Latinoamérica a través de los ojos Hollywood: el caso de Beatriz at Dinner y Coco

En este texto voy a hablar de Beatriz at Dinner y Coco, dos películas estadounidenses estrenadas en 2017 que podrían catalogarse como filmes liberales en los que Hollywood se esfuerza por representar de manera positiva a Latinoamérica. Aunque estas películas tienen virtudes importantes, y de alguna forma se enfrentan al racismo rampante de la era Trump, la verdad es que ambas caen en lugares comunes y estereotipos que no necesariamente le hacen bien a la imagen de los latinos en Estados Unidos ni a la imagen de Latinoamérica en el mundo.
 
Beatriz at Dinner, una película dirigida por Miguel Arteta, fue promocionada como “el primer gran filme de la era Trump”. Puede que, en cierta forma, esta película sea en verdad la primera respuesta de Hollywood a la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos en el 2016. Ahora, que Beatriz at Dinner sea una gran película, eso yo lo pondría en duda. A pesar del buen trabajo actoral de Salma Hayek, Connie Britton y John Lithgow, el bienintencionado pero delirante libreto de Mike White deja a la audiencia con la extraña sensación de haber sido víctima de una broma de mal gusto. Esto puede ser particularmente cierto para una audiencia latinoamericana; una audiencia que, a mi parecer, no fue tenida en cuenta por White a la hora de escribir su libreto.
 
La protagonista de Beatriz at Dinner es Beatriz, interpretada por Salma Hayek. Beatriz es una inmigrante mexicana viviendo en la costa oeste de los Estados Unidos. Ella se gana la vida como “sanadora” holística, esto quiere decir que el trabajo de Beatriz consiste en curar a sus clientes mediante el uso de métodos alternativos de corte sobrenatural. Por una serie relativamente inverosímil de circunstancias que escapan a su voluntad, Beatriz termina asistiendo a una cena en la casa de su adinerada clienta Kathy (Connie Britton). A la cena asisten otras personas, entre ellas Doug Strutt (John Lithgow), quien podría verse como la referencia más clara de la película a Donald Trump. Strutt es un millonario que se ha enriquecido con negocios que, aunque legales, han causado grandes daños sociales y ecológicos en los países en que han sido establecidos (uno de esos países es México). Aunque la actuación de Lithgow, al igual que la de Hayek, es excelente, este antagonista parece más una caricatura de sí mismo que un empresario de carne y hueso. Strutt no muestra ningún signo de arrepentimiento al ser confrontado por Beatriz por sus acciones inmorales, e incluso se jacta de haber cazado rinocerontes por diversión. Es el tipo de hombre que asume que una mujer latinoamericana en una casa de blancos adinerados debe ser parte del servicio, o que les pregunta sin pena a los inmigrantes si ingresaron a los Estados Unidos legalmente. Por supuesto, es fácil simpatizar con el punto que quiere exponer el libretista Mike White en su representación de un hombre norteamericano rico y blanco que ha hecho su fortuna a costa del sufrimiento de personas de color en países menos ricos. Personas así han existido y existen hoy en día. Pero Strutt no tiene ninguna característica humana que pueda redimirlo; en otras palabras, es un personaje completamente plano que linda con lo caricaturesco. Este es el mismo problema que tiene el personaje de Alex (Jay Duplass), el joven negociante que es invitado a la misma cena. Todos conocemos a personas tan clasistas y esnobs como Alex, pero incluso la persona más clasista tiene alguna característica medianamente tolerable. A lo largo de la incómoda velada, la hostilidad entre Beatriz y Strutt crece. Ella, por su parte, sospecha que Strutt es el empresario que construyó un hotel en su comunidad, prometiendo generar empleo para todos en la misma, pero destruyéndola en el proceso. Beatriz ataca a Strutt lanzándole su teléfono celular después de que él le muestra una fotografía de un rinoceronte que ha cazado en África. Kathy y Beatriz hablan en privado, y Beatriz acepta regresar a la sala para disculparse con Strutt. Antes de reunirse con los demás invitados, Beatriz pasa un tiempo investigando los problemáticos negocios del empresario, que se ha aprovechado de comunidades vulnerables en otros países y que ha causado daños ambientales de cierta magnitud. Beatriz termina regresando a la sala y, una vez allí, para complacer a Kathy, canta una canción en español. La canción es un momento importante en el filme, ya que, a través de esta pequeña pieza musical, los otros personajes parecen sentir cierta simpatía por Beatriz, reconociéndola por primera vez como un ser humano del que, tal vez, todos podrían aprender algo. Pero este breve momento de paz se ve quebrantado poco después, cuando Beatriz y Doug tienen una acalorada discusión. Finalmente, el esposo de Kathy le pide a Beatriz que se retire. Ya que su auto no funciona, él se ofrece a llamar un camión que la lleve a su casa. Antes de irse, Beatriz entra a la casa y toma un cortaplumas o un abrecartas con el cual apuñala a Strutt en el cuello. Este momento toma desapercibida a la audiencia, pero pronto nos damos cuenta de que este asesinato es sólo una fantasía de Beatriz, que deja caer su arma al suelo y sale de la casa para subirse al camión. Esta escena parece poner en duda la salud mental de Beatriz, que ya antes había alucinado con una misteriosa mancha negra expandiéndose por el océano. El final de la película es tan desconcertante como desafortunado. Beatriz le pide al conductor del camión que detenga el vehículo, y se lanza al tormentoso océano, en un ambiguo gesto que podría ser tanto un intento de suicidio como un regreso simbólico a la naturaleza. Este final trata de ser dramático y solemne, pero resulta más bien ridículo y fuera de lugar.
 
El problema con Beatriz at Dinner no es sólo la naturaleza caricaturesca del antagonista, o el tono maniqueo de la película; el personaje de Beatriz es también profundamente problemático. Beatriz es una inmigrante mexicana que vive con una cabra en su casa, esta mujer parece tener una íntima y extraña relación con la naturaleza (puede ver al mar agonizando en sus misteriosas visiones), y es capaz de usar sus dones sobrenaturales para sanar a otros. Beatriz es, de alguna forma, un ser mágico, una criatura de la naturaleza, tal vez incapaz de pensamiento científico o racional. Por estas razones, la que en efecto pudo haber sido “la primera gran película de la era Trump” termina por convertirse en una caricatura simple en donde el bien se enfrenta al mal y la naturaleza se enfrenta a la contaminación. Y Beatriz, que pudo haber sido una heroína para la comunidad latina en la era Trump, termina por convertirse en una mujer perturbada e impulsiva que experimenta extrañas alucinaciones y tiene tendencias suicidas. Esta película me hace recordar algunos episodios de la exitosa caricatura de los primeros años de los 90s El capitán planeta; un bienintencionado programa de televisión con un fuerte mensaje ambientalista, pero condenado por sus estereotipos culturales y raciales. Recuerdo, por ejemplo, que el personaje latinoamericano cargaba un simio en su hombro y tenía el fantástico poder del “corazón”; Beatriz, por su parte, tiene a su cabrita, y el fantástico poder de ver el cáncer de la contaminación en el mar y de curar a los demás por medio de energías sobrenaturales. Me pregunto si estos estereotipos, por bienintencionados que sean, no le hacen más mal que bien a la imagen de Latinoamérica en el mundo.
Trailer de la película (que no llegó a Chile).
Por otro lado, tenemos a Coco, un filme de Disney/Pixar, codirigido por Lee Unkrich y Adrián Molina. Este filme ha sido celebrado por la calidad de su animación y el poder emocional de su historia. En esta película, que cuenta con la participación de actores como Gael García Bernal, Anthony González y Benjamin Bratt y la participación especial de Elena Poniatowska, un niño de 12 años llamado Miguel sueña con ser músico. Su familia, una familia de zapateros, no ve con buenos ojos este sueño. Miguel se inscribe en el concurso de talentos del Día de los Muertos, enfrentándose a la voluntad de su familia. Como no tiene un instrumento para participar en el concurso, el niño entra a escondidas al mausoleo de Ernesto de la Cruz, el músico más importante del pueblo, para tomar prestada su guitarra. Al tocar un acorde en la guitarra del difunto, Miguel es transportado al mundo de los muertos, donde conoce a Héctor, un esqueleto que le promete poner a Miguel en contacto con de la Cruz si el niño pone su fotografía en el altar de su familia el día de los muertos, y se asegura de que Coco, su hija, no lo olvide del todo (en Coco el olvido es equivalente a la muerte definitiva). Al final del filme, es revelado que Héctor es el padre de Coco, es decir, que es el bisabuelo de Miguel. También es revelado que la música que hizo famoso a de la Cruz realmente fue escrita por Héctor, quien fue asesinado por su malvado socio. Al final, Miguel logra que Coco recuerde a su padre, salvando a Héctor del olvido.

 

Coco es un filme importante y bien logrado. El tema clásico del héroe que lucha por sus sueños a pesar de todos los obstáculos que se le presentan se ve problematizado por la presencia del tema de la importancia de la familia como una institución que puede ser más trascendente que la realización personal. Esta ambivalencia hace de la película una experiencia interesante que estimula al espectador a reevaluar sus propias prioridades. En este sentido, Coco es un filme innovador en su género. No obstante, su representación de México como un espacio rural y mágico parece jugarle en contra a sus intenciones liberales. Considero que realizar una producción en la que los personajes latinoamericanos son vistos con buenos ojos puede ser tildado de liberal en el momento político que se vive en los Estados Unidos. Ahora bien, no estoy condenando que se represente al México rural, claro que es valioso representarlo y celebrar la magia de sus tradiciones; no obstante, hacerlo desde Hollywood implica cierta posición frente a Latinoamérica. En efecto, cuando Hollywood no pinta a Latinoamérica como un espacio de violencia e ilegalidad (como en Sicario o Man on Fire) usualmente termina por venderle a las masas la idea de que Latinoamerica es el tranquilo pueblito mexicano de las caricaturas de Speedy González, o el espacio mágico y surrealista del García Márquez de Cien años de soledad y de todos sus pupilos e imitadores. Y no es que haya algo intrínsecamente malo con el realismo mágico o cualquiera de sus variantes fantásticas; pero cuando estas ideas de Latinoamérica son las únicas que se le presentan a la gran audiencia (la audiencia global que alcanza Hollywood), el estereotipo de Latinoamérica como un espacio de magia, y por ende un espacio en donde no hay lugar para la ciencia y la razón, la otredad radical de su representación se arraiga más en el imaginario colectivo de Occidente.

 

Beatriz at Dinner es una producción independiente, Coco viene de la poderosa alianza de dos grandes estudios; ambos filmes se esfuerzan por representar a Latinoamérica de una manera positiva, lo cual tiene valor en un momento en que la sociedad estadounidense está tan abiertamente dividida por cuestiones de raza, origen, o estatus migratorio. Sin embargo, ambas películas caen en el mismo estereotipo perezoso y gastado de lo que es Latinoamérica y de lo que significa ser latinoamericano. No somos seres mágicos ni exóticos, la modernidad y la industrialización no esquivaron este rincón del mundo cuando pasaron por aquí, y en algunos aspectos somos profundamente occidentales (para bien o para mal). Claro, Coco y Beatriz at Dinner no son cine latinoamericano, está en nuestras manos representar la riqueza y variedad de Latinoamérica de una forma más objetiva: representar la magia, la naturaleza, el campo, pero también la ciencia, la razón, el espacio urbano. Esto ya se ha venido haciendo en Latinoamérica desde hace muchos años, por supuesto; pero las producciones de Hollywood tienen un alcance masivo que la mayoría de las producciones latinoamericanas no tienen. ¿Qué hacer entonces? Nosotros sigamos haciendo lo nuestro, produciendo nuestras propias películas, de grandes, medianos y pequeños presupuestos, y en algún momento nuestros vecinos del Norte nos tendrán que escuchar, y podrán vernos como la región compleja que somos, una región gigantesca y de una diversidad cultural enorme, que excede cualquier estereotipo que Hollywood pueda crear para simplificarla, entenderla y contenerla.
Juan David Cruz Duarte
juandavid@cruzduarte.cl