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De hidras y delfines

/ por Casey Butcher

 

 

Cuando el poeta y migrante dominicano Johan Mijail dice “lo que estamos haciendo es gritándole a todos estos hijos de la gran puta que nos escupen hacia un mundo de otredades, que el Caribe lo estamos reflexionando, limpiando, coordinando, transformando, viviendo, sintiendo, gozando, pensando, bailando, sufriendo, llorando, bañando el amor por esta media isla perdida. Esta media isla con una energía que nos harta al grado de querer salir de ella, pero cuando estamos allá ese mismo son nos hala como si fuera el imán de una metrópolis salida de la selva con un martillo en la mano y con un cuchillo en la boca se transforma todo en nada, en olor, en sabor, en cadencia, en humo y comenzamos a flotar, porque ya no hay fuerza para caminar, incluso algunos han perdido las piernas y otros han ganado más piernas: tienen de dos y de tres organizadas como filas. Dime, ¿cómo hemos podido sobrevivir aquí?”, podría estar hablando desde el pueblo de cualquier lugar del mundo caribeño. Lugares donde muchos ya no tienen piernas y los que sí tienen las tienen de sobra y enfiladas como tropas fascistas.  
 
Haití, Granada, Barbados, Trinidad y Tobago, Antigua, Colombia, Puerto Rico, New Orleans, Abya Yala. Todos aquellos lugares que también son pueblos, que también son un entramado de historias de labores y amores afroindoamericanos, chocadas todas, una vez tras otra, por la desposesión y el saqueo constante del colonialismo capitalista, blancosupremacista y cisheteropatriarcal.
 
Aquí, en estas tierras colonizadas llamadas por algunos Chile, nos cabe reflexionar sobre estas cosas. Aquella “media isla con una energía que nos harta al grado de querer salir de ella” que tal vez no es tan diferente que esta larga isla entre cordillera, desierto, glaciares y mar.
 
¿Sabían que hasta el 80% de los colombianos que se han radicado en Chile en los últimos 15 años provienen de cinco regiones de Colombia, las más golpeadas por una sobresaliente y sangrientísima presencia paramilitar alimentada por el narcotráfico y el imperialismo yanqui?  ¿Sabían que en aquel país han estado en una guerra civil permanente durante los últimos 50 años?
 
¿Sabían que el pueblo haitiano vivió una ocupación política-militar de los Estados Unidos desde 1914 hasta 1934, y que después de aquellos 20 años de administración colonial directa los gringos instalaron una dictadura colaboracionista tras otra que se han encargado de mantener las tierras haitianas en manos de empresas yanquis y regalar los frutos de las labores del pueblo haitiano a las mismas? ¿Sabían que en 2004 fuerzas especiales del ejército estadounidense secuestraron al cura de la teología de la liberación y Presidente de Haití Jean Bertrand Aristide, mandándole a África en avión por la madrugada y revocando su pasaporte para que no pudiese regresar durante 7 años, hasta el 2011?  ¿Sabían que el partido que Aristide fundó, Fanmi Lavalas, uno de los más populares en la historia de la democracia republicana a nivel mundial, ganando por encima del 70% del voto cuando haya podido participar, ha sido excluido de las elecciones haitianas desde el 2004? Todo eso por haber nacionalizado una ínfima parte de las tierras haitianas y por haber comenzado a potenciar la salud y la educación públicas. ¿Sabían que antes de estos últimos 100 años de imperialismo yanqui Haití sufrió 300 años de imperialismo francés después de haber aguantado 130 años de colonialismo español? Que después de ganar su independencia en 1804 tras una revolución decolonial que dio impulso y apoyo material a las revoluciones bolivarianas de  Latinoamérica, Francia rodeó la isla en 1825 y le cobró una indemnización que las haitianas y los haitianos siguen pagando, con interés usurero, hasta el día de hoy, casi 200 años después?  ¿Sabían que en el Siglo XVIII Haití, esa otra “media isla con una energía que nos harta al grado de querer salir de ella”, produjo tres cuartos de toda la riqueza del Imperio francés en su totalidad; que cuando ven la arquitectura y escuchan la música orquestal, y alaban la cultura culinaria y literaria de Francia, que esas cosas fueron subvencionadas, financiadas, creadas por el pueblo raptado, racializado y esclavizado de Haití?  ¿Y que aun así Francia, con su presidente socialista, sostiene que Haití está en deuda con ella?
 
¿Saben que actualmente una gran parte del pueblo boricuo se está viendo obligada a abandonar su isla querida debido a la negligencia planificada y sistémica del gobierno de los Estados Unidos posterior a Huracán María? Que quedarse en una isla sin luz, sin agua potable, sin atención médica, con escasa y carísima comida, sin ingresos, con las aguas servidas rebosantes en las calles, no es posible. Que, a diferencia de Puerto Rico, Cuba ya se está parando a pesar de haber sido chocada por un huracán muchísimo más grande y violento. ¿Saben que este tipo de desastres no son nada naturales?
 
Sabrán, con dolorosa intimidad en muchos casos, de los innumerables chilenos y chilenas que se veían obligados a emprender viajes y organizarse la vida en otras partes del mundo después de que el socialismo de las grandes alamedas de la vía chilena sucumbió a la violencia de un Golpe de Estado gestionado con el Departamento de Estado de los EE.UU., la CIA y sus colaboradores en las fuerzas armadas y el empresariado chilenos.  ¿Pero sabían que hoy en día, debido en gran parte a esa violencia imperialista, hay dos veces más chilenos viviendo en el extranjero que extranjeros viviendo en Chile?
 
Cuando el poeta y migrante Johan Mijail nos habla de “esta media isla con una energía que nos harta al grado de querer salir de ella”, nos habla de un contexto sur. Un contexto que desde el Congo, Irák, Siria, Pakistán, Malasia y Panamá se siente y se entiende. Ese amor por las tierras que nos vieron nacer que se mezcla con una necesidad o un deseo de salir de ellas para poder intentar armarse una vida digna. Este sentir es cada vez más común en el mundo actual. Son cada vez más las personas que se ven urgidas u obligadas a abandonar sus tierras para huir de la violencia y la pobreza en búsqueda de la paz y la abundancia.
 
Este libro nos habla de contextos sur, pero en un lenguaje poético polivalente que va más allá del desfile de datos del politólogo o del historiador, y que va más allá de la pena.  Este libro rechaza toda victimización y enfatiza que con el dolor conviven la rabia, la locura, la resistencia y si no la alegría, la lucidez. Es una poética, según Mijail, “de un cuerpo racializado que no llora”. Pero que tampoco ignora –y como podría siendo marcado por ella– la triste violencia de nuestra condición.
 
Con la quiebra colonial de la isla que es a la vez pueblo-territorio-historia compartida está la proliferación sin-fin de islas insulares de la sociedad fracturada y atomizada. Aparece la imposibilidad de la identidad individual crítica; la insistencia en que al ser una ya soy múltiple. Una vivencia, por lo particular que pueda parecer, que ya es y siempre será una convivencia. Hablamos de generación, de ser una más de tantas, de encontrar momentos de solitud, de buscarlos incluso entre tanta multitud, pero sabiendo que “la insularidad… el insularismo es una ideología y una yola, es un medio de transporte donde terminamos, casi siempre, muriendo.” Si la vivencia ya es convivencia, la sobrevivencia se llama pueblo.
 
Aquí están retratadas las presiones económicas que llegan a ser siempre también presiones contra el reloj, como también la falsa moralidad liberal en una violenta sociedad de clases en donde “los de arriba miran cuando los de abajo se mueren, se desproporcionan, se vuelven trigo.”
 
Si “tratar de salvarse es una utopía”, como asevera Mijail, entonces todo esfuerzo es utópico, como lo es también este libro. Uno no tiene que ser lo que es, sino “otra cosa que ya no permita que vengan a colonizarnos y escondernos por tanto tiempo en un pote de compota, en un pedazo de caña con un maldito vaho a grajo.” Hacerse otra “que ya no permita que vengan a colonizarnos” desde la precariedad lumpen. En la poética de Mijail desfiles de objetos cotidianos se convierten en miel y después en lúcidas y cariñosas críticas: “vamos viendo aves, cometas, lápices, lámparas, cajas, cartones, estrellas, animales que se arrastran, espermatozoides buscando un óvulo para volverse un hombre o una mujer con valores socio-morales dispuesto a respetar la iglesia y las normas divinas”.
 
En la misma musicalidad del lenguaje hay lo que otro poeta caribeño llamó “goce verbal”. José Lezama Lima, que estando frente a un infierno pudo hablar de “paradiso”. Aquí, de nuevo en el libro de Mijail, donde el agua y el sol y la colonialidad pesan, el goce verbal es también resistencia. Y entre frutas tropicales y resacas monumentales y tras recorrer las calles de Santo Domingo aparece la figura de Mamá Tingó, mujer activista y defensora de los derechos del campesinado dominicano, heroína popular y feminista del siglo pasado. Si la vida moderna es velocidad y superficie, aún tenemos memoria: otra resistencia.
 
He aquí retratadas la pesadilla demográfica malthusianista (“Ya somos tantos que no cabemos”) y la ventriloquía del pordiosero que se cree poderoso, repitiendo en boca propia fanfarronerías ególatras que son el triste y falso legado prepotente del colonialismo, que a su vez es y siempre fue una hidra (“Tengo los poderes yo sé lo que tú no sabe yo descubrí el mundo yo hago la factura yo tengo más de una cabeza yo veo bien yo digo lo que me da la gana”).  Pero aunque se siguen apareciendo síntomas de su vigencia, la hegemonía ideológica colonial está quebrantada y el pueblo anda en búsqueda de nuevos horizontes: “La estatua de Cristóbal Colón está sola. Ya no hay enamorados dispuestos a ir a besarse a los parques. Ya se fueron todas las palomas. Todo el que aprovechaba las tardes para sentarse en ese espacio se ha ido de la isla.”
 
La poesía de Mijail, como la del caribeño anglófono recién fallecido Derek Walcott, nos recuerda de que si bien estamos colonizadas, pues, enfrentando nuestras realidades con los ojos bien abiertos y bailando nuestras penas con nuestras caderas bien sueltas, hay y habrán bellezas nuestras, esperanzas utópicas que alientan la creación colectiva. Si nuestra narradora es, en un acto rebelde de reapropiación y travestismo, “la verdadera Marilyn Monroe de Santo Domingo”, es porque el legado colonial no se revierte completamente, no se deshace de una. En un recorrido por una feria dominicana que nos regala Mijail en este libro, entre tanto cachureo aparece una polera de “I <3 NY” y zapatos hechos en Corea. Desde aquí y ahora, el Caribe, que podría ser cualquier esquina del Globo Sur y es a la vez algo muy particular, “lo estamos reflexionando, limpiando, coordinando, transformando, viviendo, sintiendo, gozando, pensando, bailando, sufriendo, llorando, bañando el amor por esta media isla perdida.”
 
¡Pero no nos decepcionemos!  Como advierte Mijail, efectivamente “es difícil ser un delfín en este tiempo.”  Bueno, sí, pero como nos ensañó hace poco el bravo pueblo cubano, la solidaridad institucionalizada lo hace algo más fácil: https://www.cibercuba.com/noticias/2017-09-08-u1-e42839-evacuan-helicoptero-delfines-cayo-guillermo-huracan-irma.
 
 
 
 
 
Este texto fue leído el miércoles primero de noviembre en el marco de la presentación y lectura del libro Pordioseros del Caribe (Editorial Desbordes, 2014) en la Feria Internacional del Libro de Santiago, 2017

 

[Portada] “Fete Creole”, de Laurent Casimir
Casey Butcher
butcher.casey@gmail.com

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