São João y las mujeres en el otro carnaval brasileño

/ por Marco Chandía Araya
desde Camaragibe
 
 

 

Escribo después del agitado fin de semana de São João que acá en el Nordeste brasileño viene a ser, con toda su fuerza y colorido, como el dieciocho chileno.
 
No es fácil definir esta festividad. Son muchos los ingredientes en juego. Las tradiciones católicas que trajeron consigo los conquistadores, lo que señala la astronomía en cuanto al movimiento del sol o los solsticios en cada hemisferio, las antiguas costumbres que celebran el ciclo natural de la tierra son todos sin excepción fenómenos que intervienen al momento de referirse a la fiesta o noche de San Juan.
 
Por ejemplo, ¿quién se acuerda hoy en Chile de los Juanes? ¿Quién comprende, aparte del mundo mapuche, el sentido de We Tripantu? En el Nordeste del Brasil la fecha adquiere connotaciones carnavalescas distintas y, diría, más profundas que las del famoso carnaval de febrero donde las escuelas de samba desfilan. Al punto de ser las ciudades interiores de Caruaru y Campina Grande, una del estado de Pernambuco, la otra del de Paraíba, los escenarios más importantes del Brasil y del mundo en cuanto a esta celebración. Y no es para menos si hablamos de una zona cuya presencia sertaneja (campesina) sigue tan vigente en sus prácticas cotidianas. Y es que se trata de dos estados apenas regados por el Atlántico; porque su fuerza, su espíritu y su cultura se hallan en las entrañas de una suerte de corredor que va desde el mar hacia el sertão, que es una forma de decir de la urbe al campo, y que en la medida que se avanza –como en el infernal viaje de Apocalipsis now– se ingresa a la realidad de un mundo cuyos procesos modernizadores han sido más lentos y, en consecuencia, más resistentes al embate que golpea la costa de Recife y João Pessoa, ciudades capitales asentadas en la costa nordestina.
 
Viví el carnaval. Digo viví porque ello no admite matices. Se está o no se está en él. Carnaval que además no ha terminado del todo, porque en verdad se trata del mes, la llamada Festa junina, basada en las celebraciones de los santos Antonio, Juan, Pedro y Pablo, estos últimos con los cuales termina. Lo viví como viví tantos dieciochos chilenos. ¿Y qué es lo que queda de toda esta fiesta ancestral y profundamente arraigada a las tradiciones del campo? Me queda la imagen de un mundo sobreviviente que conserva en su dinamismo la identidad de nuestra cultura latinoamericana.
 
Una sobrevivencia manifiesta en el exuberante milho (choclo) y todas las inimaginables formas de comerlo (cuzcuz, canjica y sobre todo pamonha, suerte de humita en hoja); en el consumo de canha (cachaça), por supuesto; en el ritmo del forró que en el acordeón inmortal de Luiz Gonzaga canta al amor y al festín de la lluvia que por fin cae en el sertão; en los trajes típicos y coloridos (los hombres parecidos a nuestro huaso pobre o al espantapájaros que en la chacra protege el fruto del maíz y las mujeres a la china de la cueca patronal); en las llamadas simpatias, aquello que para nosotros eran los rituales de la noche de San Juan y que en este universo se centran principalmente en las solteras que a través de múltiples ritos procuran el amor de su vida. En fin, es esta una cosmovisión que en su desplazamiento urbano revela la fuerza oculta del Brasil agrario. Acá se juntan la religiosidad popular que mezcla el catolicismo que bajó de los barcos portugueses con el paganismo sertanejo, los excesos de la comida y el trago con el erotismo férreo del forró. Todo en un ambiente variopinto y ruidoso de fuegos artificiales y manifiesta alegría que gira en torno a los elementos, sobre todo el fuego y el agua: la lluvia copiosa que llega y la fogueira que abriga, concentra, celebra la vida y, por qué no, expurga también al demonio intruso que busca siempre romper esa armonía ancestral, divina y humana.
 
La experiencia de estos días y de los que siguen no es sino la de vivir inmerso en ese cronotopo que el viejo Bajtín tan bien describió: una transgresión o inversión del mundo en base al ciclo natural y donde el cuerpo expone como un todo su principio absoluto de materialidad. Sin embargo, en esta fiesta de São João y en los carnavales actuales el mundo primitivo dialoga con nuestra modernidad. Y es en ese contacto que resurge un latinoamericanismo que actualiza vitalmente su totalidad contradictoria. Esa heterogeneidad no–dialéctica con la que Cornejo Polar estudia al Perú y a la región en su conjunto.
 
El trasfondo es el pasado que en su circularidad le da sentido metafísico. Pero lo visible y palpable es el presente que en su novedad le da la fuerza para su continuidad: los viejos que ya no están y los jóvenes que se incorporan con su necesaria energía.

 

Vi abuelos pasivos e indiferentes ya al rito, niños ávidos y ruidosos con sus fuegos, hombres bebiendo, conversando, distendidos. Otros comprando choclo para que en casa la mujer en su indispensable rol los cueza y mexe (revuelva) por horas en la panela (olla) para formar la canjica y así hacer, como nadie más puede, de esta fiesta lo que es. Pues si la Festa junina es eminentemente familiar, es porque la mujer, madre y esposa conduce y organiza al grupo en todo el período carnavalesco. Es la mujer la que viste a sus hijos, partiendo por las actividades de la escuela, con trajes de fiesta. Es ella la que decora, compra y trabaja. A ellas son las que vi en cada puesto vendiendo comida, dulces, fuegos, para ganarse unos reales extras. Mujeres y mujeres, hermosas y arrumadas (arregladas), bailando forró aferradas al hombre («su macho», dicen ellas mismas), tomando y celebrando. Gastando animadas lo que ganan como cajeras de supermercados, vendedoras en lojas (tiendas), farmacias y restoranes. Atendiendo siempre. Peluqueras, faxineiras (aseadoras), secretarias. Dueñas de casa. En la fiesta comunitaria del 23 era su nombre el que se leía en las mesas reservadas y disponibles para cada clan («Dona Fátima», «Dona Flavia»).
 
Una vez oí decir a Poniatowska que en México las mujeres son cincuenta más uno y que si un día decidieran todas no levantarse ese país se caería a pedazos. La advertencia de la autora de La noche de Tlatelolco no pudo serme más útil para comprender este São João y el rol fundamental de la mujer nordestina en él.
Marco Chandia
Marco Chandia
marcochandia@gmail.com