fuego religioso quemó la lengua de la concursante cubana hasta hacerla delirar mesiánicos mensajes al público.
 
Pero ninguna de estas conductas deliberadamente pirómanas consumió de manera tan formidable el corazón de purpurina del espectáculo viñamarino, como la interrupción del piscinazo de la reina del festival. El comité de pobladores del campamento Felipe Camiroaga irrumpió en la ceremonia exigiendo la instalación de los servicios básicos de agua y luz en su comunidad conformada por novecientas familias del sector de forestal alto. Eran más de dos años esperando la respuesta de autoridades comunales que al parecer están más preocupadas en cerrar contratos con artistas internacionales o aprobar intrincadas cláusulas para fundir trofeos excepcionales, que de solucionar los problemas de sus ciudadanos.
 
“No nos interesa el festival, qué festival vamos a ver si no tenemos luz”, vociferaba Miguel, el vocero del comité, frente a la improvisada pregunta que algún periodista formulaba para entender el “confuso incidente” que “empaña” la “fiesta festivalera” y que, de tornarse violento, seguramente alcanzaría proporciones “dantescas”. Minutos más tarde fuerzas especiales recibía la orden de abalanzarse sobre los manifestantes para disolver la protesta pacífica que logró por primera vez en la historia del festival la suspensión del evento que congrega a la mayoría de la prensa masculina alrededor de la piscina del Hotel O’Higgins.
 
La escena por sí sola condensó la normal rotación cultural masiva por cada uno de los elementos combustibles en una sola llamarada gigante. Estaba el conflicto de clase encarnado en la determinación incandescente de los pobladores por visibilizar sus demandas, también la problemática de género expresada de forma latente en la tradición misma del contoneo nobiliario de la monarca azuzada por la recua de lentes erectos apuntando expectantes al borde de la piscina, y cómo no, el líquido acelerante del tumulto de periodistas de los grandes medios de comunicación nacionales dando la espalda a la desesperación de la gente.
 
Durante la transmisión en directo el “diario popular” dice lamentar lo sucedido y, experto en sacar réditos de las catástrofes, asegura que el altercado no hace más que generar una mayor expectación para la siguiente jornada que, suponemos, estará custodiada por efectivos de fuerzas especiales. Una vez más La Cuarta repudia cualquier expresión que no pertenezca a la caricatura festiva y sumisa que la industria cultural masiva construye de las clases populares.
 
Y, sin embargo, la postal de los pobladores rajando con el punzón del hartazgo la indolente pasividad de los medios de comunicación dominantes nos debiese escaldar la pupila. No sólo a través del aguerrido gesto de impedir el normal funcionamiento de la impávida temporalidad que impone la rotación mediática, sino que sobre todo debido a esa capacidad de combatir empuñando las armas que la propia cultura de masas pone en juego. En momentos en que la contradicción abunda, y la zozobra empaña los sextantes, los y las luchadoras sociales que bautizaron su campamento con el nombre del fallecido animador de televisión, demuestran la agencia y el dinamismo de un pueblo que se apropia de los símbolos de un sistema mediático que solo admite la estampa vulnerable de la asistencia y la caridad como medio de interlocución. Tal como la protagonista de Texaco, la novela del martiniqueño Patrick Chamoiseau, que decide ponerle el nombre de la gigante petrolera a su campamento, para a través de la apropiación del signo adverso combatir las fuerzas burguesas y transnacionales que buscan desalojar su comunidad, los miembros del comité dan a la lucha de clases, clases de lucha, de cómo tomar por asalto los símbolos de las clases dominantes.
 
En esta otra versión de la historia, el acontecimiento señalado no es aquel donde se registra la interrupción de la principal actividad de los periodistas estivales en torno al festival, sino que, en la extensa narración de los movimientos sociales, es el instante en que las pobladoras y pobladores paralizan el monótono diapasón del espectáculo e instalan sus reivindicaciones frente a medios nacionales e internacionales. Quién sabe, quizás en el futuro, recordemos este episodio, como el momento exacto en que la dignidad despejó por un segundo la densa obscenidad del fastuoso festival que se realizaba en la ciudad en que novecientas familias vivían sin luz ni alcantarillado.
Chico Jarpo
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