Tras las huellas de las niñas

Cualquier referencia sobre Alto Hospicio en otro lugar tiene como respuesta algún comentario o pregunta sobre la seguidilla de desapariciones de mujeres que ocurrieron en este lugar del norte del país. A casi dos década del episodio, marcado por la discriminación, la incompetencia de las autoridades y las malas prácticas de los medios de comunicación, un ejercicio de memoria que se abre nuevamente a propósito del estreno de la serie “La Cacería. Las Niñas de Alto Hospicio”, de MEGA.
Las primeras señales que enrarecieron la cotidianidad del lugar fueron la aparición de algunos papeles en las calles principales que solicitaban referencias sobre el paradero de jóvenes perdidas, afiches y fotografías que de a poco comenzaron a proliferar en postes de luz, esquinas y negocios. Recuerdo particularmente uno que estaba en las inmediaciones del supermercado, a pocas cuadras de mi casa, que me llamó mucho la atención ya que los que había visto antes buscaban abuelos, nunca jóvenes. Correspondía a una niña morena de cabellos medios despeinados y vestida de uniforme: era la foto de Macarena Sánchez.
 
Luego, desde finales de 1999, fueron los medios de comunicación locales. En sus páginas comenzaron a aparecer fotografías pixeladas –pero a color– de adolescentes vestidas de jumper azul y camisa blanca, que habían salido de su casa al colegio y de las que no se sabía nada; pero de las sí se presuponía mucho. Hipótesis de abandono voluntario del hogar, búsqueda de mejores oportunidades y prostitución en los países vecinos llenaban tanto los informes de las policías y autoridades como las notas de los medios, ya en este punto, de difusión nacional.
 
En ese tiempo Hospicio era un asentamiento urbano pequeño, pero en crecimiento, que ya poseía una historia que lo comprometía como base de la Fuerza Aérea y como el lugar donde la empresa de explosivos de Carlos Cardoen había estallado dejando 29 muertos y varios heridos en enero de 1986. Era territorio dependiente administrativamente de la ciudad de Iquique, a pesar de tener suficiente población y necesidades específicas como para ser una comuna.
 
Contaba dentro de su mapa con varios colegios, algunos servicios básicos, un consultorio, un supermercado y una feria de frutas, verduras, insumos para el hogar y ropa americana. Todo lo demás estaba en la gran ciudad, ubicada a unos quince minutos de recorrido en auto y media hora en micro.
 
En medio de esa normalidad de pueblo chico, fueron apareciendo una tras otra las fotos de las niñas y los carteles de “Se busca”; mensualmente, cada dos meses, incluso en vacaciones de verano, hasta que inevitablemente se comenzó a configurar un mapa socio-territorial preciso: todas las desaparecidas vivían coincidentemente en los mismos sectores, y entre ellas, las que estudiaban, asistían al mismo Liceo: el Eleuterio Ramírez.
Llegó el año 2000 y no se acabó el mundo, aunque de seguro las familias de estas adolescentes sintieron que así fue, y no sólo por la pérdida, sino que por la discriminación y la poca atención de las autoridades, en especial Carabineros. Entre ellos el suboficial Arriagada (que tanto le simpatizaba a mi mamá por la coincidencia de sus apellidos) resultó ser el más mierda de todos, el que más mierda le lanzaba a las niñas y el que más teorizaba sobre la prostitución y el abandono del hogar.
 
De un momento a otro y no sé muy bien de qué forma, se comenzó a hablar de un auto blanco que perseguía a mujeres en los sectores de La Pampa y La Negra, prefigurando la posibilidad de lo que primero aparece hoy al hablar de Alto Hospicio: un psicópata, la estampa del asesino en serie.
 
A pesar de lo raro que parecía todo y de que se definieron estas desapariciones como accionar de un psicópata, nunca me sentí vulnerable a que algo me ocurriera a mí ni a mis amigas y compañeras, aunque cada cierto tiempo otra mujer era parte de una portada de La Estrella de Iquique y era mencionada como desaparecida en los breves de la prensa de circulación nacional. Y esto no era sólo porque no teníamos la edad de esas muchachas y nuestro escaso desarrollo físico de los once años nos hiciera lucir como zancudos de patas largas y silueta irrelevante, sino que no vivíamos en el sector donde pasaban esas cosas ni íbamos en ese liceo. Nosotras estábamos al centro de esa periferia. Ellas, en la periferia misma.
 
Recuerdo que en el colegio, formados una mañana de lunes luego del himno nacional, nos habló la jefa de UTP o quizás la directora a todos los estudiantes y profesores, quien antes de dar su mensaje semanal hacía un ejercicio de “autocontrol” en el que contaba de uno a diez, para que cada uno mantuviera silencio y calma sin tener que ser reprimido. No sé de dónde salió eso, pero resultaba. En una explanada silenciosa y atenta, ante cientos de niños y niñas se refirió a la desaparición de las adolescentes y nos pidió tener cuidado, aunque, según ella, en este sector de Hospicio no pasaba nada, que nos teníamos que quedar tranquilas, aludiendo en su discurso a una especie de protección simbólica, sectorial, no lo sé.
 
Una tarde, cuando ya la situación era evidentemente preocupante, llegué a la casa y el televisor estaba encendido sintonizando el canal local. En un pequeño set estaba una mujer portando uno de esos carteles que ya estaban hace casi un año en las calles. Ella era mayor y lucía un pelo cano con matices amarillos de una tintura pasada y su rostro expresaba una desesperación que en ese momento no pude entender, pero que hoy, cuando vuelvo a ese recuerdo, puedo dimensionar.
 
La entrevistadora (o entrevistador) le preguntaba datos y referencias, las que solo fueron selladas con un llamado a la cámara por si alguien sabía algo de ella, Patricia Palma, su nieta. Meses más tarde esta mujer aparecería en casi todas las pantallas chilenas llorando en un vertedero clandestino al encontrar parte de las pertenencias de Patricia, a pesar de que las policías le habían dicho que su niña estaba prostituyéndose en Tacna, o en Papudo, o en Santiago…
 
Ya en esos meses de 2000 el caso de Alto Hospicio era conocido a nivel nacional y los medios masivos enviaban corresponsales a buscar información. De ahí que el imaginario que se tiene del lugar sea un peladero en medio del desierto interrumpido por casas vulnerables, hechas de material ligero, donde mallas plásticas de colores y cholguán eran parte del paisaje, acompañadas por micro basurales que le quitaban un poco la monotonía a la pampa.
 
Efectivamente, el lugar lucía así y seguramente en algunas partes aún sea de esa forma, pero era lo más llamativo: mostrar lo decadente, lo vinculable a factores de riesgo que hicieran presumir que las niñas no estaban en una fosa o cadavéricamente tiradas en basureros, sino que en otras ciudades y países, dejando atrás y sin previo aviso a sus queridas familias. Por lo mismo y en la misma línea de esta teoría, fueron a buscarlas a Tacna Orlando Garay, padre de Viviana, y Juan Sánchez, padre de Macarena, acompañados de los periodistas del programa “Contacto”, volviendo, evidentemente, sin resultado alguno.
Algunas de esas imágenes resultan imborrables. La recreación de una escena en la que un hombre en un auto blanco miraba desde el volante a unas adolescentes cruzando la calle, registro que, aunque estaba en distorsión visual, no ocultaba que era una toma de una avenida ubicada a unas cuadras de mi casa. Otras: los rostros de las madres y familiares de las niñas que constantemente podíamos ver en la feria o en la calle, haciendo lo suyo, mientras vivían su calvario.
 
A pesar de lo enrarecido que estaba todo, del panorama gris que se me viene a la cabeza cuando pienso en esos años, no logro entender cómo pudo estar todo funcionando normalmente, sabiendo que alguien circulaba por las mañanas buscando chicas con la excusa de acercarlas al colegio que quedaba a trasmano, atravesando la carretera A-16, en jornadas donde las micros pasaban escasamente. No entiendo tampoco cómo nadie hizo nada y cómo nadie puso una pequeña ficha en la posibilidad de que estas pérdidas no fueran voluntarias sino que violenta y mortalmente acontecidas. Sin embargo ocurrió y su resultado quedó sin duda saldado con la indiferencia y las excusas que muchos pacos les dieron a esas madres: “no, tu niña debe haberse ido de la casa para estar mejor”. Indiferencia total y complicidad de todos quienes podrían haber hecho algo, entre ellos, nuestros adultos: nuestros padres, nuestras madres, tíos y hermanos.
 
La cosa siguió igual hasta cuando ya fue ineludible y la presencia del auto blanco se tornó real para todos. Recuerdo la visita de Ricardo Lagos del 2001 en la que anunció la creación de un equipo interdisciplinario de policías para la búsqueda. Su iniciativa llegaba dentro de un escenario en el que todas las hipótesis de la fuga dadas como verdad se desvanecían ante la progresión de los hechos; en un contexto donde los familiares ya habían tocado todas las puertas y en su mayoría las encontraron cerradas de antemano. Y el momento llegó: aparecieron unos cadáveres en un pique minero abandonado. El tema reapareció nuevamente en pantallas y páginas gracias a que una de las víctimas del psicópata sobrevivió a su ataque y fue encontrada en la carretera. Sin esa mujer que escapó de uno de los asesinos más brutales de la historia chilena reciente no sabemos cuánto tiempo se hubiese demorado la policía (ni tampoco si lo hubiera hecho) en dar con la casa de quien violó y asesinó a las muchachas.
 
Otra foto que aparece: la imagen de la madre de Macarena Sánchez en el Servicio Médico Legal de Iquique al ser notificada del hallazgo del cuerpo de su hija. Iba saliendo del lugar tras el reconocimiento del cadáver: era ella, eran sus ropas. En la toma realizada con zoom, es posible ver a la mujer de cabellos castaños y cortos aferrarse a alguien, soltar un grito de dolor poderoso y desvanecerse entre los brazos de esa persona. Otra: una mujer, familiar de una de las niñas, gritándole a los pacos que para qué se venían a preocupar ahora de las niñas, cuando ya estaban muertas, habiendo antes sólo golpeado periódicamente las puertas de sus casas para saber si habían tenido noticias de ellas y para llenar informes con palabras referidas a violencia familiar, drogadicción y problemas que las habrían ahuyentado de sus hogares.
 
Luego se realizaron los funerales de las niñas. Esa mañana, al parecer de fin de semana, fuimos con mi familia caminando por el cerro La Tortuga hasta la carretera A-16 donde informaron que pasaría la caravana con los ataúdes con destino al Cementerio N° 3 de Iquique. Recuerdo que muchas personas se congregaron en el lugar con pañuelos blancos que movieron cuando pasaron las carrozas, resguardadas ahora por la policía. Recuerdo también que antes de las caravanas o después de estas venían unos cuantos perros molestando a los pacos en moto y recuerdo también que me afloró una pena tremenda acompañada por un par de lágrimas en medio de la conmoción general.
 
Las carrozas llegaron al Cementerio, pero eso lo vi por televisión. Un mar humano se encontraba bajo el estrecho portal del lugar subiendo hacia una de las calles del camposanto donde habían dispuesto un pequeño mausoleo para ellas, las “Reinas de la Pampa” –como indica actualmente un cartel sobre los nichos–, lugar que luce hoy completamente adornado de flores, peluches, recuerdos y cuadernos de mensajes, aunque algunas de las tumbas sólo tienen como referencia un papel plastificado con el nombre de cada difunta.
Luego, antes o al mismo tiempo, vino todo un proceso judicial. El súper equipo de policías capturó a un hombre que, según los medios, era el autor confeso de todos los crímenes. Su nombre era Julio Pérez Silva, procedente de Puchuncaví y fanático de la U, el hombre del auto blanco que vivía sumamente cerca de la mayoría de sus víctimas en el sector de La Pampa, junto a su pareja y los hijos de esta.
 
El caso avanzó, no recuerdo si rápido o lento, pero pasó. Se dictó la condena para Pérez Silva, que estuvo preso en la cárcel de Acha, en Arica, pero que luego pidió su trasladado a Colina 1 en Santiago, cambio que logró en enero de 2011. Este hombre no ha hecho más que dejar dudas sobre el caso tras una serie de cartas en las que se declara inocente y en entrevistas a programas de televisión en donde reitera que asumió responsabilidades sólo bajo presiones inhumanas en interrogatorios tras su detención en octubre de 2001. ¿Habrá sido sólo él?, ¿habrá sido el culpable de todos los asesinatos que se le inculpan, entre ellos de mujeres mayores?
 
Hoy la cosa está ahí, pendiente y presente, aunque ya nuevas generaciones sólo sepan del asunto como parte de un anecdotario local, o porque aparezca en alguna conversación de quienes estuvieron en ese momento. Está ahí, como una herida abierta para quienes no logramos comprender cómo pudo pasar todo esto, y más aún, cómo sigue sucediendo casi de forma cíclica en una especie de realismo mágico protagonizado por este desierto que traga, que desaparece, que se lleva a la gente, que te empampa, que te chupa, tal como supuestamente lo hizo con José Vergara el 13 de septiembre del 2015, detenido por carabineros desde su domicilio, instante preciso desde el cual se desconoce hasta el día de hoy su paradero.
 
Luego de esto, en 2004, Alto Hospicio fue declarada comuna. Luce mejor, porta una institucionalidad, posee más servicios e incluso cuenta con una comisaría más grande y remozada frente a un costado del colegio de las niñas, hoy llamado “Liceo Bicentenario Minero S.S. Juan Pablo II”, como queriendo borrar que se llamó Eleuterio Ramírez alguna vez. De milico a santo padre, en una trayectoria irreflexiva, en un ejercicio inducido de amnesia, en un ejercicio de poder.
 
Las niñas de Hospicio se van y vuelven en pequeñas cosas como encontrar al azar por las calles de Iquique a la mujer del psicópata tratando de hacer una vida normal, en un poemario dedicado a ellas vendido en las calles o en la celebración del Carnaval de Hospicio, cita en la que cada año es elegida una joven como la reina de la comuna, situación que hace un tiempo no pudo hacer otra cosa que recordarme que las que desfilaban en traje de baño por el escenario podrían haber sido una de ellas. Más aún cuando Orlando Garay, padre de una de las niñas y concejal de Hospicio en ese momento, las felicitaba por su participación y estaba presente en la ceremonia de coronación de la reina, de la nueva reina de la pampa.
Francisca Palma
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