Contradeclaración: operaciones para cuestionar un imaginario

 
“El sello de las nuevas ministras de Piñera” es lo que plantea la portada que apareció en kioskos de todo Chile el martes 13 de marzo, a dos días del cambio de gobierno. De la mano de la palabra “sello”, el blanqueamiento de las siete mujeres del gabinete en la revista YA de El Mercurio exterioriza y hace pública una decisión política de evidente carga estética e ideológica.
 
El procedimiento es sencillo: categorizar, delimitar, excluir, imponer, estetizar. Se trata de una declaración de principios, una línea editorial y divisoria. En otras palabras, es un ejercicio que hegemoniza a partir de una definición, y con ello lo que desde ese lugar específico se ejerce es la determinación de una alteridad.
 
“El autor de las imágenes aplicó un revelado que ilumina y le da más calidez a toda la fotografía. No utilizó Photoshop para alterar la imagen de ninguna de las ministras”, señalaba el comunicado donde la publicación respondió a los cuestionamientos surgidos producto de la representación, es decir, de esa versión adulterada de las secretarias de Estado.
 
¿Cuán potentes pueden ser los focos para transformar e invertir un 3.0 castaño oscuro de la carta de colores de tinturas Ilicit a un 7.35 rubio miel de dicha gama? ¿Cómo es que se pueden subir esos tonos sólo desde la técnica de lo análogo/real?
De esta forma, tal como es posible hacer esos cambios desde la técnica, lo es también tensionar la propuesta, entrometerse en la idea e irrumpir en ese imaginario estipulado por la publicación. En otras palabras, intervenir la consagración estética de una clase. Más allá de un reduccionismo dual rubio/rico y negro/pobre, habría que ver qué sucede si cambiamos los términos expuestos a partir de una serie de operaciones, cuyo fin es revisar y revisitar ese imaginario.
 
Operación I: La búsqueda del material y la encuesta de opinión
 
A una semana de la aparición de la revista YA, el objetivo es encontrar la original ya que la edición online no es lo mismo. Por más que se pueda subir y bajar la luz de la pantalla del computador, el fulgor dorado de la imagen impresa en el papel cuché es totalmente necesario.
 
Alameda con San Diego. El señor del kiosko al parecer no vende más que revistas YA, cuyas ediciones anteriores son las únicas que luce en los costados de su negocio. Ninguna de ellas corresponde a la edición del martes 13 de marzo. Ninguna de ellas, por lo demás, muestra a una mujer rubia.
 
-Hola, ¿tiene la revista Ya de la semana pasada?
-¿Esa de las ministras rubias?
-Sí, la misma.
-Déjeme ver.
 
Con la esperanza de que no se haya agotado comenta el valor. 300 pesos dice, mientras se sumerge en su búnker para buscar en un lugar al fondo, que la estructura no permite mirar.
 
Tras algunos segundos, emerge con un ejemplar.
-¿Qué le parece la imagen de la portada?
-Se ven bonitas creo yo.
-…
-Aunque igual la Cecilia Pérez no es rubia, como que la tiñeron.
-Ahhh, ya. Gracias caballero.
 
 
Operación II: La reproducción del material

 

La revista brilla por cuenta propia. Es como si le hubieran puesto escarchas y como si tuviera  un foco sobre los cuerpos en miniatura de las siete mujeres que, además, lucen ropa clara, prendas blancas y crema.
Al exterior, en la portada prima lo blanco, pero al interior la situación cromática es aún más intensa: las ministras caminan hacia el foco, hacia el público, como si desfilaran en una pasarela, cuya alfombra roja es la de la democracia, específicamente en este caso la del ex congreso nacional.
Sonrientes, las mujeres destellan -seguras y felices-, mientras sus cabelleras relucen como si fueran pelos plásticos de muñecas, o como si las hubieran bañado en aceites siliconados, de esos que se usan para las puntas dañadas.
La técnica de la reproducción de la fotocopiadora es la utilizada para obtener nuevas imágenes, operación a partir de la cual se consigue un efecto múltiple.
 
Por un lado, está la reproducción misma de la imagen, es decir, la obtención de una serie de repeticiones a partir de las cuales se puede realizar las próximas operaciones. Por otro, está la factibilidad de oscurecer o aclarar la reproducción en una escala de grises que posee la propia máquina. Luego está la materialidad misma de la copia, que permite pasar desde el brillo y sedosidad del cuché a la aspereza y opacidad del papel bond resma tamaño carta y oficio. Finalmente está el paso del color al blanco y negro: neutralización de los tonos imperantes a la dualidad de los extremos de la gama de colores y sus contrastes.
Operación III: Color piel
 
La caja era azul, pero igual en su forma a la amarilla y roja de las otras marcas de lápices de colores, o lápices de palo, como le llamábamos en el colegio.
 
La lista de útiles incluía expresamente esa marca, así que era la que casi todos teníamos, excepto quienes recibían el set escolar de la JUNAEB, que traía la caja roja.
 
Una de las peculiaridades de la caja azul era su anchura, un poco más grande que las demás. Esto porque, como decía en su exterior, tenía un plus, un color extra: el color piel, el lápiz número trece de la caja. Era un tono entre rosado y damasco, claro -por supuesto-, el cual usábamos para pintar los cuerpos de nuestros dibujos sin cuestionarnos, sin siquiera ver la disonancia de pintar con manos de un color totalmente diferente al que dejaba el paso de la punta sobre el papel. Era cosa de ver la diferencia entre el aplicador y lo aplicado: moreno, trigueño y negro, versus rosado chanchito chico.
Este “color piel” vino, al menos por un par de años, a quitarle su rol al lápiz anaranjado que utilizábamos para colorear nuestros primeros monitos, en vez de vernos un poco más y utilizar los tonos café o mostazas que traían algunas cajas de lápices de colores, esas que viajaban más de un día desde el barrio industrial de Quilicura hasta el norte grande, o aquellas que lo hacían por semanas en barcos de carga desde el otro lado del mundo.
 
¿Existe acaso un sólo color piel? Al menos en esos años así lo fue, porque la denominación de la marca era tal, inamovible y real: ese era el color piel, como una categoría en sí misma, promoviendo un imaginario único: la piel posible era esa, la clara, la blanca.
 
Hoy esa misma marca, al igual que en esos años, se diferencia en algunos casos de las demás con otro plus: traer dos lápices grafitos de regalo. ¿Será posible que ese lápiz negro, utilizado frecuentemente para dibujar, demarcar y delimitar, sea usado para pintar nuevas pieles?
 
***
 
En la misma línea del color y valiéndonos de la operación anterior que dio como resultado el traspaso de la imagen a blanco y negro, es que se aplicó una gama de colores piel a las ministras, a partir de capas de acuarelas a fin de, por ese mismo camino, el de las capas, proponer otra gama de pieles posibles para las secretarias de Estado.
El primer tono es el rosado chancho chico, extraído del rojo base y diluido en agua para quedar lo más parecido a ese “lápiz color piel”. Con sólo una capa se obtiene el color esperado. Con la segunda, las ministras lucen insanas.
El segundo tono combina los anaranjados y los café, muy parecido al lápiz palo naranjo que usamos el tiempo previo a la era del “lápiz color piel”.
 
El pincel se desliza por la hoja bond dejando el tono sobre ésta, en los contornos y límites de las ministras retratadas por el fotógrafo. El tono dialoga con los negros de la hoja, generando  cierta armonía y calidez: una verosimilitud. Las ministras se ven como mujeres posibles, de esas que andan por la calle y que respiran el aire de la ciudad.
El tercer tono es el café oscuro, café tipo nescafé, tipo repisa de pieza, marco de ventana. La mezcla del rojo y negro lleva a este color al que, por su intensidad, hay que diluir mucho más que el anterior.
 
La primera capa amerita mucha agua para que el color no cubra y oculte las facciones delineadas de negro de las imágenes. Esto último se hace para que no queden sólo los bordes contrastados con los pelos blancos. Con la segunda capa las ministras ya son morenas, y se ven como mujeres posibles y las que lo serán, de esas que andan por las calles, y las que andarán.
Operación IV: Materia orgánica
 
En las fotografías, el pelo de las nuevas autoridades luce reluctante, con efectos solares y mieles, como si se hubieran dado un baño de shampoo de manzanilla Ballerina durante  meses (más allá de que en vivo algunas sí posean cabezas rubias). Es por ello que otro elemento a intervenir es el pelo, a fin de hacer un contrapunto con lo dispuesto en la imagen.
 
Materia orgánica, elemento físico diferenciador y símbolo de feminidad, entre otras tantas características, el pelo también es un material noble con el que es posible trabajar y generar una propuesta. De este modo, su apreciación se vuelve objeto y objetivo. Surge como material y como lugar de intervención; fragmento de la corporalidad que comunica.
 
La imagen seleccionada es la interior, esa de las ministras como modelos en la pasarela, caminando hacia ti, en donde el pelo es más claro que en la portada. También pasada a blanco y negro, a la imagen se le aplicó dos capas de color en el tono 3, el de las mujeres posibles y las que lo serán, de esas que andan por las calles, y las que andarán.
 
Luego la operación fue la siguiente: poner una parte propia al servicio de la contrapropuesta. La técnica fue rudimentaria y eficaz: los dedos utilizaron la función que nos hace humanos -la del efecto pinza con el pulgar y el índice-, y escarbaron en la zona de la nuca, en la parte de abajo de la cabeza, lo más pegado al cuero que fue posible. La mano izquierda seleccionó la zona de corte, y la derecha arremetió en la totalidad de la cabellera con su punta, buscando sólo cortar la parte seleccionada desde la raíz. Tras el tijeretazo, la mano derecha salió de su escondite de cachipún con su cosecha, con el pelo recortado cuya cantidad es incierta pero que, en comparación a la totalidad de la muestra parece ínfima. A pesar de ello, esta poca cantidad bastó para investir de pelucas a las siete mujeres, pelucas negras y vívidas, cabelleras que se salen de la doble dimensión dando paso a un relieve.
 
Otro pincel colaboró en la operación para esparcir la colafría sobre las líneas con las que se adhirió el cabello de las secretarias de Estado, como si se pintara con tal material el espacio a rellenar. Ya aplicado el pegamento, se extrajo un fragmento del mechón, una parte de lo que ya es una parte, y se puso sobre el papel. Con la ayuda del mismo pincel se condujo el material lo mejor posible a la delimitación de la zona pelo.
 
Pero no fue nada fácil. El material se resistió, se despegó, se inquietó con una movilidad en medio de la viscosidad de la colafría, la que sólo fue posible controlar con la misma tijera que mutiló el pelo desde la raíz y el pincel tratando de guiar el pelo hacia el límite.
 
Tras la aplicación de una nueva capa de pegamento, el pelo logró la adherencia necesaria, pero no la naturalidad.
 
El contraste es evidente, del rubio que devino blanco con el paso de la imagen por la fotocopiadora, al negro del material piloso y su sobreposición en el papel. Las ministras quedaron, cada una con su corte de pelo —corto, largo o recogido— con las chascas duras, con los pelos indomables que, por más que se intentó, no logró administrarse en la verosimilitud de la forma. Las ministras quedaron con mechas de clavo, negras, como muchas de sus representadas, tiesas, como muchas, por más que se realizó una peluquería de papel, tratando de apegar el material lo más posible a la forma.
 
Por lo mismo, una idea surgida fue rematar con pintura negra tales imperfecciones a fin de estetizar la apariencia, pero mejor no, mejor dejarlas, al menos por una vez, con las mechas tiesas, como muchas.
Francisca Palma
francisca.palma.arriagada@gmail.com