Un ponencista suelto en Bogotá (cap. XI y XII)

Capítulo XI

Donde busca el regalo que importa con otros sucesos formidables y fatídicos.

Durante la mañana se dirige a recoger una encomienda que le manda su amiga caleña y a enviar unos regalos para la Emilia, su hija chica. En Avenida Chile se encuentra con los alumnos de la universidad pedagógica nacional. Queman los últimos cartuchos para apoyar la elección del candidato de izquierda. Terminan un lienzo hecho con papeles de diario extendidos sobre el muro. La proclama recuerda a los peatones la exorbitada cifra de «falsos positivos» que, de forma implícita pero indudable, continuará impune con la llegada de un nuevo gobierno de derecha. Una alumna entrega información a los transeúntes curiosos ―el ponencista es uno de ellos― acerca de los más de diez mil civiles muertos a manos de las fuerzas paramilitares colombianas. Decesos que en su momento fueron justificados como bajas acontecidas en combate contra grupos guerrilleros y que por un tiempo se convirtieron en el maquillado balance que la empresa paraca presentó a las autoridades ―por ese entonces mandatadas por el recontra ominoso Álvaro Uribe Vélez― como resultado de sus sanguinarias maniobras.
 
Diez y media de la mañana y el ponencista se dirige a una oficina de encomiendas ubicada en un lado de la ciudad que desconoce por completo. La incombustible cola del pito enrolado en papel blón sahúma cada paso de la peripecia. Antes de las once saldrá de ahí con un recibo que registrará el paquete remitido con la siguiente descripción: “libro y títere”. Es en el estupor de esas palabras que la errática sensibilidad de la yerba lo pone de un humor indiscernible pero tenaz; colérico en la punta de los pies, melancólico en el bello del abdomen, sanguíneo en ojos y orejas, y flemático en la prolongación de la sombra.
 
Robin no desiste de su empeño por cerrar la expedición turística a Zipaquirá. Informa que no pudo contactar al gringo, pero que por tratarse del ponencista ha aplicado un considerable descuento. Le envía varias fotos del lugar para entusiasmarlo. En una de ellas lo ve recortado contra una laguna sobre la que destaca una flota de hidroplanos. En otra imagen sale despatarrado sobre una silla de ruedas como si fuese un magnate de la ortopedia. A cierta distancia sobresale el fuselaje de un par de modelos de avionetas. Para completar lo que hasta ese momento parece ser un museo de aeronáutica, le envía un paisaje en el que columbran las amerengadas torres de una réplica del Taj Mahal. El ponencista que no tiene planes para la última tarde en Bogotá y que ya se resignó a volver sin dólares acepta, no sin antes advertir que no puede salir tan temprano de la ciudad pues todavía tiene algunos compromisos pendientes. 
 
Al medio día de su última jornada en la capital de Colombia está dedicado a encontrar el regalo que importa 1. Si bien es imposible determinar la fecha exacta en que el corazón se le puso en punta, tampoco sería sencillo refutar la hipótesis de que ya tiene asomada la espina. Sea como fuere, es importante aclarar que todavía no advienen los días descosidos. Aun no se divisa la trizadura fatal del tiempo, ni las lajas que reflejan formas en que la belleza y el dolor se esparcen en fragmentos indistinguibles. No sabrá hasta que suceda, que intentar recomponer la superficie de ese espejo insolado significa cortarse por dentro 2.
 
Hace menos de una hora vio al sol horadar las nubes de la mañana y la ilusión del día sin lluvia se ovilló vacía en su pecho. Avanza ahora bajo un cielo encapotado, lleno de estrías negras y vetrudas.
 
El ponencista cavila acerca del regalo importante. Se pregunta cómo es, cuánto pesa; si acaso tiene interrumpor ¿conserva el calor? ¿no tiene tapa?
 
Llega a una esquina en la que reconoce la marca de una cadena de tiendas del país donde vive. Sentadas bajo el muro en el que se extiende la breve ensenada de acceso al centro comecial, una abuela y su nieta ofrecen sus artesanías ordenadas sobre un aguayo. Nada hay aquí para complacer la compulsión del turista por los objetos prístinos. Estos son collares y pulseras tejidos con mostacilla e hilo. Materia plástica, hecha en china, trabajada por los dedos veloces de las indias. Confeccionados en la calle, al costado del traqueteo capitalino, bajo el sello caliente del sol o de esta capa de lluvia que empieza a caer sobre la abuela aturullada y muy quieta. Sobre la niña que tiene siete, ocho años tal vez, y que está parada a pata pelada a su lado, inquieta. Y sobre el ponencista, que se agacha a recoger un colgante con cuentas rojas, negras y verdes. Paga con un gabo envuelto en mariposas amarillas.
 
“La imagen practicamente muda, y quizás por eso estridente, de entregar y recibir un billete…           Casi un saludo en el movimiento de las manos tendidas al habitante. El importe para seguir navegando     por este torrentoso rio                 de desgraciadas piedras”, se puede leer en la libreta chica.
 
Desde la vereda del frente divisa de nuevo el puesto. Fotografía el difuso contorno de sus cuerpos más allá del tráfico de la avenida, borrados por una lluvia copiosa. Vuelven las palabras de la conferencia de Graciela Montaldo. Se desmoronan sin prisa, estilando una mueca húmeda y espantosa en los labios.
Gabo está en la kalle. @erre.erre

Capítulo XII

De las admirables cosas que el extremado Robin contó que había visto en la casa de los Santeros, cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa (aunque no lo sea).

Cerca de las dos Robin lo recoge en la librería Lerner. Calvino, Quiroz, Traba, Amado. Su hijo mayor, un joven “de primero en adolescencia”, como consignaría más tarde el ponencista en su diario, va en el asiento de atrás del auto. Viene o va a una práctica de fútbol. El padre lo deja en un semáforo no muy lejos de ahí y enseguida toma una entrada que lo lleva a una autopista para salir de la ciudad. La vía es ancha pero aún así está atochada.
 
El ponencista pregunta cómo ve las elecciones del día siguiente. Robin responde que es difícil decir con seguridad quién lleva las de ganar, pero que, si dependiera de él, pondría otro gobierno de derecha a dirigir el país. La respuesta no lo toma por sorpresa. Cualquier trabajador independiente tiende a desarrollar una postura refractaria a un discurso estatal pues significaría fortalecer a quienes les cobran impuesto. Si a esto se le suma la malograda historia de los grupos revolucionarios colombianos y la feroz propaganda antivenezolana ―piensa con una rapidez mental que lo aturde―, lo raro hubiese sido que Robin le saliera con algún panfleto socialdemócrata o que se detuviese en la berma a cantar la Internacional. Pese a que no llega a plantearlo ―no soporta escucharse hablar como si la vida fuese una ponencia― hubiese querido decirle que a estas alturas lo único que se juega en una elección son los matices que existen entre un neoliberalismo económico conservador y uno progresista. Es decir, entre un ataúd de madera de palo y uno enchapado.
 
En el control de daños, la conversación no sufre más que raspones incidentales. El flujo de la autopista avanza muy lento a esa hora. Le pregunta de qué lugar de Bogotá es. El conductor mira de reojo y sonríe, como si lo interrogaran sobre un asunto que disfruta responder. Confiesa que no es bogotano sino de Cúcuta, capital del departamento de Norte de Santander, y que, tal como Gabo, llegó a la capital hace unos quince años a vivir entre cachacos para prosperar. Cambia de tema ―como quizás lo haría un cucuteño― y le comenta socarrón por lo de la otra noche:
 
―Decime, has oído la frase: “polvo ido, polvo perdido”.
 
El ponencista convierte el dicho a su variante construida con “cacha” en lugar de polvo y sonríe muy serio. ―Sabes quién escribió eso…, dice Robin divertido; arqueando las cejas para hacer suspenso…: ―García Márquez, se responde triunfal. El ponencista frunce el ceño. Recuerda haber leído todas las novelas, cuentos y parte de la obra periodística del escritor, pero no puede ubicar la cita.
 
 ―¿De dónde? Inquiere, chapoteando en la intriga.
 
―De él, contesta Robin satisfecho.
 
―No, pero en qué libro, precisa otro poco el ponencista.
 
―Ah, de este… espérame que me acuerde…
 
El auto sigue atorado en una fila interminable de carrocerías que se pierde en el horizonte. El aire entra pesado por la ventanilla. El rápido desagüe de los nubarrones negros abre paso a una tarde caldeada y luminosa. Transcurren unos minutos en que lo único que se oye es el acompasarse del lejano estrépito de bocinas junto al resuello maquinal del motor. El ponencista se pregunta cuánto demora un cucuteño en rectificarse ―y si es que lo hacen. Seguro se confundió con la letra de un ballenato calentón, piensa. 
 
Memorias de mis putas tristes, estalla de pronto Robin.
 
―Nunca lo terminé ―espeta el ponencista, sin refrenar un mezquino impulso profesional: ―Es su peor libro.
 
Pasan a un mall gigante a cambiar dólares (el ponencista se gastó su último gabo en el regalo importante). En el primer piso, una pantalla gigante transmite el mundial. A sus pies se extiende un corral de pasto plástico que hace las veces de cancha. Acostados sobre mullidos cojines una treintena de padres e hijos miran el partido ensimismados. Robin le comenta que cada distrito cuenta al menos con un centro comercial de estas dimensiones. Ahora bien, si el club nocturno es la noche sin concesiones ni remisión, el “Mol (sic) es su previsible anverso. En su recinto se sucumbe a la luz del día sin sol. Los habitantes se someten a este espacio para vivir bajo la claridad sin calor del reflector. Patio de comidas. Sala de cines. Una masa de aire menguado. Si olfateo el perfume a pradera sintética me parece que acaricio las alas de la mosca que me camina el corazón. Cajeros automáticos. Puertos USB. Modorra y vigilia. Escaleras mecánicas, yogur helado. Como en los comerciales, no hay conflicto, no hay historia”.
 
“La diferencia fundamental entre ambos es que la noche, y la luna por sobre cualquier otro evento, detenta soberanía sobre el artificio y la ilusión. El día sin sol en cambio no es sólo una aporía penca sino el último altar elevado al ídolo que prohíbe imaginar las direcciones de la luz. La ausencia de símbolo ―o lo que es lo mismo, el brillo muerto de la moneda como medida única de significación― posee en la luminosidad insípida del Mol una espantosa materialización espacial.
 
Por acá se parte parcero. Trabajadores con caras que de a poco adquieren el insípido color de las paredes. El primer contrato de adolescentes que reciben un miserable sueldo por su energía abisal. Último trabajo de abuelas que arrastran carros con mopa y que escuchan canciones de Ana Gabriel en el celular. Sin sol, encerradas en hilos musicales de melodías que las desdibujan hasta hacerlas desaparecer   nada podría sacarlas de la luminosa penumbra de las casas de cambio”.
 
Tiene la boca seca. Difícil decir si de puro delirar o por haber intentado acabar con el pito enrolado en papel blón ―aún le queda una cola considerable. Sale de ahí con una docena de botellines de cerveza y un paquete grande de papas en bolsa ―el ponencista predica con el error― Cuando vuelven a la carretera, parece como si hubiesen pedido a alguien que les guardase el puesto de una fila que no avanza.
 
Robin le habla de un viaje que hizo a Cuba hace unos años. Un matrimonio amigo lo invitó a pasar una temporada en la isla. Allá visitó a algunos santeros. Le tiraron las conchas y los oyó decir cosas sobre él que era imposible que supieran. Empezó a frecuentar las ceremonias de sangre. Aspiró los jirones de humo de velas e incienso mezclados con el acre picor de los chorros de ron. Escuchó el exasperado y breve cacareo de la gallina antes de perder el cogote. Se prosternó en los altares y escuchó de boca del babalao la predicción y la prohibición para observar las reglas reveladas. Regresó a Colombia bautizado y con dos bustos de madera colorada a través de los que contacta a sus espíritus guías. Dice que no es sencillo que acepten a un protegido. Muchos postulantes son rechazados y tienen que andar por ahí con la idea de que los planos discretos rehúsan convertirse en sus tutores ―o pagan exorbitantes sumas de dólares para sobornar a un Egún que tramite una visa especial entre las altísimas esferas.
 
Dijo que la casa en la que fue iniciado es poderosa gracias a los servicios de un vigía espectral. Para obtener uno, hay que comprar en el mercado negro un cadáver que cumpla las características que los santos que regentan la casa disponen. Durante una ceremonia secreta los sacerdotes sajan con afilados puñales toda la carne del cuerpo del muerto, hasta dejar un montón de huesos pelados y secos. Durante todas las noches de un mes, desde la luna creciente al plenilunio, húmero, fémur, cúbito, y tibia son cepillados con escobillas metálicas. Cuando las osamentas quedan blancas y lisas como cáscaras de huevo se incineran en piras que arden por tres días. Se guardan en un recipiente que debe estar siempre a la vista en el espacio consagrado al rito. A partir de ahí el difunto se convierte en el mediador entre las regiones sutiles.
 
Su presencia en la casa no pasa desapercibida. Dice que una tarde una de las gallinas del corral comenzó a escarbar en el patio muy cerca de unos geranios que crecían junto al sitio donde descansa la ceniza. Robin cuenta que está tomando unas cervezas con los santeros, echando una pata de dominó. La gallina picotea con insistencia la plancha de zinc que cubre la bodega. El babalao le dice que no quite ojo al ave. ―Está incordiando al muerto. No le gusta que le piquen los geranios, explica sin titubeo ni emoción, “como quien dice: no queda pan” ―pone el ponencista a pie de libreta. Robin se sonríe porque, aunque crea en los difuntos, ver uno a plena luz del día le da un cosquilleo de pura incredulidad en la guata. El animal pica con furia la lámina de la lata del cobertizo. Se oye una percusión muy fina y persistente, desesperada. De pronto, Robin ve una sombra cubrir muy rápido el plumaje del animal. Dos, tres, cuatro picotazos débiles más contra la plancha y el ave se desploma suave sobre su pechuga. Convulsiona sordamente bajo el quemante sol de la tarde.
 
―Un alboroto mudo de plumas hermano y ya…, le contó con los ojos muy abiertos Robin al ponencista ―que sintió: “gallina en los brazos con la historia…”. ―Ahora usted a lo mejor piensa, pobre animal. Pero al espíritu le gustaba mucho el arreglo de geranios y suculentas y el bicho lo iba a estropear. A esos pellejos del otro mundo no los haga elegir entre un ser vivo que sangra y otro vegetal… esos saben de sobra cómo es la carne, los guayabos, los nervios, la rabia, las deudas.
 
La carretera se despeja y el auto por fin toma la pista rápida. 
 
―A veces los saco a trabajar conmigo… aquí. Dijo, y abrió un compartimiento plástico detrás de la palanca de cambios. No es fácil hacer que los espíritus obedezcan, aclara. ―En principio llegan a acelerar la caída. Las caracolas fueron claras cuando rodaron. Estaba torcido y antes de que las cosas mejoraran, la rama tenía que quebrarse. Las raíces debían crujir debajo del tronco ―enfatizó, apuntándose el corazón con dos dedos, como si apoyara contra su pecho el cañón de una pistola hecha con las manos. No había sido honesto en mi relación. Eso era así… En menos de un año perdí a mi mujer, el negocio en el que había invertido quebró y me esguincé el tobillo en un partido que nos costó el campeonato.
 
Medita un segundo sobre lo que acaba de contar y continua:
 
―Vea, tenía el alma, la cabeza y el cuerpo lastimados, ¿entiende?… el tiempo pasó muy lento y rápido, así como pasa el cuchillo por la piel y se avejenta en la herida… y aunque me desanimé seguí ordenando las ofrendas al pie del altar. Llegué frente a ellos con las manos llenas de miseria, con la humildad del perro cojo ―y el ponencista no pudo evitar imaginarlo tal como lo vio la noche que visitaron el barrio rojo, rengueando hasta la salida del estacionamiento.
 
Pero no se trata solo de consentirlos, también hay que castigarlos, amenazarlos con el tabaco o el ron, para que manden la buena racha. De eso ya pasó un tiempo. Sería mentira decir que la vida se volvió miel sobre hojuelas. Ni menos que yo me volví un santo… no, eso tampoco pasó. Los santos son ellos. Uno, hermano, hace lo que puede…
*Llamaremos a este episodio la primera aparición del camino a casa*

Notas:

  1. Algunas reflexiones sobre este episodio podrían estar trasvasadas en el abstract de su ensayo ―inconcluso: “La adecuación del obsequio; desilusión, potlach y ticket de cambio. Una revisitación a Anatomía de la melancolía desde la frecuencia tercermundana”.
  2. De cualquier modo, se puede conjeturar que las corrientes materiomísticas frente a las que, nunca se sabe bien, si el ponencista se considera investigador o iniciado, explicarían el fenómeno como la ondulación continua de la tolvanera del Ser−mordido−aquí. Para mayor detalle consultar el epistolario sobre fenomenología sudaka que sostuvo el ponencista con el comité ―disuelto― de la “Logia ineluctable” como con otros grupos con los que mantuvo contacto. Entre ellos “El frente anarkoanalógico”, los “Neomarxistas de los últimos días” o “La casa de la combustión espontánea”. De pronta compilación.
PupiloPiola
notepiensessinsangre@gmail.com