Rulfo: el inmortal escribano de los muertos

Traducción de Angelo Narváez
¿Cómo explicar que el centenario del hombre que, probablemente, fuera el mayor escritor de México haya transcurrido el año pasado con escasa noticia en los Estados Unidos? Juan Rulfo (1917-1986), venerado dentro y fuera de México por derecho propio, es considerado uno de los escritores latinoamericanos más influyentes de todos los tiempos. En los Estados Unidos también ha sido aplaudido, en el New York Times Book Review, celebrado como uno de los “inmortales”; y aclamado por Susan Sontag como un “maestro cuentista”, responsable de “una de las piezas maestras de la literatura universal del siglo XX”.
 
Una de las razones del hoy sorprendente olvido de Rulfo podría estribar, quizás, en que su reputación descansa en una escasa cosecha productiva: esencialmente dos libros que aparecieron en los años 50’. Sin embargo, no es una exageración decir que con los magníficos cuentos de El llano en llamas (1953) y, por sobre todo, con su novela de 1955, Pedro Páramo, situada en el pueblo ficticio de Comala, Rulfo modificó el curso de la ficción latinoamericana. Aunque todo su trabajo publicado no suma mucho más que unas trecientas páginas, “son casi tantas, y creo que igual de perdurables”, decía Gabriel García Márquez, “como las páginas que nos han llegado de Sófocles”. Sin el trabajo revolucionario de Rulfo, que conjugó el realismo regional y la crítica social entonces en boga, con una experimentación altamente modernista, es difícil imaginar que Márquez hubiese compuesto Cien años de soledad. Tampoco tendríamos, probablemente, las maravillas creadas por Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Rosario Castellanos, José María Arguendas, Elena Poniatowska, Juan Carlos Onetti, Sergio Ramírez, Antonio di Benedetto, o de escritores más jóvenes como Roberto Bolaño, Carmen Boullosa, Juan Villoro o Juan Gabriel Vásquez, entre otros.
 
Lo que fascinó a todos estos autores fue la incomparable habilidad de Rulfo para dar una majestuosidad lírica y un ritmo distintivo al terso lenguaje coloquial de los campesinos desposeídos de México. El éxito quizás también explique por qué Rulfo sea menos estimado hoy en Norteamérica, ya que decantó en un estilo literario que era, aún hoy, difícil de traducir; las versiones inglesas de sus obras raramente preservan la magia del español original.
 
Otra razón para que hoy Rulfo sea desatendido quizás tenga que ver con su propia resistencia y timidez pública, el rechazo a jugar el juego de la celebridad. Rulfo cultivó el silencio hasta el grado en que se volvió legendario. Mi amigo Antonio Skármeta, el célebre autor de Il Postino, me dijo que un día en Buenos Aires, antes de ser entrevistado para un programa de televisión, vio a Jorge Luis Borges y a Rulfo saliendo del estudio. “¿Cómo resulto, maestro?”, le preguntó Skármeta a Borges. “De hecho, bastante bien”, replicó Borges. “Hablé y hablé, y de vez en cuando Rulfo intervino con un momento de silencio”. El mismo Rulfo asintió en referencia a su conducta, confirmando la incomodidad que sintió por ponerse a sí mismo en juego.
 
En las pocas entrevistas que dio, Rulfo atribuyó esa resistencia a las costumbres y reservas de los habitantes de Jalisco, donde creció –aunque otros factores, como los traumas insolubles de su infancia, no pueden descontarse–. Jalisco, una vasta región occidental de México, ha sido el escenario de una serie de enfrentamientos y levantamientos casi infinitos. Rulfo llevaría consigo toda su vida las imágenes de la carnicería que siguió al estallido de la revolución mexicana en 1910. Entre 1926 y 1929, el joven Juan fue testigo de la permanente violencia fratricida en su país, especialmente de La Cristíada, la guerra de los Cristeros. Esa revuelta popular, una insurrección de las masas rurales con ayuda de la Iglesia Católica, comenzó después que el gobierno revolucionario decidiera secularizar el país y perseguir a los curas. (Los lectores podrían asociar estos eventos al escenario de El poder y la gloria, de Graham Greene). Jalisco era el centro neurálgico del conflicto, y los frecuentes enfrentamientos militares, el vaivén de las balas y los gritos, mantuvieron al joven Rulfo en silencio por varios días seguidos en la casa de su familia. Afuera, hombres descalzos eran arrastrados ante el pelotón de fusilamiento; los prisioneros, ahorcados y colgados, los vecinos secuestrados, y el olor de los ranchos en llamas se sentía en el aire.
 
El terror se materializa cuando el propio padre de Rulfo, como el padre de Pedro en Pedro Páramo, es asesinado por una disputa territorial. Un abuelo, varios tíos, y familiares lejanos, también fueron asesinados. Luego murió la madre de Rulfo, supuestamente a causa de un corazón roto. En medio del desastre, el futuro escritor encontró consuelo en los libros. Cuando el cura del pueblo se fue para unirse a los rebeldes de los Cristeros, dejó su biblioteca –llena de libros prohibidos por el Index Católico– al cuidado de la familia de Rulfo, paradójicamente, otorgando una vocación a un niño que crecería para escribir sobre personajes abandonados por Dios, personajes cuya fe sería traicionada. Rulfo debió entender de alguna manera, durante los años de terror, que leer –y quizás alguna vez escribir– podría ser una forma de salvación. Inspirado por el modo en que Knut Hamsun, Selma Lagerlöf, Charles-Fernidand Ramuz y William Faulkner habían dado expresión a los habitantes de las periferias de sus pueblos, encontró los medios para describir el terror que persistiría en las historias recolectadas en El llano en llamas.
 
En estas gemas de la ficción que los lectores de habla inglesa pueden disfrutan en una reciente y vívida traducción de Ilan Stavans y Harold Augenbraun, Rulfo inmortalizó a los campesinos derrelictos que la revolución mexicana había prometido liberar, pero cuyas vidas continuaron de la misma manera. Los hombres y mujeres que describe han rondado mi memoria por décadas. ¿Quién podría olvidar ese grupo de campesinos atravesando el desierto hacia una parcela inutilizable que el gobierno les había entregado? ¿O ese funcionario fanfarrón, alcohólico y fornicador cuyas visitas llevan a la quiebra a un pueblo ya empobrecido? ¿O el idiota Macario, que mata ranas para comérselas? ¿O el padre que lleva a su hijo moribundo sobre su espalda, mientras le reprocha los crímenes por los cuales deshonró su linaje?
 
El crimen asecha a casi todos estos personajes. Un bandolero es perseguido horas y horas en un cauce seco por desconocidos. Un prisionero suplica por su vida, sin saber que el coronel que comanda el pelotón de fusilamiento es el hijo de un hombre a quien el prisionero mató cuarenta años atrás. Un viejo curandero es acorralado por un grupo de mujeres vestidas de negro, determinadas a forzarlo a confesar las múltiples agresiones sexuales que perpetró. Pero, como siempre en Rulfo, el mayor crimen de todos es la destrucción de la esperanza, la orfandad de comunidades como el olvidado pueblo de Luvina:
Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños; pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo lo hubieran encañonado en tubos de carrizo. Un viento que no deja crecer ni a las dulcamaras: esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas en la tierra, agarradas con todas sus manos al despeñadero de los montes. Sólo a veces, allí donde hay un poco de sombra, escondido entre las piedras, florece el chicalote con sus amapolas blancas. Pero el chicalote pronto se marchita. Entonces uno lo oye rasguñando el aire con sus ramas espinosas, haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre una piedra de afilar.
Esta descripción no solo nos da un gusto lejano del estilo de Rulfo, sino también una metáfora sobre cómo visualiza sus criaturas inventadas: embarrados en la tierra, ocultos entre las rocas, rasguñando el aire con la esperanza de ser oídos –aunque sea sólo un escritor lejano y tímido quien escucha y ofrezca una breve dignidad de expresión antes de desvanecerse para siempre–. El triste mundo representado en las historias de Rulfo se encontraba al borde de su desaparición a mediados de los 50’, con la migración de los campesinos a la ciudad y, desde ahí, al Norte –víctimas y protagonistas de una tendencia global que John Berger, entre otros, explora notablemente en sus novelas y ensayos. Leer Rulfo en nuestros tiempos, cuando tantos refugiados pobres de Centroamérica migran escapando de la violencia, y miles de vidas se pierden en México por las guerras de cárteles, implica comprender dolorosamente las condiciones de las cuales las personas escapan. Migrantes que dejan atrás su propia Comala natal llevando aún dentro sus recuerdos y sueños, sus susurros y rencores, mientras cruzan fronteras y se acostumbran a nuevas calles. La ficción de Rulfo nos recuerda por qué el Día de los Muertos es más importante hoy de lo que alguna vez fue, como un vínculo con los ancestros que demandan un momento de expresión entre los vivos.
 
Mi propia inmersión en el alucinante mundo de Pedro Páramo y su evocación del mundo de los muertos podría ilustrar la fuerza con que la ficción de Rulfo influyó en Latinoamérica y, particularmente, en sus intelectuales. La primera vez que leí Pedro Páramo fue en 1961, cuando con diecinueve años estudiaba literatura comparada en la Universidad de Chile; me impresioné tanto que, habiéndolo terminado, lo leí nuevamente. Años después, durante un almuerzo en su casa en Barcelona, García Márquez me comentó que su encuentro con Rulfo había sido similar al mío. Devoró Pedro Páramo, leyéndolo dos veces, raptado, una misma noche en Ciudad de México.
 
Desde sus líneas iniciales, la novela lleva al lector en un viaje místico: su narrador, Juan Preciado, le promete a su madre moribunda que viajará a su lugar de nacimiento, Comala, y que encontrará a su padre, “un hombre llamado Pedro Páramo”, que había abandonado a su madre y a su hijo recién nacido y que, ahora, debía pagar por su traición. Ese viaje, relatado en fragmentos concisos y poéticos, resulta más perturbador de lo esperado. Abundio, el arriero que guía a Juan hacia el valle de Comala, actúa de manera extraña, sugiriendo que por mucho tiempo nadie ha visitado este lugar y que él también es hijo de Pedro Paramo.  El pueblo mismo, lejos de ser un paraíso brillante y verdoso “que huele a miel derramada….”, evocado por la madre de Juan, es en realidad miserable y casi desértico. La única residente es una anciana que ofrece alojamiento al viajero. Aunque nadie más aparece entre esas calles ardientes, Juan escucha voces que fluyen por el corazón opresivo de una noche tormentosa, murmullos espectrales tan espesos que lo matan.
 
Mientras Juan desciende hacia un mundo eterno poblado por los espectros que lo sofocan, el lector agrupa las piezas de la historia paralela de su padre: cómo Pedro Páramo se erigió del polvo de una infancia desventajada y marginal para volverse un caudillo cuyo tóxico poder destruye su propia prole y a la mujer que ama, transformando finalmente al pueblo que domina en un cementerio repleto de espectros vengativos. El mismo Juan, nos damos cuenta paulatinamente, ha estado muerto desde el comienzo de la narración de estos eventos. Está contando la historia desde un féretro que comparte con la mujer que solía ser su niñera y que deseaba ser su madre; nos golpea el conocimiento aterrador de que yacerán ahí para siempre en ese mórbido encuentro, junto a los cuerpos de otros cuyas vidas han sido arrebatadas por este demoniaco caudillo.
 
Pedro Páramo se da cuenta siendo un niño, después de que su padre ha sido asesinado, que o eres “alguien” en el valle, o es como si nunca hubieras existido. De haber prosperado en tiempos turbulentos podría haber negado el aire y la alegría a todos los demás. Conocemos a sus víctimas: las muchas mujeres que tuvo y abandonó, los hijos que dispersó como piedras en el desierto, al cura que corrompió, a los rivales que mató y a quienes arrebató sus tierras, a los revolucionarios y bandidos que compró y manipuló. Tiene un significado especial una pareja, hermano y hermana que viven en un incestuoso pecado: su incapacidad de concebir un hijo simboliza la esterilidad a la cual Pedro Páramo ha condenado a Comala. A diferencia de Telémaco en La Odisea, Juan nunca de reúne con su padre, sólo descubre el infierno que su padre ha creado y arruinado como un demiurgo diabólico, un mundo hecho con tanta crueldad e impiedad que permite sólo a una persona prosperar.
 
Tras el dominio de Pedro hay más que sólo avaricia y voluntad de poder. Pedro ha acumulado tanto dinero, tierras y hacendados que, como un Gatsby satánico, un día posee a Susana San Juan, la chica con la que soñaba desde niño cuando no tenía ningún prospecto. Pero Susana, ahora una mujer, se ha vuelto loca y sus alucinaciones eróticas la han llevado más allá de los alcances de Pedro. El lector, junto a los espectros del pueblo, tiene acceso a su voz, pero no así el marido que ha vendido su alma para volverla su novia. Tampoco puede Pedro controlar el destino del único otro ser humano al que ha amado: el medio hermano de Juan, Miguel Páramo, el vivo retrato de su progenitor, severo con los hombres y abusivo con las mujeres, quien es arrojado de su caballo mientras salta por sobre los muros que su padre erigió para proteger sus tierras de los cazadores furtivos. En vez de heredar los dominios de Pedro, Miguel se reúne con las almas que yerran la tierra en búsqueda de una absolución que nunca llega. El mismo Pedro es asesinado por su hijo ilegítimo, Abundio. La novela culmina con la muerte del déspota, “desmoronándose como si fuera un montón de piedras”
 
Pedro Páramo es una historia cautivante, una que debiese resonar en nuestra propia era de brutales hombres de poder y billonarios rapaces. De acuerdo a las nobles fantasías de la imaginación de Rulfo, ni todo el poder y riqueza que los predadores de sus días han acumulado, pueden salvarlos de las plagas de la soledad y el dolor. Muchos autores latinoamericanos emularon la visión de Rulfo de la figura del macho dominante que aterroriza y corrompe a las naciones. Enfrentado a la aparente imposibilidad de cambiar el destino de sus desafortunados países, los escritores al menos podrían castigar vicariamente a los atormentadores de sus pueblos en lo que conocemos como “novelas de dictador”.
 
Lo que hizo excepcional a Rulfo, una fuente creativa para tanta literatura que le seguiría, fue el darse cuenta que para contar esta historia de caos, devastación y soledad, las formas narrativas tradicionales eran insuficientes, que era necesario remecer los fundamentos mismos del relato. Aunque la modernidad se le ha negado a sus personajes, aislados del progreso por la tiranía de su relato, Rulfo expresó su compromiso a través de una estética formada por el arte de vanguardia de la primera mitad del siglo XX. Estos vuelcos de las categorías y las estructuras fueron indispensables para poder expresar cómo una Comala que soñaba con belleza y justicia, un lugar preñado de esperanza, podía transformarse en un amargo y confuso cementerio. ¿Qué otra manera había para retratar el desorden de la muerte? El tiempo lineal, cronológico, no existe para la muerte, tampoco para las mentes desgarradas de quienes viven como si ya estuvieran muertos. Desde la perspectiva de la vida después de la muerte, todo es simultáneo, todo ya ha sucedido, todo sucederá perpetuamente en las mentes incansables de los espectros. La técnica de Rulfo que remece el tiempo y el espacio, esta y aquella voz, los escenarios internos y externos de sus personajes, descansa sobre el sentimiento del lector de una ansiedad inevitable similar a la anomia que los mismos espectros sufren.
 
Hoy vivimos en un mundo en que la versión de un encuentro con la muerte que nos confronta sucede de una forma bastante diferente a la descrita por Rulfo en su obra. La película de Pixar de 2017, Coco, celebró la herencia cultural de la tradición mexicana del Día de los Muertos con humor y un mensaje enternecedor. En Pedro Páramo, el joven que se aventura en la Tierra de los Muertos en busca de sus orígenes no regresa, como sí lo hace Miguel Rivera en la película de Disney, con una canción de optimismo y redención. Los proveedores del entretenimiento de masas son perfectamente conscientes que la mayoría de la audiencia preferiría no ser alimentada con historias de angustia y desventura. ¿Quién podría culpar a estos realizadores por preferir finales felices, en vez de espectros aterradores murmurando desde sus tumbas que no hay esperanza alguna?
 
Sin embargo, la vida no es un largometraje, y la vida siempre termina con la muerte. Rulfo estableció preguntas vitales sobre la muerte y cómo podemos asir su recorrido sin sucumbir ante el despecho. Cuando Latinoamérica leyó la novela por primera vez, se vio cautivada por ella. Mientras cada fragmento de escena se presenta al momento implacablemente como una cuestión de hecho realista, como una serie de imágenes capturadas por una cámara, el efecto acumulativo radica en entregar una alegoría con forma de transe tortuoso y trascendente de un país, de un continente, de la condición humana. Tan extraordinario producto de la imaginación sería imposible si no fuera por la extraordinaria prosa de Rulfo, encantadora y sin embargo restringida. Contra los principios de lo barroco, un estilo sobre utilizado que parece haber definido a la literatura latinoamericana, cada palabra emerge como si fuera extraída de la tierra, dejando a los lectores la comprensión de lo que las aferra, adivinar el inmenso mundo no-dicho de la extinción, del silencio final que espera por nosotros. Juan Rulfo habla tan elocuentemente no sólo por los muertos, sino también por aquellos entre nosotros que nunca han tenido realmente la posibilidad de vivir.

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Este texto se publicó originalmente en inglés en el  The New York Review of Books, el 23 de febrero del 2018, con el título de “Rulfo: Immortal Scriba of the Dead”.
Ariel Dorfman
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