Con santos enfiestados y cufifos: entrevista a Maximiliano Salinas

Maximiliano Salinas es historiador, profesor y académico de la Usach. Pero ya para quien quiera saber más sobre los timbres de agua y la heráldica impresa en cada uno de sus títulos puede consultarlos en Linkedin (si es que de verdad entendí cómo funciona). Importa eso sí, incidentalmente al menos, el doctorado en Teología que cursó en Salamanca –ciudad capital de, apuntemos por mientras, aquelarres y brujas. Y eso porque uno de los focos de estudio de Max es la religiosidad y el humor popular. Tal vez el lector pregunte por ese curioso enroque, y trate de evocar la última vez que una prédica evangélica o la última misa católica le sacó una carcajada o, por más o menos el mismo malentendido, le cueste trabajo encontrarle la parte cómica a La Divina Comedia, (aunque el “Infierno” tenga lo suyo –como todo infierno–). Esa presunta aporía se concilia a través del elemento “popular” que criba ambos conceptos.

 

De esa forma las preguntas de investigación que formula el autor se dirigen a las formas en que el pueblo ha experimentado su espiritualidad. Como en el estudio que dedicó a la herejía de los “Alumbrados” 1, un movimiento de origen español del siglo XVI-XVII proscrito por la iglesia católica y perseguido por la inquisición en procesos que llegaron a celebrarse en Chile durante la colonia (1719). Un edicto en su contra promulgado en 1525 incluía un listado de 48 proposiciones consideradas heréticas. De seguro que entre ellas estaba su fuerte vocación mística, producto de una doctrina que no escindía la materia del alma. No sería raro tampoco que ese documento acusatorio consignase los “ayuntamientos” confesionales a los que se entregaban en voluptuoso trance sus miembros dentro de ceremonias que no distinguían las prácticas espirituales de las sexuales. Pero nada debió ser más provocador para la curia romana que el desafío a la jerarquía eclesial que pregonaban o, lo que es casi lo mismo, el rol protagónico que adquirieron las mujeres dentro de sus organizaciones. Tal como lo expone Silvia Federici para ilustrar un periodo anterior a la caza de brujas en la Europa medieval:
“La herejía era el equivalente a la teología de la liberación para el proletariado medieval. Brindó un marco a las demandas populares de renovación espiritual y justicia social, desafiando, en su apelación a una verdad superior, tanto a la Iglesia como a la autoridad secular. La herejía denunció las jerarquías sociales, la propiedad privada y la acumulación de las riquezas y difundió entre el pueblo una concepción nueva y revolucionaria de la sociedad que, por primera vez en la Edad Media, redefinía todos los aspectos de la vida cotidiana (el trabajo, la propiedad, la reproducción sexual y la situación de las mujeres), planteando la cuestión de la emancipación en términos verdaderamente universales”.
En ese sentido, Max Salinas es un historiador que investiga esa experiencia del tiempo colectivo que escapa a las lógicas del edicto y el dogma. Su trabajo va en busca de la huella de lo trascendente, ya sea en el sentir que trasmina el rezo, ya en las formas que adquiere la fiesta, reivindicando de paso la importancia del estudio de las formas específicas con que el pueblo ha percibido y representado lo que considera lo humano y lo divino en su existencia cotidiana. En los objetos de análisis que plantea existe una preocupación por las expresiones del humor y la religiosidad que se desarrollan fuera de los rediles que disponen las élites que lo han llevado a investigar desde la Lira Popular a Topaze, o desde la presencia de los “Alumbrados” a las concepciones de lo sagrado y lo profano discernibles en la propuesta artística de Violeta. Esto lo hace ocupando un conjunto de herramientas teóricas que también podrían leerse como una herejía dentro del mundo académico más tradicional. Entre ellas se aprecian enfoques como los del filósofo e historiador de las religiones Mircea Eliade, la enseñanzas de la corriente mística árabe reunida bajo el bello nombre de sufismo (y en la que la materia es la expresión de los infinitos nombres de Dios), la cosmovisión mapuche, o los aportes críticos de los decolonialistas indios.

 

Nos carteamos con él a pocos días de la muerte de Nicanor Parra, y un poco después de que proyectáramos este especial dedicado a la monumental figura de la artista nacional.

 

Acá sintetizamos el resultado de ese epistolario digital.
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Los Mestizos / Champurreados:
 
Hoy el término mestizaje es bastante resistido en algunas corrientes de pensamiento descolonizador o decolonial pues, con justa razón, se recela de la homogenización hacia lo blanco que el término introdujo en los proyectos republicanos del siglo XX. Sin embargo, en «La tardanza y la certeza del amor: la experiencia del tiempo mestizo en Violeta Parra» una de las claves de lectura es la aproximación a su obra a través de los elementos de un pensamiento mestizo y popular. Es interesante esta perspectiva que recupera de la mano de Violeta, es decir de la mano de una de las expresiones artísticas fundamentales de nuestro continente, una cultura mestiza construida desde abajo, en donde lo indígena, lo hispano arábico y lo rural, se mancomunan en un sistema de creencias que antagoniza y disputa la concepción lineal del tiempo hegemónico. Primero quisiera que nos hablaras más sobre esa cultura mestiza en la que es formada y que contribuye a formar Violeta Parra a través de su trayectoria artística y cuál es la perspectiva religiosa, entendiendo este último concepto a partir de su sentido etimológico que busca re-ligar lo humano con lo divino (o lo trascendente) es decir, la tarea de restablecer una relación y una alianza, en este caso, con la dimensión social y colectiva de lo popular.

 

Si el mestizaje se entiende como un «batido» homogenizante el término no sirve de nada. Desgraciadamente ese ha sido el uso y abuso del concepto en términos vulgares y escolares. Algo así como español + indígena = mestizo. Incluso deja afuera lo africano. O sea, expresa un afán racista blanqueador.

 

Mi interés es recuperar la palabra ‘mestizo’ precisamente como heterogeneidad, heterodoxia, ruptura del discurso colonial. El mestizo / la mestiza es un ser múltiple, habitado por diferentes culturas y tradiciones étnicas y espirituales, que alteran la unidireccionalidad del tiempo oficial, de Occidente. El mestizo / la mestiza no se embarca en la historia impuesta por la elite colonial. En su sensibilidad habita lo indígena, lo ibérico (no tanto lo castellano caballeresco, sino el mundo semita árabe y judío de España) y lo africano. En la práctica, ¡es un tiempo por descubrir! El paradigma moderno / colonial del ‘blanco perfecto’ niega esta personalidad inquietante, desconcertante, intimidante. El proyecto republicano del siglo XIX -antiindígena, antisemita, antiafricano- fue esta negación (Maximiliano Salinas, El reino de la decencia. El cuerpo intocable del orden burgués y católico de 1833, Santiago: SECH, 2001). La etnogénesis mestiza, por su parte, tiene una historia fantástica que hay que reconocer, más allá de esa negación (Maximiliano Salinas, «Las mujeres indígenas, moriscas y africanas: los mestizajes y la representación de la sociabilidad amorosa en Chile», Chungará. Revista de Antropología Chilena, 44, 2, 2012, 325-340). En el siglo XX el mestizaje heterogéneo/heterodoxo se revela y se rebela desafiante con la vida y la obra de Violeta Parra y Nicanor Parra.

 

 
Una Mística Popular:

 

Existe una notoria ausencia de referencias escatológicas en el pensamiento político de la izquierda contemporánea. Tal como ocurre con las suspicacias que genera el mestizaje pareciera que la alusión a alguna forma de trascendencia espiritual fuera exclusiva de las clases dominantes. Sin embargo, toda una tradición revolucionaria no sólo latinoamericana, sino latinoamericanista, se nutrió y resignificó el mito cristiano desde posiciones políticas señeras durante la segunda mitad del XX. Si bien es cierto que Violeta atacó con vehemencia y sin miramientos al clero oligarca, no lo es menos que vertió una concepción mística y profunda de la vida en su lírica. Tu texto se preocupa de analizar en detalle esas modulaciones de un tiempo sagrado, cíclico y popular frente al profano de la maquinaria capitalista ¿Cuáles son las del pensamiento religioso o místico de Violeta Parra y cómo se compaginan con su veta más política y subversiva?
 
La condición y el espíritu mestizos manifiestan una espiritualidad poderosa, que se nutre de las raíces indígenas, semitas (ahí se encuentra mejor el cristianismo original del Mediterráneo) y africanas. Esta mística se la ha denominado generalmente «religiosidad o religión popular». Es una espiritualidad que se confronta con la religión oficial de los blancos (católicos, ricos, con educación ‘superior’). De ahí nace la fiesta de Andacollo, los bailes chinos, las ruedas de canto a lo Divino, etc. Estas manifestaciones dan cuenta de un tiempo otro, el tiempo circular o cíclico de las cosmogonías asociadas a la tierra, y a los ciclos de la tierra. Es una religión festiva, cariñosa, que exalta la reanudación permanente de la vida. En Violeta Parra se muestra muy bien esta religión de la tierra sagrada, que puede hacer un bello canto a la «luz de Don Creador», como una crítica apasionada al clero señorial racista y belicista que alimenta el espíritu de los ricos. En Nicanor Parra lo mismo. En su «antivillancico de Navidad» está la ternura ante la Sagrada Familia y el rechazo a una sociedad clasista y despiadada. La «religión popular» reinterpreta los símbolos cristianos al interior de la vida de las mayorías mestizas, donde se combinan estos símbolos con arquetipos ‘paganos’, indígenas y africanos, más característicos de una sociedad rural y matríztica, que de la «ciudad letrada» de la burocracia patriarcal, monárquica o republicana («Así como hay un Papa / debería haber también una Mama / verdad?», Nicanor Parra, Guatapiques, 1983). Una izquierda ciega, o enceguecida por la «ciudadanía letrada», universitaria, obviamente, no tiene cómo conectarse con la espiritualidad popular mestiza.

 

 
El Arte y la Sensibilidad Popular:

 

En una entrevista del 2013 con motivo del lanzamiento del libro «Para amar a quien yo quiero» escrito en coautoría con Micaela Navarrete deslizas una crítica a los historiadores. Dices ahí que muy pocas veces han considerado fuentes artísticas en sus estudios. Reclamas con harto acierto que en ellas se encuentra plasmada la sensibilidad de un pueblo. Lo cierto es que fuera del ámbito disciplinar esa sensibilidad que nos legó Violeta ha sido homenajeada y reformulada en varios ámbitos, musicales (desde Los Miserables a Francisca Valenzuela), institucionales (el museo o la tarjeta bip) y cinematográficas (Violeta de Wood) y también editoriales. Que opinión te merece esas sensibilidades que disputan su herencia hoy… ¿Qué rescatas, valoras o estimas y qué derechamente te desagrada y por qué?

 

Mi crítica a la historiografía dominante es su nula conexión con el arte, con la vida artística en general, y popular, en particular. La historiografía tiene aun como modelos vencidos a Encina o Barros Arana. La derecha encinesca o la izquierda barrosaranesca. ¡Puro logos blanco deshumanizado! Hay que hacer una revolución estética y amorosa en la historia. ¡Hay que sentipensar la historia! El tema es ser capaces de captar la estética y el arte del pueblo, como lo dejó instalado Fidel Sepúlveda. Violeta Parra, y Nicanor Parra no se entienden sino desde la estética del arte popular. El problema es cuando se interpreta a los Parra desligándolos de esta sensibilidad histórica mestiza que explicamos. Ahí resultan bodrios como el film de Andrés Wood sobre Violeta. En esa película tristona Violeta aparece ‘extirpada’ de la historia social y política de la humanidad mestiza de Chile en el siglo XX. La deja sola, aislada, como una mujer fatal, individual, sin el regocijo de la ternura, la combatividad y la mística mestizas. Sin la ternura de Nicanor padre e hijo, sin la compañía de Pablo Neruda, sin el comadrazgo y la amistad de Gabriela Pizarro. Desgraciadamente es lo que le pasó también a Víctor Herrero con su biografía de la Violeta. Terminó haciendo una crónica superficial y lineal sobre su vida. No transmite el calor de la intimidad y la exuberancia popular, como lo narró la propia Violeta en su «Autobiografía», llena de fuerza y encanto mestizos. ¡Es todavía mejor seguir leyéndola a ella misma! Ahí está clara la sensibilidad popular enfrentada a la insensibilidad de los ricos: «¡Válgame Dios cómo están / todos los pobres cristianos / en este mundo inhumano / partidos mitá a mitá! / Del rico es esta maldad, / lo digo muy conmovía. / Dijo el Señor a María: / Son para todos las flores / los montes, los arreboles / ¿Por qué el pudiente se olvida?»

 

 
Violeta Parra Hoy:

 

Un ejercicio común que forma parte de las muchas estrategias con que adoptamos con tal de mantener la memoria viva consiste en preguntarse qué haría tal o cual figura si estuviese viva hoy. Es un recurso que, para jugarlo bien, tiene como requisito político, que esa memoria sea informada, interpretable y posicionada. En tu condición de investigador de la obra de Violeta y de la tradición popular chilena, aprovechando la visita del primer papa latinoamericano a Chile, nos gustaría preguntarte ya no qué diría el santo padre, sino que le diría Violeta al Santo Padre en su visita ¿Crees que exista hoy un grupo cristiano que recoja esa perspectiva mestiza y subversiva que encarnó Violeta?

 

Creo que la herencia y la presencia de Violeta la guardó y la expresó maravillosamente Nicanor. Nicanor sostiene las intuiciones fundamentales del habla heterodoxa y desenfadada del mestizaje cuequero y a lo divino que reveló Violeta. Así que por ahí la cosa se nos hace fácil. Con Nicanor tenemos una batería de afirmaciones sobre el Papa de Roma, por ejemplo. Desde el artefacto «Con el Papa ni a misa», hasta «Consejos a Su Santidad». Es el habla cómica, burlesca, de la humanidad mestiza que no comulga con ruedas de carreta. No creo que algún ‘grupo cristiano’ alcance la fuerza y el empuje con que Nicanor logra expresar el espíritu rebelde y juguetón de su hermana. ¿Qué es un ‘grupo cristiano? Me suena a ortodoxia, a grupo cerrado o entrecerrado con fines de poder. Me quedo con la afirmación de Nicanor, que sin duda expresa el talante mestizo de la hermana: «Cristianismo claro que sí / Pero lúdico / En oposición amistosa al cristianismo autoritario de derecha / y al anticristianismo militante de izquierda». Como la composición «Un domingo en el cielo» de Violeta, con santos enfiestados y algo cufifos (Maximiliano Salinas, «Las hablas populares sobre la religión en Chile (1541-1840)», R. Sagredo, C. Gazmuri orgs., Historia de la vida privada. El Chile tradicional, Santiago: Taurus, 2005, 199-229).
—— [Portada] Violeta y Nicanor en la Carpa de La Reina, 1966.

Notas:

  1. Además de los textos de Salinas pueden revisar un artículo de la investigadora Alicia Salomone sobre el tema a partir de los testimonios del proceso pinchando aquí.
Gustavo Ramírez
ramirezgustavot@gmail.com