Una catástrofe para poetizarla

 
/ por Flavio Dalmazzo
 
 
Cuando Gonzalo me invitó a presentar el libro que hoy lanzamos,* una de las cuestiones que me inquietaron (y que por cierto no le dije) fue que no soy un gran conocedor de eso que suelen denominar “poesía peruana”. Si leer, como pensaba W. H. Auden, consiste en enfrentarse a aquellas obras a las que auténticamente agradecemos, pues de no habérsenos cruzado nuestra vida sería más pobre de lo que es, podría decir con timidez que he leído a Blanca Varela, a José Watanabe y Rodolfo Hinostroza. Algunas cosas de Chirinos y de Cisneros. Algo de Carlos Oliva, de Roger Santibañez, de Willy Gómez y Mariela Dreyfus. Algún texto de Montalbetti. Y antes, a esa montaña inmensa, ese volcán cubierto de nieve al que los poetas de esta lengua acaso deban subir alguna vez para medirse: el hueso Vallejo, como lo llama Eloy Jaurégui en algún pasaje del libro. De manera que mi mirada no dejó de estar tomada por cierta extrañeza, asombro y hasta diría que goce. Porque el libro editado por Gonzalo también cumple esa función: la de estar construido justamente para ignorantes como yo, a quienes lo más inquietante de la poesía y la historia recientes del Perú se nos manifiesta como tronaduras de un relámpago tan cercano como distante.
 

 

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Creo que hay algo profundamente benjaminiano en este libro. Lo atraviesa una marcada indistinción entre poesía y política, una pasión por el fragmento, por el trabajo con los harapos de la historia. Su título opera, en este sentido, como seña de advertencia e ilumina la dialéctica que rige su composición: Entre la utopía y el desencanto. Ambas nociones imantan a la disímil constelación de voces y visiones, de imágenes y poemas que dialogan en tenso contrapunto, y nos permiten asomarnos a un derrotero –lleno de quiebres y discontinuidades– donde la transformación radical de la sociedad naufraga como horizonte posible en la poesía peruana. No encontramos así una narrativa donde el pasado se desenvuelve como algo coherente, diáfano o sereno; al contrario, asistimos a un laberinto de textos y restos donde lo histórico bulle en sus roces, en sus choques y esperanzas rotas. Fiel a una especie de materialismo radical, y en las antípodas de la comprensión del pasado como un relato que se articula desde la vanidad del presente, el montaje que Gonzalo ofrece se empeña en que reluzca –y acaso vibre– un oscuro astillamiento histórico. Desde esta perspectiva, quizá no resulte exagerado pensar que una débil fuerza mesiánica signa efectivamente a este libro: pues Gonzalo, cual hábil historiador materialista, saca del pasado la imagen de un futuro de emancipación aún por realizar, como señaló alguna vez Peter Szondi respecto al propio trabajo de Benjamin.
 

 

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Pero si hay aquí, insisto, un aire benjaminiano, ello se visualiza mejor si atendemos a la forma en que este libro ha sido construido. Gonzalo, que sabemos es un atento lector de Barthes, comparece como un director de orquesta ausente, en una inclinación a la borradura autoral que recuerda en parte al trabajo de la mítica revista La calabaza del diablo y que, más aún, lo hace susceptible de recibir con toda propiedad el dictum de Benjamin sobre el montaje literario: “No tengo nada que decir. Sólo que mostrar. No robaré nada valioso ni me apropiaré de ninguna formulación ingeniosa. Pero los harapos, los desperdicios: no quiero inventariarlos, sino dejarlos venir de la única manera posible en que hallan justicia: usándolos”.
 

 

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Una pregunta ronda como fantasma por las páginas de este libro: ¿es posible leer la historia desde la poesía? ¿Y qué historia? ¿Y cómo se dejaría leer allí? Oscilando entre la historia del poema y el poema de la historia, el libro traza algunas pistas para pensar estas preguntas. Pues la manera como la poesía (el lenguaje) se trenza, se confunde, se aparta, se opone y ataca, tensiona, erosiona y hasta empuja a la historia –y viceversa– es sin duda una clave para entender el trabajo de los poetas aquí convocados.
 
En esta línea, podemos oír algunas voces que en los convulsos años 70 se congregaron alrededor del colectivo Hora Zero: a la alucinada figura de Enrique Verástegui, samaqueado por la locura, proclamando que la literatura es el motor de cambio en la historia y que es aún necesario otorgar al pueblo peruano la consciencia de luchar por su felicidad; a Eloy Jaurégui, advirtiendo que toda fuerza político–histórica tiene su correlato poético y que las voces horazerianas no fueron sino eso, el síntoma de lo que entonces ocurría en el país; o a Yulino Dávila, confesando que Hora Zero se planteó abiertamente como una ruptura con la historia, intentando abrir nuevos caminos para el arte y la vida, y señalando cómo el escritor debe incrustarse en la realidad para destapar lo que la sociedad no quiere o no es capaz de ver.
 
En semejante frecuencia oímos a esos otros poetas que en medio del desangramiento y la descomposición social de los 80’s fundaron el grupo Kloaka: a Roger Santiváñez hablando sobre el desencanto y sobre cómo, ante una sociedad podrida, vuelta cloaca, no quedaba sino la radicalidad anarquista, lo ilegible como respuesta y el arte como subversión; a José Antonio Mazzoti, quien entenderá a la poesía como potencia contracultural y trinchera de resistencia ideológica; o a Domingo de Ramos, quien va a definirla más bien como una guerrilla interna cuyo cometido es subvertir los discursos hegemónicos.
 
Y oímos, en fin, las voces de algunos poetas de Neón, quienes –en una actitud cercana lo que Gonzalo Millán comenzó a llamar por entonces el Espíritu del Valle– articularon lazos de fraternidad y encuentro en medio del desastre de los 90’s: a Leo Zelada, para quien la poesía aparece como única utopía colectiva posible; a Juan Zamudio recordando a Carlos Oliva, ese “ángel alucinado y febril” que se propuso nada menos que traducir “la intuición de su época” y que probablemente encarna como ninguno la terribilità del destino peruano; a Paolo de Lima, destacando la violencia sistémica de la sociedad donde Neón surge; a Héctor Ñaupari, para quien la poesía es una forma de resistencia en la hecatombe, una forma de entendimiento y sobrevivencia, un NO tajante al camino de sombras al que el Perú era conducido; y por último a Miguel Ildefonso, quien pensará que el poema es un lugar donde reside la lucha por la vida y la justicia, donde se juega el boicot cotidiano a la violencia y el desencanto.
 

 

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En un lejano texto de 1921, Benjamin apunta: “Dice Marx que las revoluciones son las locomotoras de la historia mundial. Pero quizás sea completamente diferente. Quizá son las revoluciones el echar mano al freno de emergencia en ese tren en el que viaja el género humano”.
 

 

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Juan Ramírez Ruiz, poeta lambayecano, escribe junto a Jorge Pimentel en lo que fue el primer manifiesto de Hora Zero: “A nosotros se nos ha entregado una catástrofe para poetizarla”. Creo que desde esta frase es posible comprender el complejo coro urdido en este libro. Y si para Benjamin era justamente la catástrofe el nombre del paisaje al que el ángel de la historia miraba boquiabierto y espantado, acaso las voces y visiones aquí reunidas por Gonzalo –y desde ya esperamos un segundo volumen donde quepan necesariamente las voces de mujeres– testimonien distintas formas de redimirla: porque la poesía es la interrupción de la catástrofe.
 

 

 

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* Este texto fue leído en la presentación del libro Entre la utopía & el desencanto. Voces & visiones de la neovanguardias poéticas del Perú (Cinosargo, 2016) editado por Gonzalo Geraldo, durante el mes de diciembre de 2016 en la librería Subsuelo.
Flavio Dalmazzo
flavio.dalmazzo@gmail.com