Un cuerpo para mirar

 
/ por María Emilia Tijoux
Agradezco y me siento honrada por esta invitación a presentar* de manera cortada lo mucho que quisiera decir sobre este libro proveniente de un mundo que está al alcance de nuestra mano, pero donde los sujetos han sido pensados y construidos como el otro de la sociedad. No obstante, este libro los presenta y los transforma con la belleza que propone para patear la imbecilidad cotidiana del sentido común, hacia las orillas de la razón normativa.

 

En Dramas pobres Claudia Rodríguez descoloca el acomodo de las rutinas cotidianas y remece la costumbre de una moral que reposa en la tibieza acunada en pautas sociales que nos hacen ser algo patéticos, tímidos a veces, pero sobre todo más infames de lo que creemos. Lo escrito se presenta como un sufrimiento desmedido, como un lazo objetivado que deja ver el estado de una mujer fraguada en la denominada “trasgresión”, que le ha puesto sin preguntarle un nombre conveniente, forjado en lo psicomédico, para colocarla en un lugar aparte, entre el transexualismo y la normatividad sexual, clasificándola de este modo indefinidamente, en un lado negado. Los conceptos, sin embargo, son una construcción social atada a la historia de naciones edificadas en la diferenciación de criterios que suponen la preferencia por un género o por una atracción efectiva.
 

 

Así, y desde el otro lado de la comodidad, Dramas pobres invita a examinar los discursos morales y las críticas especializadas sobre la “libertad”, como un todo impregnado de ideologías que ocultan la posibilidad de decidir “lo que se es”, “lo que se debe ser” y “el cómo y porqué se es como se es”. El individualismo contemporáneo acompañado por el debate ético dan paso a la “coherencia social” de la normalidad estadística y estética buscadas para presentar en la vida pública.
 

 

El relato se teje sobre el sufrimiento que deja la vida travesti simultáneamente armada y despedazada entre el frío que la punza para aniquilarla y el calor de una realidad aprendida en el dolor como resistencia; y luego, conseguir en esa doblez incoherente pero concreta, que esa vida muera y renazca incesantemente. Claudia Rodríguez entonces solo puede inventar los modos de entrar y salir en y de los espacios de una muerte que parece haberle sido preparada en un siempre ahí, en un eterno imaginable.
 

 

La existencia resbala cuando enfrenta la pregunta por la normalidad y la necesidad de una “identidad sexual”, aun cuando esta no sea más que palabra, puro infortunio. La Razón invocada para plegar los cuerpos en las formas esperadas obliga a pensar que la división entre sexos implica de todos modos un orden normal de las cosas, como señalara Bourdieu. Se trata de una Razón dada sobre la especie humana que lleva atada la verdad como cosa única. Y así, entre enfermedad y subversión parecen ubicarse los discursos, por un lado, para justificar la existencia patologizándola; y por otro, para representar y hablar en nombre de quien sufre en el peor de los rincones. Somos patéticos sin duda en nuestra dificultad para comprender lo que este texto nos entrega, pues su escritura chueca y manchada obliga leer a reversa la reglamentación de la vida, y ello dificulta descubrir el “enigma” de un cuerpo atrevido y bello de la mujer que lo protagoniza y que enfrenta las concepciones naturalistas que buscan descarnarla y cortar su piel para averiguar lo que oculta.
 
El libro huele a población, un nombre que incluye todos los desafíos de la construcción de la infamia adornada por el frío y el calor hirientes, adornada por sus calles sin pavimentar o por los estrechos pasajes imbricados o cruzados entre una casa, una y otra escalera, uno que otro dolor, suspiro o amor compartido a través de los muros, desde donde se arrastran los pasos que llevan hasta el centro de un Santiago que Claudia describe como una ciudad infinita que parece medir desde los cuerpos y la coherencia matemática. Parece que por allí pueden transitar las Claudias en horas autorizadas desde ellas mismas, cuando el rouge poderoso deviene señal de bienvenida y se mantienen despiertas con algún chicle gusto a mora.
 

 

El libro huele al aroma del desperdicio con el que se inicia, cuyo acre inconfundible acicala las inolvidables galerías de toda cárcel, dejando su acidez pegada en el andar de hoy, al igual que pienso deben ser las caminatas de Claudia a la espera, esas eternas en línea recta que van y vuelven para medir un extraño tiempo no cronológico a pesar de estar siempre al interior de todo reloj. Son las idas y vueltas que surgen para marcar un otro sentido edificado entre galerías, rejas y patios de visita, que esperan al amor de los camaros bajo frazadas preparadas en el rincón reservado para un rato.
 

 

He sentido a la cárcel como protagonista del libro que marca el recuerdo de quien ha dejado en sus celdas la huella, el nombre y la seña que le cambió la vida al mismo tiempo que ensució sus papeles para destituirla de toda trayectoria ciudadana.

 

La cárcel entonces habla por boca de Claudia y escribe con su mano sobre las otras bocas que se suman a las que rompen el orden del cuerpo. El cuerpo. Un territorio ajeno y conocido, hecho y clavado en la ciudad para señalar que puede caer o resbalar y que continuamente se confunde con la calle −como cuerpo hecho calle−, numerado y sin nombre, igual que en las poblaciones abandonadas por un Estado acomodado allí donde indica el número de la galería que recibe, despide y mata.

 

 
En ese universo son escasos los momentos felices y cuando alguno llega, impacta, al punto de perecer inmediatamente. Son solo las cartas que animan la vida y consiguen hacer olvidar un poco el encierro. Misivas extraordinarias ocultas en hojas, papeles de arroz o servilletas dobladas en mil partes que se convierten en el diminuto objeto de la maestría del origami canero que se fuga en los cuerpos para no contar al gendarme cómo en ese lugar terrible se ama y se sufre. Porque allí la vida es tan real como la muerte, los cuerpos espían a los cuerpos para invitar a las quejas del goce, mientras los hombres se olvidan de su hombría y cierran los ojos para borrar al mundo.

 

 
Claudia nos ofrece su cuerpo para presentarlo en la potencia de una nueva Anderson que deja caer su cabello de Lady Godiva sobre una desnudez rearmada, zanjada y rehecha en la Rapunzel que estimula la llegada del enamorado que sube escapando hasta sujetar su vida entera al amarre firme que le impide caer y dejar a la vista los objetos de la culpa como el puñal, el revólver o la cuchilla. Ahora, en su rol de amante buscado por los ratis nacionales, se ha escapado del rincón que lo ha hecho protagonista privilegiado del sueño de señoras tranquilas, volviéndolo menos cínico, aunque más agobiado por la atracción de una Claudia que lo espera. El encuentro solo puede desbocarse en la pasión que impide los juicios rápidos, que atormenta la organización del tiempo y los lleva a cerrar los ojos para hacer del momento lo único que vale la pena en la existencia.
 
Lola Puñales necesariamente surge como el personaje perfecto que debería protagonizar la nueva película que mostrara todo el sueño de una Claudia desencadenada del cuerpo que la encerrara, ese que envuelve la carne y los huesos, el de la envoltura que protege el descalabro y hace la forma, pero que es también un cuerpo que el mundo espera, protagonizado por un hombre o una mujer y que ahora complica cuando es pura carne y se vuelve tan sexual. Un nuevo cuerpo llega gracias a ese amor que tiene el gusto inolvidable que se ha quedado atado al relato y hace desaparecer al hombre bueno devenido esposo, padre, estudiante, profesional o caballero para advertirlo en el sueño subterráneo de lo que múltiples socializaciones le han obligado a aceptar, aprender y contar.
 
 
Este libro da un salto a la escena transmitiendo una desnudez despojada de la vergüenza que le quisieron inculcar y su publicación puesta en manos de unos y otros y otras lo arrebata de las manos de su autora y lo entrega abierto y desvergonzado para ser leído una y otra y otra vez, como un texto chueco que invita a detenerse en lo que más estremece.

 

 
Quien lo lea querrá tal vez pegarse a él y releerlo con el propósito de coincidir con una invitación de Claudia para seguir “los rastros de esos besos” que surgen impecables y calientes, entremedio de los desperdicios y a pesar del olor ácido que llega del basural donde se ha querido depositar a una parte mayoritaria de este Chile ensimismado en su condena.

 

 
Porque este es un libro comprometido más allá de sus marcos y de sus marcas personales de un sufrimiento cotidiano que probablemente pocos podrían entender. Para ello se precisaría haber compartido algo del insulto reiterado y repetido en distintos escenarios de la vida cotidiana. Ese más allá es el lugar subversivo que Claudia teje en los recovecos de las páginas protagonizadas por un hombre elefante, una maere que debe escuchar las súplicas de faltar al colegio, una sangre que se escapa del vientre por aborto, una mentira que repite al olvido, una soledad de la democracia que no educa o una afirmación de “el rucio que lee al Che Guevara”.

 

 
Las locas travesti tienen, a lo mejor sin saberlo, el lugar que se les ha negado porque tienen poder y donde hay poder, hay subversión y donde hay represión, hay resistencia. Están inmensamente enlazadas a la construcción política de distintos movimientos de los que han sido luego expulsadas. Y así es como se quedan para contar y para remecer.

 

 
Muchas gracias.
 
———

 

* Este texto fue leído en la presentación del libro Dramas pobres de Claudia Rodríguez (Ediciones del Intersticio, 2016), durante el mes de junio de 2016 en la Casa Central de la Universidad de Chile.
 
Fotografías de Kamila Recabal
María Emilia Tijoux
maemiliatijoux@gmail.com