Nos queremos vivas

El internacionalismo de la indignación que provoca la violencia machista ―a nivel de sujetos, instituciones y estructuras― tiene alcances que por momentos emociona. Y en otros decepciona. El cúmulo de contradicciones se generan, por una parte, por la constatación de des-naturalizar violencias arraigadas históricamente; mientras que, por otra, cada vez nos damos cuenta que vamos a contrarreloj, pues la tarea se presenta tan ardua como la rapidez con la que aniquilan mujeres cada día.

 

La sentencia dictada por la Audiencia Provincial de Navarra nos ha dejado heladas. Quienes sabíamos con antelación sobre el caso apostábamos por una sanción ejemplar. Como pocas veces, la víctima de violación contaba con pruebas audiovisuales, mensajes de whatsapp que constataban premeditación, antecedentes que perfilaban “La Manada” como un Club de Toby que hacía de la cultura de la violación una praxis activa. Además hubo testigos y se tenía la atención de la opinión pública sobre el caso, por lo que nada podía salir mal.

 

Sin embargo, allí donde para unos hay pruebas irrefutables de violación, para otros (jueces, hombres) hay una lectura de algo totalmente diferente. Institucionalizada y hegemónica, la cultura de la violación opera a todo nivel y ya no sólo en la cabeza del grupito sevillano, al punto de utilizar incluso uno de los últimos hashtags feministas. Cuando el #NoesNo fracasó este jueves 26 de abril, el activismo web se vio obligado a cambiar rápidamente el trending topic a #SólounSíesSí. Algo estamos haciendo mal para que no nos adelantaramos a la jugada. Fue bajo la primera consigna que el magistrado Ricardo González decidió no calificar el hecho como violación en vista de que la joven madrileña nunca dijo que no, ni fue forzada a golpes, ni expresó corporalmente una resistencia. Prefirió no oponer resistencia y vivir, y eso es sospechoso.

 

Fue una bofetada mundial. Sin embargo, ya todas sabemos cómo funcionan las cosas. El sistema nos prefiere muertas, desaparecidas. Quiere mártires inmaculadas. ¡Antes muerta que mancillada! ¡Mujer digna muere peleando la integridad de su vagina! Y entonces, a la que se atreve a volver del infierno le toca después pasar por el patíbulo de la culpa de Primo Levi y responder a la pregunta ardiente de la sociedad que no perdona al Sobreviviente: ¿por qué a ti no te mataron? ¿qué hiciste para sobrevivir?

 

Estudiando los crímenes de Estado en la dictadura chilena, me encontré muchas veces con ese trauma en los sobrevivientes de tortura. Es una pregunta que esconde la duda enjundiosa, la presunción de poca inocencia: algo habrás hecho para salvarte. Así como a los que salieron de los campos de concentración nazis les tocó enterarse que su supervivencia fue la ruina de quien no pudo testimoniar, a las y los ex detenidas/os les cayeron encima las insinuaciones de soplonaje y traición. Hoy, ese castigo social sigue vigente: si sobreviviste a una violación animal, seguramente fue porque te dejaste. Y si te dejaste, es porque quizá no fue tan malo.

 

Pero salgamos del asombro. Esto último ya lo dijo hace doce años Virginie Despentes en La Teoría King Kong (2006), en la cual expuso su propia experiencia de violación para elaborar un potente ensayo que por estos días tiene más vigencia que nunca. Pero eso no ha sido todo. Tenemos las mujeres asesinadas en Ciudad Juarez, mujeres asesinadas en Sanfermines anteriores, feminicidios en toda América Latina. En nuestro país, específicamente en San Fernando, en agosto de 2012, tres tipos violaron y torturaron a Gabriela Marín, quien sobrevivió y denunció. Pero el sistema judicial y sanitario le pasó por encima. Al día siguiente sus victimarios estaban libres, caminando por su barrio. Gabriela se suicidó dos meses después, sin poder soportar el trauma, la injusticia, la desidia. No sólo la destruyeron sus victimarios, sino que todo el sistema machista que hoy intenta pasarle por encima también a una mujer en España, castigándola por sobrevivir, por querer continuar con su vida, por buscar justicia.

 

¿Qué es lo que no comprenden los magistrados españoles y los hijos sanos del patriarcado al rededor del mundo en la ausencia de un “No”? Quisiera comprender, no por empatizar con este sistema sicópata, sino para poder defenderme. Intento ponerme en la cabeza de un hombre. Tarea infructuosa pues la experiencia masculina en el sistema patriarcal es diametralmente opuesta a la femenina. Cuando escucho a mis amigos varones reclamar que “no entienden” el supuesto lenguaje intrincado de las mujeres, intento imaginar el habitar ese mundo de “iguales” donde se supone que hay un libre arbitrio detrás de las manifestaciones de los sujetos. Crecer habitando –y dominando– el espacio sin miedo, en una crianza donde no te enseñaron la posibilidad de ser aniquilado sólo por ser como naciste. Un mundo donde puedes hacer lo que quieras, tomar lo que se te antoje, opinar lo que se te ocurra y desacreditar la opinión de otro sin miramientos –pues, se supone, el interlocutor es un igual y, por tanto, tiene las mismas herramientas que tú para oponer su punto de vista.

 

A las niñas no nos crían así. A nosotras nos enseñan a tener cuidado, a pasar desapercibidas, a desarrollar la intuición para huir antes de que nos caiga el golpe del cual no nos podremos defender pues, ¡sorpresa!, no nos enseñan a defendernos. Nos crían como potenciales víctimas. Y si todo sale mal es nuestra culpa pues no supimos advertir el peligro a tiempo.

 

Entonces los magistrados se preguntan cómo una mujer, con sus capacidades intelectuales desarrolladas a la par que cualquier hombre de su edad, no es capaz de decirle “No” a cinco machos que la rodean, la encierran en una pequeña habitación, comienzan a desvestirla y manipularla. Y no entienden, y les creen a estos cinco violadores que se justifican diciendo “pensamos que ella también lo deseaba”. Y se encierra apenas por un par de añitos a este Club de Toby que planea gangbangs y fantasías porno en fiestas populares a lo largo de España. Un club de quién sabe cuántos más que con esta sentencia aprende que basta con que la presa guarde silencio para dar rienda suelta a sus perversiones.

 

La rabia y la pena (la primera por sobre la segunda) me detienen una vez más para unirme a la fiesta de hashtags de “hermana yo te creo”, “me too”, y empatías de esa índole. Si la Despentes tuvo la agudeza de predecir el fallo de Navarra, aprendamos también de esta lección. Macho Muerto No Viola es la consigna (no el hashtag), y tenemos que preferirnos vivas. Esa es la autodefensa real. El amor a una misma que la impulse a acabar primero con quien quiere acabar con una. Así que la tarea es para los dos lados: educar a los hombres a no violar y a las mujeres a dejar de ser sus víctimas.

 

 

 

 

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[Portada] «Unos cuantos piquetitos» – Frida Khalo, 1935.

Tana Ferro
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