La trampa de Herrera Pardo y la crítica de Rama. Lectura sobre «La querella de realidad y realismo. Ensayos sobre literatura chilena».

La publicación de La querella de realidad y realismo. Ensayos sobre literatura chilena de Ángel Rama se articula desde la trampa que Hugo Herrera Pardo, su editor, hace a sus lectores y lectoras. Nos da unas pocas migas para sentirnos como lectores plenos. Pero su proyecto es otro. Desarrollaré luego esta nimia polémica. Antes, comento que, terminada la lectura de este libro, puedo afirmar que se trata de un texto necesario, pero sobre todo deliberadamente bien armado.  El libro me interesa, en esta pasada, por tres motivos y virtudes. Primero, por la mirada crítica que Ángel Rama ofrece de la literatura chilena, lo que desde ya lo transforma en bibliografía fundamental de cursos sobre el tema; segundo, por la figura y el proyecto crítico de Rama, quien desde una pluma sagaz y maestra, demarca el derrotero de un modelo y metodología de crítica latinoamericana; y tercero, por el ejercicio y aporte crítico y de editor que realiza Herrera Pardo.
 
En el poco tiempo que lleva el libro en circulación resulta llamativa la sorpresa que provoca el interés de Rama por la literatura chilena, en especial por el profundo conocimiento que tiene de ésta. En el texto “Una revisión polémica del pasado”, la describe como una “literatura en ignición”. Siguiendo esa definición Rama toma con sus manos ese material incandescente y traza matices, desde una panorámica intermitente de la literatura chilena, novela entre 1958 y 1981; crítica entre 1960 y 1964; poesía entre 1954 y 1976; y artes escénicas entre 1958 y 1964. En su propuesta crítica, de revisión minuciosa de cada uno de los textos, Rama piensa en obras, no en textos dispersos. Se interesa por las evoluciones o flujos de las obras. En ese sentido,  Mejor que el vino no es la “peripecia todavía lineal y cronológica que servía para armar los materiales episódicos”; en Hijo del ladrón, por el contrario, la novela progresa por “saltos al futuro, regresos al pasado, distracciones marginales que le permiten encadenar con episodios centrales de su existencia…” (47). En ese intento por mostrar una mirada compleja e integradora, se da el tiempo de proponer una línea de trabajo para José Donoso, de quien recalca su “facilidad narrativa” en Coronación, pero “supone su origen en un relato más breve que posiblemente sufrió un proceso de crecimiento inarmónico” (42). Rama se interesa por visar las legitimaciones que entrega el campo literario, en cuanto a premios recibidos por algunos escritores como Droguett, González Vera y Brunet. Se detiene en Brunet, pero también en una segunda Marta: Jara. De Brunet expone la escritura en trance que ella sostiene, pero sobre todo entiende que su “curiosidad intelectual” y su “inteligencia crítica” deben llegar a una escena más amplia para que “no solo sea una narradora intensa sino también una destacada personalidad de las letras americanas” (80). Sobre Marta Jara dice que es “de esos seres que uno encuentra siempre como saliendo de la soledad, del desamparo, del enredado padecimiento interior, todavía inseguros para caminar sobre otro mundo que no sea ese, pantanoso, donde han estado muchos años” (73).
 
Tal como intercala una escritura crítica, también presenta formatos híbridos en los que presenta, por ejemplo a Brunet, Coloane y Alcalde: “Un folletín llamado Alfonso Alcalde” es un perfil que el propio escritor chileno enuncia, pero que Rama escucha y plasma en las páginas de Marcha. Aquí figura la ayuda que recibió de parte de Neruda, sus pasos por Bolivia y sus trabajos con Allende. A través de estos textos se puede dar cuenta de sus procesos creativos y de sus obras, de su distancia con la poesía: “En la poesía chilena no se podía hacer nada: por donde uno agarraba se encontraba con un monstruo ―Neruda, de Rokha, Huidobro, la Mistral― que le decía ‘Vuélvase niño, por aquí no’. Renuncié a toda vida intelectual y me fui a casa” (95). Alcalde tuvo una relación directa con los dos Pablos ―otro artículo, ¿cierto? “Entonces traté mucho a Pablo de Rokha, que fue mi padre” (98). Los dos Pablos ocupan un espacio relevante en el apartado de poesía que articula Hugo Herrera Pardo. También dedica unas líneas a Violeta Parra, de quien Pablo de Rokha “percibió que su grandeza era la del cosmos del cual emergía como una arrebatadora fuerza” (224).
 
Rama conoce el campo y eso es sugerente y plausible. No obstante, se aprecia un claro declive de la exaltación que vierte en la escena nacional, el cual se constata, primero, con la comparación que verifica Hugo Herrera al explicar que no se trata de una muestra altamente cuantitativa, en relación con el interés por otros países como Venezuela. Segundo, tras la estocada cruda y certera que embiste Rama a los “flojos” intelectuales chilenos, simples y nacionalistas, “con un horizonte acortado, frecuentemente reducidos a debates nimios como el patio de la vecindad”, interesados sólo por sus propias tragedias. Leemos, así, a un Rama honesto, directo, sin medias tintas ni ambigüedades. Su mirada filosa la dirige también a los críticos chilenos. A Raúl Silva Castro por ejemplo no le da tregua al comentar el Panorama literario de Chile, del cual dice que se trata de un “modelo de crítica que no debe hacerse” (26), por cierto, se acerca más a un “fichero ligeramente ordenado” (27) y no a un panorama, el cual Rama definiría como una muestra acotada. Silva Castro, continúa Rama, se limita a contar argumentos de libros “que poco ilumina una obra de arte”, aunque sí “resulta útil por su información” y el análisis “de los escritores del siglo XIX y comienzos del XX” (127).
 
Ahora, ¿cuál es el tipo de crítica que hace Rama? Este distingue, en el prólogo de La novela en América Latina. Panoramas 1920-1980, dos tipos de crítica, una “más académica, que examina desde una perspectiva sedimentada las obras que han conquistado con un consenso aprobatorio” y otra “que trabaja más asiduamente en la emergencia de esas obras… juzgando sobre la marcha, eligiendo o rechazando, componiendo el tejido panorámico a medida que se mueven las lanzaderas en el telar” (17). Rama opta por la segunda, desde la emergencia de las obras, una crítica en movimiento, no por eso superficial. Desde ese trabajo panorámico y emergente, se da lo que, según Hugo Herrera Pardo,  Rama buscó como proyecto crítico, es decir: “desarrollar una perspectiva cultural latinoamericana, situando a su gran literatura en los marcos sociales e ideológicos que le conferían su fuerza original” (116). En ese sentido, Rama es, nos afirma Hugo, “casi sin lugar a dudas, el investigador que, en las décadas de 1970 e inicios de la de 1980, se encuentra mejor preparado y posicionado para elaborar una perspectiva sistemática, global, comparativa y/o contrastiva de las literaturas latinoamericanas” (115). Desde ese lugar, Rama diagnostica y entiende la complejidad de la labor. En el texto “La novela y la crítica en América” levanta la idea de una América confusa, una “selva casi impenetrable” (128): “Si a cualquier crítico literario se le exigiera sintetizar en una palabra como ve a América, muy probablemente diría ‘confusa’” (117). En ese capítulo que compila Herrera, Rama se acerca a la crítica chilena. Como ya vimos, toma distancia de Silva Castro y también de Alone, y se acerca en cambio al trabajo de Fernando Alegría, aunque “padece una visión parcializada”, mexicano-chilena (124). Del mismo modo siente cierta complicidad con Latcham, quien realiza esa compleja labor que consiste “en hacer el balance, la selección jerárquica de una de las literaturas más confusas y caóticas del mundo: la hispanoamericana” (131). No hay otro crítico, afirma Rama, en Hispanoamérica que pueda realizar la “tarea de una revisión general de la nueva literatura continental” (131). Latcham y otros críticos, continúa Rama, cumplen la labor de “estructurar las letras de un continente” (129) y sobre todo demostrar que “existe orgánicamente una literatura propia, distinta, original, en tierras americanas” (129).
 
Al comenzar el prólogo de La novela en América Latina. Panoramas 1920-1980 Ángel Rama dice que “Este libro, más que obra mía, lo es de Juan Gustavo Cobo Borda, de su infatigable celo por reconstruir el mapa de las letras hispanoamericanas del siglo XX…” (9). Al leer esas líneas, pienso en qué diría Rama, entonces, de La querella de realidad y realismo. Ensayos sobre literatura chilena, que más que obra suya lo es de Hugo Herrera, de su infatigable celo por leer y reconstruir el pensamiento crítico de las letras latinoamericanas. Aquí está la trampa que enuncié al inicio de este texto. Como decía un querido amigo filósofo que tenemos en común con Hugo Herrera, la pregunta siempre es otra, en este caso, en literatura, el motivo siempre es otro. En lo superficial, Hugo nos contenta con un libro sobre literatura chilena, se acerca a esa máxima que el mismo Rama crítica, de sentirnos halagados cuando hablan de nosotros. Todo tiene que ver con Chile, dirá alguien por ahí. Por eso, lo que hace Hugo no es un libro sobre literatura chilena, en parte lo es sobre Rama, sin embargo, tal como el de Cobo Borda, el infatigable celo de Hugo también es, sería, el de reconstruir el mapa de las letras y pensamiento crítico latinoamericano. Este libro es sólo una pieza de un engranaje mayor.
 
            Por último, Hugo Herrera Pardo cierra su libro con un mensaje cariñoso a los Fondos de Cultura del Ministerio de las Culturas, las artes y el Patrimonio de Chile, que no dieron financiamiento al proyecto —el problema fue con el presupuesto y no con la fundamentación. Ese rechazo califica para esa antología que Herrera por broma, aunque sabemos que toda broma es muy seria, ha propuesto desde que lo conozco. Rechazo de artículos en revistas, de libros en editoriales, de proyectos Fondecyt o de Fondos del libro. Etimológicamente la palabra rechazar viene del francés “chasser” y del latín “captare”, tratar de coger algo. El prefijo “re” le da el matiz de insistencia. La porfía se transforma en un arduo trabajo, de largo aliento lector y crítico, minucioso, esos conceptos de Rama del ajuste y desajuste, lo trans, un trabajo cuya “acuidad”, bella palabra remarcada por Rama, deriva en este gran trabajo que generosamente, trampa y ardid mediante, nos entrega y regala Hugo Herrera Pardo.
Luis Valenzuela Prado
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