Contra la ciencia sexista y su pensamiento heterosexual

Los discursos que particularmente nos oprimen a todas nosotras y a todos nosotros, lesbianas, mujeres y homosexuales, son aquellos que dan por sentado que lo que funda una sociedad, cualquier sociedad, es la heterosexualidad.
Monique Wittig, “El pensamiento heterosexual” (1992)
El feminismo nunca es uno, sino que es múltiple: no existe el feminismo, sino que existen los feminismos, así, con s, en plural. Puede sonar repetitivo decir esto en el contexto de efervescencia política feminista que vivimos, pero es imperioso nunca olvidarlo porque tenerlo presente nos ayuda a descifrar las múltiples extensiones, infiltraciones y tomas de posición que esta teoría política y movimiento social llamado feminismo, une. Porque al igual que los nudos que podemos hacer con una lana, son tanto más firmes si se ligan entre ellos hasta formar un tejido resistente, el feminismo requiere siempre desafiar los géneros (sexuales, literarios, disciplinares) con el objetivo de conectarse y establecer alianzas que constituyan una crítica común al canon masculino. Porque si bien el feminismo es una política que nace de las mujeres, también es un espacio para las disidencias sexuales que no están de acuerdo con una integración social bajo los códigos que la heterosexualidad permite. Con heterosexualidad no me estoy refiriendo simplemente a una práctica, sino que sobre todo, a un régimen político y epistemológico que compromete modos de pensar, conocer, amar y vivir en sociedad. Monique Wittig, pensadora feminista y poeta lesbiana escribió en el año 1992 un decisivo libro que llamó El pensamiento heterosexual. En este ensayo descifra los modos en los que las lesbianas y homosexuales habían sido expulsados del orden simbólico, de las disputas lingüísticas, psicoanalíticas y científicas de la época. Producto de esto, se interna en la crítica a la escasa producción de significados por parte de personas que no piensan en las ideas de familia o reproducción como horizonte de vida y en cómo el no fabricar discursos propios tiene repercusiones políticas profundas, porque invisibilizan modos alternativos de habitar en esta sociedad. Las cosas no han cambiado tanto en este aspecto desde Wittig. Hay un pensamiento heterosexual que nos recorre en cada etapa de nuestra vida y que nos hace creer que es en el matrimonio y en la adopción de hijos, la monogamia, la sexualidad «responsable» y la competencia entre pares, donde los disidentes sexuales encontraremos proyectos válidos para integrarnos con fuerza en el campo social, político y cultural. Pero el problema es que la sexualidad no siempre es tan gobernable, a pesar de ser un territorio donde se nos imponen rígidos comportamientos. Las prácticas del sexo creativo y no reproductivo, la prostitución, la masturbación e inclusive el aborto son penados en nuestra sociedad con severidad. Debemos defender como derecho básico al sexo y a la sexualidad como un espacio de experimentación y creación. Es en este debate donde las ciencias naturales adquieren particular importancia al ser las reproductoras de verdades sociales que sostienen, por ejemplo, la diferencia sexual como relato único y fundante.
 
Soy un biólogo que zigzaguea entre las clásicas y asfixiantes estructuras heterosexuales de la ciencia y el mundo del activismo de la disidencia sexual tratando de correr los marcos de lecturas con teorías trans-feministas, esto es, con teorías encarnadas y políticamente peligrosas que desaprueban la visión positivista de la ciencia. Es así que en esta actual activación masiva del feminismo he participado de varias instancias de discusión en los paros de las facultades de farmacia, química, medicina y teatro tratando de pensar en conjunto cuánto mal nos ha hecho la visión lineal del mundo, la idea de que es «el hombre» la cúspide de todos los troncos evolutivos. Como consecuencia de esto es posible observar cómo uno de los principales abusos que ha sido el detonante de esta emergencia feminista, de este oleaje político que sacude nuestras aquietadas aguas neoliberales, es el acoso: práctica base del comportamiento de la heterosexualidad como régimen. Hay que hablar y denunciar el acoso sexual, el acoso laboral, el acoso que por siempre han recibido las mujeres y todos los sujetos minoritarios pero también hay que hablar del acoso epistémico y androcéntrico que han sufrido las disciplinas en las que nos movemos. Los científicos no son los portadores de una verdad transparente y no contaminada, sino más bien son los reproductores de un conocimiento que otros decretaron como lo correcto, eliminando a las diferencias o a las disidencias dentro de su proceso de construcción de conocimiento. Aunque a algunos les cueste mucho entenderlo, la ciencia no es un conocimiento puro y no contaminado por lo social, a pesar que pueda partir de presupuestos abstractos. La ciencia es una práctica que actúa de forma material en nuestros cuerpos, en particular contra quienes nos queremos escapar de su pensamiento heterosexual. Cuestionar su signo androcéntrico es urgente en este contexto de “mayo feminista”, porque como decía Monique Wittig, nosotrxs 1, los disidentes sexuales necesitamos crear también nuestras propias categorías para mirar el mundo y así intervenir sus diversos espacios.
 
El signo androcéntrico de la ciencia.

 

Sabemos que la ciencia contemporánea en sus diversas vertientes ha profundizado de manera muy precisa en diferentes ámbitos de lo biológico y lo social aportando de manera significativa con sus investigaciones. Esto lo ha hecho cercando la comunicación sólo en el interior de sus propias disciplinas y creando un interlocutor cada vez más especializado y, por lo mismo, menos abierto a otras conexiones y saberes. Esto es posible verlo en las mismas facultades que albergan diversas carreras del área de la ciencia, donde las investigaciones están cada día más atomizadas y cerradas en sus protocolos y «factores de impacto» que privilegian el éxito individual y la (descarnada) competencia entre pares para recibir un precario fondo dentro de las pocas posibilidades de financiamiento que existen. Pienso que para poder transformar el «signo androcéntrico» de las ciencias y abrir las investigaciones al feminismo es fundamental promover espacios que fomenten la conexiones inter-facultades entre los investigadores y así también abrir espacios de contacto con los ciudadanos. Para esto es importante una desjerarquización de las ciencias (permitir un contacto y feedback más efectivo entre los distintos niveles de formación en la investigación, que sea posible un diálogo entre un investigador de planta y un estudiante de pregrado en los seminarios por ejemplo), un replantamiento de la forma de la escritura (promover otras escrituras para transmitir las investigaciones y no sólo el «paper» indexado en inglés) y una urgente incorporación de la teoría feminista de la ciencia, en particular el trabajo de feministas científicas que han insistentemente interrogado los postulados contemporáneos de la ciencia en relación con la idea de diferencia sexual y su relato de lo endocrinológico o lo neuronal. Nombres como Anne Fausto Sterling, Donna Haraway y Catherine Malabou completan sus investigaciones agudizando el nexo entre lo científico, lo social y lo político. Así, desde una perspectiva feminista de la ciencia, habría que dar cabida a investigaciones como las de la bióloga israelí Daphna Joel 2quien, junto a su laboratorio y con variadas técnicas biológicas y de las ciencias sociales, demostró que no existe el «cerebro masculino» ni el «cerebro femenino» sino que una especie de mosaico fluido activándose en cada cuerpo de manera diferente. ¿Quién nos dijo o quién demostró que los cerebros del hombre y la mujer son diferentes? Nunca se nos dijo, pero los supuestos de la cultura científica en la que vivimos lo hicieron real. Hay una evidencia genital de la diferencia sexual, pero eso no significa que cada uno de nuestros órganos sean diferentes. Por eso mismo la idea que los hombres y las mujeres tienen distintos cerebros está tan imbricando en nuestra cultura que se da por dado. La hipótesis básica del conocimiento occidental es que hay sólo dos sexos. Esta investigación tiene repercusiones muy importantes porque rompe con el estigma de que “las niñas son buenas en lenguaje” o “los niños son buenos en matemáticas”. Con todo esto quisiera afirmar que antes que todo, la ciencia es una práctica política y social. Yo trabajo en un activismo que busca la presencia de una ciencia parcial, lateral, que no tema en incorporar los recursos del lenguaje y de la cultura cotidiana en su manera de ver el mundo. Una ciencia feminista sería una que se atreva a desmantelar las divisiones binarias y las construcciones culturales que jamás se han puesto entredicho como, por ejemplo, el binomio hombre/mujer. Para esto un lenguaje semiótico-material que no tema a la experimentación de la escritura ni a la formulación de espacios alternativos de difusión de sus resultados y discusiones es fundamental. Pienso cuánto hemos perdido por utilizar el lenguaje sólo como un «medio para» y no como un sustrato de producción de conocimiento. Porque escribir de otra manera te permite a su vez pensar de otra manera, leer de otra manera, mirar de otra manera, «thinking otherwise» dicen las feministas postcoloniales. Porque no hay que ser ingenuos: la manera en que actualmente leemos y escribimos está íntimamente implicada con un sistema patriarcal que describe el mundo bajo ciertas retóricas, si no machistas siempre conservadoras y jerárquicas. Tenemos un mundo que describir que está embebido de las metáforas que marcaron nuestros últimos siglos sobre la tierra: la inmunología bajo los signos de la guerra, la endocrinología y el mundo de las hormonas bajo las narrativas de la diferencia del sexo, el sexismo y el control de la natalidad, la genética como un discurso que muchas veces legitima el racismo, la ecología bajo los presupuestos antropocéntricos y androcéntricos de la competencia y la evolución humana. Así como lo trans no sólo significa no binario, sino que sobre todo abierto y no anquilosado, una ciencia trans-feminista podría establecer lugares de conexión que partan desde los conocimientos específicos de sus disciplinas pero que terminen en la producción de información colectiva que pueda ser divulgada al amplio espectro de la sociedad. No se trata de construir un espacio donde cada uno hable “como biólogo” o “como cientista social” sino que es la conformación de un lugar plástico donde se esté dispuesto a exponer las tramas de su conocimiento específico y abrirse al conocimiento del otro para profundizar en sus objetivos y modos de conocer. El científico Humberto Maturana decía que en el acto de conocer, uno nunca llega vacío, por el contrario, uno conoce con un mundo en la mano. Abrir las investigaciones científicas a nuevos derroteros, incorporando los conceptos de la cultura popular, de las ciencias sociales y naturales, de la literatura y el arte es un objetivo urgente y necesario en un mundo donde la información está cada vez más cerrada por barreras económicas y políticas. Esto es un llamado a desafiar las normas académicas que muchas veces atomizan los espacios del conocimiento dentro de la universidad. No es para hablar sólo desde las disciplinas sino para establecer puentes comunicantes entre conocimientos y pensar juntos. Es también el inicio de algo que está por comenzar, una aventura crítica que nos lleva a salir de nuestra zona de confort y arriesgarnos en construir alejados de los privilegios que nos otorga la especialización para establecer puentes con el activismo feminista y los estudios culturales de la tecno-ciencia con el objetivo de disminuir el sesgo androcéntrico que portan actualmente las ciencias.
 
Un congreso de biología
 
En octubre del año 2017, poco antes del mayo feminista, se realizó la XXXI Reunión anual de la Sociedad de Biología Celular de Chile, uno de los más importantes eventos del mundo de la investigación en ciencias biológicas de nuestro país. Esta sociedad que se formó el año 1978 sólo ha contado con dos mujeres como presidentas en sus más de 15 autoridades hasta la fecha. Ese año la doctora Francisca Bronfman, segunda presidenta de la sociedad, dio un giro al evento y propuso discutir, en plenaria abierta, entremedio de las charlas y las presentaciones, un asunto complejo y que jamás había visto se pusiera en el centro de la discusión, esto es, la baja participación de las mujeres en cargos y dirigencias de la investigación en Chile. Dejamos por un minuto nuestras rutas moleculares y nos enfocamos en discutir una problemática que no ha sido relevada ni solucionada como merece. El desarrollo del problema es el siguiente: en el inicio de las carreras científicas ingresan la misma cantidad de mujeres que hombres (sólo se leen esos parámetros) pero luego en los altos cargos de representación y toma de decisiones el número de hombres es casi el doble que el de mujeres. Fue interesante hacer el ejercicio, observar cómo esto se repetía, ahí mismo en el auditorio, al contabilizar estudiantes de doctorado y post-doctorado, investigadores jóvenes de la universidad y profesores titulares separados en tres grupos distribuidos en el salón. Yo que soy un joven investigador de post-doctorado y activista feminista de la disidencia sexual, pude observar cómo en estos tres grupos distribuidos en la sala, el número de mujeres iba disminuyendo drásticamente a medida que avanzaban los años en becas, reconocimientos y fondos para la investigación. Una de las explicaciones y que concentró la discusión fue el tema de la maternidad. Esta fue la aclaración del por qué hay una merma en la carrera de muchas mujeres científicas. Se estableció un interesante debate donde se expusieron ideas y medidas para afrontar este problema. Se habló del menosprecio de algunos jefes a las mujeres científicas, de lo costoso que era tener una estudiante embarazada, de lo estricto que son los plazos para recibir financiamiento entre el término del doctorado y el inicio de un proyecto independiente, del poco cuidado que realizan las parejas de estas científicas (todas heterosexuales) a las labores del cuidado de los hijos, e inclusive de cómo mujeres que han llegado a cargos importantes, rechazan o hacen la vida más compleja a otras mujeres en sus laboratorios. Parece que hasta hace poco en la ciencia comenzaron a existir las mujeres, algo que claramente no es cierto. Las brujas y curanderas fueron las primeras científicas que de la mano de la investigación del «pensar a través del hacer» iniciaron un camino de largo aliento. No todos los alquimistas fueron hombres.
 
Mientras ocurría esta discusión, pensaba que hay un problema con la representación y los modelos que existen porque de alguna manera todas quieren ser madres o ser madres es un problema. Hay una trampa reproductiva en la diferencia sexual. El mundo no se compone sólo de hombres y mujeres 3 ni tampoco sólo de heterosexuales. Fue extraño porque al decirle eso a mis compañerxs de generación en ese auditorio, quedé con la abrumadora sensación de estar hablando solo, que no hay pares ni otros modos de afrontar el mundo de la biología. Una científica dijo que mi planteamiento corresponde al de una «minoría» (término muy de las políticas públicas de los años 90’s) y que las medidas deben realizarse pensando en las mayorías reproductivas y heterosexuales. Algunos otros se me acercaron entre pasillos y dijeron que me encontraban razón, pero que no podían decirlo en público. Por ahora se discute la representación y los problemas de las mujeres que quieren tener hijos y lo demás no es prioridad. Tampoco se ha hecho mucho, porque recién ahora se está visibilizando el problema, en la segunda década del siglo XXI 4, aunque parezca increíble. Viéndolo así, y en la lentitud con la que avanza la política identitaria, primero discutiremos sobre las mujeres educadas con deseos de hijos, luego las mujeres proletarias que no tienen acceso a la educación y en última instancia, los disidentes a la norma sexual. Creo que el problema sigue siendo la diferencia sexual, la manera de mirar el mundo de a dos, la escasa representación de otros modos de vida en la ciencia y en los espacios de producción de conocimiento. Importa mucho no desviarse, no perder el camino. Siempre he visto que la idea de contaminación es algo que rechazan la gran mayoría de los científicos con los que he trabajado, quizás porque les atemoriza la idea de no vivir seguros, en identidades fijas y con vidas pre-fabricadas. Porque para quienes hemos vivido en un mundo no binario, transgeneracional, no jerárquico, sin la necesidad de hijos, con la violencia ejercida sobre nuestros gustos o formas de expresión, el contaminarnos es una estructura de vida que ya hemos aprendido a incorporar y en cierta medida a desear también. Estos afanes contaminantes los he creído siempre necesarios. Y pienso en todas las feministas que siempre han sido consideradas como locas, locas por pensar que el mundo no se divide en dos. Pero nunca estamos solos. Siempre hay alguien con quien resistir. Al terminar la conferencia, se presentó la bióloga chilena Bárbara Saavedra, una brillante ecóloga que trabaja en la conservación de especies de nuestro sur austral. Ella cerró con una conferencia donde hablaba que nuestras historias como científicas latinoamericanas deben ser contadas, que precisamos de ellas, que las necesitamos. Presentó una charla muy diferente a las que escuchamos durante esos días, precisamente como una provocación a la adormecida y muy preparada audiencia del congreso a las 10 de la noche. Me gustó mucho escucharla en su rebeldía, me sentí un poco menos solo. Habló de Bruno Latour, de Virginia Woolf y de Hannah Arendt, recordándonos aquel episodio en el que la autora asiste al juicio de un criminal nazi que era el encargado de llenar carros con judíos para su exterminio. Este hombre siempre dijo que era inocente y apeló a que él sólo cumplió al pie de la letra las órdenes que le fueron impuestas, mostrándose responsable, cumplidor y organizado. Algo muy similar a lo que nos enseñan en el camino científico donde el cuestionamiento a las bases de lo que hacemos casi no es permitido. Bárbara nos habló de la conservación de las especies endémicas, del cuidado que debemos hacer de los ecosistemas donde no habitan humanos, recordándonos que en Chile no sólo existe la Escherichia coli, esa bacteria gram-negativa que es el modelo bacteriano más estudiado a nivel mundial. Apeló a una ciencia situada, mostrándonos imágenes con una belleza sobrecogedora de plantas, sistemas acuáticos y danzas migratorias. Se refirió e interpeló a las científicas mujeres, a aquellas niñas que ya ordenan conchitas en sus viajes a la playa y dijo que el futuro de la ciencia es femenino. Yo, que tengo nombre de varón, me sentí absolutamente interpelado por su visión de mundo, siento que me habló a mí también, en mi devenir mujer sostenido. Dijo que este cambio en el paradigma masculino de la ciencia requiere “de mirar más allá de su quehacer propio y de su mandato del momento. Requiere mirar desde dónde vienen sus preguntas, y hacia dónde se dirige el resultado de sus investigaciones. Requiere aspirar el aire que existe fuera de la burbuja burocrática de las ciencias, y sus perversos y miopes sistemas de financiamiento y calificación, para conectar con el resto del mundo” 5. Observé que su charla causó escozor y me alegré de ello porque el feminismo está siempre para causar molestia, para hacer las críticas que nos permitirán replantear los comportamientos entre los sexos y las formas de transmisión del conocimiento. Para redefinir los mapas de la ruta social como ha ocurrido ahora, para hacer una pausa y un paro en conjunto. Porque así como en la novela Fahrenheit 451 del escritor de ciencia ficción Ray Bradbury donde se quemaban los libros por considerarlos peligrosos, estas reflexiones sobre un congreso de biología celular, el androcentrismo de la ciencia y su pensamiento heterosexual resistido por un biólogx feminista como yo, quizás también deberían ser quemadas porque parten y terminan desde el fracaso de quien está cada día más perdiendo el camino.
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*Este texto es parte del libro «Mayo feminista. La rebelión contra el patriarcado» (Lom ediciones), de Faride Zeran, editor. / [Portada] Las células que pueden verse son astrocitos: células del sistema nervioso central que dan soporte metabólico a las neuronas. Fue capturada con el microscopio confocal C2/C2si PLUS en la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile.

Notas:

  1. No hablamos desde un nosotros, sino desde un nosotrxs. Creemos que esa “x” es una estrategia para marcar una molestia con aquel binario que nos recorre en cada etapa de nuestras vidas, que nos marca, que nos impide acceder a ciertos mundos, una “x” que se burla de la gráfica occidental y que es a la vez la incógnita de una ecuación. Quizás esa misma que dice que hay una coherencia entre las categorías de sexo, género y deseo. Una ecuación que a diferencia de aquellas que resolvíamos en la escuela, no nos interesa resolver, no nos importa saber cuál es específicamente el valor de esa “x”.
  2. En este trabajo la bióloga Daphne Joel, mediante diversas técnicas, desde biología celular hasta electrofisiología midió en hombres y mujeres la materia gris en áreas del cerebro relacionadas a la producción de hormonas, como el hipotálamo. Se demostró que no hay diferencias significativas de activación lo que la llevó a proponer su teoría del cerebro como mosaico. Para más información buscar el artículo “Sex beyond the genitalia:The human brain mosaic” publicada por la revista PNAS en diciembre del año 2015.
  3. La problemática de la diferencia sexual, es quizás una de las principales preocupaciones de las biólogas feministas que trabajan en la investigación científica. Anne Fausto Sterling, bióloga estadounidense, ha trabajado profundamente la figura del intersexo como crítica a la normalización binaria porque estos cuerpos representan el sincretismo de los géneros, lo que los convierte inmediatamente en cuerpos peligrosos que deben dominarse. Los intersexuales son un disturbio en la pétrea separación sexual que la ciencia “quiere” presentarnos como lo “natural”. En sus investigaciones aborda la obligación contemporánea de normalizar con cirugía a cualquier ser humano intersexual a uno de los dos sexos establecidos como “normales”. Con esta operación quirúrgica cuaja el proceso de erradicación de los intersexuales puesto en marcha por la maquinaria de la ciencia y sus grupos de interés: ya no existen ni cultural ni legal ni médicamente. Para más información revisar su libro Cuerpos Sexuados: la política de género y la construcción de la sexualidad. Editorial Melusina, 2006.
  4. Hay que recordar que fue Eloísa Díaz en el año 1887, la primera mujer en Chile y en América Latina que ingresó a la Universidad a estudiar medicina, es decir, recién hace 131 años. El sexismo en la educación con este dato es más que explícito.
  5. Para más información sobre la bióloga Bárbara Saavedra, revisar su página web: http://www.barbarasaavedra.com.
Jorge Díaz
jbdiaz1@gmail.com