“¡Existe el proletariado!”: entrevista a Bruno Vidal

 
/ por Gonzalo Geraldo
 
 
¿Qué atestigua el poeta? La doble lectura, la lectura jodida, el juego, la duplicidad. No en la ilusión de oírlo todo u oír cualquier cosa, sino en la de oír siempre otra cosa. Esto es subrayado por el poeta Bruno Vidal a partir de la definición de su quehacer, de su tarea, que podemos llamar de una fuerza semiótica, de una fuerza histriónica única, en cuanto lleva a los límites del sentido la actuación sobre los significantes y sus representaciones sociales (la “Obra” profunda de la dictadura). Sus poemas funcionan como máquinas de lenguaje, máquinas de escritura cuyos muelles y seguros han saltado. Y un espacio doble o dislocado trama su fuga, monta su posición indirecta. El opus poético se pone en abismo: cuerpos se injertan, dispositivos se conectan al «acuartelamiento en primer grado”, a la represión inmediatamente posterior al 11 de septiembre. De allí que la presente entrevista busque dilucidar nuestras urgencias y contingencias históricas a la luz de su última entrega, Rompan filas, publicada el año pasado por Ediciones UDP.
 
 
 
— ¿Cómo operan y cómo se distinguen la denegación y la compulsión de repetición en tu reciente obra, Rompan filas (2016)?
 
En mi obra abundan los mecanismos de defensa. Desquicio el significante, lo movilizo, lo cerceno, lo violento, lo transmuto, lo llevo al terreno de las transfiguraciones. No hay tregua posible, se arma “la tole tole”, y yo ahí soy un as para poner en entredicho todos los lugares comunes de los derechos humanos y esas leseras de una pequeña burguesía simplona  y autocomplaciente. En mi obra no se niega al Cristo en la víspera del sacrificio en vano. ¡Para nada! En mi obra el discípulo no tiene  necesidad de ir al Monte Carmelo, ni hacer la desconocida en el Huerto de los Olivos, en mi obra los apóstoles  salen a porotear en C10 –esas camionetas sublimes–, y buscan al Cristo y lo apresan y se lo dan vuelta en el “palo del loro” (Pau de arara), y lo niegan y lo niegan y lo niegan, y lo escupen y lo sodomizan y se dan un festín en grande. Y por supuesto, su mayor desquiciamiento es decirle al sacrificado en vano: “Oye, loco, lamentablemente es mala cueva en tu hoja de vida. Lo lamentamos mucho, pero eres parte de una vendetta  y nosotros somos mandados”. No hay vuelta, y vamos dándole en la cabeza, en el tronco y en las extremidades. El retorno de lo reprimido en cantidades industriales y al pobre upeliento se lo manda a guardar, con la fe y con la estúpida idea de cambiar la vida y transformar el mundo. Como digo en algún texto: “pura objetividad del arte no comprometido”.
 
 
 
— ¿Tu obra poética sostiene el principio de autoridad como principio de realidad?
 
Efectivamente, mi obra puede traducirse en esa cuestión primordial a toda tribu, a todo linaje, a todo clan. Entiendo que toda la humanidad pasa por explicarse y por sobrevivir a partir del principio de autoridad, todos los fundamentalismos religiosos se inauguran, se instalan en ese fundamento genético: la auctoritas. Y el reverso de ese principio es la superstición, lo que equivale a  pensar la autoridad como el mecanismo de defensa atávico de la condición humana. Todo individuo no puede evitar su ligamen a otros que ofrecen un magma de cohesión, en la creencia unánime de que aquel, el Otro, nos une más fuerte. En esa necesidad compulsiva de evitar la precariedad y la debilidad, el ser humano no soporta la densidad de la realidad, se tiene que  refugiar en algo grande, de ahí toda imperiosa necesidad de fundar el tabú y el tótem. Y ahí los testimonios son brutales. La muralla china, las pirámides y no sólo egipcias, las pirámides mayas y aztecas, y los edificios de Nueva York. Son macabras arquitecturas de una nada, asediadas por otra nada de nada. Y los moáis, su recurrencia: la piedra (Petrus, el Vicario), esa rigidez que niega lo blando y la pudrición. El principio de autoridad es el subtexto. En el principio era el verbo… ¡qué verbo ni que ocho cuartos! ¡Las puras huinchas! No es la palabra la que da seguridad a las tribus, es el Estado; la concentración de la voz de mando en escala mesiánica: Buda, Mahoma y Cristo son los rockstars de la inmundicia humana. En ese contexto, Zaratustra se caga en dos tiempos en la cruda realidad. Hombre, ¡por Dios Santo!, La montaña mágica  es una mentira piadosa que sólo remite en la verticalidad y en la horizontalidad. Dicho de otro modo, nos concierne el horror al vacío.
 
Mi obra es densa en esos parámetros a través de la burla y el sarcasmo. Busca edificar otra mentira piadosa en la mentira piadosa de la ciudadanía. El que entienda mi obra dirá: este sujeto sostiene algo brutal, no existe la polis, y si llega a existir es sobre la base de un chivo expiatorio (onda René Girard). El chivo expiatorio de 1973 se llamó Unidad Popular, es decir, un proletariado sin vocación de poder, pero sí de servir de carne de cañón a una pequeña burguesía poca cosa y antipatria. Todos se involucraron en el horror al vacío. Esas víctimas y victimarios de los que yo hablo o a los que pongo en escena son títeres de una situación delicada. No saber levantar la horizontalidad que digo y la verticalidad que enuncio al unísono. Se apeló finalmente al melodrama, a la opereta sin ton ni son, ganó la partida el lumpen, presto a sacar el mejor partido. Finalmente, el principio de autoridad lo instala el trabajo sucio, pero no la labor inmaculada de los pocos que tienen pana para sacarle. Los pillo a moros y cristianos. Arte Marcial (1991), Libro de Guardia (2004) y Rompan filas (2016) son obras que se refocilan en el principio de autoridad. ¡Qué duda cabe! El hablante es una hiena plañidera, se mata de la risa en el sustento oral y escrito de la contradicción abyecta, se enternece en la compasión por el cabro idealista que no tiene la menor idea del forro en que se está metiendo, se violenta en el corvo atacameño de un jetón que deja en claro que se la puede en la represión.
 
 
 
— ¿De qué manera en tu práctica literaria (y ética) la abyección (esa “violencia sagrada”) redefine lo real?
 
Lo Real en mis entendederas lo da el mito de Job. Puro placer, puro éxito, pura caja fuerte, puro buen dividendo en las plusvalías. Y de repente, se caga pistola. Dios le quita toda la fortuna: “Oye, loco, de qué te ufanas tanto, si la realidad no es la moneda, te quedas con lo puesto”. Y ahí hablamos del credo de la ideología de la encíclica papal, y Job con los genitales a la vista se las tiene que arreglar en todos los contratiempos, y el hombre tiene que apechugar en la intemperie, y ahí sale adelante y se inventa el Ser. Y Job empieza a valorizar el aire, el firmamento, pero sin ninguna expectativa: observa el mar, vive la lluvia, catea las estrellas. No se mira en un espejo y no tiene lengua materna, no tiene ninguna necesidad de la toga ni del laurel. La ironía ha vuelto al paraíso, pero no se da cuenta y se las tiene que ver fuera de sí, vuelve a lo fetal. No tiene comedia, no tiene tragedia, no tiene abrigo… en la cancha se ven los gallos.
 
 
 
— ¿Cómo relacionas en tu obra la sensibilidad de los victimarios con la figura de la lengua materna?
 
En mi obra la protagonista y la antagonista es la madre que interviene para dejar en claro: en el intercambio sólo caben las usurpaciones, los delitos de lesa humanidad, los arrebatos, las perversiones, y al que quiera dárselas de Edipo se le saca de circulación con cercenamiento masivo de los deseos. Y pobre de la jetona que quiera empoderarse, se la hace desaparecer del mapa. En el santuario no caben los débiles de carácter, no debe romperse el cordón umbilical de opresores y oprimidos. ¿A quién has pisoteado con la lengua materna?
 
 
 
— Por último, ¿cuál es el mensaje subliminal de tu obra?
 
¡EXISTE EL PROLETARIADO!
 
 
 
 
 
 
 
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Esta entrevista fue parcialmente publicada en la revista Calambur, núm. 5 (2017), en la ciudad de Tacna, Perú.
 
[Portada] Fotografía del libro Rompan filas (UDP, 2016)
Gonzalo Geraldo
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