Santa Rosa de Pelequén

 
/ por Nicolás Meneses
 
 
En el auto mi hermano pregunta hace cuánto que no voy. Le respondo que hace años, sin tener clara la cifra exacta, pero con la consciencia de que son muchos, quizás la distancia misma que separa mi infancia de la adultez. El auto tirita como al inicio de un terremoto. Son los rodamientos del eje, me dice, como si yo entendiera algo de autos. Ahora la iglesia no tiene esa cúpula como de trompo, la cambiaron por una cruz después del terremoto. Le contesto que sí, que no he ido hace tiempo a Pelequén. Pero que al menos sí he visto de pasada cómo reconstruyeron la iglesia rosada tras el 27–F.
 
El día amanece nublado y me pierdo en las nubes que se acercan de la costa. Con mi hermano vamos camino al último día de la fiesta de Santa Rosa de Pelequén. Es domingo y la carretera se ve despejada desde que dejamos Buin hasta la altura del peaje Angostura. Mi sobrino, inquieto por la espera, pregunta a cada rato cuánto falta para llegar. Mi hermano lo reta enojado, como si él nunca hubiese sido niño. Quizás soy el único en el auto que lo conoce desde que dejó de hacerse pichí en la cama, mucho antes que yo, por supuesto. Ninguno arriba del vehículo va a pagar una manda ni a pedirle algo a Santa Rosa. Mi cuñada, su mamá y mis sobrinos van a vitrinear. Mientras que yo con mi hermano, aunque suene cursi, vamos a recordar.
 
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No estoy seguro del año exacto en que conocí Pelequén, pero para mi familia era un viaje obligado, pese a que eran evangélicos. La explicación es muy simple. Mi abuelo es comerciante ambulante, un vendedor de comida rápida en pequeños puestos que levantaba en la mayoría de las fiestas religiosas a lo largo de Chile: Andacollo, Pelequén, la Compañía, el Monte, Isla de Maipo, incluso a veces La Tirana, aunque la distancia nunca lo hizo un viaje rentable. Mi abuelo fue y sigue siendo un vendedor reconocido en La Ligua, famoso por un humor que no perdona a nadie y que roza peligrosamente la autoflagelación y la ridiculización constante. Es decir, se ríe no sólo de los demás, sino, sobre todo, de sí mismo. El Tuco, como le dicen, fue mi puerta de entrada a ese universo de comerciantes de toda laya que comparten, se ayudan y suben el ánimo durante largas jornadas de trabajo en interminables filas de puestos.
 
Al llegar a la intersección de la pequeña localidad dependiente de la Municipalidad de Malloa (la misma de la empresa de salsas de tomate) me sorprende la presencia de peajes laterales que la concesionaria instaló en los ingresos a las localidades de la sexta región, sobre todo en el que da la entrada a Pelequén. Veo estacionamientos improvisados en peladeros, corredores en forma de cruz, lienzos que advierten del tránsito de peregrinos a orillas de la carretera, la pasarela repleta de multitudes–hormigas, apelotonadas como en un camino de azúcar que lleva a la arteria que se extiende alrededor de la iglesia.
 
Mi abuelo siempre trabajó junto a mi papá en la fiesta de Pelequén. Remarco fiesta, porque el aniversario de la virgen de Lima que se celebra a fines de agosto, durante casi dos semanas, siempre fue una fiesta para mí. Nunca vi a peregrinos martirizarse o arrastrarse dramáticamente a los pies de la santa para pedir algún milagro. Las primeras veces que estuve en Pelequén no me alejé mucho del puesto en que mi papá vendía pasteles de La Ligua, bebidas, choripanes, empanadas de queso y horno que algunos clientes rechazaban por ser “más caras que las de los puestos de la entrada”. Todavía recuerdo lo que mi papá les decía: “si le gusta el encebollado, bien por usted, pero estas tienen un vacuno dentro”. Convencía así a más de alguien que, inapelablemente, se rendía a la mano de mi abuela y de la tía Yaya, una familiar de La Ligua que iba a ayudar en la preparación de las cientos –y hasta miles– de empanadas de pino que se vendían en esos días a los creyentes.
 
Llegamos al estacionamiento administrado por la Municipalidad. El orden es prioritario en la organización de la fiesta, y a pesar de los atochamientos en los ingresos, logramos encontrar un lugar cerca de la entrada y el baño mecano. El primer puesto que nos saluda es el de sánguches de potito, con dos señoritas de delantal blanco, una de ellas peinada a lo geisha, con las pestañas encrespadas y un exceso de maquillaje que llama la atención y que hace pensar que la higiene alimentaria parte por la belleza de las vendedoras. Avanzamos entre la multitud a paso de pingüino, casi en caravana, para evitar perdernos la pista. De pronto vemos el primer puesto que antiguamente era trabajado por mi papá, ahora ocupado por una tía que trabaja con su hija y su nuero. Atrás, fuera de la vista, y tapado con las cajas plataneras donde se ofrecen los pasteles, mi abuelo anuncia por megáfono las ofertas: “cinco pasteles por mil, los cachitos con manjar Soprole”, “empanadas de horno con un vacuno entero y atrás una gallina poniendo huevos”. Su vozarrón ya no es el de antes, se ha quebrado por el paso de los años trabajando. Una vida de pega que el viejo no quiere dejar porque “en el momento que deje de trabajar me voy a morir”.
 
Comenzamos a recorrer la fila interminable de puestos. Local por medio un parlante arroja música. A pesar de la abundancia del reggaetón, el estilo que domina es la ranchera. Sobreviven negocios de venta de discos, otros comercian pendrives con mixes de bachata, reggaetón, rancheras y cumbias. Los más osados venden sus discos vestidos de charros con acordeón y guitarra. Estos últimos son los más cotizados, quizás porque la performance del traje es la mejor publicidad, una garantía de autenticidad para la gente. En un puesto de ropa un papá le dice a su hijo de unos siete años que le toque la teta a una maniquí. En otro puesto, con una hilera de parrillas, una familia completa vende kabak, una bola de carne bien aliñada que tiene forma de papa, cocinada a la parrilla y embutida en una marraqueta como un choripán. Mi cuñada compra uno y me cuenta que sabe como hamburguesa. Esa es la única comida no típica que me encuentro entre los puestos: nada de sushi, hamburguesas de soya, fajitas o comida vegana. Anticuchos sí, y completos, salchipapas, empanadas, alitas de pollo, pasteles de La Ligua, pasteles curicanos, algodón de azúcar, charqui y cuchuflis.
 
Santa Rosa de Lima, según consignan algunas infografías al lado de la iglesia, nació el año 1586. Su nombre real era Isabel Flores Oliva. Era tan bonita que su nana la llamaba Rosa. Desde los cinco años se sintió “flechada por el señor”. A los quince recibió su primera propuesta de matrimonio y la desechó cortándose el pelo. A los veinte le dieron el hábito de Santo Domingo en la Capilla de Nuestra Señora del Rosario, en el templo de Santo Domingo. Santa Rosa creía fervorosamente en el martirio como nexo con el ideal de Jesucristo y como acceso a la gracia. Cuentan que rezaba con una corona de clavos y que usaba uno para amarrarse el cabello. Ayudaba a los más necesitados, sobre todo a enfermos e indígenas, por lo que se hizo conocida como “la madrecita de los pobres”. Murió a los treinta y un años. En 1668 fue declarada beata y en 1671 el Papa Clemente X la nombró Santa Patrona de América y Filipinas.
 
 
 
Seguimos nuestra andanza entre puestos y me encuentro una pequeña mesa donde un viejecito trafica dildos. Un vendedor de velas, vestido de blanco y también entrado en edad, le dice a un perro: “me comiste el sánguche mío y el que te traje”. Entre todas las transacciones que se hacen en este peregrinaje consumista es común escuchar las gracias acompañadas de un “Dios te bendiga”. Mi hermano, igual de entusiasmado que yo con el descubrimiento, me apunta con una pistola a balines. Ese era nuestro pago todos los años por ayudarle a nuestro papá a atender el puesto. Una vez lo apunté a la cara con la pistola cargada y él, que era mayor y más fuerte que yo, me dijo que si le disparaba me sacaba la cresta. Pensando que no estaba cargada, segurísimo de ello, hundí el gatillo y casi le saco un ojo. Luego de sobarse la cara me sacó la cresta. Ahora mi sobrino es el que se lleva una de esas armas para la casa.
 
Buscando una cocinería para almorzar nos encontramos con las antiguas casas de adobe transformadas en restoranes esporádicos y minimarkets improvisados. Entramos a un galpón y desde el fondo nos llama un garzón con gorro de vaquero. Nos sienta en una mesa con sillas plásticas de Coca–Cola y toma la orden. Por entre la gente pasa un charro tocando covers de Los Luceros del Valle. Otro vendedor ofrece sal de fruta. La mayoría de las mujeres alrededor visten de buzos y yoquis deportivos y disfrutan la música. Mi sobrino me reta a una pelea de espadas con su cuchillo y hacemos la hora hasta que llega la comida. Al lado un caballero prueba una luma de fierro que acaba de comprar, simula pegarle a un delincuente imaginario. Al término de la comida nos separamos las mujeres y los hombres. Con mi sobrino y mi hermano nos vamos a recorrer la iglesia. Vemos fotos del desastre que provocó el terremoto del 2010. Nos sorprende la cúpula de bronce abollada entre pedazos de adobe, vigas rotas y bancas destrozadas. Nos llama la atención una foto del Cristo del altar desde un ángulo en que parece una selfie desde la cruz, exhibiendo sin pudor la magnitud de la destrucción. Nos imaginamos un posible estado de Facebook para esa foto de Cristo, “pequeño recado de mi padre” o algo así.
 
Otra infografía que acompaña la biografía de Santa Rosa cuenta que su figura llegó a Pelequén tras la guerra con la Confederación Perú–Bolivia. Un oficial chileno, originario de Nancagua, se vino con un “cholito”, llegaron en barco a Valparaíso y de ahí tomaron el camino real hacia el sur. Pasando por los alrededores de Pelequén, acudieron a la casa de doña María Terán a pedir ayuda, ya que el cholito venía enfermo de tifus. El enfermo traía consigo una imagen de Santa Rosa de Lima que su mamá le entregó para que lo cuidara. Pusieron en un lugar visible la imagen, y la dueña y toda la gente de su casa rezaron por la salud del enfermo, que al otro día amaneció sano. En forma de agradecimiento dejó la imagen de regalo a doña María Terán y así comenzó la devoción. Con mi hermano nos asombramos de la ignorancia que tenemos sobre la santa, pese a los muchos años en que hemos ido. Entramos a una de las últimas misas que se celebrarán este año por la fiesta y escuchamos al sacerdote hablar sobre lo que Santa Rosa tiene para entregarnos: la fuerza de su espíritu y la pureza ingenua de Jesucristo. Mi hermano me llama afuera y con un garabato me comenta lo impresionado que está. Recuerdo que cuando niño yo era de los que no decía chuchadas en la iglesia. Creía que era un lugar sagrado y, sobre todo, bajo la vigilancia constante de Dios. Mal que mal, era su casa.
 
 
 
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Fotografías del autor
Nicolás Meneses
nikhoes@gmail.com