«Guerra Florida» de Daniela Catrileo: “Perfume fragante de la memoriamadreselva” o “esta danza es por nosotras”

Guerra Florida, territorio poético feraz, contiene zonas, territorios ante los que mi cuerpo se doblega. Mi lectura conmovida asedia a cada uno en su anchura. Mi emoción se encoge o se ensancha ante las entradas, entrecruces, salidas intempestivas, arremetidas, permanencias hermosas, laberintos, (trans)fugas, trayectos, huidas. Y sus paratextos. Primero,  me lanza  a boca de jarro su título, pienso en las xochiyaoyotl, las guerras floridas de las comunidades mesoamericanas. Este primer brote que cojo en mi mano se abre como zona inacabable, una interrogante abierta también del in xochitl in cuicatl, la flor y el canto que brotan desde ella. ¿Cómo se teñían estos encuentros entre comunidades, supuestamente enemigas, cuántas resignificaciones nuestras fallan en el intento por aclarar, transparentar, traducir vana y soberbiamente estos rituales indígenas antes de la llegada de los colonizadores? Las palabras son esquivas, las traducciones son (mal)intencionadas desde la colonización; las epistemes que han deseado cubrir con su velo occidental estos signos antiguos fracasan una y otra vez. Su estrépito. Entonces, los textos actuales y las investigaciones resultan insuficientes para acordar verdades respecto de estos eventos llamados «bélicos». No hay verdad. Tampoco bastan “La noche boca arriba” de Cortázar o las menciones ácidas y paródicas de Bolaño a la lucha armada revolucionaria como guerra florida, la que nos arrojaría a una vida nueva, al hombre nuevo, aunque al parecer no a la mujer nueva. Sin embargo, la boca me queda invadida del sabor de la guerra y las mujeres, las ñañas, esa explosión poética que el poemario de Daniela Catrileo detona, dispara múltiple para mi lectura.
 
El poemario está dedicado y su eco pareciera sitiar a las sujetos que emergerán de él, de sus escenas inaugurales, imágenes: “a cada ñaña con corazón de weichafe”, dice Daniela. Si la guerra es el signo común, entonces la dedicatoria vuela hacia estas mujeres mapuche, aquellas que tienen pulso y ritmo de guerreras, luchadoras por la causa de las comunidades en su quemante e hiriente historia pasada, en la de hoy, resistente en medio de este territorio llamado Chile, nombre vergonzante por lo que porta de asalto a mansalva en contra de los territorios y gente de la nación Mapuche. Descubro que es el corazón palpitante el que se dibuja como weichafe. Ese órgano rojo con forma de fruto, condensa la figuración del sentimiento, de lo amoroso, de los afectos y es ese el pulso que se vuelve guerrero en las ñañas. ¿Cómo sería una guerra desde el corazón, me pregunto? Una sístole−diástole afectuosa, mujeril−guerrera, territorio de lo poético en su pulso constante. Su perdurar. Imagino, entonces que el poemario quiere cubrirlas con sus resonancias floridas, quiere convocarlas, provocarlas en este halo político y vital de los afectos, es un velo poderoso que viste los cuerpos de esas ñañas resistentes, a cada una de ellas en su piel preñada de newen para la vida y la muerte.
 
El epígrafe poético de Gabriela Mistral que Daniela elige para abrir su poemario es el inicio del poema “La otra madre”, este se constituye en una zona luminiscente, poderosa. El destierro del origen, la expulsión de ese comienzo, del lugar originario, una pérdida, pero es ambigua en su ser dado. Puede dar cabida al lugar activo de esta pena, infligirse una ese destierro, ese extrañamiento o bien padecerlo porque alguien o algo lo impuso, como castigo. No obstante el péndulo dubitativo, el consuelo largo y amado se yergue poderoso: “la Tierra tuve y la Tierra tengo” sin límite temporal, ilimitado como posesión entre las manos. Una afirmación que salva de la pérdida, del desconsuelo, del castigo posible, de la intemperie. No hay duda: aparece la Tierra, pertenencia que sustenta, sostiene, soporta la vida precaria, cualquier vida feble, vulnerable que surge de este poemario o de su lectura−escritura. Una belleza de Daniela Catrileo.
 
Finalmente, dos versos inquietantes, perturbadores, muy bien centrados en la página blanca, asaltan nuestra conciencia sobre la guerra, ya no florida, una guerra a secas, una guerra que explota en el papel, en nuestra garganta de modo oclusivo y vibrante, en nuestro pensamiento y sus esquirlas dolorosas nos obligan a sentir que nunca se acaba como tal, por lo tanto estará siempre llena, nunca hambrienta, siempre satisfecha, se consume en su ser guerra a cabalidad. Feroz constatación de esa suerte de plenitud de un evento cruento que muestra en todo su sentido la precariedad y vulnerabilidad del lazo social que constituye a lo humano−humano−inhumano.

 

“Una guerra siempre es una guerra
Jamás se agota en absoluto”.
 
Y así en medio de este interludio paratextual aparecen los poemas poderosos de Guerra Florida. Estos se nos donan en cuatro apartados. Cada uno de ellos se abre con un título que pareciera condensar los textos que lo constituyen: “Revuelta de cuerpos celestes”, “Mantra de ofensiva”, “Apocalipsis song” y “Pos Guerra”. No hay inocencia posible frente a estos nombres, palabras cargadas como granadas de mano o bombas molotov. La revuelta, esa transformación, cambio, mutación, alteración, tan política e íntima; los cuerpos celestes, esas luminiscencias, materias que despiden calor y brillo intenso, una metáfora poderosa, los cuerpos que somos nosotras; el mantra, sonido condensado, breve, profundo, iluminador, canto del respiro y de la boca; ofensiva, acción militar de ataque; Apocalipsis song, sintagma en el que resuena el filme de Francis Ford Coppola del año 1979, Apocalypse now, asimismo resuena aquí el apocalipsis bíblico; por último, Pos Guerra que abre una vía contundente para interrogar ese después de la guerra, su resonancia penosa, su ola expansiva del horror o algún modo de lo bélico que toma otra forma que no la tradicionalmente conocida, lo desconocido que asombra y descompone, por lo tanto. Cada título conforma una trama ético−estético−política. Aquí va mi relato, lectura que se me aparece como aquella que intenta la resonancia de la creación poética, ahora contada, tomo por salto en consecuencia, de modo anómalo, equívoco, la poesía bella de Daniela Catrileo, un texto precioso que esquiva mi interpretación y me impone un redibujo atrevido, sentido de modo honesto, tan cómplice, agradecido y querendón de esta invitación/creación.
 
Revuelta de cuerpos celestes
 
Escrito en un tono lumínico, un tono íntimo, suave, de cuerpos que se abrazan y abrasan en la noche−madrugada iluminada, de besos que huelen al humo quemante de hierbas y cáscaras que se queman en un fuego, para mí, sagrado. Un inicio bello. Allí se pliegan los cuerpos de ñañas, la ñaña hablante y las otras. Inclusive E l l a, una sin nombre que puede ser la misma tierra, esa que tuve y tengo, desplegada en quietud olorosita, en verdes pequeños y enormes y de pronto «tú», cuerpo celeste−verde intenso, más verde todavía. Insectos en su diadema, esa danza de la tarde y de súbito algo dice, como si fuera un estallido corporal en medio de esa quietud y el cuerpo, su cuerpo, se torna en selva luego del temporal. Y la mañana, una escena luminosa. Quedarse en la boca de  e l l a. Como quedarse en el cosmos pleno de luces, meteoritos y centellas. Lo fugaz y brillante, refulgente entre ambas. ¿Recuerdas? le, se, nos pregunta. Porque de eso se trata. De recordar. De pronto un estallido a lo lejos y ambas abrazadas quedan a la espera del destino. Alumbradas en el resplandor, doradas como ojo de jaguar, abiertas a los secretos, al fulgor de los signos, de los astros porque siempre en este pedazo de mundo se trata de un cometa. Los destellos en la oscuridad, la noche hermosa que arde: “y tu piel tan de humo/ en este crepitar de árboles”. Luego el horror. Un holocausto. Un desastre en suspenso. Sus cuerpos entre cenizas y astillas emergen vestidos por los océanos, esas profundidades. Nosotras sabíamos de nosotras, islas desparramadas. “No future”. Y entonces la incerteza y la pregunta “¿Y ahora qué?”. Respuesta parca, dura: “Que cada ojo negocie por sí mismo”. Montar la escena, provocar a la montaña ataviadas para ello. Luego las noches: “el invento del origen/ un manojo de muertes a la intemperie/ un poco de añejo mezcal/que nacía del primer árbol”, porque “Antes del horror estábamos vivas/ Todas quisimos ser el sol”. Iniciación de la ñaña weichafe, la hablante y su atavío feraz de palabras, de rito. La hablante pregunta qué más se puede hacer si nadie quiere aceptar el final. Y vuelve a las ofrendas, entrega su cuerpo, su sangre, su promesa: torcer cuellos enemigos, patear cráneos, honrar la ficción indecible, se irá a reventar yanaconas, los traidores, los cobardes. Esa será su última fiesta. Ocultas, clandestinas buscan guarida entre peñascales, saborean así frutos de la higuera, las brevas carnosas y rosadas saben de sus dedos en su carne y chorrean sus jugos entre piernas, limpian tierra en la tierra. Un ritual entre dos: E l l a envuelve sus manos y conjura a ciegas para libar: “Que este néctar sea la seña/ para no morir esta noche”. El despertar abrazadas con el rocío de la selva en la piel. Mirar la hiedra trepar entre pequeños mundos entre las palmas, permanece para ver los pequeños gestos “que deshacen la mañana/ hasta olvidar”. Y el ocaso. La luz cede ante la noche, luminosidad que cae en los cuerpos tendidos y exhaustos: “esto era/ lo que nos advirtieron”. La combatiente es elegida por e l l a. “Ve y ruega por nosotras”. La hablante duda de su petición. Cómo creer en ella. La weichafe se entrega al rito y la promesa, de rodillas ante la Volcán Madre enciende el fuego, la montaña se ilumina, unta su frente con la cal de su ceniza, trenza el cabello con ramitas de menta y dice: “Esto soy/ una última jugada”. Antes de partir la hablante vagó, errabunda, a tientas, dando vueltas, pensando. Intenta no pensar, encuentra a unas yonkis, envueltas en mezcalina, luego un silbido y aparece la mujer la primera, su rostro cubierto de arrugas como sendas que caían, como péndulos que resisten el tiempo y su ruina. La mujer, la primera en su pipa arroja humos sobre su boca a boca. Le prepara una cura para sus futuras heridas y dice que debe encontrar al pájaro porque todo el mañana tiene que ver con la infancia y el deseo en sueños quebrantados que contó para sanar. Antes de partir le susurra un secreto, que no sabemos, que sabremos tal vez, a la vez que dibuja un círculo de sal y quema sus huellas hasta borrarlas.
 
Mantra de ofensiva
 
El primer sueño. Su descripción así: boca hambrienta, máquina de huemules dando saltos a ritmo de desvelos, una señal de un objeto brillante enterrado en la arena, las nubes en viento sur o baile de ballenas justo ayer, entonces: “Es momento/ me dije”. Su punta de obsidiana reemplaza a la brújula que ya no sirve. Parte rumbo al mantra de ofensiva. Antes de la misión, yacer echadas a la sombra del bosque, acunadas por la humedad del follaje, bonito estar así, “navegando al tiempo y a lo inútil/ sin conjeturas”. Y “Nos imagino ahora/esperando que abra la flor/del canelo como gesto/ante el zorzal”. Y una conciencia sobre el saber de las estrellas: no serán sino otra cosa que la seña de la sangre, esa herida que no se borra: “Estamos sucias/ y ellos lo saben”. La imagen de lo que somos esta noche: un caleidoscopio al centro del pacífico, intentando volver a sus colores, un mar de cenizas se lamenta, las cabelleras dispersas cuelgan de trenzas antiguas como acantilados a sus rocas. Su hastío de lo que se ha inventado lo que somos. “Somos todas extranjeras/ un puñado de mapas viejos/ enmarañados por las olas”. Entonces no es el exilio lo prioritario, sino la revuelta a la primera imagen: “de la matanza al nacimiento”. Cómo vamos: en balsa sobre−poblada de la cordillera hacia el mar, siguiendo la ruta del río, escuchamos noticias de la radio, “desde las alturas vemos/cómo ya han levantado un muro/ que fragmenta en trincheras/ nuestra antigua morada”. La escena de unas amigas llorosas “expulsadas y malheridas/ por los primeros invasores/ que auguraban los planetas”. La weichafe hablante retoma su posición del mantra de la ofensiva y señala que no importa, ella prepara el filo de su roca, con el recuerdo de sus rostros y arrastra su cuerpo listo para zarpar y “abrir la noche con mis uñas”. El revoltijo que es ella misma, ese amasamiento, entre zemí y rewe, la llaga del continente. Un barrio, esa localidad herida. Imágenes que no conmueven, a menos que “in-h u m a n a s/hablemos del lenguaje/hasta rugir”. Los párpados otra vez conectados a la lengua que aúlla por los entierros. Las botas se sienten en la marcha de guerra cuerpo a cuerpo. La imagen: “Hombres con cola de perro/Avestruces con rostros de niños”. No hay tanques en ese lugar del mundo porque ya hubo bastante con callar. La decisión de huir, pero no se puede huir de lo que se oculta. La piedra es la metáfora que soporta este develamiento de la hablante. La metáfora, ese error luminiscente. Una volcánica que cuando se funde es la negra, diosa de ébano, una bandera insurgente de nuestra piel. Hablarse a sí misma. Otro día y el despertar viva. La pulsión destructiva, la subida a la montaña, el acurrucarse junto al sauce y los crisantemos en ausencia de e l l a. Enterrar la ingenuidad. “Eres tú” la certeza y el modo en que está y su promesa: “no volver/ a pensar en sus ojos/hasta echar abajo este lado del estero/y atravesar la arboleda codo a codo”. La llegada del enemigo deja de ser un fantasma y se convierte en acero, arcabuces y caballos, el arma apuntando a su rostro que la refleja. La hablante weichafe se prepara para la arremetida. Con lawen y lana roja en su pecho. Recibe instrucciones: rescatar a las prisioneras, traer el pájaro que revolotea de pluma al viento. “Ese dios/tiene el secreto/del último eclipse”.
 
III Apocalipsis song
 
Una escena: llovizna tropical, caminata entre las zarzas, el canto de guacamayos sobre la yuca fresca. La espera del sol “sobre el cáñamo de la tarde”, untar veneno en las lanzas, preparar la defensa. Como si fuera inmigrante, arrastra el amor por el olor a leña de las mañanas, otro tiempo, otro lugar… la memoria olfativa, lo sensorial. La palabras juntas tapir y miedo, antes de ser palabras, lo que eran en reposo, así como ella la hablante era antes de estas palabras poéticas. Ser antes de las palabras. Ser antes de los nombres. ¿Es posible ser antes de las palabras? ¿Cómo se es el antes de las palabras? El canto: in “xochitl, in cuicatl”, “küme dungun, küme wirin”, ellas le cantaron: “nosotras”, su saber, el de ellas, no el de la hablante, lo visto con la piel de los ojos nosotras: la luna roja, la mar alta, las fierecillas reventando sus dientes en un nacimiento que cubre a las cantoras con ropajes y ofrendas.
 
Los pasos en medio de la guerra, un infierno de explosiones, disparos, dinamitas, lanzallamas contra las nosotras. Así: la cadencia del canto para sacar las tripas de las bestias, cuáles me pregunto, las que sean bestias, y acunar el resentimiento en el perfume fragante de la memoria−madreselva. La voz otra vez y su lamento de la pérdida de ti, tajeando vientres en la arena, tostando semillas en las piedras y el «ti» enroscado en su piel tatuada, en esa piel sorprendida de la guerra desconocida, ignota como esa aldea que levanta cruces en vez de levantar niñas con su lengua trozada y esparcida en esa «su» tierra desolada. Ella, agotada vagabunda, se camufla entre hiedras, pegada a lo que pueda, las refulgentes luciérnagas en medio de matorrales de moras la alertan del invierno nocturno y del verano diario; el avedios, arde y se incendia como «nosotras» y ya no canta victoria. Escena a campo traviesa. Su creencia pertinaz, la suya atesorada todo el tiempo: despertar en la jungla y que todo fuera como antes, “ya saben”, relatada al ustedes cómplices, al nosotras lectoras que imaginan y anhelan ese “como antes”. Entonces imagina, esos primeros minutos antes del sonido estallido del misil, su sordera y lo que queda del anhelo es solo un puñado de piedras “reunidas bajo las plumas del cóndor”. Y la escena íntima, mínima, un pequeño puñado de estambres: sentir tu respiración, aquí en el rostro, ese soplo−sonido y estaban tan cerca de ganar, pero no, es que nunca fueron heroínas y entonces volverse al tacto, envolverla con los brazos por la cintura y sentir huesos con huesos para decir en su roce: “esta danza es por nosotras”. Y me digo ¡Ay que belleza!

 

La escena de la lluvia y la resistencia en la guerra. El agua lluviosa que arrastra las voces del lodazal de cadáveres y templos, pero el barro es peor, se desvanecen los gases lacrimógenos, entonces la humareda oscura de la barricada necesita más leña. Y las trazas: huellas de sangre en la piel morena, dorada; la traza que mapea las estrellas y la afirmación:
 
“―ese es nuestro lenguaje―
                        Una figura trazada
                                no una palabra que imita”
 
Y ahora  E l l a  encuentra su lugar en la memoria de la hablante. Una rememoración preciosa: los ojos no están nunca cerrados, permanecen abiertos porque no tienen párpados así, para ver, para reconocer, para traer al trabajo de memoria que palpita, que suena y que dibuja, la traza otra vez, de e l l a en el amanecer cruzando los campos de sus días antes de que encontrara la muerte. Y la piensa, la hablante la siente en el calor de su piel, su mano enterrada en su cabellera, como si fueran las raíces−raicillas de su árbol, entre medio el  estallido de una bomba que calcina la última morada. La hablante escucha ese retumbar pegada a la tierra, pero es el latido de su corazón, ese es el estallido que retumba y la sonrisa de e l l a, sus ojos entrecerrándose y e l l a sonriendo. Belleza memoriosa, belleza ostensiva que nos muestra porque está allí aún en los sonidos de la tierra. La escena innombrada tiene lugar. Los buitres acechando a las caídas. La pregunta “¿cuántas hemos caído ya?”. Nosotras las caídas. Y la guerra en todo su estertor de muerte. Nosotras no tenemos banda de guerra y la guerra se ha desatado. La hablante inquiere qué hubiese pasado si ellos no hubiesen llegado, y su zozobra la lleva a más preguntas: “¿Quiénes? ¿Quién? Cuál es la palabra a nombrar y la tierra a la que allegar?”. No sabe. Ignora quiénes somos, si la catástrofe o el pájaro ausente. Entonces adviene lo ominoso, lo feroz, la bendición desconocida y con ella las palabras terribles: trozos sobre cuerpos destrozados, piernas repartidas, ojos ausentes, deformidad y violencia, nos dice, se dice, cercenadas, amputadas, dedos, cabezas degolladas. Sin importancia, todo sin importancia. Restos de muertas violadas, sangre a manos llenas, escena del horror y la rabia. El camión que se lleva los restos a un patio desconocido, las NN enterradas en ningún nombre. La pregunta desesperada:

 

¿dónde, dónde, dónde
su sonrisa y su calor animal”
 
La baleada, la que cae al suelo y su hombro herido se funde con la tierra y lo que en ella acontece. La herida del hombro puede llegar a ser un cactus, una mata de espinas que florece en nombres susurrados, nombres que entierran sus raíces en la tierra. Así la hablante sabe de lo que se trata: esto es recibir un disparo: “un zarpazo de plomo hasta desaparecer” y volver a  E l l a. Es el crepitar de las vértebras, en el segundo de Lorca apagado por las balas y “eres tú” la que cae, se dice la sangre que siembra suculentas, los ojos que se apagan en el aullido de la selva. Aceptar la muerte: “tu pecho se expande/ los músculos decaen”. (Tú) “contemplas el final/como un baile de algas/agitando su resabio/del lenguaje”. El miedo se acaba, ya no se está entre dos mundos porque “tú/tú/ eres l a f r o n t e r a”. La escena: los ojos de un maldito frente a su arco, la hablante weichafe asida de los cabellos de un muchacho blanco, le grita: “¡Qué mierda han hecho!” y sus poros se ensanchan por el grito, su cuerpo se recogía ante esos sonidos, era tan solo un muchacho muy blanco. La cruz colgada a su cuello, ella la despedaza con sus dientes. Nunca responde a sus gritos, no sabía, balbuceaba algo que no era de animal. Cae derrotada por el goteo de su sangre. Bebe de su cantimplora hasta que alguien grita: “¡Corte!”.  Gesto final de la tabla que anuncia el corte de una cinta de guerra instala la actuación de un relato fílmico. Pero los tres versos finales dicen:
 
“y una tabla de madera cerró/sus clavijas/fue eso o despertar”
 
Una escena de guerra de otro tiempo: un territorio al parecer citadino, un territorio de neón y un personaje: un ave de plumaje azul y plata radiante, la ve en un vaivén de ir y venir desde los cafés nocturnos, con su cabeza erguida y lentes oscuros. Contempla su revoloteo de ave migratoria como si fuera un cometa que cruza la noche e intenta mantener su vuelo en el despeñadero. La escucha bramar, se pregunta si es el ave que han buscado. Y se responde: si esta ave es su dios, ―animal que intenta dejar su plumaje, que esquiva balas desde torres de dinamita que francotiradores y jinetes arrojan contra su vuelo― le “podrá responder el secreto/ de revivir a nuestras muertas/que yacen repartidas en la hierba/como piedras incrustadas a su constelación”. La guerra siempre es otro pájaro en el umbral del tiempo, uno que chilla hasta reventar los tímpanos de quienes “fuimos sus alas”. De amazonas a ciudad, de islotes a puertos, ojos muertos como los de guernicas, ahorcados en plazas públicas, en el lomo de un soldado menor.
 
Dice la hablante: “Nos hemos descubierto/ Esto era lo que llamaron Conquista/una colisión de fantasmas/intentando sobrevivir”. La luz de la alborada se dibuja en el encendido de un trigal. Así con esta imagen/acto aprende lo que era un cementerio: “apenas una balada/ entre tanta muerte”. Entonces la cordillera aparece leve tras el humo.
 
“Te das cuenta/y vuelves a la warria”
 
“Nadie duerme/ni mira atrás”. La indiferencia, qué importa la guerra, las muertes, las batallas. Todo continúa como ayer. “Nadie se detiene/por una guerra”. La hablante weichafe constata que esto es el cuento, la fábula del origen. La quema de las chozas de los maizales. Entonces “pero” y la sospecha que las lleva a desenterrar el orden de lo cotidiano y volver hasta el otro lenguaje. El acto de recoger savia como si fueran lenguas que eran ofrecidas “al diluvio salvaje/ de la mañana”
 
Pos Guerra
 
Un día después del incendio (la guerra cruenta parece haber terminado), la hablante se dedica a buscar respuestas porque cree que todo ha terminado. Necesitas una respuesta, se dice a sí misma. Ese todo pareciera ser la guerra: recorres destellos de la aurora; mantienes el ojo con la pericia de un fusil: intentas unir con tus dedos un trazo imaginario de estrellas; te sientas a deshojar una pequeña flor; escuchas un sonido que te interrumpe (choiques ―ñandúes― montados en guanacos); acaricias la barriga de uno; piensas en dibujar la imagen final de la guerra como una manada de pumas a la luz de los faroles. Constata: “la fiebre me ha mentido”. Se pregunta por e l l a y dónde duerme esa noche. El bosque y las bombas descansan. Los pájaros cruzan senderos como si fueran ángeles. Entonces un taxista pide una chupada. Todas las hermanas arrancan de su mala suerte.
 
En la capital de fuegos artificiales nada nuevo hay luego de la brisa. Colchonetas y orina siguen su curso y un océano de cucarachas se retuerce por las cañerías. Alguien le pregunta cómo fue su viaje. ¿Cuál, me pregunto: el de la fumada, el de la borrachera, el de la pesadilla, el de la guerra? Intenta responder “sobreviví”, pero su boca enmudece. La escena: Alguien la toca por el hombro, no ve su rostro. Le muestra su piedra y dice: “Esto es lo único que tengo/ no recuerdo que fui/ antes de estar aquí”. Y las preguntas:
 
“¿Aún debo confiar en los signos?
“¿Quién eres?
¿Quién cresta eres?
 
                                   Soy la Guerra”
 
Los verbos: esconder (el árbol), abrir (las puertas), correr (durante tres días).
 
Anhelar la corona de flores para bailar ante las muertas, baila frente a sus muertas esperando su tumba. Entonces la guerra que es, baila para la muerte. Imágenes cortadas, pulverizadas, como un collage sin forma, sin fondo, imágenes en fragmentos. El desiderio que no se detiene: “Quiero”, “Quiero” “Quiero” y la espera de la muerte entre tanto verbo bañarse, caminar, traicionar, curtir la piel, escuchar, viajar. Tiene su piedra, tiene un corazón, de weichafe, que saldrá en la noche por la boca de todos sus enemigos hasta florecer. Escucha: cantos venidos de la selva; un rugido en la batalla; el eco terrible del océano. Bañan animales con su sangre; reparten su corona de flores para los jóvenes del cuartel. No sabe si llorar subiendo amarrada entre las cuerdas de un bondage; me amarraste, dice, un par de veces antes de tomar sus caderas como un musical porno; me pagaste tantas veces dice, que no importó el maquillaje. Relato: “Fecundaron a nuestras hermanas/nos hicieron sus esclavas/en el Círculo de las Rocas”. “Nos arrancamos borrachas/bailando con nuestro violador”. “Luego/repartimos sus intestinos/por el cordón montañoso/de los Andes”. Mirar al espejo, a las indias, al colono. Abrirse de piernas y meter el cosmos dentro de ella, no tiene nada adentro, porque sólo es fantasía creadora. Entonces la muerte que es y la no madre que es. Contar y contar: su hospitalización, las hermanas, el secreto del eclipse, el baño de sangre del barrio. “Baila la difunta sin ataúd/ sin lloronas    ni Chavelita Vargas”. El regreso a casa, el trayecto desde el bar donde preparan “las mejores líneas/de la noche”. Salimos corriendo/escalera caracol/cuando llegan los ratis/a pedir nuestra identidad”.
 
La recuerda como su última noche sin identidad. Y la reiteración sin descanso de lo que “Soy: el sacrificio, la peste indígena de los colonos/me abro como la Malinche/perra sin domesticar”. Propone: “¿Y si fingimos que esta muerte mía es una guerra?”. Allí llegan “los colonos y nos destripen/y como en el viaje al final de la noche/pertenecemos a una batalla de alunizajes”. La pérdida del norte y del sur: “Nos exiliamos en África/queriendo volver a América/pensando que es la India”. Todo simula yerro, equívoco. No, no habla de héroes, así aparece la escena en llamas: “Hablo de mujeres que prenden barricadas/Esa es una guerra/entre los pacos y mis hermanas/entre jaguares y águilas/donde los neumáticos/no son más que adorno/Una guerra bien triste/donde todos juguemos/que no hay guerra”. La reiteración inacabable, una y otra vez. Lo que puede ser una guerra: un árbol que se incendia en navidad, las luces son una guerra, los amigos y la familia son una guerra. Y lo que “Quiero” otra vez, el deseo: llegar con los ojos al volcán y su profundidad, soñar con la noche transformada en ácido, en colores, una corona de oro en lugar de flores.

 

La pájara la sigue y le dice que están solas, que no sea estúpida que en esta tierra de dobles, nada sacan con llorar. Entonces los sobrenombres o los alias: “Guadalupe”/“Candelaria”/ “Lourdes” o una aparición que no es, sólo el reflejo de nuestra mirada: “Una pájara champurria/a la deriva” “Exiliada/analfabeta/errante/b o r d e r l i n e. Quiero ser/oro india   morena”. “Una india/que les haga/olvidar mi historia/y parte de la tuya”.
 
Pájara que no quiere ni ser dios ni tener cara de pájaro. Tiene ataques existenciales y quisiera leer algo que no fuera el calendario. “Quiere danzar la noche de calacas sin banderas/fumar cogollos en flor”, “entre mares/cactus y desierto/entre selva y humedad”, “tenderse bajo cuerpos celestes/de antiguos dioses/y negar a sus antepasados”. Dice en las últimos versos conmovedores, intensos al nombrar: “La llamé/Ngünechen & Quetzalcoaltl/“Negrita  Ñaña  Compa”/“Hablamos en lenguas/de los días tristes/y del hambre de la que solo se puede hablar cuando tienes hambre/“No quiere ser un ancestro/Le digo que yo tampoco”/“Entonces nos despedimos/escuchando canciones/de este viejo wurlitzer/que apaga el fulgor de la guerra/en este último baile”.
*Imagen: «El verde de mi tierra Oaxaca», Doris Arellano.
Gilda Luongo
gildaluongo@gmail.com