“El gran pretender” de Crosthwaite: un retrato del cholismo de frontera

No es nueva la apuesta del autor tijuano Humberto Crosthwaite respecto a retratar la vida en la frontera de Estados Unidos y México. Otras de sus novelas han abordado esta temática, el enfrentamiento a la aculturación, ese proceso al cual una persona y/o grupo se ve afectado por una nueva cultura, una cultura externa, en la mayoría de los casos, a expensas de la propia. A este proceso es al que se ven expuestas precisamente las ciudades fronterizas. Aparta de mí este cáliz (2009) y Tijuana: Crimen y olvido (2010) dan cuenta de ello, de esta convivencia con una cultura que debe hacerse propia. Sin embargo, cabe señalar que es justamente El Gran Pretender, su primera novela, reeditada en Estrella de la calle sexta, junto a otras novelas cortas con tópico similar, la encargada de retratar el cholismo, entendido como movimiento social fronterizo.

 

En ella, se narra la paulatina desaparición de un barrio cholo situado en Tijuana y su protagonista, el Saico, un cholo muy respetado y valiente, quien pese a tener una serie de conflictos internos y un mal matrimonio, siempre finge estar bien; lo cual dota de significado el título. El personaje es fanático del grupo The Platters, autor de la canción The great pretender, de ahí que sea él quien encarne el significado del verbo, en inglés to pretend; simular, fingir, aquel que simula, que aparenta. Frente a esto, cabe preguntarse entonces si para sobrevivir el gesto del Pretender tal vez sea la única vía de salvación en la frontera.

 

A partir del título, Crosthwaite teje este juego de palabras que se refuerza con el uso continuo del spanglish, fenómeno idiomático típico de la frontera de Estados Unidos y México. Con esto, da cuenta de que las ciudades fronterizas no pertenecen a Estados Unidos y tampoco colindan con la tradición cultural mexicana; son producto de un proceso de cultura de hibridación, reciben aportes culturales provenientes de ambos países y eso es precisamente lo que se aprecia tanto en el lenguaje utilizado por la cholada, como también en una serie de elementos externos a los que el Saico y sus amigos están continuamente expuestos, tales como la música, los automóviles, la comida, Hollywood, entre otros.

 

El hecho de que al Saico sólo le guste beber cerveza mexicana, pero al mismo tiempo sueñe con poseer un automóvil de marca estadounidense da cuenta de la hibridez presente. Un sentido de pertenencia mexicano mediado por el consumo que debe verse matizado por el mercado cultural estadounidense en un contexto fronterizo. También la globalización da cuenta de esto, al exhibir el constante anhelo de poseer aquello que no está al alcance inmediato, todo lo que está al otro lado. Y esa convivencia diaria con elementos tanto de México como de Estados Unidos hace de la hibridación un proceso, un símbolo, cuyo producto final es el personaje en sí; su arraigo, su sentido de pertenencia.

 

La estrategia narrativa de Crosthwaite no se reduce sólo al uso del spanglish, también se apropia del lenguaje interno de las periferias, los barrios cholos, mezclado a ratos con una narración polifónica para dar cuenta del barrio. El lenguaje utilizado y el barrio son así, cambiantes, vertiginosos. En este espacio confluyen dos lenguajes y su resultado es una forma de hibridación en sí misma; el símbolo de la frontera. El barrio, aquel territorio cuidado con recelo por sus integrantes, es el lugar donde se ubica al lector. Es el espacio donde suceden las historias, un territorio que se respeta y de ese modo queda advertido desde el comienzo de la novela a quien se interne en sus páginas: “El barrio es el barrio, socio, y el Barrio se respeta. Y el que no lo respeta hasta aquí llegó. Si es cholo se quemó con la raza, si no es cholo lo madreamos macizo” (9).

 

Toda esta información es desplegada en pequeños fragmentos a lo largo de la novela, estableciendo una interesante conexión entre el lenguaje poético y el informal de la calle. El estilo narrativo conforma una hibridez en sí y de este modo se puede detectar en algunos pasajes que muchas veces parecieran carecer de relevancia (sobre todo para el desenlace de la novela). Tal como en el caso del narrador, son muchas las voces presentes que entrelazan en un lenguaje coloquial con distintos géneros literarios. Lo cual invita a pensar que finalmente la hibridez es imposible sin la polifonía.

 

A través de la novela, el lector es también cómplice de esta cultura fronteriza que para la sociedad y medios de comunicación pareciese no válida. Está aquí latente el intento del autor por narrar esa vida de quienes siempre han sido vistos como Lo Otro, la alteridad. De allí el estereotipo de cholo que Crosthwaite pareciera querer desmitificar.

 

La raza está compuesta por el Saico, el Mueras, el Chemo, la China (esposa del Saico), Carlota y Cristina. Todos ellos constituyen el barrio, aquel lugar que protegen y siempre rememoran, junto a la música de los Platters, la nostalgia por la entidad colectiva que representa ese espacio: el único lugar donde son ciudadanos.

 

El conflicto de la novela se detona con la violación de Cristina, una joven del barrio, y son el Saico y sus amigos quienes deben vengar esta agresión, pero que en realidad es un atropello hacia la cholada, a la raza, al barrio; sobre todo por ser el agresor un fresa, un yúnior, vale decir, un joven de clase acomodada, tío y sobrino de influyentes figuras políticas. La diferencia de clases no hace más que aumentar la tensión narrativa y pareciera ser que este hecho configura realmente la reflexión estética de la novela. Se revelan así los verdaderos culpables, se remueven los prejuicios, y se redime por fin la figura del cholo, que parece ser una víctima ideal y vulnerable para la policía, el poder, la sociedad y la clase alta.

 

Luis Humberto Crosthwaite no pretende idealizar un estereotipo, pero sí objetivarlo y dar cuenta de esta agrupación olvidada, rechazada, que trata de hacerse un lugar, develando sus soledades, preocupaciones y orfandades, buscando aún su sentido de pertenencia más allá del territorio.

 

En este aspecto, El gran pretender resulta ser un gran aporte, no sólo a la literatura de México y fronteriza, sino también a nivel latinoamericano, permitiendo dar a conocer la frontera y sobre todo, al cholismo como fenómeno asociado a la otredad cultural. La literatura se torna de este modo en un gesto de reivindicación, un acercamiento; hace posible que se haga visible lo invisible, que la otredad narre, exista y esto es precisamente lo que logra la novela. El lector puede sentirse parte de las conversaciones callejeras de los hombres después de trabajar, de la nostalgia esbozada en el barrio, con la música oldie de fondo. Quizás porque todos somos en cierta medida lo Otro y porque, al igual que en la novela, hay una remembranza colectiva que todo tiempo pasado fue mejor.

 

Crosthwaite no sólo vio la oportunidad de desmitificar una figura cargada de estereotipos negativos sin caer en su victimización, sino también de narrar desde su misma vereda, utilizando su lenguaje, acercando sus costumbres, siendo uno más del barrio.

 

Ideal no sólo para aquellos ávidos a la literatura de frontera, también para quienes desean conocer más de cómo se gestan los procesos culturales y sociales en América Latina, a partir de personajes anónimos, figuras muchas veces ocultas y/u olvidadas por la sociedad.

 

 
El Gran Pretender
Luis Humberto Crosthwaite
Tusquets, 2000 (México)
68 páginas
Catalina Villalobos Diaz
catitavd@gmail.com