Paraíso Inc (fragmentos)

EL ARTE ZEN DE CAPTURAR UN POEMA
 
La pupila es un azar, una brújula
que dicta sus puntos cardinales
a los hijos de la Calavera.
 
La pupila es un azar, una marea
que se concreta en imágenes
como polaroids desechadas por el tiempo.
 
Imágenes, materias sudacas,
fragantes, malolientes, a veces pavorosas
 
que acechamos con la torpe
paciencia de un pilpilén
rastreando los crustáceos
en una playa tapizada de basuras.
 
Nuestro tránsito hacia ellas
es húmeda escalera que conduce
a una oscuridad ancestral,
salón de espejos que confunde
e hipnotiza con el tremolar de sus siluetas:
 
recuerda si no el despiojamiento
de los niños en las tardes de verano,
toda la mecánica social
relumbrando en el brillo
de las ladillas y los parásitos muertos.
 
Cuenta si no los denarios
que reunimos para la cena diaria.
 
Escucha si no la guitarra
que se afina con sonido ascético,
casi como un acto de meditación,
de pureza desdentada.
 
Considera si no el hambre.
 
Las peluquerías.
 
Los berreos de Marco Valerio Marcial.
 
El agua helada cuando el gas acaba.
 
El jugueteo de los gatos
bajo las palmeras del cité.
 
Los asesinados de la gran ciudad
de Santiago del Nuevo Extremo.
 
Las palomas en el aire matutino
formando una bandera desgarrada.
 
La pátina de spray & excremento
sobre los monumentos de nuestros héroes.
 
El café caliente y las manos
azuladas por el frío.
 
Las agujas melladas
que hacen crujir la piel.
 
La sangre destilada, tierno cordero,
con que se prepara el ñachi.
 
El camafeo engañosamente
transparente, ámbar trizado
de nuestras auroras.
 
Imágenes, materias desbocadas,
pavesas que removemos
para reanimar el fuego primero:
es un pez, es un pez el poema
que desciende huidizo
por el arroyo del tiempo.
[DICEN QUE ESTE POEMA HABLA DE UNA FUNDACIÓN]

 

Dicen que este poema
habla de una fundación.
Pero yo no veo piedra alguna
en mitad del verso. Ningún
alarife extiende cordeles
imaginarios para señalar
la cuadrícula del fantasmal
                                   / damero.
De ningún mártir se arrancó
el cráneo para enterrarlo
en el piso como un radiante
grano, como una sagrada reliquia
dentro de una iglesia vacía.
 
Sólo guaridas de tejón y calles
sucias, una tribu de mexicas
                     / en Ciudad Neza.
Viento exilado de los estíos
del reino, silbando entre los autos
su cancioncilla arisca de chulo.
Luces vacilantes de los bares,
de los parques abandonados
con su fantástica flora
de grafitis y botellas rotas.
Grupos de perros vagando
por las avenidas en busca
de refugio, así como los hombres.
El día ha reventado uno
por uno las bombillas
                     / de los postes,
esquilmado hasta la última
moneda de los bolsillos.
Y la noche se derrumba
sobre las casas y se traga
estas visiones de Mad Max
proyectadas en el lienzo de la calle
con avidez de ballena blanca.
 
Yo no veo piedra alguna
en mitad del verso. Pero sí
hombres: una tribu de mexicas
en Ciudad Neza, sudorosos
adolescentes sorbiendo cerveza
como si flotaran en sus skates
sobre el gris de las azoteas.
HIDALGO

 

La celebración arrastra
su cola embetunada de vómito
por el Campamento 2 de Octubre.
Un día después de la algarabía
observamos el campo de batalla
ya limpio de cadáveres: tapizado
de cuetes aún humeantes el enorme
y vacío estacionamiento, sucias
las calles, legañosos los ojos
de los caminantes en Sebastián
                             Lerdo de Tejada
 
así como lastimeros los aullidos
de perros que no comprenden
del fervor ni del desborde
de cerveza que transforma
en éxtasis nuestra sencilla
vulgaridad de inquilinos
a los que se les ha cortado
el agua por casi dos semanas.
 
Pero los perros desconocen
la bendita saga que nosotros
memorizamos y comprendemos
hasta en sus últimos detalles.
El llamado de Hidalgo sigue
retumbando en los corazones,
cómo negarlo, cómo cerrar
los ojos ante tamaña verdad,
quién podría: sólo que hoy
su grito de rebelión se funde
con el alarido de las patrullas
que recorren Iztapalapa durante
las auroras más salvajes de México
o con la simple, monótona letanía
de los vástagos del pvc,
aquellos trepanados por Capital
que elevan sus alucinados coros
                       / al cielo cada tarde.
 
Como si cantaran para invocar
la lluvia, como si danzaran
honrando el sueño que alguna
vez precipitó a Hidalgo
hacia la insurrección y la ruina.
EPÍSTOLA PARA EL REVERENDO ELIOT

 

Para T.S & la dedicatoria de “Tierra Baldía”
 
Pero es que ni siquiera nos alcanza
para autores, zarigüeya,
ni siquiera para escribidores,
menos aún para artesanos.
El limbo es un buen lugar
para zánganos como nosotros.
Derivamos en círculos
entre brumosas taquerías,
cascajos de carros, casas
con sus varillas levantadas
hacia un cielo trizado,
llantas que alguien quema
para templar una noche gélida y espesa
como poema de Berryman,
hasta caer rendidos sobre camas
que no son más que paisajes
de alambre. Monosos reunidos
alrededor del fuego viendo
las sombras parpadear
como pequeños dioses
que saltan entre las llamas
y transmiten su palabra,
su áspero evangelio al vacío
que somos, ese montón de piedras
que se desmorona en el surco.
 
Cómo pican las chinches aquí,
zarigüeya, cómo apestan las aguas.
La brisa trae consigo a mediodía
y en el crepúsculo el tronar
histérico de los sonideros
con su perreo intenso,
su Despacito tarareado
hasta el carajo, una música
hipnótica como el tartamudeo
de los disparos de los narco
corridos, de las narco balaceras,
de los narco incendios de la realidad.
 
Pero es que ni siquiera nos alcanza
para autores, zarigüeya: corre
un viento despiadado y frío
aquí, despiadado y frío
a toda hora. No ocurre
nada digno de ser traducido,
no se cruza el Rubicón
salvo para perderse
en su corriente y caer rendido
en un paisaje de alambre.
INSTRUCCIONES PARA REVENTARLE LA CABEZA A ANUBIS
 
Camina al fondo de la casa,
el patio trasero del 3814 de la Desolation Row
-el Culo del Mundo, para los entendidos-:
encontrarás ahí los envases
de algunas cervezas dorándose al sol
como inmóviles lagartijas
que aguardan desde el principio
la llegada del Apocalipsis.
 
Toma una de ellas, sopésala
en tus manos, acaricia el papel
que la lepra del tiempo descascara
hasta volver ceniza irredenta.
Lava después la botella, seca
el interior, con un embudo pequeño
deja caer en su buche de pájaro
hambriento 200 ml de parafina.
Tu envase no contiene ya el soma
de los dioses, pero sí fuego suficiente
para quemar las pestañas de Capital.
Agrega a la mezcla 125 ml de aceite
Castrol, que puedes comprar
en alguno de los tantos talleres
que hay en Avenida 10 de Julio,
entre prostíbulos clandestinos
y cités repletos de migrantes.
 
Pon ahora en el pico del iracundo
pájaro un pañuelo empapado
de bencina, agita el envase,
tensa tus músculos y luego
de encender su plumaje
arroja tu rabia lejos, lejos.
 
Si tienes suerte la cabeza
de Anubis reventará hecha pedazos;
pero tarde o temprano ha de surgir
del vacío sangrante, del vacío
inmaculado que provocó
ese relámpago una nueva cabeza.
 
Maldice entonces la omnipotencia
del chacal, pero recuerda:
este gesto se ha repetido
una y otra y otra vez,
y ha de perpetuarse hasta
que la noche se desplome
como una vieja iglesia
sobre nuestros huesos cansados.

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Fragmentos del poemario “Paraíso Inc.” de Manuel Illanes, lanzado hace unas semanas en México por Ojo de Golondrina Editorial & Cuadernos Reciclados. 
Manuel Illanes
manuel.illanes@gmail.com