Poner los ojos en otro lugar

/ por Jorge Díaz

 

 

 

Flujos y pausas

 
¿Qué es un flujo? Un concepto que denota incontinencia, una corriente continua, una mecánica de fluidos, un derrame y un desborde, imágenes como la latencia de un corazón, pulsaciones nerviosas, bombas electroquímicas en alta frecuencia, secreciones sin pausa. Lo primero que sabemos es que la idea de flujo desestima las pausas, las omite por debilitar su frecuencia y reducir su viscosidad. Pero aunque suene paradójico, las pausas son los momentos constitutivos de todo flujo. Sin pausas es imposible medir la frecuencia o comprender su naturaleza. Los flujos existen porque hay resistencias que buscan rigidizarlos, pero estas no son precisamente las pausas. Las pausas, inmersas en el centro mismo de los flujos, nos ayudan a comprender de qué manera vamos a continuar. En el activismo de la disidencia sexual estamos inmersos en diferentes direcciones de flujos políticos y sexuales frente a los cuales tenemos que saber hacer pausas: la creciente modelización normativa de la vida homosexual y su correlato romántico de la nación gay, proyectos de ley que rechazan el reconocimiento de las identidades trans, el aborto penalizado en todas sus formas, el menosprecio a la presencia de la mujer en los espacios del debate público e intelectual, cierta banalización del feminismo como una palabra cada día más socializada pero no por eso profundizada, una educación sexista basada en la jerarquía, el abuso y la explotación. Para sobrevivir en el flujo que vivimos, es necesario hacer pausas que nos alerten y nos entreguen posición. Porque si por un lado debemos defender y rescatar los flujos de nuestras historias del daño, también tenemos que aprender a hacer pausas y valorarlas.
 
Patrimonio sexual: crónica de un circo transformista para una arqueología de la disidencia sexual de Cristeva Cabello es un libro* que nos acerca a estas pausas. Podría decir que este texto es una pausa sexual que nos permite no ser arrasadas por la marea. Presentado como un gran ensayo escrito desde variables formatos, este relato es el recorrido íntimo y politizado de un activista de la disidencia sexual en sus vacaciones de verano, cuando puede descansar a medias de la maquinaria del trabajo académico y articular escrituras que desafíen la normativa burocrática–administrativa de la industria universitaria en la que estamos inmersos. Cristeva en ese verano del año 2014 se dio el tiempo y me invitó a asistir en la ciudad de Pichilemu a la Carpa Show de Claudia Andrea, “El Espectáculo de Transformistas Nº1 de Chile”, para retratar a sus protagonistas desde el ojo torcido que sostiene su escritura.
 
Es así que en ese “período refractario” del verano, este libro articula escrituras que conforman un “activismo de la palabra”: textos que permiten emancipar hablas y modos de comprensión del mundo, del mundo propio, de la sexualidad, del género y de las micropolíticas cotidianas. Del vivir apuntando la realidad en la crónica sexual para formular biografías ficcionales que recrean un lugar, un archivo de lecturas, citas, autoras y obsesiones que se oponen a una cada vez más proliferante literatura rosa que dulcifica las relaciones no–heterosexuales escritas en el clásico guión del dolor sofocado por las instituciones familiares o que fetichizan los momentos históricos de la represión cola con imágenes que subliman el deseo de la penetración, dejando a los verdugos de la homofobia como estrellas porno en una versión sufriente y soft porn del relato lemebeliano.
 
 
 

Una arqueología transformista

 
El activismo político y en particular el activismo feminista y de la disidencia sexual es exigente, requiere atención y tiempo. Cristeva Cabello es una arqueóloga trans que saca a la luz un pasado que sigue siendo parte de nuestro presente por más que una mirada rápida desde el flujo de los movimientos sexuales parezca omitirla. Construye una trama de tiempo torcido, un intervalo transfeminsta que rellena el punto ciego, ese espacio de vacío en la comunicación entre nuestros ojos y nuestro cerebro, con cuerpas de transformistas que viven como reliquias vivientes a lo largo de nuestro país.
 
Este libro celebra los desvíos ópticos de una disidencia sexual que busca enfocar –como en los microscopios– su objetivo hacia aquellos cuerpos y estéticas que pasan desapercibidos por la política sexual de corte más humanista o LGBTIQ. Porque la disidencia sexual no es una política que rescate una identidad particular como motivo de resistencia sino que pretende generar una crítica a los estrechos intervalos de acción sexual y de género que permite la heterosexualidad obligatoria.
 
Esta escritura transfeminista se mueve entre preocupaciones teóricas como la heterosexualización del patrimonio y el problema de la escritura como tecnología política para pensar y repensar la precarización de estos circos transformistas que de manera nómada desenfundan carpas y arman escenografías donde exponen sus más abyectas comedias sexuales frente a familias y niños.
 
Me gusta que este libro rescate una memoria arqueológica de los circos transformistas, poniendo el acento en las identidades “menos políticas” de la trama LGBTIQ, presentándonos cómo construyen sus economías de sobrevivencia en un deseo de feminidad y también de afeminamiento de la realidad. Sosteniendo el arte arcaico del transformismo popular, donde el artista debe automaquillarse, diseñar, fabricar y coser los vestidos, elegir las pelucas, armar las escenografías, seleccionar las canciones, vender las papas fritas en el entremedio del show, tomar fotografías al final del espectáculo y, también, cortar las entradas al inicio de la función en la carpa–circo.
 
El relato intercala crónica, comentarios de libros, ficciones, apuntes, teorías y borradores en una apuesta caótica y barroca que requiere ser leída con tranquilidad, dándose el tiempo necesario para reflexionar y argüir ideas. Este proyecto es muy arriesgado, más aún en un contexto de nuevas identidades que generan “capital simbólico y político progresista como son las identidades trans, transfeministas, transgéneras, transexuales, niñes trans, travestis, transformers y drag queen”. Porque sin nunca dejar de realzar el derecho a esta proliferación cada vez más intensa de diferentes maneras de vivir la sexualidad, el género y el deseo, Cristeva Cabello prefiere esta vez rescatar una memoria en extinción, una arqueología de la sexualidad, un archivo histórico que sobrevive en los circos transformistas que se mueven por los diferentes archipiélagos sureños de este lado de la cordillera.

Travestir el patrimonio

 
Mientras escribía este texto fui buscando imágenes en archivos y libros de transformismo y travestismo, bajando desde internet fotografías que me permitieran comprender el valor testimonial y político del patrimonio sexual desde el que nos hemos construido como activistas y escritoras. En la búsqueda aparecieron muchas fotografías de Hija de Perra, nuestra amada diva under, una artista de la abyección que vivió para desprejuiciar los imaginarios pacatos de una sociedad adormecida por una dictadura militar y económica. A través de su performance donde abortaba una cabeza de chancho, cortaba sus pezones o leía manifiestos políticos, alertaba sobre la violencia de la cultura patriarcal y, también, de la colonización queer que muchas veces inunda las prácticas artísticas y activistas. Pero sin duda existen unas fotografías que concentraron toda mi atención ante esta búsqueda del rescate del archivo arqueológico del transformismo local. Son unas fotografías en blanco y negro tomadas por Paz Errázuriz en una corporación que luchaba contra el flagelo del sida en los años 80. Estas imágenes son de la inauguración de la muestra La manzana de adán, libro que con sus imágenes ha formado a generaciones completas de activistas que nos reconocemos en esas travestis como patrimonio de nuestra sexualidad. En el año 1989 llegaron hasta esta corporación varias travestis y transformistas a una visita guiada y comentada por la artista. Me encanta observar ese exceso de maquillaje ochentero sobre estos rostros alertados por un control dictatorial que soporta gestos de asombro en sus caras. Los vestuarios, los pelos en sus brazos camuflados por pulseras metálicas y el blanco y negro que dramatiza el encuentro. Las travestis de estas fotos sostienen unas velas que van derritiéndose poco a poco en sus manos, alumbrando así las imágenes de las otras travestis retratadas por Paz en “La Jaula”, ese lugar del sur de Chile donde estas travestis prostibularias sobrevivían ante el acoso y tortura policial, como nos recuerda Cristeva Cabello en esta crónica sexual. Esas velas en consumo, esa esperma caliente que se derrama entre los dedos trans en la sede contra el sida, me recuerdan al candlelight, tradición que enciende velas mundialmente cada 19 de mayo por las víctimas del sida. Imaginar esta escena completa, de cuerpas transformistas en esa sede política, cada una iluminando como homenaje a otras travestis quizás ya muertas por el sida o la represión, guiadas por el ojo sincero y acogedor de Paz Errázuriz, me produce una profunda emoción, en el sentido más político y feminista del término. Seguramente estas velas que arden e iluminan focalmente fueron prendidas por los continuos apagones en los que vivía Chile durante la oscura dictadura de Pinochet.
 
Pienso qué será hoy de estos cuerpos arqueológicos y patrimoniales, cómo han sobrevivido a los embates del sida y la heterosexualización de la vida. Qué fuerzas portan para seguir sosteniendo una carpa de circo y su economía de la sobrevivencia, moviéndose temporadas completas en viajes por nuestro país, entre las mareas y los flujos, todo por un deseo transformista, exagerado, suntuario, con los brillos y las lentejuelas necesarias para una transformación sexual del mundo.
 
He visto a Cristeva viajar –al igual que estas transformistas– por todo el país hablando de educación no sexista, feminismos, transfeminismos y disidencias de géneros a estudiantes criados en una represión homofóbica brutal. Adolescentes que llegan a decir que si su amigo de curso fuera maricón, eso lo sentirían como una traición y, de hecho, lo golpearían.
 
Son todos estos viajes, los activistas y transformistas, los que motivan este libro de crónicas arqueológicas hacia zonas pre–históricas de nuestra política sexual. Una manera de volver transformista el patrimonio, ese tan machoificado por las instituciones culturales. Las pausas que establece este libro siempre son necesarias para revisar nuestro pasado, acompañándose con referencias a escritoras y artistas feministas (valeria flores, Constanzx Álvarez Castillo, Hija de Perra, Susan Sontag, Eliana Largo, Jack Halberstam, Paz Errázuriz, María Galindo, Gloria Andalzúa, Zaida González) que en un contexto de estudios queer muchas veces son omitidas, renunciando así a cualquier dato de realidad sureña en sus velocidades de acumulación y validación académica internacional.
 
Es importante subrayar la apuesta política de este trabajo de Cristeva Cabello que emerge de las conversaciones, talleres, actividades del activismo y las noches de la disidencia sexual, porque rescata imágenes, referencias e imaginarios de una cultura popular en peligro de extinción. No se cansa de proponer cortes temporales para enfocarnos en las cotidianeidades y estéticas de cuerpas transformistas y travestis que nos alertan a no olvidar una memoria política sexual y así, en un engaño al progresismo gay de este país, poner los ojos en otro lugar.
 
 
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* Este texto sirve de prólogo al libro Patrimonio sexual: crónica de un circo transformista para una arqueología de la disidencia sexual (Trío Editorial, 2017) de Cristeva Cabello.
 
[Portada] Fotografía de Paz Errázuriz, inauguración de exposición La manzana de Adán en la sala de prevención del sida, 1989.
 
Jorge Díaz
jbdiaz1@gmail.com