En busca del oro verde: crónica de una temporada en el Triángulo Esmeralda

/ por Andrea Flores y María Toro
 
En el norte de California, esparcidas en el triángulo formado por los condados de Humboldt, Mendocino y Trinity, se encuentran miles de granjas dedicadas a un cultivo no convencional; desde el aire, es posible distinguirlas por el verde esmeralda que contrasta con los tonos de los añosos bosques de sequoias y redwoods típicos de la zona. A partir de los años 70’s, y cada vez con mayor fuerza, el negocio de la marihuana se ha ido instalando como una de las principales actividades económicas de la región, atrayendo cada temporada a un contingente local e internacional de jóvenes. La posibilidad de ganar en un par de meses una considerable suma de dinero –en efectivo, sin impuestos ni contratos–, motiva a pasar por alto la nebulosa legalidad de la oferta e internarse en las montañas, deseando lo mejor.

 

Pasamos dos meses allá y regresamos con harto más que dinero. ¿Por qué escribir ahora? Porque esta experiencia nos mostró un mundo desconocido que poco a poco se fue revelando sin dejar nunca de sorprendernos. Puso a prueba nuestras visiones sobre lo comunitario, desafió las construcciones que cada una ha hecho respecto a ser mujer, interpeló nuestras posturas en torno al mundo del trabajo. Reímos y lloramos. Conocimos a personas muy valiosas y sus proyectos creativos que gracias a este trabajo podrán realizarse. Nos hizo enfrentar nuestras propias contradicciones sociopolíticas. Fue duro e incómodo, por el frío, la lluvia y el baño que debíamos compartir con otras 40 mujeres, pero también por la sensación de haber entrado voluntariamente a lo más profundo de la boca del lobo, ahí donde el capitalismo salvaje se despliega sin tapujos y nos invita sin rodeos a buscar nuestra recompensa. Escuchamos historias de osos, fosas clandestinas y allanamientos nocturnos. Vivimos el triunfo de Trump y la muerte de Fidel pisando tierra gringa. A pesar y contra todo, reafirmamos nuestras convicciones. Estuvimos ahí, lo vivimos, lo sentimos y ahora podemos hablar desde esa experiencia.

 

 

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Primeros días

 
Nos reunimos en la Union Station de Los Ángeles con lxs compañerxs de viaje para dirigirnos hacia el norte de California. Desde las playas con palmeras del caluroso Hollywood subimos por montañas cada vez más frías y boscosas. Nosotrxs, con nuestros temores y expectativas, íbamos alistando nuestras ganas de lograr el “sueño dorado”, o verde, más bien. Teníamos cierta calma porque teníamos un “contacto”, cuestión que en esas circunstancias es todo. El “contacto” era el número telefónico de Fred,[1] un granjero a quien le habían hablado de nosotrxs. De su disposición pendía nuestra suerte.

 

Llegar a destino y abrir los ojos hacia esa realidad fue impactante. Con nuestro equipaje al hombro miramos a nuestro alrededor y nos dimos cuenta que no estábamos solxs en la aventura; decenas de mochilerxs de apariencia “alternativa” intervenían la tranquilidad de un poblado de menos de mil habitantes. Un amigo nos recibió en la parada y nos hizo una pequeña inducción, ya llevaba un par de semanas buscando trabajo lo cual le había permitido adquirir datos de sobrevivencia esenciales: claves de wifi, técnicas para contactar granjeros, cafeterías amigables, supermercados sin cámaras de seguridad… No había oferta de campings ni hoteles de bajo costo, por lo que, mientras aparecía el trabajo soñado, casi todxs buscaban algún espacio de la naturaleza donde poner sus carpas –cerca del río, bajo el puente, en el cerro o en alguno de los parques–, interacción que no estaba exenta de tensiones. Con el pasar de los días nos fuimos enterando de la existencia de grupos racistas y xenófobos en el condado, quienes traducían su odio en amenazas y hostigamientos hacia lxs recién llegadxs o trimmigrants.[2]

 

Nos instalamos y llamamos a Fred. Todo perfecto, a las 9 de la mañana del día siguiente pasaría por nosotrxs a un café del pueblo para llevarnos a trabajar. Al día siguiente desarmamos la carpa y muy puntualmente esperamos que nos recogieran. A la hora acordada llegó una camioneta negra que nos encumbró por sobre las nubes que cubrían el valle; por montes amarillos de pasto seco nos adentramos en bosques de milenarias y enormes sequoias hasta que, tras media hora de recorrido, llegamos a la granja.

 

Fred resultó ser un gringo muy simpático y acogedor, sonreía constantemente, contaba historias y puso su casa a nuestra disposición. En su granja hicimos harvesting, que se trata básicamente de cosechar los árboles de marihuana cortando las ramas que tuvieron cogollos suficientemente grandes, y hanging, que consistía en colgar las ramas en hileras paralelas en un cuarto en donde quedarían listas para ser secadas con ventiladores. Así estuvimos dos días hasta que todo el trabajo estuvo hecho y nos llevaron de vuelta al pueblo. Con nosotrxs llegó la tormenta y terminamos varadxs en un motel sin mucho más que hacer que esperar. En estos momentos de desocupación se daba la oportunidad de generar lazos de amistad con otrxs trimmers; éramos un grupo de personas que, en general, compartía ciertos intereses, veníamos de los mismos países (España, Italia, Francia y, en menor medida, Latinoamérica) y, por sobre todo, estábamos experimentando una condición de vulnerabilidad. Nos sentíamos constantemente puestxs a prueba y ahí, compartiendo experiencias, barajando estrategias y sopesando alternativas, se creaba un sentimiento de familiaridad y contención.

 

Un viernes por la noche fuimos al pueblo de al lado a ver música latina en vivo. Desplegando nuestros dotes danzarines dejamos todo en la pista de baile. En medio de una salsa, una puertorriqueña de unos 50 años nos sacó a bailar y sin esperar que acabara el tema lanzó una oferta muy tentadora: trabajo desde el día siguiente con buena paga, comida orgánica y espacio climatizado… todo parecía perfecto pero había un detalle: sólo se aceptaban mujeres. Este último requisito nos conflictuó,  ya que entre nosotrxs había un compañero del cual no teníamos contemplado separarnos… estábamos ahí para trabajar, pero también estábamos construyendo lazos de amistad y compañerismo, entonces ¿qué podíamos hacer? Rechazamos la oferta en primera instancia porque quisimos agotar otras posibilidades, pero esta alternativa no resultó y quedarnos desocupadxs se volvió insostenible. Finalmente dijimos que sí  y esta reflexión atravesó toda la aventura.

 

 

 

La granja

 
A las 8 de la mañana de un frío día martes nos pasaron a buscar en una ostentosa camioneta negra. La granja estaba ubicada a media hora del pueblo más cercano, se llegaba allí a través de un camino pavimentado y la señal telefónica y de internet eran relativamente buenas. Podíamos instalar nuestra carpa en las inmediaciones de la casa principal, existía un baño con ducha y otro baño seco ubicado entre esta y el garage, lavadora, secadora y comida a libre disposición. Si bien había un invernadero y gallinas, la vida de la granja no giraba precisamente en torno a labores agrícolas, el término farm (granja) era más bien una palabra clave para denominar las casas en que se almacenaba y procesaba la marihuana.

 

Al llegar fuimos presentadas a la trim mom, una chica mexicana a cargo de toda la operación de la granja; como en muchos otros oficios alrededor del mundo, una mujer era la encargada de enseñarnos cómo era que el jefe quería el trabajo. Siendo nuestra primera vez, fue necesario explicarnos el proceso completo: debíamos trimear los cogollos, lo que consistía en recortar las hojas y tallos excedentes hasta transformarlos en bolitas uniformes, luego debíamos empacarlos en bolsas de una libra, las cuales, tras pasar la revisión final, quedarían listas para la venta. La consigna máxima era makethempretty (“vuélvelos bonitos”), fórmula que en su aparente simplicidad escondía una gama infinita de interpretaciones que ocasionarían más de un mal entendido.

 

Instalamos nuestra carpa bajo una terraza y desde ahí vimos algunos de los amaneceres más impresionantes de nuestras vidas: en medio de los redwoods las montañas suelen alzarse entre las nubes dando lugar a un paisaje surrealista de montañas que flotan entre una marea blanca y algodonada. Gracias a la rotación permanente de trimmers era frecuente encontrar lonas y colchonetas que nos ayudaron a dar forma a nuestro campamento. En medio de la temporada de lluvias nuestra carpa resistió incólume el mes completo… no todas corrieron la misma suerte.

 

El trabajo en la granja comenzaba oficialmente a las 8 de la mañana, se esperaba que para entonces estuviéramos en pie, desayunadas y más o menos ubicadas en nuestros puestos. Éramos entre 40 y 50. A esa hora se nos entregaba la marihuana en contenedores plásticos desde los cuales debíamos extraer una “tajada”, esto se conseguía introduciendo ambos brazos hasta el fondo del contenedor. Junto con proveernos de la cantidad necesaria para arrancar el día debíamos preocuparnos de instalar en nuestro puesto de trabajo todos los artículos necesarios para llevar a cabo la tarea. Estos “puestos de trabajo” consistían en una variedad de mesones y sillas de todos los colores y tamaños, cuya única lógica de distribución se relacionaba con la posibilidad de circular, más o menos expeditamente, por el espacio. Si bien no había lugares prefijados, la comodidad y afinidad nos llevaba a ocupar, en pequeñas manadas, los mismos puestos día tras día.

 

Uno de los principales artículos para comenzar a trimear era la bandeja. Esta podía improvisarse a partir de cualquier caja rectangular, aunque la gran mayoría de las chicas ocupaba unas específicamente diseñadas para estos efectos; las más profesionales venían con una rejilla y doble fondo para poder acumular todo el polvillo que se desprende de los cogollos y fabricar más tarde hachís. Luego, era de crítica importancia contar con al menos un par de tijeras de buena calidad, las había de punta recta y curva, siendo estas últimas las más adecuadas. Se podía reconocer a una trimmer experimentada por la cantidad y variedad de tijeras en su poder. Para remover la resina que se les pegaba las manteníamos en vasitos con alcohol. Completaba el escenario de nuestras bandejas una canasta donde íbamos depositando los cogollos listos y un recipiente con aceite de coco que liberaba nuestras manos del apetecido pero incómodo finger hash. Cuando la marihuana venía con mucho moho –lo cual sucedió más frecuentemente de lo que nos hubiera gustado–, sumábamos a este kit un par de guantes y una mascarilla o pañuelo o cualquier cosa que separara nuestros rostros de las nubecillas rancias que se esparcían por el salón.

 

Una vez que todas estas cosas estaban en orden comenzábamos a trimear, y en eso nos la llevábamos el día. Existía una cantidad relativamente limitada de razones por las que interrumpir el trabajo: ir al baño y comer eran sin duda las principales; luego, a las 4:20 de cada día (hora mítica en la cultura cannábica) concurríamos por 10 minutos a la entrada del garage para hacer sentadillas y planchas en círculo; haciendo ejercicio nos reíamos y sacudíamos por un momento la tensión que se acumulaba hora tras hora en nuestras espaldas.

 

Al margen del procesamiento de los cogollos, el funcionamiento de la granja se sostenía sobre una repartición comunitaria de tareas bastante fluida y ordenada. Existía una pizarra con diferentes actividades diarias que debían llevarse a cabo y en ella cada una debía anotarse: cocinar, limpiar el baño, limpiar la cocina, alimentar a los animales con restos orgánicos, llevar basura al reciclaje y hacer el aseo de los refrigeradores compartidos. Poco a poco fuimos integrándonos a esta lógica.

 

Así transcurría cada día, hasta que a las 10 de la noche colgábamos las tijeras, limpiábamos y compartíamos un rato en la terraza antes de ir a dormir. Al calor de un cigarro nos contábamos alguna que otra cosa, a veces con ganas y otras sólo por sentir que había un momento de normalidad que mediaba entre el encierro de la jornada de trabajo y el encierro de la carpa.

 

 

 

Los invernaderos de Mat

 
Nuestra rutina en la casa de trimming fue interrumpida una mañana en que sorpresivamente apareció Mat, el dueño, solicitando voluntarias para ir a trabajar a sus invernaderos. Ofrecía traslado ida y vuelta, comida y un pago conveniente por hora de trabajo. No nos costó mucho hacer el cálculo y ver que conseguiríamos con seguridad más que en cualquier día de trimming por lo que rápidamente levantamos la mano. No era tan buen deal (trato) para las chicas más experimentadas así que el grupo acabó compuesto por una variedad de primerizas que, como nosotras, aún no agarraban el ritmo ni el gusto por las tijeras. Además, la posibilidad de estar al aire libre y recibir uno que otro rayo de sol sobre la piel era motivación suficiente.

 

El principal objetivo de la conformación de nuestra crew (equipo de trabajo) era el rescate de las plantas de dos invernaderos que, tras la tormenta de la semana anterior, se habían llenado de moho. Coincidía además que estos invernaderos eran propiedad de Sandy, la novia de Mat, por lo que había que poner especial cuidado en limpiar muy bien las plantas para evitar que el moho volviera a esparcirse, arruinando la cosecha. El trabajo duró cinco días durante los cuales pudimos observar todos los pasos que nos faltaba conocer de la cadena productiva de la marihuana.

 

Nos instalamos entonces frente a un invernadero repleto de plantas en su máximo nivel de crecimiento, nos rebasaban en altura por unos cuantos centímetros y se ordenaban en hileras apretadas que daban la imagen de un pequeño bosquecito. El primer paso fue remover las mallas y varillas que sostenían a cada planta, luego procedimos a cortarlas desde la base del tronco y colgarlas boca abajo. Mientras tanto en la entrada del invernadero se habían instalado las estaciones de inspección y limpieza: por un lado, dos mesones sobre los cuales se tendían las plantas y eran revisadas rama por rama, y por otro, un barril lleno de agua enjabonada en el que las sumergían con la esperanza de erradicar con este último paso cualquier rastro de moho. Las plantas empapadas eran colgadas por un rato y luego trasladadas a un cuarto de secado; una vez secas eran puestas en contenedores y llevadas al cuarto de bucking, en donde las trozábamos y dejábamos listas para partir a la casa de trimming.

 

Si bien volvimos exhaustas cada noche a nuestras carpas, esos cinco días fueron unas pequeñas vacaciones. Por un lado, la posibilidad de estar al aire libre y mover el cuerpo fue un cambio gigante, nuestros cuellos y espaldas amoldados a las sillas de trabajo podían ahora transitar por un rango normal de movimiento. Por otro lado, el total desconocimiento que teníamos acerca del cultivo de esta planta contribuyó a nuestro asombro permanente con los modos, técnicas y detalles de todo el proceso. Además, compartir con nuestras compañeras, con los trabajadores de Mat, y con él y su novia, nos proporcionó un acceso que nunca imaginamos a las dinámicas de este mundo y las historias tras él.

 

 

 

El regreso

 
Pasaron los días, las semanas y cada una fue alcanzando la meta que se había propuesto. Lentamente iniciamos el retorno a nuestros hogares en el corazón de México para sentarnos a conversar y escribir.

 

El hecho de que este espacio de trabajo estuviera constituido solamente por mujeres no fue cualquier cosa. Ya nos sentíamos nerviosas por entrar en una industria desconocida y el factor “sólo chicas” sumaba aún más incertidumbre. Nos han educado en una cultura en que no se fomenta la sororidad,[3] se nos inculca la competencia y se nos hacen creer que las mujeres somos enemigas las unas de las otras. Pensamos que precisamente esta instancia fue una oportunidad para experimentar la convivencia con personas desconocidas de nuestro mismo sexo y, sobre todo, observar cómo nos desenvolvíamos en este contexto.

 

Fue curioso darnos cuenta y, de alguna manera confirmar, que existe una complicidad implícita al trabajar y relacionarnos con otras como nosotras. Esto se notaba en gran medida en que, aunque nos conocíamos poco y proveníamos de entornos muy diferentes, lográbamos compartir nuestras intimidades, teniendo muchas veces que adecuarnos a sitios sumamente reducidos y resolver las necesidades de todas en un único baño con ducha y una cocina. A veces nos preguntábamos cómo hubiese sido vivir aquel espacio entre mujeres y hombres, y llegábamos a la conclusión que de todas formas se hubiesen sumado dificultades. Experimentamos una confianza que, junto con facilitar la convivencia, generó las condiciones para que en la monotonía del trabajo se diera un clima perfecto para viajes internos y reflexiones que, de acuerdo al ánimo de cada una, también era posible compartir.

 

Por otro lado, junto al sentimiento feliz de estar viviendo una buena experiencia, de estar entendiendo y reflexionando aquella convivencia, construyendo amistades y ganando dinero, existía la sensación incómoda de darnos cuenta que esto nos estaba ocurriendo solamente por ser mujeres, no por sentirnos o vivirnos como mujeres sino por el hecho de serlo biológicamente. “Para evitar conflictos producto de relaciones amorosas” (una visión muy heteronormativa, como si entre mujeres eso no pudiese pasar), o simplemente porque “dan muchos problemas”, los hombres eran vetados de espacios como en el que nos tocó trabajar. Experimentar aquello de los privilegios, esta vez a nuestro favor, nos obligó, al menos, a reparar en ellos, “que por lo menos el machismo les sirva alguna vez”, nos decían algunxs amigxs para subirnos el ánimo cuando les planteábamos estas inquietudes… pero ¿qué se esperaba de nosotras? El carácter sumiso y la orientación al detalle forman parte del imaginario de mujer con el cual fuimos llamadas a identificarnos, características que distan bastante del modo en que nos pensamos y la construcción hacia la cual apuntamos. Comprender y hacernos cargo del modo en que este imaginario nos beneficiaba fue un sentimiento ambiguo con el cual tuvimos que lidiar durante toda la estancia en la granja.

 

La inquietud y, hasta cierto punto, la posibilidad de elaborar estas reflexiones y aún hoy seguir haciendo un esfuerzo por comprender las múltiples dimensiones de esta experiencia, se relaciona también con el reconocernos como una clase particular de migrantes. Somos mujeres que han viajado desde pequeñas y que han contado con oportunidades privilegiadas para educarse en contextos muy diversos. Comenzando nuestros treinta años, no estamos amarradas a contratos laborales ni tenemos deudas o compromisos de ningún tipo. Desde esa condición, buscamos cruzar la frontera para acceder a un trabajo temporal generosamente remunerado con el objetivo de dar vida a nuestros proyectos personales, los que por lo general se desarrollan de manera informal y no reportan ganancias monetarias. El escoger un estilo de vida que de cierta forma busca sustraerse a las lógicas del mercado del trabajo tradicional, nos ha impulsado a buscar distintas estrategias laborales y en ese camino hemos experimentado constantemente la arbitrariedad de la relación entre educación, esfuerzo y salario. Fue precisamente en el contexto del trimming que pudimos observar una vez más como aquellas credenciales que se supone deben abrirnos paso en el mundo, se vuelven totalmente irrelevantes: nunca nuestro tiempo había valido tanto, nunca pensamos que todo ese valor se desprendería del hecho de ser mujeres y saber usar un par de tijeras.

 

La constatación de esta realidad y el darnos cuenta que nuestra experiencia no es aislada sino que más bien se inserta en un movimiento transnacional de mano de obra ilustrada y desempleada, nos plantea un desafío en torno a dimensionar este fenómeno y comprender su lugar dentro de las diversas estrategias de vinculación laboral que nuestra generación está ensayando. Al mismo tiempo, y a nivel personal, despierta en nosotras un cuestionamiento ético en torno a la contradicción entre los principios comunitarios y críticos de acuerdo a los cuales pretendemos construir nuestras vidas y las lógicas individualistas y hedonistas que identificamos a la base de la industria del trimming. ¿En qué medida podemos transar/ajustar/suspender nuestros principios para relacionarnos con este mundo? ¿Desde qué argumentos podemos justificar este movimiento? ¿Qué costos emocionales estamos dispuestas a tolerar? Aún estamos elaborando las respuestas.

 

 
 
 

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[1] Los nombres utilizados en esta crónica han sido cambiados por motivos de seguridad.
 
[2] To trim en inglés quiere decir recortar. En el contexto de esta industria, refiere específicamente al último paso en el procesamiento de la marihuana en que se transforma la planta en un producto comercializable. Quienes realizan el proceso del trimming se denominan trimmers o, enfatizando la condición migratoria de la mayoría, trimmigrants.
 
[3] Este término alude a la solidaridad entre mujeres en un contexto patriarcal, tomando en cuenta la posibilidad de transformar las relaciones entre nosotras reconociendo nuestras diferencias y apoyándonos para hacer frente a un sistema arbitrario que establece la superioridad de los hombres sobre las mujeres.
 
 
[Fotografías] Por María Toro y Mono
Andrea Flores
andreaflor@mail.com