¿“Orden en la casa”?: reflexiones sobre el racismo en Chile

Muy buenos días. Quiero en primer lugar, agradecer la invitación de una fundación cuyo nombre y propósitos me honran 1. Nunca podremos olvidar las horas más tristes de la historia de estos últimos años y a quienes arriesgaran sus vidas por nosotros. Helmut Frenz efectivamente militó en el partido de los oprimidos.

 

Sin embargo, esa misma tristeza que se combina con el profundo enojo por lo que a Chile le ocurre en ciertos momentos de su historia, se mantiene en las recientes palabras del esposo de Joane Florvil cuando señala: “Chile me enseñó todas las cosas malas que nunca viví en mi país. Aquí vivo en una pieza encerrado. Chile me enseñó la miseria”.

 

¿Qué implica esto para nuestra sociedad? ¿Por qué, cómo y desde dónde nos llega esta capacidad de dañar, humillar y despreciar al punto de abandonar a una persona y posteriormente a los suyos? ¿Cuáles son las razones que explican los juicios sobre quienes nada se ha hecho para conocer? ¿Acaso Wilfred y su familia forman parte de los “invasores” señalados en lenguaje de guerra por el Estado chileno? Sería un inmigrante haitiano que forma parte, según los recientes datos del Censo, de los 746.465 personas que residen en Chile y del 8,4% de ese total después de Perú (25,3%), Colombia (14,2%) Venezuela (11,2%), Bolivia (9,9%) y Argentina (8.9%). Se trata de una familia que está presente en la contabilidad política que se esgrime para asustar a la sociedad, «remecer» su seguridad y hacer sentir el peligro que supuestamente representan hombres, mujeres y niños que hoy se suman a la clase trabajadora de nuestro país.

 

El Presidente busca «poner orden en la casa» con un proceso de regularización migratoria que aún no regulariza nada, que no es más que un proceso de inscripción que durante los días que dura no le permite a las personas trabajar y las deja en la total indefensión. ¿Ése es el orden? ¿Si alguno de ustedes está prohibido de trabajar, acaso no lo hace de todos modos? ¿Acaso no hay que alimentarse, educarse, trasladarse, en suma, vivir? Y en cuanto a la «casa», sabemos que ésta fue ocupada hace mucho por quienes llegaron de afuera para “ordenarla” también, despojando a sus habitantes con pacificaciones, chilenizaciones y luego sometiéndolos al capitalismo que constantemente se transforma. La «casa», antes, no tenía fronteras pero luego se construyeron para crear las «diferencias» que han permitido las jerarquizaciones que hacen posible al racismo. Por dentro y por fuera. Porque la extranjeridad negada también está al interior del país, tiene historia, rasgos y apellidos.

 

La migración contemporánea es un fenómeno dramático de consecuencias duras para los inmigrantes, que transforma las sociedades de salida y las de entrada, mostrando la doble faz que define al inmigrante: la de su ausencia en el orden de su nación y de su presencia en el orden de una nación ajena. El Estado está en el origen de su creación, participa en su administración y decide sobre a quién acepta o a quién rechaza. Pero también es responsable de la protección de las personas que migran, de sus familias y sus niños, de sus condiciones laborales y del trato que una sociedad les entrega, es decir, de sus derechos humanos.

 

La migración contemporánea es resultado de los ritmos económicos fijados por los poderosos del mundo, que abren y hacen proliferar mercados del trabajo que incitan a la explotación y al abuso, en un contexto de economía mundializada, de incertidumbre y de extrema individualización. Puede examinarse desde contextos históricos, políticos y económicos que la han precedido, como a la luz de migraciones anteriores que obedecieron por ejemplo, a decisiones de los gobiernos al momento de configurarse los estados naciones. Implica por lo tanto examinar leyes, decretos y políticas, pero también subjetividades, significaciones y representaciones. Son muchas sus aristas y por eso precisan de un ejercicio interdisciplinar que considere los distintos puntos de vista que la revisen críticamente, no sólo desde los inmigrantes –generalmente los principales «objetos» de los estudios–, sino desde los nacionales y por lo tanto acá en la que suponemos «nuestra casa» desde los chilenos(as) y principalmente al interior de las relaciones sociales que tejemos.

 

Como Chile no fue un país de inmigración, esta no fue vista –hasta ahora– como un «problema» y aunque migraciones ha habido, no tuvieron las características violentas con que se trata a las actuales. Destaca no obstante, la protagonizada por trabajadores europeos como producto de la política selectiva del Estado chileno cuando buscó poblar (colonizando) territorios del sur para «traer el progreso» y «mejorar la raza», cuando el progreso era visto en clave «blanca» y ello implicaba un desarrollo «a la europea».

 

Por distintos motivos provenientes de los estados de expulsión: persecución, guerra, pobreza, cesantía y dificultades de futuro, los inmigrantes han llegado mayoritariamente para trabajar. Pero sus rasgos, color, origen, condición económica y género, han obstaculizado sus existencias en Chile. Son diversos los estudios que dan cuenta del maltrato advertido en las infrahumanas condiciones de las viviendas, los problemas de acceso a los servicios, a la justicia, a la diferenciación de visas que clasifica desde criterios que desconocemos. Hemos observado el rechazo a las familias, la mirada de reojo a niños y niñas que aun recibidos en las escuelas, deben permanentemente demostrar que pueden salir de la inferioridad en la que se les ubica. Y principalmente sabemos del abandono.

 

Las mujeres huyen de la sexualización racializada y hemos visto o leído sobre violencias visibles en insultos, golpes, apuñalamientos, abandonos, asesinatos; y las menos visibles pero que contienen la violencia simbólica que se incrusta en el lenguaje peyorativo, la conmiseración, el rechazo amable o la prestación de ayuda que supone que las personas migrantes no pueden o no saben pensar y actuar por sí mismas. Agrego la ignorancia generalizada sobre la historia y cultura de sus países, que atada a la folklorización y exotización entorpecen todo proceso de acercamiento comprensivo necesario para vivir en sociedad.

 

Además, la «raza», una palabra que se sale de su contenido biológico pretendiendo ser concepto social, regresa para anunciar la superioridad de la «raza» chilena que se «echaría a perder», o la «inferioridad» racial de los inmigrantes anunciada cuando la migración señala convenientemente sólo a personas provenientes de siete países, logrando representaciones equívocas que construyen el sentido común que rápidamente se propaga negativamente. No temo en señalar que la migración contiene al racismo y que la «raza» es palabra que toma fuerza despectiva al apoyarse en la fundación naturalista que facilita y legitima construcción de juicios y de clasificaciones que integran diversos planos y que devienen en sistemas de equivalencia totalizantes contra una persona, un grupo o una comunidad.

 

Nadie migra planificando. Sólo se parte. Es un viaje que puede reflejarse en un pasaje de ida, en una billetera que guarda el dinero conseguido para sobrevivir, en la dificultad de llenar maletas con lo necesario para no despertar sospecha en las aduanas o que permite el escaso peso exigido por los «coyotes», para ingresar por pasos no habilitados, cuando se ha sido rechazado. Una maleta que se hace dudando y llorando por el destierro y por lo que se lleva o se deja. Y al igual que con los objetos, las personas viven la partida como abandono, aun cuando el viaje haya sido resuelto en la familia. Separarse de hijos, padres, amigos, vecinos dejando atrás tierra e historia, les marcará definitivamente.

 

Viajar implica pasar la o las fronteras donde el inmigrante debe actuar del mejor modo ante la evaluación discrecional de la policía y la constante valoración de la sociedad donde llega. Precisa aparentar para entrar en la escena que exige la situación y colocarse la máscara que no siempre aprendió a usar. A veces el ensayo no sirve pues el origen, los rasgos, la vestimenta, las maletas, el habla, la mirada, el temor o su pobreza, son observados para timbrar la entrada o declarar el rechazo. El paso por Chacalluta es temido, tanto por la realidad que la frontera impone, como por aquella que se produce cuando no consiguen entrar. Los «coyotes» venden el paso, las visas falsas, la mentira sobre salarios buenos, casas cómodas y vida tranquila. Prolifera un mercado de abusos, las personas deben pagar sumas que siempre aumentan y cuando el dinero se acaba, entregar todo lo que traen, incluidos sus cuerpos.

 

Las manifestaciones del racismo son diversas y así lo demostró un estudio reciente del INDH donde participamos, siendo las más importantes el racismo laboral, el racismo de Estado, el racismo institucional, y el racismo cotidiano.

 

La condición laboral caracteriza la inmigración en Chile y presenta formas variadas: rechazo a contratar; explotación en razón del color de piel, del origen o el género; contratación en empleos precarios; reproches repetidos; exigencia de perfección; aceptación pública acompañada de rechazo simbólico, no pago de labores realizadas bajo amenaza de deportación. Naturaliza actividades y nichos laborales que parecen destinados a los inmigrantes por la condición «inferior» que tienen en una estructura social, que ideológicamente se refuerza con discursos, institucionalmente con mecanismos judiciales y estructuralmente mediante el mercado del trabajo. Así, se construye la idea de la existencia de trabajos «para inmigrantes». Pero también ocurre que los empleadores los busquen para pagar menos y despedir a los chilenos, cuestión que explica la falsa idea que los inmigrantes «quitan el trabajo».

 

El «racismo de Estado» es una manifestación que corresponde a un conjunto de capitales culturales incorporados en nacionalismos o ideologías; objetivados en leyes, decretos, monumentos e institucionalizados en la burocracia gubernamental o las instituciones. Son capitales producidos por el Estado que emergen de ideas hegemónicas de grupos dominantes, materializadas en discursos que determinan a los actores de una nación sobre la posición que tienen en la jerarquía racial en el contexto chileno. Por la consideración estatal existente sobre la jerarquía racial, algunos cuentan con privilegios en las relaciones sociales y tienen una condición de ciudadanía, puesto que existe el Estado de derecho. Por el contrario, otros viven opresiones raciales que deshumanizan al agente, lo excluyen y les niegan su calidad de sujeto de derechos, provocándole violencia y desposesión de forma cotidiana.

 

El «racismo institucional» se manifiesta en prácticas de instituciones gubernamentales y sociales del Estado. La normativa migratoria actual en Chile fue creada en el régimen de Pinochet (1975) y está basada en criterios de seguridad nacional que establecen trabas para el ingreso de extranjeros dentro del territorio. La ley contempla procedimientos que dificultan a los inmigrantes la obtención de residencia temporal, que tiene como efecto que no puedan ejercer plenamente sus derechos ni puedan acceder a muchos servicios sociales, lo que a la larga, promueve la migración irregular, y con ella la exclusión y vulnerabilidad de inmigrantes no cualificados. Pero el actual proyecto lo modifica y empeora mostrándose como un «acto» racista acompañado de discursos que han buscado «regular» la inmigración desde los sótanos de las instituciones.

 

Las personas inmigrantes vienen a trabajar. Han llegado para quedarse y ya están creciendo chilenos que no se podrán expulsar, pero que llevarán la marca de la migración. Hoy son los niños que llenan las escuelas que hace algunos años se vaciaron para permitir que muchos pudieran seguir trabajando los que buscan ser aceptados, ganan campeonatos de lenguaje, deportivos y diversos concursos, son como cualquier niño o niña que se defiende y transa con compañeros con los que juega y también discute. Afortunadamente, hoy es en las escuelas donde lentamente se habla del racismo y se informa sobre su génesis y sus modalidades.

 

Es necesario que revisemos el momento colonial para buscar cómo operaba la clásica oposición entre salvaje y civilizado. Que hurguemos sobre las razones que definían a la piel negra como la de un salvaje y aprovechar de sacar de los estuches al absurdo «lápiz color piel» para que niños y niñas sepan que el envoltorio de nuestro cuerpo tiene afortunadamente distintos colores y pensar al cuerpo y sus emociones. Pero también examinar las influencias de intelectuales y políticos que promovían el positivismo europeo, planteando al progreso como un horizonte que solo podía verse si se colonizaba el sur y se «mejoraba la raza». Y detenerse a entender que a comienzos del siglo XX hubo un proceso de «chilenización» que reprimió a los peruanos a través de las temidas «Ligas Patrióticas».

 

Así entenderemos mejor que a la exclusión social de la mujer, el indio, el negro, el pagano, el mestizo, el campesino, el marginal-urbano, el joven y la joven, los niños de la calle, los homosexuales, travestis, lesbianas y trabajadoras sexuales se agrega la figura racializada del inmigrante, precedido por un proceso de negación antiguo, nunca interrumpido, que objetiva la exclusión material y simbólica demostrable por ejemplo, en los descendientes de los negros que llegaron de África como esclavos y de los «indios» sometidos por la conquista.

 

El racismo es violento y la violencia «ordena» basándose en justificaciones que logran que su aplicación pueda ser entendida como algo normal por la sociedad y puede darse en prácticas como en discursos que fomentan y justifican el racismo. Puede haber monopolio por lo tanto de la violencia por parte del Estado cuando «legítimamente» usa la violencia física y la simbólica.

 

El viaje del migrante termina cuando deja de ser «emigrante» al tocar el suelo ajeno para convertirse en «inmigrante». El cansancio deberá dejarse al lado y tendrá que enfrentar la vida «a como dé lugar». Nada o muy poco ha quedado en su valija y la nueva habitación deberá compartirse con muchos otros que buscan trabajar y permanecer en Chile.

 

El panorama que presento es muy duro. Pero no quisiera buscar tampoco mitigarlo. Sin embargo, hay una parte de la sociedad chilena que se detiene a pensar y reaccionar ante la violencia de otros tantos «actos» racistas que se suman al actual proyecto de ley. Esta reacción puede verse en la solidaridad de organizaciones internacionales, de Juntas de Vecinos, Iglesias, clubes deportivos, asociaciones de estudiantes, profesionales, trabajadores, sindicatos y de personas que individualmente reaccionan y protestan. Ante lo que ocurre la lista hoy es más larga que hace algunos años. Pero a veces la solidaridad no se da del mismo modo con todos los inmigrantes, puede también ser diferenciada y afectada más por unos que por otros. Eso implica volver a la pregunta por lo chileno y por lo que somos, por la construcción compleja del nosotros y por nuestra historia, por revisar nuestros procesos migratorios y preguntar a los emigrantes chilenos cómo han vivido sus exilios.

 

Tal vez haya que detenerse más a conversar sobre actos racistas que brotan espontáneamente, hiriendo a otros sin que sepamos o entendamos por qué. Para sacar al menos a este padre de familia de su encierro y decirle que el «nosotros» racista, no nos afecta ni nos señala a todos. Para contribuir en hacer justicia a Joane y a todas las víctimas de la inmigración y de los racismos en Chile.
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[Portada] Velatón en conmemoración por el fallecimiento de Joane Florvil, 2017 / Frente Fotográfico.

Notas:

  1. Este texto fue presentado en el foro “Reforma migratoria y Derechos Humanos”, organizado por la Fundación Helmut Frenz en el Museo de la Memoria el 5 de mayo del 2018.
María Emilia Tijoux
maemiliatijoux@gmail.com