La memoria, madre de las musas

/ por Mariana Zegers

 

 

 

Preguntarse por la memoria, rodear el concepto, abrazarlo, es tejer un hilo de aquellas tramas universales profusamente abordadas. Es preguntarse para hallar disímiles y antagónicas respuestas. Porque ella no es tanto una verdad inalterable como sí varios tejidos que se entrelazan y generan enriquecedores e inacabables significados.
 
En la mitología griega, Mnemosyne, diosa de la memoria, era la madre de las nueve musas de las artes: artes que nacen de la sustancia de la memoria, artes que se alimentan de la memoria para explorar la construcción simbólica del tiempo y el espacio.
 
Así como el arte, la memoria también es social. Como escribió Maurice Halbwachs: “No hay memoria posible fuera de los marcos de los cuales los hombres, viviendo en sociedad, se sirven para fijar y recuperar sus recuerdos. Inferimos de aquí una concepción de la memoria que excede el propio cuerpo. Es la memoria del lenguaje, nutrida de aquellos que lo han usado, que lo han transformado en el uso: “Nosotros hablamos nuestros recuerdos antes de evocarlos: es el lenguaje y es todo el sistema de convenciones sociales que le son solidarias que nos permite a cada instante reconstruir nuestro pasado”. Es decir, una memoria, como el lenguaje, dinámica, en constante transformación.
 
Hacer memoria es también un ejercicio a tres tiempos, y con esto quiero decir que es todo lo contrario a quedarse pegado en el pasado: “Del pasado se habla sin suspender el presente y, muchas veces, implicando también el futuro”, escribe Beatriz Sarlo en Tiempo pasado. La memoria tiene que ver con visibilizar voces, muchas veces acalladas, en disputa con los poderes establecidos.
 
Si la memoria fuera una parcela de tierra, sería una disímil, dispareja y pedregosa. Sería un terreno en pendiente, con desniveles, tendría montes y en sus laderas crecerían esas flores que se llaman nomeolvides. Si la memoria fuera un cauce de agua, sería seguramente un río que nace en la cordillera y muere en el mar; serían sus aguas un flujo constante que nutre todo lo que baña. Si la memoria fuera una herida, sería una que sangra profusamente y que cuando sana deja una cicatriz que recuerda lo que hemos vivido y quiénes somos: cicatrices que constituyen nuestra identidad.
 
La memoria se queda pegada a las cosas. Una forma de recordar y conectarse con el pasado, al mismo tiempo que de crear comunidad, es concurriendo a aquellos lugares significativos para nuestra historia, personal y colectiva. Así, construimos animitas para nuestros muertos y atesoramos los objetos que nos los traen a la memoria:
 
 
Todo mi amor está aquí y se ha quedado
pegado a las rocas al mar y a las montañas
Raúl Zurita
 
La memoria es un fundamento de la inteligencia
La memoria es una construcción individual y colectiva
La memoria es un territorio en disputa
La memoria es aprendizaje, es educación
La memoria es trascendencia, es permanencia en la Tierra
HACER Memoria es un trabajo
HACER Memoria es practicar un rito, es la forma de traerte a mi vida,
de decirte que “tú no moriste contigo”
 
 
Recordar también significa volver a pasar por el corazón (del latín recordare, formada del prefijo re, de nuevo; y cordare, de cor, cordis, que significa corazón). Recordarte –¿es posible recordarte apenas habiéndote conocido?– es volver a pasar, a pasear juntos, por los rincones del corazón.
 
La memoria liga el tiempo presente con el recuerdo del pasado: toda vez que recordamos que muchos de los detenidos desaparecidos y ejecutados políticos que pasaron por unos o por otros centros de detención eran dirigentes sindicales, campesinos, estudiantiles, pobladores, de la cultura y del movimiento popular de esos años (similares a los que hoy libran sus luchas en un contexto diferente), toda vez que nos organizamos y trabajamos juntos, incurrimos en el ejercicio de la memoria: invocar nuestras experiencias y conocimientos que se reconstruyen y repiensan en el presente, en miras a mejores futuros posibles.
 
¿Cómo se gestan las memorias colectivas?
 
En Chile tenemos memorias colectivas diversas y fecundas, en sus formas y contenidos. Evidenciamos sus expresiones en las artes visuales, la arquitectura, la música, el cine, la danza y la literatura; en las ciencias sociales y jurídicas, en las comunicaciones, la ciencia y la tecnología. Evidenciamos su presencia en el ámbito familiar, en las organizaciones sociales de base, en los oficios y profesiones, en las distintas instancias educacionales. Por otra parte, las comunidades, movidas por una experiencia común, se han dado la tarea de recuperar lugares significativos para la historia de sus regiones. Con ese ímpetu se levantan en nuestro territorio diversos espacios de memoria. Unos son sumamente concretos; otros funcionan como patrimonio intangible. Unos se erigen sobre ruinas demolidas; otros han sido rescatados antes, restaurados y preservados. Unos son íntimos, personales; otros tienen un carácter público y privado. Muchos se instalan en el lugar de la muerte, de la tortura, de la desaparición. Algunos conmemoran un suceso en particular, un lugar simbólico. Y otros se levantan solamente por la necesidad de reconstruir la historia colectiva y de reforzar ese vínculo entre memoria y educación.
 
La memoria se construye y reconstruye en su disonancia, en su divergencia, sin aplacar su inherente carácter controvertido.
 
¿Cómo sería nuestro futuro si los vencidos hubiesen elegido callar? ¿Qué nos depararía el futuro si sólo contásemos como legado con la historia de los que vencen en las guerras, aquellos proyectos triunfantes en sus ámbitos disciplinares, sociales y territoriales? ¿Qué tipo de sociedad seríamos si sólo contásemos con la memoria de los vencedores de 1973 y de quienes consideraron que la represión era un mal necesario, el único modo de aplacar el supuesto “caos” social?
 
El trabajo de memoria en el que tanta gente se ha comprometido es el que nos lleva hoy a ciertos consensos sobre el pasado. Tales consensos, si bien son aún insuficientes, representan un avance significativo respecto de 20 años atrás. No hay que olvidar que, en el marco del retorno a una democracia en la medida de lo posible, negociada y con pistola sobre la mesa, a Pinochet lo tuvimos de Comandante en Jefe del Ejército y luego de senador vitalicio hasta que, en octubre de 1998, la justicia extranjera dio a los poderes del Estado chileno unas cuantas lecciones, deteniéndolo en Londres. Sin embargo, y a pesar de que murió impune, su reputación quedó merecidamente enlodada por el reconocimiento general de sus crímenes de lesa humanidad y sus delitos económicos.
 
Toda la verdad, justicia y reparación que se ha obtenido ha sido a punta de luchas, riesgo y tesón. El universo de activistas de la memoria y los derechos humanos es nutrido y heterogéneo: medios periodísticos como la revista Análisis y tantas otras; los sobrevivientes, resistentes, los expresos, los familiares de ejecutados políticos y detenidos desaparecidos, los organismos de derechos humanos y movimientos sociales. Todos contribuyeron en la denuncia, investigación y develación de los crímenes de la Dictadura. Todos lucharon por su fin.
 
Hoy, Chile de a poco se despereza y moviliza. Cada vez con más fuerza se manifiesta y organiza contra el legado de la Dictadura, visible y palpable en este sistema desigual, en la imposición del neoliberalismo extremo, en la privatización de servicios básicos que el Sistema Internacional de Derechos Humanos proclama como derechos irrenunciables, imprescindibles, imprescriptibles, inalienables.
 
La memoria de las violaciones a los derechos humanos puede contribuir a generar garantías de no repetición, aunque el rescate, el análisis, la conservación y la exhibición del archivo no sean en sí mismos gestos suficientes, sino resignificándolos, haciéndolos parte de las memorias colectivas sobre nuestro pasado, generando consciencia en la ciudadanía. Una consciencia en la que se arraiga el nunca más
 
Memoria femenina, madre de las musas, parte constituyente de mí. Memoria, no sólo eres una atestiguación de mi experiencia, pues albergo memorias inmemoriales; memorias que no viví directamente, pero que son parte constitutiva de mi identidad. Porque la memoria también se transmite ¿Es posible recordarte apenas habiéndote conocido?

 

Debe existir una memoria biológica, una memoria de los genes, como las de algunas plantas que si se les priva de agua, luego en sus semillas esta información queda grabada y los frutos que siguen se acostumbran a sus condiciones externas, para así crecer y madurar, refulgentes.
–––
 
 [Portada] Fotografía de Marcelo Montecino
Mariana Zegers
mzegers85@gmail.com