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Varones antipatriarcales

/ por Luciano Fabbri
A mediados de año comenzará a circular la edición chilena de Apuntes sobre feminismo y construcción de poder popular de Luciano Fabbri (Rosario, Argentina), prologado por diversas organizaciones feministas de Chile que fueron convocadas para dialogar en torno al feminismo y el poder popular. Las editoriales a cargo del proyecto (Tiempo robado editoras y Proyección editores) adelantan parte de la introducción escrita por el autor para esta nueva edición del libro.
 
 
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Mi nombre es Luciano. Me dicen Lucho. Nací un 25 de Noviembre de 1981 en Rosario, Argentina. Me auto–percibo puto[1] y feminista. Me asignaron “varón” al nacer y aún habito esa categoría sexo–política. Con contradicciones, con incomodidad, con críticas, con resignificaciones, con adjetivaciones que la vuelven un oxímoron. ¿Varón y antipatriarcal? ¿Varón y feminista? ¿No habría que dejar de ser varón? Posiblemente. Deseablemente. Mientras tanto, reclamo esa categoría para mí; para profanarla, para corromperla, para traicionarla. Milito hace poco más de 15 años en organizaciones de izquierda autónoma, independiente, popular, según pasan los años y con ellos nuestras identidades. Soy Licenciado en Ciencia Política y Doctorando en Ciencias Sociales, docente universitario, educador popular, y masajista ayurvédico.

 

Apuntes sobre feminismos y construcción de poder popular fue en principio una tesina de grado, con la que en septiembre del 2008 recibí el título de Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Rosario (Santa Fe, Argentina) y que fuera luego publicada como libro, en Junio del 2013, por iniciativa del colectivo editorial Puño y Letra. Del proceso de su edición también fueron partícipes y cómplices necesarixs compañerxs de Malas Juntas y de Varones Antipatriarcales[2] Rosario y La Plata.
 
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A 15 años del 2001: ¡La lucha que me parió!

 
Mis inquietudes en torno a los posibles cruces entre los aportes teóricos y prácticos de los feminismos y las construcciones de poder popular se remontan a algunos años antes de sentarme a escribir mi tesina de grado. Esbozando una genealogía de estos vínculos, diría que esas primeras aproximaciones de reconocimiento y aprendizaje no tienen estrictamente que ver con mis estudios, sino con la militancia que comencé por aquellos años. Cursaba la carrera de Ciencia Política pero en principio mi relación con “la política” era estrictamente teórica. No fue hasta el 2001, en segundo año de Licenciatura, que pude sentir la necesaria comunión entre teoría y práctica, abandonando la burbuja de 15 años de educación privada para sumarme de lleno a las “Coordinadoras de Lucha en defensa de la Educación Pública”, y a las movilizaciones y asambleas estudiantiles que harían las veces de antesala a las jornadas del 19 y 20 de Diciembre. Para el año siguiente ya era militante estudiantil e integraba la agrupación Santiago Pampillón.
 
En ese contexto conocí y admiré las luchas del movimiento piquetero del Conourbano bonaerense, que cortaban las rutas en reclamo de “Trabajo, Dignidad y Cambio Social” bajo el nombre de Aníbal Verón, desocupado asesinado por las fuerzas represivas en Salta. El 26 de Junio del 2002, luego de una jornada nacional de lucha que pasaría a la historia como “Masacre de Avellaneda”, nos conmovíamos ante los asesinatos de Kosteki y Santillán. Para nosotrxs, Maximiliano y Darío, ya en ese entonces “nuestros compañeros del MTD Aníbal Verón”.
 
Un par de meses más tarde viajaba a Buenos Aires para conocer los barrios dónde ellos trabajaban diariamente, las asambleas, la panadería, la bloquera, el Puente Pueyrredón. Ante cada testimonio de lxs compañerxs, sus historias de vida, sus anécdotas, nuestros lazos de solidaridad se iban estrechando. Quizás era la primera vez que podía tener una aproximación no mediatizada a ese Conourbano profundo del que uno escuchaba por la tele, en policiales o informes sensacionalistas sobre la pobreza de lxs empobrecidxs. Ya no veía sólo carencias, aunque éstas se hacían notar. Tuve la oportunidad de conocer la dignidad, la solidaridad, el compromiso colectivo como únicos recursos de subsistencia. En esos galpones se respiraba lucha. Darío y Maxi vivían en cada compañerx.
 
Al poco tiempo comencé a aproximarme a los estudios de género, a partir de la cercanía con el movimiento de mujeres, y en particular con la lucha por el derecho al aborto. Recuerdo la tarde en que luego de almorzar en casa con compañerxs de militancia estudiantil, Luciana, quien se había criado en el exilio en Dinamarca, hija de una mujer feminista, nos dice que se iba a la Marcha del XVIII Encuentro Nacional de Mujeres (Rosario, 2003).
 
“¿Y es sólo para mujeres?, ¿o yo también puedo ir?”, pregunté yo. Ella explicó que los talleres eran sólo para mujeres, que ellas necesitaban esos espacios propios para reconocerse, compartir experiencias, delinear estrategias para conquistar los derechos pendientes, pero que podíamos ir a la Marcha de cierre. Y que éste año sería particularmente importante porque por primera vez habría una columna con pañuelos verdes, visibilizando la lucha por la despenalización del aborto. Encuentro que luego será recordado como antesala a la conformación de la “Campaña Nacional por el Derecho al Aborto legal, seguro y gratuito”, que todavía lucha por saldar esta deuda de la democracia para con las mujeres.
 
 
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Fuimos entonces a la Marcha, con Luciana y otro compañero, Fernando, con el que ingresamos a la columna verde, sorprendidos de esa horda de mujeres que gritaban, cantaban, reían y denunciaban a viva voz las injusticias que en nuestras marchas nunca se escuchaban. “Si el Papa fuera mujer, el aborto sería ley”, “Prohíben el aborto, los curas abusadores…de menores!”, y finalmente cuando pasamos por la Iglesia de la otra cuadra de casa, a la que me había resistido a entrar durante años… Luciana pinta en la puerta “La única Iglesia que ilumina es la que arde”. La potencia, la irreverencia, la mística que transmitían esas decenas de miles de mujeres marchando me llegó hasta la médula.
 
En eso una mujer se para enfrente mío y me pregunta; “¿Y vos qué carajo estás haciendo acá?”. Como rara vez me sucede, me quedé sin palabras. Por dentro pensaba; “¿pero no era que a la marcha sí podía venir?, ¿qué carajo le pasa a ésta mujer?, ¿que no pueda quedar embarazado por ser varón implica que no que puedo marchar por el derecho al aborto?”.
 
Lo cierto es que mucho no entendía por qué esta mujer despreciaba mi presencia solidaria y bienintencionada. Afortunadamente no tropecé con el recurso fácil de la victimización masculina ante la crítica feminista. Con el tiempo pude entender que, aunque haya tenido la suerte y el privilegio de contagiarme de este encuentro, ese era un encuentro de y para mujeres, y que yo no tenía nada que hacer ahí. En 2016 en cambio, ante un nuevo encuentro en Rosario, con otros compañeros organizamos un espacio de cuidados para lxs hijxs de nuestras compañeras, ubicando que nuestro mejor aporte a la lucha feminista sería estar fuera de escena, contribuyendo a que ellas estuvieran disponibles para ellas mismas.
 
También, aunque en ese momento menos evidente para mí, la proximidad a estas luchas era parte de una búsqueda personal por explicar mi lugar en el mundo, cuando sentía que el mundo parecía no querer hacerme lugar por desear sexualmente a otros varones, en un marco en que la heterosexualidad se presenta como norma obligatoria. El “derecho a decidir sobre el propio cuerpo”, la “autodeterminación”, la “libertad sexual” de las que hablaban las compañeras, producían un eco que retumbaba en el fondo del armario del que yo todavía no terminaba de fugar.
 
Cada vez estaba más cerca del movimiento de mujeres y de sus producciones intelectuales. Fui redescubriendo el mundo desde sus miradas, y el compromiso afectivo se enlazó con el político, y el político con el académico, y en poco tiempo ya todo era parte de lo mismo.
 
Me di entonces el gusto de escribir una tesina sobre “Feminismos y construcción de poder popular”. Si bien mi objetivo tuvo que ver principalmente con debatir hacia el interior de un espectro militante, realizar mi tesina desde esta perspectiva, también fue parte de la disputa política ideológica por el sentido del conocimiento que siempre dimos hacia el interior de la Facultad. La pregunta de cabecera era; ¿para quienes producimos conocimiento?
 
Entonces vale preguntarse; ¿estaban estos movimientos populares y agrupaciones estudiantiles necesitando que yo escribiera sobre las potencialidades de recuperar la perspectiva feminista?, ¿estaba el movimiento de mujeres feministas necesitando mi defensa de sus perspectivas hacia el interior de los movimientos populares y agrupaciones estudiantiles? Por si el egocentrismo fuera semejantemente grande como para negar la obviedad de la respuesta, esta es NO.
 
Pero claro, yo sí sentía esa necesidad. Porque le tenía que explicar a esa mujer, a la que me sacudió en la marcha, qué carajo estaba haciendo yo allí, y le tenía que explicar a mis compañerxs de militancia revolucionaria, por qué como varón estaba tan involucrado con la militancia feminista, descuidando responsabilidades “más pertinentes” a mi rol en la organización y destinando tiempo a pintar consignas por el derecho al aborto. Seguramente también tendría que explicarme a mí, que si lo personal es político, no podía pretender aportar a la liberación de otrxs sin apostar a ser sujeto de mi propia liberación sexual, que por supuesto, es profundamente política.
 
Y sí, el problema de investigación es nuestro problema. Lo que es seguro, es que en la genealogía de “mi problema” hay una polifonía de voces que fueron haciendo que sus problemas fueran míos, y son esos problemas comunes los que van dando sentido a los caminos recorridos. Los compromisos políticos y afectivos, y las profundas interpelaciones que me fueron generando, me condujeron a hacer de este activismo parte fundamental de mi proyecto de vida, de militancia, de formación, de trabajo.
 
En ese camino, formé parte de diversas estrategias creadas con el afán de involucrar a otros varones en las luchas feministas. Una de ellas es la experiencia específica de los colectivos de varones antipatriarcales como herramienta de organización para su intervención en la lucha feminista. Otra, la alianza con compañeras feministas hacia el interior de movimientos sociales y populares de izquierdas.
 

 

 

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Varones feministas en la izquierda popular

 

El trabajo militante por involucrar a los varones en la lucha feminista no debe reducirse a la conformación de colectivos específicos para la organización entre varones.
 
En lo que a mi experiencia respecta, desde antes de la constitución de los colectivos de varones antipatriarcales, y también durante y después de esta etapa de militancia, una tarea fundamental ha sido el trabajo de incidencia hacia el interior de organizaciones sociales y políticas de carácter mixto, dentro del espectro de lo que en Argentina se ha denominado como izquierda independiente/popular.
 
Esta izquierda, nacida al calor de las rebeliones populares de diciembre del 2001, crítica de las lógicas dogmáticas, vanguardistas e instrumentales de ciertas expresiones políticas, busca prefigurar en sus prácticas políticas actuales aquellas formas de relación social que anhela para la sociedad futura. En el marco de estos anhelos, y a partir de las acciones y debates impulsados por las mujeres organizadas en estos movimientos, es que poco a poco comienzan a problematizarse las relaciones de género que se dan hacia el interior de los mismos.
 
La incesante politización y colectivización de las experiencias de las mujeres fue habilitando la inclusión creciente de la perspectiva de género en estos espacios organizativos. En un primer momento, esto se produjo a partir de la organización de espacios de encuentro entre mujeres y la construcción de agendas reivindicativas en función de su experiencia generizada. Más tarde fueron trascendiendo progresivamente estos espacios e instalando debates en el conjunto de cada organización.
 
Uno de estos debates recurrentes es el que gira en torno al reconocimiento del carácter patriarcal del sistema de dominación, y en consecuencia, a la necesidad de que las organizaciones incorporen la lucha antipatriarcal entre sus principios políticos estratégicos. Este proceso reciente condujo a que varias de las organizaciones de la izquierda popular argentina sean pioneras en la jerarquización del antipatriarcado como definición política, junto a su inicial carácter antiimperialista y anticapitalista. De manera más reciente, varias de estas organizaciones se autodefinieron feministas.
 
Pero en el desafío de materializar estas definiciones en las prácticas cotidianas, las mujeres se han ido encontrando con diversos obstáculos y resistencias, principalmente de parte de sus compañeros varones. Podríamos sintetizar estas reacciones de la siguiente manera:

 

– La oposición a cualquier avance democratizador que pudiera poner en peligro los privilegios masculinos; pasando por la demonización y tergiversación de las luchas feministas, la victimización ante sus críticas, o bien la indiferencia y apatía ante sus planteos.
 
– La aceptación políticamente correcta, que no obstaculiza, pero tampoco acompaña activamente estas luchas, delegando su despliegue en las mujeres y disidentes sexuales, y des-responsabilizándose de una línea estratégica que debería implicar al conjunto de la militancia popular revolucionaria.
 
– La instrumentalización de la lucha feminista, incorporando de manera cosmética y utilitaria aquellos aspectos del feminismo que favorecen la visibilidad y acumulación en nuestras organizaciones y licuando aquellos planteos críticos que suponen la democratización de las relaciones de poder hacia el interior de nuestras construcciones.
 
Esta instrumentalización encuentra también un correlato aún más sutil, y por ende más peligroso, que es el uso de los aportes feministas como herramienta terapéutica para el propio bienestar. Anoticiados los varones de que el patriarcado también nos coarta, nos servimos del feminismo con fines egocéntricos, si y sólo si demuestra ser beneficioso para nosotros mismos (me enriquece, me libera, me sensibiliza), y en el mejor de los casos, y por teoría del derrame, para nuestro círculo inmediato.
 
Entiendo que este es uno de los mayores riesgos del acercamiento de los varones al feminismo, cuando carecen de una vinculación práctica y sistemática con el movimiento, fortaleciendo así una perspectiva autocentrada, que acaba alimentando aquellos rasgos egocéntricos que se pretenden deconstruir.
 
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Menos varones, más feministas…

 

La posibilidad de devenir feministas por parte de los varones requiere, desde mi punto de vista, un trabajo de deconstrucción de la propia masculinidad –sea o no hegemónica en función del contexto de actuación. Esto resulta cada vez más lejano cuando dicha deconstrucción se ensaya de manera aislada, atomizada y auto–centrada. La escucha empática del padecimiento de las principales oprimidas por este orden de género heteropatriarcal es condición de posibilidad de la problematización de las propias prácticas generizadas que les resultan opresivas. Es en función de estas consideraciones que se justifica nuestra actual apuesta por un feminismo mixto/intergénero, que a la vez que empodere a las identidades feminizadas posibilite el des–empoderamiento de las masculinizadas bajo patrones patriarcales.
 
Esto último, nos conduce a la radicalización de la pregunta en torno a qué es lo que los varones feministas debemos hacer con nuestra/s masculinidad/es. Las nociones implícitas y explícitas sobre lo qué se entiende por masculinidad; la constitución de fronteras de género en la apelación o no a determinados sujetos concretos en los discursos de estos actores colectivos; el grado de vinculación y apropiaciones del enfoque feminista tanto en el plano reflexivo como práxico, entre otros factores, inciden en la configuración de los discursos sobre qué hacer con la/s masculinidad/es.
 
Aún con diversos matices, nos vamos a encontrar con una hegemonía discursiva que tiende a adjetivar tanto la masculinidad a deconstruir –como “hegemónica” o “tradicional” principalmente– y a hacer lo propio con el modelo o sentido de las masculinidades –destáquese el uso del plural- a promover– “nuevas”, “alternativas”, “emergentes”, “igualitarias”. La apelación al discurso de las “nuevas masculinidades”, aunque difícilmente logremos saber con precisión de qué trata, es claramente mayoritaria.
 
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Cuando las compañeras iniciaron el largo recorrido por incluir la perspectiva feminista en las construcciones contemporáneas de poder popular, apelaron a una simbología que incluía, entre otras consignas, una que afirma que “Cuando una mujer avanza ningún hombre retrocede”.
 
De mi parte, siento que es hora de que los varones asumamos que hay varios planos en los que debemos retroceder, que hay múltiples privilegios que debemos perder, y que ambas cosas son justas y necesarias. Que sólo podremos encontrar ganancias en el feminismo cuando asumamos a la igualdad de género (o mejor aún, post–género) como un horizonte deseable por su profundidad ética y radicalidad política, aún a costa de nuestros privilegios, y con ellos, de nuestra masculinidad como dispositivo que los hace posibles.
 
Será entonces que podamos decirnos feministas, para ser menos varones… y mejores compañeros.
 
Con ese ambicioso deseo, comparto con ustedes estos humildes apuntes esperando contribuyan a seguir multiplicando las ganas de luchar hasta que todxs seamos libres.
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[1] “Puto” es la palabra que se usa despectivamente en Argentina para descalificar a los sujetos asignados varones cuyas expresiones de género se desvían de los modelos hegemónicos de masculinidad y/o sus prácticas sexuales están por fuera de la heterosexualidad obligatoria. Con el objetivo de evidenciar la homofobia de ésta heterodesignación, de eludir las connotaciones biomédicas y binarias del término homosexual, y el uso asimilacionista y despolitizado del término gay, elijo, al igual que otrxs tantos, reapropiarme de este pretendido estigma y así reivindicar y visibilizar mi disidencia sexual.

 

[2] Malasjuntas era la agrupación de mujeres feministas del Frente Popular Darío Santillán de Rosario. Luego de su confluencia con Marea Popular y la conformación del Movimiento Popular Patria Grande (2014), dicho colectivo se nacionalizó bajo el nombre “Mala Junta, feminismo popular, mixto y disidente”.
 
[Nota] Las organizaciones feministas convocadas a escribir en esta edición son: La Alzada/ Kolectivo Poroto/ Antonia Orellana, SOL/ Rangiñtulewfü – Kolectivo Mapuche Feminista / Rufián Revista/ FF Izquierda Autónoma/ Movimiento pobladores por la dignidad/ Trazo común/ Matías Marambio, Comité de ética (FyH UChile), entre otras. 
Luciano Fabbri
Lucianofabbri@mail.com

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