Desempolvar la revolución: entrevista a Federico Galende

Memorias de octubre (Editorial El Desconcierto, 2017) es un libro de crónicas publicadas durante el año 2016, compiladas junto a una entrevista al intelectual alemán Boris Groys. Conversamos con su autor, Federico Galende, filósofo argentino radicado en Chile, para comprender el desparpajo con que revisa la Revolución Rusa a partir de un conjunto de materiales que prefiere no llamar archivos y de personajes que parecieran no ser conscientes de su historia. Todo ello desde una posición autoral que declara sin canon y que pareciera rehuir el mote experto, a pesar de ser un connotado académico y teórico que reconoce en la palabra “comunismo” el motor de sus páginas. Pocos días después de la contundente victoria del macrismo en las legislativas argentinas, no pudimos dejar de preguntar por la realidad del país trasandino. “El peronismo está dividido y ardiendo de una manera que no lo había hecho en bastante tiempo”, sentencia el escritor.
 
 
 
 
— Hablemos un poco de tu libro, sobre cómo se gestó. Es interesante ir descubriendo los personajes que conforman Memorias de octubre, porque hay ahí una técnica que posterga el nombre del personaje, se deja en suspenso, y luego aparece, aunque uno no sepa realmente quién es. Una de las cosas que ocurre es que hay una generación que no supo nada de Rusia, salvo aquello que le entregó ya masticado el imaginario gringo durante la Guerra Fría. Sin ir más lejos, ahora para la Copa Confederaciones de Rusia, TVN transmitió Rocky IV, que es cuando pelea con Iván Drago. Pero parece que no ha sido siempre así en la cultura nacional y en la de los literatos: por ejemplo, la generación del 38′ leyó mucho a los rusos. Hay un dato por ahí que dice que con la convulsión de la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial hubo una laxitud con los derechos de autor, y las imprentas se volcaron a publicar a todos los autores rusos que acá fueron muy bien recibidos. En ese escenario, ¿hay una intención por volver a reconectar con estos personajes históricos? Pues en la cartografía que proponen estas crónicas hay algunos que no son del todo conocidos, como Toller, Ilf, Petrov o Babél. Y luego otros que sí son más conocidos dentro de los ambientes políticos y universitarios, como algunos pasajes y postales bien bonitas de Marx y Benjamin. ¿Hay una pretensión por anudar o relacionar Chile con la cultura rusa?
 
La verdad es que no tengo mucha noción sobre eso. Creo que en Chile las prácticas de la primera vanguardia soviética fueron importantes. No para todos los artistas, porque los artistas en la época de las vanguardias locales y del horizonte utópico habían asimilado más bien la figura de la vanguardia rusa pasada por el cedazo de los muralistas mexicanos y lo que se conoció como el “arte comprometido”. Pero, la verdad, las vanguardias soviéticas no tenían mucho que ver con el asunto del arte comprometido. Tenían que ver con otra manera de pensar la política. La política era la capacidad que el arte le atribuía a un cualquiera para expandir todos sus recursos y libertades. Pero después del Golpe de Estado, por ejemplo en el primer Dittborn, en algunas pizcas de lo que después se llamó la “escena de avanzada”, estaba la urgencia por desnudar los procedimientos del arte, por mostrar el proceso del arte: no un arte fetichizado y exhibido en sus resultados, sino un arte mostrado en sus intestinos. Sobre cómo se hacía esto, allí la impronta soviética fue relativamente más fuerte. Estaba como una vocación remota, pero me parece que sí había algo en esa escena. De todas maneras el libro no lo tiene por objeto, al menos creo yo. Porque nadie es nadie para comentar su propio libro. Uno no sabe finalmente muy bien qué es lo que escribió. Digo, el libro no tiene tanto por objeto el arte, sino las vidas, las aventuras, los periplos y las anécdotas que se van entrecruzando, armando frescos: un collage de época. A mí siempre me interesa mucho cómo la escritura es capaz de enfocar una época. Y la manera que encontré, que un poco está en la pregunta, fue literalizar la teoría, no pensar la teoría como un dispositivo desde el que se puede explicar cualquier cosa, indiferente a los contextos y a los problemas. Sino la teoría como algo que tiene en su propia esencia la literatura.
 
 
 
— Es justamente en ese conjunto de detalles y episodios cotidianos donde quizás se podría encontrar el estado de ánimo de una revolución o incluso algo así como la materia viva que aún se puede rescatar con vocación literaria.
 
Claro, porque hay algo de literario en hacer una revolución no sabiendo cómo se hace una revolución. El arte tiene mucho que ver con eso, con prácticas libres, de experimentación y reconfiguración de las comunidades, sobre todo de comunidades sensibles que de alguna manera están haciendo y animando una gran gesta política. Eso de alguna manera corona a uno de los acontecimientos más célebres de los últimos 200 años, pero sin saber que lo están haciendo. Entonces, esta idea de construir el mundo siendo inocentes sobre el estado del presente me parece importante, esta especie de ingenuidad con el presente, que es el modo como en realidad se escribe la historia. La historia se escribe siempre sin saber que se está escribiendo.
 
 
 
— A medida que uno va leyendo los relatos se siente algo garciamarquiano –con eso me están traumando, interrumpe– que quizás tiene que ver con lo que acabas de decir: la ingenuidad del presente que se lee en Cien años de soledad. Se pueden leer los relatos como narraciones muy latinoamericanas de un proceso muy ruso, muy europeo. Quizás, para un lector latinoamericano, este mosaico de historias resulta muy aprehensible y le quita todo ese ropaje duro a la revolución. Por ejemplo, la historia del payaso Durov, que reclamaba que había enviado a sus focas a pelear a la guerra y que le dieran a él una camisa para su oso.
 
Sí, sí, es verdad. Hay un tono surrealista en el modo de tratar específicamente esa historia. En realidad, yo venía de haber escrito un librito el año anterior que se llama Comunismo del hombre solo, que es sobre el cineasta finlandés Aki Kaurismäki y que ideó un concepto interesante, pero también polémico, que es el “comunismo idílico”. Una especie de comunismo que se funda en una red colaborativa entre vidas marginales, es decir, vidas expulsadas de las grandes urbes financieras ambiciosas. El comunismo de Kaurismäki es justamente un comunismo donde el paraíso no es algo prometido, sino algo que se construye compartiendo con los que uno tiene a mano. Y traté de aplicar acá algo de esa especie de comunismo inmanente, un comunismo que está en las páginas incautas con las que se escribe la historia, más que en la promesa de mesías y pastores respecto al futuro o el porvenir. Y por eso estas son vidas, son viditas sueltas que deambulan por ahí, cuya simpatía ameritaba incorporarlas a un relato que las ilustrara narrativamente. Pero no es que yo sea un experto. En realidad, tengo la desdicha de no ser experto mucho en nada, y menos aún en la Revolución Rusa. No soy un experto, pero sí la palabra comunismo es una palabra que a mí me interesa. Por infinitas razones. Una de esas razones es por la manera singular con que incomoda a una época que quiere sepultar cualquier experiencia solidaria entre los seres humanos. Entonces me parecía bien traer esa palabra al horizonte de la actualidad. Y también es una palabra a la que le tengo cariño, porque, claro, mi historia, la historia de mis abuelos, viene de la Guerra Civil española y de las luchas de los comunistas contra las hostilidades y barbaridades provocadas por el gobierno fascista. Es una palabra que escuché desde muy chico. No sabía qué era el comunismo, pero escuchaba esa palabra. Algo de eso seguramente actuó en mí. A mí me parece que está bien construir teorías o narraciones con palabras de las que alguna vez nos enamoramos.
 
 
 
— No sé si será una fábula; pero es el cuento de un personaje que no cuenta con las características para ser un personaje histórico, al parecer. Más allá de haber enviado focas a la guerra, resulta muy útil para precisar esa diferencia que haces entre comunismo y capitalismo, una forma quizás moral o ética de enseñar la empatía que venía de la mano con un imaginario comunista. Esa forma de escribir el libro, esa cercanía de hacer una crónica escrita en ese tono, tiene un poco esa intención.
 
Sí, sí. No me había dado cuenta, pero es verdad que el libro tiene algo de comicidad circense. La factura misma del libro está concebida con los estilos del vodevil y de las artes circenses, que están en Durov, que es un payaso y amaestrador que se desprende de la vieja aristocracia zarista y apoya la revolución. Son esos personajes de los que uno no espera nada, y de pronto nos conmueven porque dan todo lo que no hubiéramos imaginado. Salazar, por ejemplo, homenajeando a todas las mujeres del mundo a título del feminismo y dejando atrás la historia social para siempre. Uno dice: “bueno, esto sería un gran gesto”. No va a pasar, porque en general no pasa. Pero a mí me gusta cuando pasan cosas que no esperamos que pasen. Y eso está en pequeños gestos de los seres humanos. Eso pasa con el payasito Durov, donde está el circo, porque él es fundador de un circo que además después tiene su dinastía. Él cambia la dinastía zarista por la dinastía circense. Los Durov siguen existiendo como miembros que animan circos en el mundo. Y también está el circo como una forma de repensar el teatro en la revolución. Para Einsenstein, para Vertov, para el propio Brecht, para Tretiakov, para todos esos personajes que Benjamin llamaba “los intelectuales operativos”, el circo es algo fundamental. No sólo el circo, las artes del vodevil, de los pequeños números, el sketch, porque eran las maneras de interrumpir la insoportable continuidad del tema burgués. Ellos pensaban el problema del teatro, que es una gran institución moral destinada a subordinar los rituales de los cuerpos a un guión, de manera que los cuerpos no sean los que puedan decidir cómo quieren estar juntos. El guión del teatro como institución moral es completamente infiltrado por las artes circenses que lo desarman a partir de estos numeritos populares, de pequeño sketch. Eso está en las vigas sobre las que se asienta el teatro experimental ruso, después en el teatro de Brecht también. El concepto de extrañamiento es un concepto al que Brecht ya le había añadido la experiencia de las artes circenses. Es interesante cómo el circo le falta el respeto al gran teatro burgués. Es decir, faltarle el respeto a esta manía –que en realidad se extiende desde la tragedia ática hasta el drama isabelino– de subordinar el comportamiento performático de los cuerpos a un texto o guión preestablecido. Todo eso habla más de las artes marciales y de las grandes artes militares que de cualquier otra cosa. La democracia actual se contagió de eso. De alguna manera hace eso.
 
 
 
— Eso mismo es lo que nos permite quizás volver a García Márquez.
 
Bueno, Fogwill lo llamaba García Marketing por ahí.
 
 
 
— Pero también podemos desdeñar ese mote. García Márquez durante su viaje a Europa del este, en los años 50, escribe que en Moscú el segundo idioma extranjero más hablado es el español, debido a los 30.000 huérfanos de la Guerra Civil española que adoptó la Unión Soviética después del conflicto. También cuenta que en los bares de los países comunistas suena invariablemente un bolero de Los Panchos, que se toma champaña y que la burocracia ha hecho estragos en la paciencia de la población. Cuenta también que el libro extranjero más vendido ese año es La Vorágine de José Eustasio Rivera, colombiano también. El cubano Roberto Fernández Retamar también dice en uno de sus ensayos que debiésemos ver más las sintonías que hay entre esta modernización maltrecha de los países de Europa del este con Latinoamérica, que ahí podríamos sacar provecho. Pero la pregunta es si es todavía posible mirar esos procesos o si la globalización ya los arrasó. ¿Tenemos que buscarnos por otro lado o todavía podemos espejearnos? Podemos pensar, por ejemplo, en Kusturica, que de alguna forma es quien logra la imposible tarea de llevar a cabo algo así como una especie de realismo mágico en la pantalla. Y hay sintonías internas ahí que quizás están sepultadas.
 
La verdad es que a mí los pronósticos no me gustan, ni los pronósticos ni los anuncios. No me siento con derecho de hacerlo ni veo con buenos ojos a esos académicos y académicas que viven cursando promesas respecto de lo que podría pasar, ¿no? En este sentido, no soy apocalíptico ni optimista. Me parece que es interesante concentrarse en el hecho de que los mundos siempre puedan ser lo que las personas, de alguna manera, decidamos qué queremos que sean, ¿no? Para mí la política se juega siempre ahí. La política no tiene que ver con el poder, con la administración del poder, con la gestión del poder, un poco como lo sugiere Rancière, sino que tiene que ver con los modos del estar juntos y los modos de hacer juntos un disenso que altere y reconfigure sensiblemente el estado de las cosas. Estamos en un país donde, no hay que olvidar, hace apenas 6 años atrás se consiguió algo muy parecido. Los mesías o los vanguardistas podrán decir que al final nada cambió, que Boric o Camila o quién sea fueron a parar al Parlamento, que todo se institucionalizó y murió. Pero no es así. El Chile de hoy, después del 2011, no tiene nada que ver con el que yo conocí en el apogeo de la Concertación durante los 90. Entonces, esas pequeñas experiencias enseñan que sí se pueden hacer cosas y que se puede reconfigurar sensiblemente el mundo. Y que la política, en realidad, es eso. Que no hay que pensar siempre la política como aparato de poder o como biopoder o como promesa igualitaria. Si no que hay que pensar la política como afirmación de una igualdad en cada pequeña interacción. A mí me interesa la política así, la política como gran afirmación igualitaria que nos reúne a todos en esa afirmación. La mujer hizo el feminismo haciendo esa afirmación igualitaria, los obreros haciendo esa afirmación igualitaria, los trabajadores, los funcionarios, etc. Y los académicos, yo qué sé. Los que quieran, ¿no? Creo que hay que volver a ese asunto.
 
 
 
— Hay efectivamente un antes y un después, en cuanto se politizan los discursos. La reacción aparece más transparentemente. Tenemos candidatos no solamente de derecha como Piñera, neoliberal o neo–neoliberal, sino también a Kast, que pisa todavía un poco más el peldaño. Da la impresión de que todo se erosiona. En la política, todos los grupos tienen una crítica y una fórmula para salir de la crítica, desde todos los lugares. Pero, ¿te parece que, por ejemplo, una noción como la “lucha de clases” puede volver a cobrar sentido en un ambiente tan heterogéneo? ¿Es posible hoy algo como un bloque? ¿O es que hay ciertos parámetros y términos que hay que necesariamente reformular, como pensaba un poco Laclau? ¿Hay todavía algunas cosas de teoría más dura que tienen que valer hoy por hoy porque, justamente, hay una erosión trepidante de posturas desde todos los lados?
 
Sí, bueno, Laclau de alguna manera es un gran intelectual con cuyos libros uno ha discutido mucho tiempo. A mí me da la impresión de que Laclau –que viene de la tradición gramsciana y, por lo tanto, de la tradición maquiaveliana, porque Gramsci es un gran lector de Maquiavelo y Laclau un gran lector de Gramsci, y de Maquiavelo vía Gramsci– le da muchas luces y relampagueos a la idea de articulación. ¿Cómo se articula el poder? Y, en realidad, ¿cómo se puede gobernar? O sea, la pregunta de la hegemonía, mal que mal, es cómo hacemos para que un valor particular se convierta o pase como si fuese universal. Y yo, en realidad, humildemente, porque no soy quién para discutir con Laclau, pienso la política desde otro lado. Pienso que la articulación no es tan importante como la transformación progresiva de una sensibilidad común. Eso es lo que me importa y es la razón por la que valoro movimientos como el del 2011. Entonces, hay diferencias con Laclau. Y mis diferencias tanto con los diagnósticos exitosos y academicistas de anunciar por todas partes el biopoder (digamos, algo así como que las vidas han sido determinadas de una vez y para siempre por una especie de demiurgo abstracto que nos precede, de modo que entonces no podemos hacer nada) o las promesas vacuas de los que nos enseñan que hay un futuro a conquistar (donde se aloja una especie de paraíso que ellos han visto, pero los demás desconocemos), en realidad ninguna de esas dos fórmulas me gusta, esa oscilación, por decirlo así, entre vanguardias utópicas y lamentaciones biopolíticas. Ahora la academia se pasa el día en esas discusiones, ¿no? A mí me parece que es interesante lo que va por el medio. O sea, cómo podemos reunirnos y qué tipo de escándalos podemos elevar juntos hacia el lugar donde estaba el poder. De alguna manera, ese es el asunto.
 
 
 
— Justamente Kusturica decía en una entrevista que la desarticulación de la Unión Soviética es la que abre una crisis en las democracias de Europa. En Cuba también, se abre el periodo especial. La ausencia de disensos, la desarticulación de la Unión Soviética, genera una serie de consecuencias que también redundan en la biopolítica, en el biopoder. Y bueno, en todos los conceptos que podamos discutir.
 
Sí, pero hay que hacerse cargo. De hecho, en Memorias de octubre probablemente la crónica más provocadora, y no sé si la más irresponsable, es una en la que se llama a revisar un poco lo que se hizo con el estalinismo. Esto no significa defender a Stalin ni mucho menos. No me gustaría ser quien termine defendiendo a Stalin. Pero también me parece que la idea de que había una revolución buena, romántica, que se desfiguró con la llegada de un tirano que asesinaba y masacraba a todo el mundo, es una idea demasiadas veces contada. Y que a esta altura convendría revisar. No a lo mejor a Stalin, pero sí revisar el gran operativo que Occidente y los intelectuales desertores del proyecto del comunismo hicieron en relación a Stalin. Hay algunos autores que hoy están haciendo eso, algunos historiadores. Domenico Losurdo sacó hace un par de años un libro formidable, Stalin: historia y crítica de una leyenda negra, donde lo que hace es analizar exhaustivamente cómo se construyó la leyenda negra del estalinismo. Y creo que eso es algo que vale la pena volver a interrogar, porque en realidad también nos vendieron una historia al respecto. La prueba de eso es que estuvo ahora un invitado internacional que es moldavo, Octavian Esanu, invitado por el Foro de las Artes de la Universidad de Chile. Lo invitamos nosotros, y no lo conocíamos, él vino a opinar libremente. Hizo una gran conferencia como miembro de la ex Unión Soviética donde nada de lo que nosotros imaginamos acá que hizo el estalinismo está acreditado en su testimonio. Yo tengo amigos rusos, y cada vez que nos encontramos con Boris Groys pasa lo mismo. Entonces tenemos una idea de una gran persecución a manos del estalinismo donde se mataba a la gente y a los niños en las calles y qué sé yo. Y después cuando vienen ellos nos dicen “sí, había poder, claro, pero no sé si es como ustedes lo rumiaron. Tenía otras formas ese poder”. Partiendo porque la Unión Soviética compone la sexta parte del planeta y es un país lo suficientemente grande como para enterarse en todos los lugares de las maldades que está cometiendo Stalin. Y además porque Stalin no puede gobernar sólo toda esa sexta parte del planeta. Había un montón de burocracia, de figuras traspapeladas, de infiltraciones. Hubo una campaña en torno al trotskismo. El trotskismo es interesante, Trotski también lo era, pero no podemos negar que recibió apoyos que le eran muy útiles a la CIA para llevar el mundo hacia donde lo llevó: al deshielo del comunismo y al “viva la pepa”, con el que las clases más poderosas comenzaron a imponer el látigo de su régimen de acumulación.
 
Entonces tenemos una guerra. Aquí se habló, por ejemplo, de “lucha de clases”. Yo creo que la idea entre el partido de los pobres y el partido de los ricos, como lo plantea Rancière, es una lucha más interesante, porque engloba la lucha de clases, pero introduce muchas otras luchas a la vez. Por ejemplo, podemos hablar de lo que pasa con el anarcomachismo. Si el anarcomachismo puede inscribirse o no en un lado de la lucha de clases. Pero si hablamos de la lucha entre los ricos y los pobres, bueno, el anarcomachismo pertenecería al partido de los ricos. Los pobres ahí no son ellos, los pobres ahí son las mujeres que se levantan contra estas configuraciones. Por lo tanto esa lucha puede ser infinita. Después las mujeres académicas que luchan contra los anarcomachistas pueden enfrentarse a mujeres desamparadas o desprovistas de vida universitaria. Ahí los pobres son esas mujeres que luchan contra las feministas academizadas. Y bueno, es interesante la lucha entre ricos y pobres.
 
 
 
— Incluir a Alexandra Kollontái fue un gesto que tú sentías que debías hacer por la época, ¿fue forzado?
 
No, no fue una avivada de heterosexual arrepentido. La incluí porque me pareció interesante resaltar algo que nunca se resaltó, que es en virtud de las mujeres. La primera medida del soviet con Lenin fue justamente una ley que liberaba el adulterio femenino, porque las mujeres dejaban de ser una propiedad de los hombres. Pero además asesoraban de manera intensiva a cualquier mujer que quisiera quitarse de encima a su marido ruso alcoholizado que le pegaba o la insultaba. Está ahí que la revolución tenía una segunda intención, que era destruir la familia, una institución milenaria, muy resistente a la proyección del comunismo. El comunismo sería ideal si no existiera la familia. Pero lo que se hizo con la figura de la mujer, Alexandra Kollontái de por medio, es tremendamente importante. Es una de las primeras medidas de la Revolución de Octubre.
 
 
 
— Historiográficamente, la figura de la mujer ha sido excluida de la revolución.
 
Bueno, y de la Revolución Francesa, que tuvo entre otros comienzos a las mujeres marchando por las Tullerías para gritar “pan”, lo que desencadenó también el gran proceso. También se las olvida.
 
 
 
— En cada fragmento vas incluyendo las distintas influencias de la Revolución Rusa, se van tocando distintos tópicos. ¿Cómo los seleccionaste para generar una unidad y cuáles son los archivos que utilizaste para enganchar y luego literalizar?
 
Nunca me animo mucho a llamarle archivo al conjunto de materiales que consulto, porque en general soy un lector sin canon. Si hubiera alguna singularidad en ese archivo, sería que no tiene un canon, o sea, no está organizado. Siempre me gustó mucho, y aproximándome a los umbrales del centenario de la Revolución, leer diarios, correspondencias, autobiografías, memorias, pequeñas biografías, etc. Todos esos materiales, casi sin voluntad y sin querer, se fueron reuniendo en mi biblioteca. Y de pronto me di cuenta que tenía un montón de pequeños materiales aleatorios, marginales, sin mucha inscripción, a los que podía echar mano para construir y reconstelar, digamos, un relato. En general, yo debería confesar que mi archivo es ese. A mí no me gustan los cánones de ningún tipo. Amo los libros, pero lo que amo de los libros justamente es que están desamparados y que brillan mucho más cuando están solos y no tienen canon. Entonces me interesa leer así. No sé si te respondí.
 
 
 
— Se entiende.
 
Es una respuesta un poco irresponsable.
 
 
 
— Sí, pero se entiende. Una de las discusiones de las que estuvo muy pendiente Lenin tiene que ver con la prensa y la construcción de nuevos medios. Pronto estará Boris Groys en Chile, en el Festival Puerto Ideas de Valparaíso. ¿Qué te parece la idea de ser “camaradas del tiempo”, y cómo se contrasta esto con la influencia actual de los medios de comunicación, con su construcción, con la construcción de partidos, de articulación política? ¿Cómo ves que contribuyó la Unión Soviética a la reflexión sobre la construcción de medios en relación a la idea de Groys de ser contemporáneos en tiempos diferentes?
 
Sí. Groys tiene un poco la mala costumbre de decir varias cosas al mismo tiempo, pero como fue formado en la Unión Soviética tiene la cualidad de hacerlo dialécticamente. Eso sí que es una cualidad, porque dice una cosa y la contraria, y luego las va sucediendo. Entonces uno no sabe si dijo una cosa o la otra al final. En ese sentido, es un escritor raro y complejo. A momentos parece ser simple, pero no es fácil de seguir. Sobre el presente, sobre lo que está pasando, yo tengo la peor mirada. Hay una gran monopolización de la prensa transnacional, de la prensa planetaria, que lo castiga todo y que hace campañas políticas y culturales literales. Entonces el trabajo crítico se encuentra arrinconado desde muchos lugares, es perseguido cada vez más en las universidades, porque los humanismos ya no reportan beneficios ni productividad, entonces se arrincona. Todo es perseguido también por la uniformización, de la cual la universidad participa diseñando un modo de escritura con el que hay que tener mucho cuidado, un diseño de escritura que subyace a la academia. Es una teoría de la escritura que básicamente consiste en impedir que algunas de sus filas, por decirlo de algún modo, intervengan en la opinión pública. Ahí se produce un cortocircuito cada vez mayor entre la vida de un académico y su incidencia en la opinión pública, que es donde realmente tendrían que ir a dar las investigaciones. También hay un manejo de la prensa que está inclinado hacia una dirección, y lo tenemos cada vez más: se nota con el posible triunfo de Piñera en Chile, lo que pasa con Kuczynski en Perú, con el papel de Macri en Argentina, con la derrota casi próxima de Venezuela. Latinoamérica se ha transformado en un bastión de resistencia a la gestión neoliberal contra un resto del mundo que se ha ultraderechizado. Y lo que va quedando son estos residuos, como Putin (que es algo diferente, que no es Trump ni el neoliberalismo), China o todos los desencantados de este contrapunto abyecto entre desregulación neoliberal –que sabemos existe sólo para concentrar capital financiero y empobrecer a los que ya son pobres– y una ultraderecha que empieza a crecer y a tomar volumen, de la que Trump ha sido un primer anuncio. Groys decía hace algunos días que él tenía grandes expectativas sobre una especie de comunismo global, un movimiento comunista global, pero eso lo verá él. No es algo fácil de percibir inmediatamente.
 
 
 
— Menos en el escenario que refieres.
 
Es deprimente ¿no? Pero me permito también deprimir a los demás.
 
 
 
— Cómo ves el panorama desde la construcción de medios de comunicación, ¿hay una nueva escena en Argentina por ejemplo? Hoy está RT, TeleSUR, medios de comunicación que han seguido una línea un poco contrahegemónica, o al menos se podría discutir si acaso lo han hecho.
 
No hay que desconocer, sería mezquino, medios alternativos honestos, honrados. Hay medios a los que cada uno le va poniendo de su propia cosecha. Yo escribo en El Desconcierto a cambio de nada, sólo por el placer que siento de estar apoyando un medio que tiene una posición incómoda en el mercado de las opiniones actuales. Francisca Quiroga y el equipo de El Desconcierto hacen un gran trabajo. Es cierto también que está Russia Today. Entiendo que Putin se reúne una vez al año con todos los editores del mundo de RT, o sea que hay también una línea de trabajo, más poderosa que la de El Desconcierto, obviamente, pero hay una línea, hay chances. Lo que uno puede esperar es una renovación generacional. Las universidades están un poco saturadas, las generaciones que entran ya no tienen el mismo acceso de antes. Son generaciones que quieren romper con esos formatos tan endógenos que alimentó la academia y salir a discutir más y construir una opinión pública. En eso sí creo, podemos construir una opinión pública diferente de la hegemonizada por los medios planetarios, que son muy mentirosos y descarados. Mucho más de lo que uno se imagina.
 
 
La Raza
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