Louis Armstrong y las dos Batallas de Santiago

El 3 de enero de 1971 Pasolini publicó en Il Giorno de Milán “Il calcio ‘è’ un lunguaggio con i suoi poeti e prosatori” para ensayar una distinción técnica entre las formas del fútbol europeo y latinoamericano. Los europeos, que para el Mundial del 70’ eran sinónimo de italianos, decía Pasolini, juegan siguiendo diversas versiones nacionales de una prosa estetizante; los latinoamericanos, sinónimo de brasileros, juegan como poetas. Claro que no hay aquí una cuestión de mejores y peores, de jerarquías, sino más bien una pretensión de estilos (la final la ganó Brasil 4-1, eso sí). De estilos y quizás de sonidos, de bandas sonoras, de bailes y orquestaciones, propias o impropias, qué importa, si hasta el último cuarto del siglo XX se disputaban inclusos sus ruidos, sonidos…, y gambetas.

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Eran los años 20’ cuando el nombre de Erwin Walter Kemmerer comenzó a repetirse entre las administraciones latinoamericanas. Lo recibieron todos, o casi todos: Nel Ospina en Colombia, Ayora en Ecuador, Hernando Siles en Bolivia y Alessandri en Chile. ¿Militares? Por cierto, pero ahora llegaban antes los profesionales, los especialistas, los científicos a cargo de un laboratorio desde fuera siempre visto a través de la culturización de la indolencia. La modernidad se firma, timbra y decreta: llegaron los Bancos Centrales, las Contralorías Generales y las Superintendencias de Bancos. Llegaron y se quedaron. Sobrevivieron al desastre del 29’, aunque de Kemmerer ya no se sabría más. Lo que inauguró el money Doctor fue una práctica, una experiencia, una palabra espeluznante que con espectacular tenacidad y regularidad se niega a desaparecer: «la misión». Ahora sabemos por Conrad y luego Herzog que toda «misión» es perversa, delirante y ebria de sus propios arlequines. «Mistah Kurtz – he dead»: sin embargo, Kurtz se dice de muchas maneras.
 
En 1955 Carlos Ibáñez del Campo, esta vez impecable en sus arlequines civiles, aprobó la misión Klein–Saks para el goce posterior de Rolf Lüders: “el programa que entonces propuso la Misión no se diferencia significativamente de aquel liderado por los Chicago Boys unos 20 años después, tanto en cuánto a sus objetivos, como en cuánto a sus medios […] En esencia, la Misión pretendía ―entre otras cosas― liberalizar substancialmente el comercio exterior, los precios y los mercados de factores de producción, subir la tasa de interés real activa a niveles positivos y compatibles con los niveles de rentabilidad de los activos, privatizar las empresas estatales, reformar substancialmente el sistema de seguridad social, equilibrar las finanzas públicas, racionalizar el gasto público, e imponer disciplina monetaria”. Claro que Lüders exagera, los medios sí fueron diferentes. Antes de acabar su mandato en 1958 Ibáñez decidió no renovar el contrato de la misión, y no por capricho o casualidad, sino porque antes del 58’ vino el 57’.
 
Dicen que comenzó en Concepción y que siguió en Valparaíso, pero que el nombre lo tomó de una arraigada tradición centralista. La Batalla de Santiago fue una ocurrencia del general Horacio Gamboa Núñez quien, en cadena nacional y de seguro sin pretenderlo, dio por concluida la misión estadounidense con 21 muertos oficiales que cifraron el primer proyecto de monetarización cambiaria de la economía chilena. El mercurio celebró la propuesta, pero Pepo se las ingenió para ironizar en Topaze el viernes 15 de noviembre, meses después de la Batalla. Un día antes, el jueves 14, Satchmo el embajador aterrizó en el aeropuerto de Cerrillos. Un año complejo el 57’, para Chile y para Satchmo.
 
Dice Ingrid Monson en Freedom Sounds: Civil Rights call out to Jazz and Africa que fueron pocos los músicos que se rehusaron a participar de alguna de las veintiocho giras internacionales que el Departamento de Estado estadounidense organizó entre 1956 y 1969 para combatir culturalmente el avance intercontinental de la influencia soviética. Gillespie, Ellington, Goodman, Byrd y, por supuesto David Brubeck con su célebre y eufórica gira por Europa del este, le dieron ritmo a una política cultural que exportaba el sueño americano mientras puertas adentro aún no se lograba resolver el largo drama de una abolición inconclusa, más discursiva que concreta. El 4 de septiembre de 1957 nueve estudiantes afroamericanos (así dicen que se dice, aunque Monk, Mingus, Coltrane y Davis insistieron en que se decía negros) asistieron a la Little Rock Central High School de Arkansas desatando las pasiones irracionales del alma estadounidense. Algunos días después, el 17, Louis Armstrong informó al Departamento de Estado que no abordaría el avión que lo llevaría a Rusia para impresionar a los stilyagi moscovitas, ansiosos de enfrentar masiva y públicamente el ritmo que por razones diferentes Lacan y Stalin se las arreglaran para detestar. Claro que ahora estaba Nikita Kruschev y el jazz de repente ya no parecía (del todo) una abominación occidental: el poder se había vuelto vegetariano, dijo Anna Ajmátova. Vegetariano, claro, pero voraz, en cualquier caso. Esto lo sabía perfectamente bien Satchmo el embajador. Si los nueve no entraban a la escuela, la cultura estadounidense no entraría a los bares de los stilyagi moscovitas. El 24 de septiembre Dwight Eisenhower dispuso que la 101st Airborne Division del Ejército escoltara a los estudiantes; todos amigos, todos felices, todos norteamericanos. Armstrong se comprometió luego a visitar Latinoamérica para pasar seis semanas de vuelo en vuelo hacia Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay y Chile. Aquí para tocar seis veces en el Astor de Huérfanos n°866 o Estado n°337, dependiendo por dónde se entre, o se salga.
 
(Dicen que sólo el Yuyo Rengifo de catorce años impresionó al embajador, que le ofrecieron una beca, y que esta nunca llegó. Qué importa. De la promesa inconclusa quedaron los Dixielanders que llevaron a Patricio Valenzuela, Manuel Chacón, Orlando Avendaño y al Yuyo de pueblo en pueblo y de bar en bar, como siempre había sido el jazz hasta 1956).
 
En 1961 vino Charlie Byrd, a Chile y a Brasil. Dicen que fue Byrd quien llevó al bossa nova fuera de Brasil, que grabó Bossa Nova Pelos Passaros el ’62, que ahí acompañaba Stan Getz, que luego Getz grabaría con Jobim, y los Gilberto, que la música nunca más sería la misma. Dicen que Getz competía con Armstrong y Coltrane. Coltrane nunca vino, aunque sí lo hizo por segunda vez Satchmo, el embajador, para que algún periodista o funcionario gozara de sí mismo ofreciéndole o forzándole a fotografiarse de poncho y chupalla bajando del avión en Cerrillos. Imagen nefasta que, sin embargo, no le vendría mal al mural de Estación Cerrillos.
 
John F. Kennedy fundó la Alianza para el Progreso el 61’ porque el 58’ los barbudos tomaron Santa Clara y el 59’ entraron en La Habana. Acá entraron en escena Carlos Dittborn y Juan Pinto Durán al ritmo de Los Ramblers, quitándole la localía a Argentina con cantinfleos y chamullos que la historiografía oral y oficial aún no logra descifrar. «El Mundial se juega en Chile» dijo la FIFA, para sorpresa de gobiernos, afiliados y espectadores. Vinieron amigos y enemigos, poetas, prosistas e incluso existencialistas: digámosle existencialistas, por una cuestión de procedimientos, a húngaros, búlgaros, checos, eslovacos, yugoslavos y soviéticos. Estos, existencialistas de quince países. Claro que los existencialistas no traían barba, Pedro I les había aplicado impuesto en 1698. Lo que sí traían era el sueño socialista; el sueño, el fútbol y el baile.
 
Junto a los jugadores llegó a Chile el Beriozka para agotar las funciones agendadas en el Municipal y el Caupolicán. Quizás lo que le faltó decir a Pasolini es que si los europeos jugaban como prosistas y los latinoamericanos como poetas, los soviéticos jugaban como libretistas, sin decidirse del todo si preferían bailar o correr. En Arica Leonel Sánchez le mando a decir con el pie derecho a Lev Yashín que a veces la poesía se sale con la suya. Brasil se lo confirmó a checos y eslovacos, y Chile a los yugoslavos. Antes, el 2 de junio, Giorgio Ferrini bajó a Honorino Landa y Leonel Sánchez a Mario David, fuera del área grande de cara a la galería norte. Un gol de Jaime Ramírez, otro de Jorge Toro y Carabineros detuvo a Ferrini. La (otra) Batalla de Santiago, dicen que se dice. Y es que García Márquez ya había dicho en noviembre del 50’, para El Heraldo de Barranquilla, que si el mundo fuera “menos trágico y almidonado”, el “problema turbulento de Oriente y Occidente” se resolvería con un partido de fútbol. El problema, claro, es que Kennedy sabía perfectamente bien que lo suyo era el béisbol y no el fútbol, el jazz y no el ballet, y para eso estaba Louis Armstrong.
 
Satchmo el embajador tocó en una carpa instalada en la Alameda con San Martín, para que todos lo vieran y nadie pudiera evitar escucharlo. Eso sí, los oídos son caprichosos, y el 2 de junio pocos prefirieron escuchar a Satchmo en la carpa en detrimento de la ya célebre euforia de Julio Martínez relatando desde las cabinas o los pastos del Nacional. Así de poco es lo que entendía Kennedy de fútbol. Al día siguiente tocó en Playa Ancha, en Alejo Barrios, con igual indiferencia, quizás por desconocimiento popular, quizás por la resaca implacable que tuvieron todos los que, tras derrotar a Italia por 2 a 0, supieron a ciencia cierta que el mundo a veces es indefectiblemente redondo.
Julio Cortázar escribió en 1952, tras ver a Louis Armstrong en el Teatro de los Campos Elíseos de París, que “el pajarito mandón más conocido por Dios sopló en el flanco del primer hombre para animarlo y darle espíritu. Si en vez del pajarito hubiera estado ahí Louis para soplar, el hombre habría salido mucho mejor. La cronología, la historia y demás concatenaciones, son una inmensa desgracia. Un mundo que hubiera empezado por Picasso en vez de acabar por él, sería un mundo exclusivamente para cronopios, y en todas las esquinas los cronopios bailarían tregua y bailarían catala, y subido al farol del alumbrado Louis soplaría durante horas haciendo caer del cielo grandísimos pedazos de estrellas de almíbar y frambuesa, para que comieran los niños y los perros”. Quizás lo que Cortázar no quiso ver es que incluso Dios y los cronopios vuelven la vista cuando el mundo se torna redondo. Armstrong tampoco lo supo, por contrato, por obstinación o por haber tenido la suerte (buena o mala, según dependa) de haber nacido algunas fronteras más allá de la prosa, la poesía y el libretismo existencialista. Ese un error que Byrd y Getz quizás no se habrían atrevido a cometer.
Angelo Narváez
Angelo Narváez
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