La ciudad favorita del dictador

La historia vivida por Pinochet en Iquique comienza a escribirse en 1946, cuando al ascender al grado de capitán pide su traslado al norte del país. Luego continúa en la década del setenta, cuando antes de convertirse en un actor importante de la historia política del país es jefe de la VI División de Ejército, quedando a cargo de todos los regimientos de la región de Tarapacá, llegando incluso por las vueltas de la vida a ocupar el cargo de intendente, forjando así un estrecho y mitificado vínculo con Iquique.
5 de octubre de 1988. En La Moneda Pinochet va apuradamente a la oficina del subsecretario Alberto Cardemil. Cierra la puerta y se sienta frente a él en su escritorio esperando el resultado. “Presidente, perdimos el plebiscito”, le dice Cardemil a un preocupado Pinochet, que inmediatamente responde con una pregunta: “¿Y en Iquique?”. “Perdimos por el mismo margen que en Santiago”, responde el subsecretario desfigurando el ya por entonces arrugado rostro del dictador.
 
Pero la historia en común entre el general y la ciudad tiene su origen cuatro décadas atrás, cuando un 22 de marzo de 1946 fue publicado su ascenso al grado de capitán. Antes de esto, Pinochet ya había pedido su destinación a la guarnición de Iquique, al Regimiento N° 5 Carampangue, ubicado en el casco antiguo, fundando de esta manera casi un mito sobre su vínculo y predilección por la Tierra de Campeones, al que se le ha dado diversas explicaciones.
 
Camino recorrido. Memorias de un soldado, es el libro en el que Pinochet escribe sobre los episodios de su vida. En el texto titula el apartado que dedica a su primera estadía en la ciudad con el nombre “Uno de los grados más hermosos”, destacando la importancia de esta etapa para su formación, la que está marcada por una serie de eventos inesperados. Así, un día de abril, el joven militar de 31 años parte con sus cosas al puerto de Valparaíso, su ciudad natal, para embarcarse en un largo viaje en el buque Toltén, “que caleteaba en todos los puertos hacia el norte y demoraba ocho días”, eso sí, sin su familia.
 
Augusto, para entonces, según la biografía oficial del historiador Gonzalo Vial, “es alto, delgado, recto como un huso, físicamente muy bien tenido, pelo negro, leves ondas y peinado hacia atrás, ojos marcados, breve bigote, penetrantes ojos azules”. Así de buenmozo llega a Iquique, que coincidentemente celebra su aniversario los 25 de noviembre, el mismo día de su cumpleaños.
 
Ya en el puerto con sus cosas y todo listo para partir al norte, Pinochet cuenta que padeció bastante “sin mostrar amargura, cuando tuve que dejar a mi querida esposa aún niña, y a mis dos hijos, pues debimos tomar la resolución de que yo viajara solo a Iquique por ser necesario buscar casa donde instalar a la familia antes de su llegada”, hogar que se demoró meses en encontrar por diversos impases.
 
Al llegar al puerto de Iquique un día domingo, la primera impresión de Pinochet era que la ciudad “estaba en decadencia, pero no por ello dejaba de ser muy pintoresca”. A pesar de esta condición, Iquique lo recibiría muy bien por al menos dos años. Tras el desembarco es recibido por sus pares y superiores, y llevado a almorzar y pasear por la ciudad. Horas más tarde vuelve al puerto para buscar otra cosa de su equipaje: su caballo Rex, animal con el que excéntricamente pasarían a buscarlo meses más tarde en las madrugadas para que cabalgara desde su casa al regimiento. Pinochet llega solo a Iquique pero ya tiene tierra sembrada. Su suegro Osvaldo Hiriart había sido parlamentario por las regiones de Tarapacá y Antofagasta desde 1937 hasta un año antes de su arribo, dejando una serie de amistades con las que el militar se encuentra a su llegada.
 
Pero no sólo halla amigos de su suegro: se reencuentra con los propios como el capitán Humberto Aguirre, su compañero en la Escuela de Infantería, y “El Crespo”, compañero del colegio de Quillota, lo que vuelve mucho más ameno este primer periodo del militar en Iquique. Ha llegado su primer día en el regimiento. Pinochet Ugarte se presenta ante la máxima autoridad del Carampangue quien lo recibe entregándole un cargo dentro del establecimiento: es designado comandante de la 6ta Compañía de Fusileros y encargado de la comisión pesca, que antes dejaba déficit en vez de alimentos para los funcionarios, situación que, según sus memorias, él orgullosamente revierte.
 
Los primeros meses pasan y Pinochet debe salir de Iquique para ir a los pueblos del interior a campañas de entrenamiento. Conoce en estos ejercicios las localidades de Ollagüe, Pica, Pintados, entre otras, las que recorrerá dos años más tarde pero en otra condición. Ahí se familiariza con la geografía de la zona y las temperaturas nocturnas de la pampa, muy disímiles a las del día.
 
Terminan estos ejercicios y los instruidos militares vuelven a Iquique a principios de diciembre de 1946. Comienzan al fin a disfrutar la ciudad. “Tuvimos algunos días de descanso, que aprovechamos para ir a la playa, la que sin duda es una de las más hermosas de Chile por su arena blanca, su poca inclinación y las aguas templadas”. Pinochet recuerda que en esas jornadas de relajo se quema el lomo por el sol de Cavancha, padeciendo las consecuencias.
 
Ya han pasado casi nueve meses y Pinochet sigue solo en el norte por lo que busca distracciones. Cuenta que “los días domingo en la mañana salíamos a cabalgar por la playa y nos reuníamos en una casa pequeña que denominábamos ‘Club Paperchase’, donde nos vendían empanadas y algún aperitivo. Allí se reunían oficiales de diferentes instituciones para charlas con civiles que también asistían a esa hora de cóctel”. Después de todo este tiempo ya está ambientándose a la ciudad, donde el 4 de diciembre del ‘46 los militares custodian el proceso electoral por el que Gabriel González Videla es elegido presidente, hecho que marcaría la experiencia represiva de Augusto Pinochet dos años más tarde. Pero mientras, todavía en el ‘46, el militar extraña a su familia, “lo que me impulsaba a buscar intensamente casa para tenerlos cuanto antes junto a mí”. Por ello vuelve a Santiago a buscarlos para ubicarlos en una morada que le sería entregada en enero por un colega trasladado al sur. Toma el ferrocarril longitudinal, conocido popularmente como “El Longuino” y en tres días ya está en la capital abrazando a Lucía y su prole. “Preparamos nuestros enseres de la casa para llevarlos al norte. Con cuidado encajonamos nuestras cristalería y la loza, la ropa la pusimos en baúles y embalamos los muebles y los despachamos en un camión al puerto de Valparaíso”, cuenta. Ya a mediados de enero los Pinochet Hiriart se encuentran listos para partir al norte. Llegan a la pintoresca ciudad del general, pero el panorama no es tan bueno como pensaban: la casa aún no está desocupada. Buscan sin resultado hostales donde quedarse, pero no son recibidos por venir con dos inquietos niños. Deben entonces aceptar la recepción de un mayor que les ofrece su casa. Están ahí ocho días hasta que Lucía encuentra un arriendo en el barrio La Puntilla. Las cosas no cambian mucho. En el lugar los ruidos de los generadores eléctricos no los dejan dormir por cerca de un mes. Finalmente en febrero habitan la vivienda definitiva, entregada por el militar saliente.
 
Pinochet retoma sus labores en el Regimiento Carampangue, pero quiere seguir ascendiendo, por lo que se pone a estudiar para el examen de la Academia de Guerra para optar al grado de oficial de Estado Mayor. Para marzo del ‘47 Pinochet estudia desde las 19 horas a la medianoche para rendir esta prueba, lo que le provoca problemas de salud, ya que además le encargan nuevas misiones: su superior “en el mes de marzo me ordenó tomar el mando de la Octava Compañía de Ametralladoras y, además, dejó a mi cargo la responsabilidad de varias comisiones administrativas”, entre ellas el casino de oficiales. La vida trascurre en un Iquique con problemas de abastecimiento donde ya la bonanza económica salitrera parece cosa del pasado. Los militares tienen asegurado, eso sí, su derecho a pan y otros alimentos ya que para Pinochet “buen cuidado tenían los comunistas en evitar cualquier problema que los llevara a enfrentarse con el Ejército, o con las otras instituciones militares o de policía”. En este escenario, Lucía, que espera su tercer hijo, debe ingeniárselas para obtener algunas cosas, haciendo trueque con amigas para conseguir huevos de criadero. La situación al parecer es incómoda para ella ya que al enterarse de que su marido es aceptado para dar el examen, la esposa vende todos los muebles de la casa, como queriendo urgentemente no volver a Iquique, ciudad fatigosa para una mujer acostumbrada a la buena vida.
 
El militar rinde la prueba, le va bien, pero no queda entre los de primera antigüedad del grupo. Antes de comenzar el curso debe volver al norte, encontrándolo en Iquique el 23 de octubre de 1947, fecha en la que se decreta Zona de Emergencia. Luego de recoger y apresar comunistas y montar un campamento de relegación, en enero es nombrado Jefe de Fuerzas Militares en Pisagua, donde comienza a escribirse su prontuario represivo.
 
Pinochet se aleja de Iquique más de veinte años, cuando en 1969 es ascendido al grado de General de Brigada. “Iba a mandar la VI División de Ejército de la provincia de Tarapacá. Como aún yo no era General de Brigada, mi mando inicial era en calidad de interino, por ser aún Coronel”. El 23 de enero del ‘69 Pinochet viaja por tierra a reencontrarse con Iquique junto a su hijo Marco Antonio, en ese año oficial de Ejército, ya no un niño enfermizo como cuando llegó a la ciudad en los cuarenta. Pinochet al volver ya tiene en su cuerpo muchas más experiencias y es un personaje de peso en la institución. Llega a la ciudad sin alumbrar su cargo asignado y recorre los regimientos, tanto en Iquique como en Arica, para conocer los principales problemas a resolver durante su gestión. Desde el 28 de enero del ‘69 es amo y señor del Ejército en el norte, frontera con Perú y Bolivia, y por ello, posiciones estratégicas en las que siempre tuvo el ojo. En esta etapa, según el libro Pinochet. Epitafio para un tirano del periodista Pablo Azócar, el militar “supo que era la oportunidad que estaba esperando: desde joven había tenido la idea de escribir sobre algunos episodios de ese conflicto”, refiriéndose a la Guerra del Pacífico.
 
En 1972 por fin publicó La Guerra del Pacífico: campaña de Tarapacá. En su compilado de crónicas, Azócar concita la experiencia de oficiales que se encontraban a su mando. Uno de ellos aseguró que el militar no escribió la obra: “Pinochet tenía a su cargo a toda la oficialidad de Iquique, entre los que me incluía yo. Nos pidió a varios de nosotros que hiciéramos una investigación. La hicimos y la entregamos. Pinochet la ordenó, le puso su nombre y se la pasó al Departamento de Publicaciones del Ejército para que la editara. Esto lo saben todos los oficiales que entonces estaban en Iquique”. Pero ¿quién iba a decirle algo? Al igual que en los cuarenta, Pinochet va a buscar a Lucía Hiriart y viajan al norte en barco hasta Arica para llegar así a un destino ya conocido pero en otras condiciones. Iquique está más grande, la ciudad es otra y ellos también. Poseen otro status, nivel de ingresos y sus hijos ya están grandes, algunos independientes.
 
Durante esta segunda estadía estuvo a cargo de organizar a las fuerzas militares que tenían la responsabilidad de tutelar las elecciones parlamentarias del ‘69. Asimismo, fue suplente en la Intendencia de Tarapacá desde el 2 de abril a octubre de ese año, periodo en el que pudo “adquirir un cabal conocimiento de la provincia en sus aspectos sociales, económicos y políticos”, escribe. Esto porque le tocó frenar huelgas estudiantiles, resolver problemas habitacionales y negociar con sindicatos, además de codearse con personalidades de la ciudad, entre ellos Jorge ‘Choro’ Soria, “marxista disfrazado de socialista”, según Pinochet.
 
Luego de esta importante experiencia, Pinochet vuelve a los cuarteles y es confirmado en su cargo para el año siguiente. Comienza con vacaciones por tierras peruanas. Es recibido por delegaciones militares del país vecino y recorre la zona de Arequipa, Cusco y Machu Picchu. En julio del ‘70 es nombrado nuevamente Jefe de Fuerza de la Provincia para las elecciones, en este caso, presidenciales. Luego de la ratificación de Allende en la Presidencia se muestra preocupado ante la situación que enfrentará el país “gobernado por el marxismo”. Esa misma jornada llamó a los oficiales de la Jefatura a su oficina y les dijo: “Estoy al final de mi carrera. El problema de salvar a Chile quedará en vuestras manos. Que Dios ayude el destino de nuestra Patria”. Pero no sería así: le quedarían muchos años más como militar y actor de la historia del país, cuando llamado por el general Carlos Prat a Santiago es informado de su ascenso al grado de general de división, volviendo definitivamente a la capital en 1971, iniciando lo que llamó “el periodo político militar de su vida”.
 
Iquique fue entonces para Pinochet tierra nutrida de experiencias. Es la ciudad en la que, según el historiador Gonzalo Vial, adquiere “el interés por escribir que, como el de leer, le acompañaría hasta la ancianidad”, y donde según Pepino Rivera, iquiqueño de toda la vida y pescador de la caleta Riquelme, “no sólo hizo su carrera militar sino que también hizo su vida social sin distinciones”, estas últimas económicas, por las diferencias entre él y su esposa, la que comentó que cuando lo vio por primera vez “le había encontrado cara de pobre. Y era verdad. Ya pololeando con él, Augusto me confesó que ese día andaba sin un cinco”, según recoge Azócar en su libro.
 
Siguiendo esta línea, como comenta el sociólogo y académico Bernardo Guerrero, Iquique era por entonces “una ciudad pequeña que tenía solamente 60 mil habitantes. El general rápidamente se inserta en la vida social. Una prueba de ello es que una población de la ciudad llevó su nombre, al igual que un club deportivo. La derecha local no tarda en ofrecerle hospitalidad. No es exagerado afirmar que el general, en la ciudad donde nació el movimiento obrero, se haya hecho anticomunista. Su amistad con descendientes españoles como Tomás Tuset, entre otros, todos franquistas, permiten elaborar esa hipótesis”. Asimismo, la militaridad en el norte es un elemento más de la cultura. Los regimientos y militares son abundantes en la zona fronteriza. Y aunque a “algunos no les gusten las instituciones, al iquiqueño igual le gustan los desfiles y las bandas de guerra, no hay caso”, comenta Guillermo Ross-Murray.
 
Pinochet es entonces validado, aceptado y reconocido, como en enero de 1971, cuando el alcalde interino lo declara ciudadano ilustre por el rol cumplido en la intendencia.
 
Sea como sea, Iquique, ciudad fronteriza, ha estado acostumbrada desde siempre a la convivencia con la vida militar, pero esta relación con Pinochet es sin duda especial y un constante recuerdo que aparece, por ejemplo, al caminar por fuera del Regimiento Granaderos, pasar por fuera de su casa en Cavancha o escuchar de los amores secretos que habría tenido en el norte.
*Texto publicado en el Libro “Iquique Glorioso. Crónicas de la Tierra de Campeones” (Ediciones Radio Universidad de Chile, 2016).
Francisca Palma
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