Retrato de una familia mexicana: de Paz a Rulfo

Publicado originalmente en Revista Levadura
Con motivo de la polémica que causó Andrés Manuel López Obrador en relación con el tema de la conquista española, acerca de que el rey de España debe pedirle disculpas al pueblo mexicano por todas las vejaciones sufridas durante siglos a manos de los peninsulares, lejos de estar de acuerdo o no con esta solicitud, es interesante visualizar la forma en que esto ha movido a la opinión pública de ambos países, siendo el presidente mexicano titular de múltiples diarios nacionales y noticia internacional. Sin embargo, lo redactado a continuación tiene por intención ser un análisis cultural−histórico y no político, teniendo como piedra angular al propio discurso colonial y su reproducción a través de las formas culturales de las que ha emanado el mexicano contemporáneo, usando como referentes a dos importantes personajes de la literatura mexicana: Octavio Paz y Juan Rulfo, escritores que si bien durante su vida tuvieron múltiples fricciones, analizaron dos caras opuestas de la misma moneda, quizá sin conciencia de que el trabajo de uno sería el complemento perfecto para el trabajo del otro.
 
Si Paz en su obra El laberinto de la soledad enarbola un excelente ensayo sobre la chingada, que no es otra sino nuestra madre, Juan Rulfo en su icónica novela Pedro Páramo también nos revela nuestra falta de padre, dos momentos fundacionales del mexicano contemporáneo; el primero la Conquista, el segundo la Revolución, donde cada uno de ellos nos arrebató a su manera una parte de nuestra herencia familiar: el primero violó a nuestra madre, el segundo asesinó a nuestro padre. Al final, el mexicano es un bastardo cultural, un huérfano desamparado.
 
Hablar de Octavio Paz y de Juan Rulfo es hablar de dos de los pesos pesados de las letras mexicanas, cada uno marcó a su manera la historia de la literatura hispanoamericana, e hizo, queriendo o sin quererlo, un arquetipo del mexicano y de la sociedad nacional de aquellos tiempos; cada uno escribe desde un contexto diferente, pero que se cruzan en una situación concreta y es la mutilación mexicana de padre y madre.
 
Es cierto que previo a la conquista española del llamado «Nuevo Mundo», en concreto las tierras de lo que posteriormente sería México, el mexicano no existía, quienes habitaban este territorio eran un conjunto de pueblos, que, en términos occidentales, podrían ser llamadas diferentes naciones y diferentes países; al contrario de lo que se cree no eran una masa homogénea como en cualquier territorialidad, en esta existían alianzas y rivalidades, periodos de paz y de guerra, como ejemplo se encuentran las guerras floridas, las cuales diferían enormemente del concepto de guerra europeo, pero que al final de todo reflejaban una rivalidad entre naciones.
 
Fueron los mexicas quienes dominaban al resto de los pueblos mesoamericanos (con excepción de los tlaxcaltecas y los purépechas) lo cual también nos habla de relaciones de poder desarrolladas; este dominio sobre otros pueblos fue lo que provocó el resentimiento contra los mexicas y el cual degeneró finalmente en la caída del imperio cuando los españoles arribaron a la costa veracruzana y encontraron de ahí en adelante una serie de pueblos dispuestos a ayudarlos en su empresa por encontrar y destruir el imperio azteca.
 
Si bien es cierto que los mexicas, purépechas, mixtecos, totonacas, zapotecas, etcétera, de ninguna forma eran mexicanos para 1521, también es cierto que estas culturas eran, sin saberlo, la materia prima para la formación del mexicano actual en combinación con lo europeo. Es así como tenemos un indígena congelado en la dominación a través del tiempo, en el que el español por medio de las castas en la Nueva España lo posicionaba como una raza inferior a la propia, y un indígena el cual posteriormente a través de los procesos históricos, fue posicionado como una clase baja en el México moderno, esto se debe a que en realidad en la transición que hubo entre la Nueva España y el México independiente, la movilidad social fue prácticamente nula para el indígena, una casta inferior durante la Colonia, una clase baja durante la República.
 
Por otro lado, se encuentra el mestizo, producto de una violación masiva, negado por sus dos culturas y quien, paradójicamente, poblaría en su mayor parte al México independiente; el mestizo en los tiempos de la Colonia española era una casta superior a los indígenas y a los negros, no obstante, el verdadero conflicto con él era su sentido de identidad y pertenencia, pues en realidad se encontraba en un limbo cultural. Como la canción de Facundo Cabral, los mestizos no eran ni de aquí ni de allá y eso sería un estigma que llevarían consigo hasta hoy en día, pues todos los esfuerzos del mestizo estaban volcados a ser alguien más menos el mismo, muy al contrario de los indígenas que sabían lo que eran. En la actualidad esto se puede ver reflejado en la occidentalización del mestizo, pues dentro de la misma dinámica de poder internacional, el blanco es visto como superior y las aspiraciones del mestizo se alinean con el blanco más que con el indígena. Octavio Paz propone todo lo contrario, el mestizo es una cultura por sí misma, no debe ni de aspirar ni a uno ni a otro porque nunca lo será.
 
Juan Rulfo por otro lado, en Pedro Páramo realiza, quizá sin intención, un análisis quirúrgico del México y el mexicano emanado de la Revolución; debemos recordar que tanto Rulfo como Paz son hijos de la Revolución y escritores a quienes les tocó atestiguar la reconstrucción de México.
 
Toda novela está embriagada de contexto y la novela en cuestión no es la excepción, su premisa es la siguiente: un hijo (Juan Preciado) que va en búsqueda de un padre que no conoció (Pedro Páramo). Es quizá uno de los inicios más emblemáticos de la literatura mexicana: “Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”; no obstante, para motivos de este ensayo me remitiré a otras líneas de la novela, las cuales se encuentran en el segundo párrafo de esta misma:
 
―No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
―Así lo haré, madre.
 
Pedro Páramo vendría a ser una «Carta al padre» escrita por la generación de hijos de la Revolución, despojados de un padre al que alguna de las facciones asesinó o se llevó, medios hermanos de muchos, la mayor parte desconocidos entre sí. Pedro Páramo es de alguna forma la imagen más arquetípica del padre de esos tiempos, es decir, un padre ausente para muchos y presente para otros pocos. No era para menos teniendo en cuenta los tiempos tan turbulentos que vivía el país, nada menos que una revolución armada que arrastró consigo a todo hombre en condiciones de pelear y hasta más. Según el tercer censo poblacional (1910) recuperado por el INEGI, la población total de la República mexicana era de 15.160.369, cifra que constatará con lo siguiente: las pérdidas asociadas a la Revolución se estiman en un rango de 1.9 a 3.5 millones de personas (Mc Caa, p.1).
 
De lo anterior se estima que 900 mil fueron hombres, esto nos habla de una clara falta de figuras paternas en los hogares y al mismo tiempo, de parte de los padres, en diversas ocasiones de una múltiple paternidad, siendo quizá el ejemplo por excelencia el revolucionario Doroteo Arango o Pancho Villa, el Centauro del norte, famoso y aclamado por haber sido uno de los máximos dirigentes y caudillos de la revolución mexicana, el cual durante su vida tuvo oficialmente 18 esposas y 22 hijos, aunque diversas fuentes indican cifras mucho más altas. Villa es la personificación de una forma de proceder común entre los hombres de la Revolución, las anécdotas y documentación son abundantes en este tema.
 
Tenemos entonces durante la Revolución una forma similar de hacer la guerra que durante la Conquista, con una purga social, epidemias y violaciones como táctica bélica; sin embargo, existen dos grandes diferencias entre un conflicto y otro. La primera, independientemente de la temporalidad, es que este enfrentamiento se dio entre miembros de un mismo país, el segundo es la duración del mismo; mientras que la guerra de Conquista de la Nueva España fue sorprendentemente corta desde el arribo de las tropas de Cortés hasta la caída de Tenochtitlán (1519−1521), en el caso de la revolución tenemos una temporalidad superior a los 10 años, desde su inicio en 1910, hasta un final debatido cuyas estimaciones más largas postulan al año de 1934 como su verdadero final. El alargamiento de temporalidad se puede traducir en una profundización del trauma social mexicano.
 
Paz y Rulfo convergen en un asunto primordial: la familia mexicana está conformada por una madre violada y un padre ausente, sus hijos debieron crecer llevando en sí el dolor de una y haberse forjado sin el apoyo y reconocimiento del otro, un reconocimiento primordial para la existencia misma. Es debido a esto que los hijos de la Conquista y de la Revolución vagan en un limbo en búsqueda de una identidad que sólo su historia les podrá dar, sin embargo, esta historia está caracterizada por la sangre y el dolor. La madre de Juan Preciado se somete a una relación de poder con Pedro Páramo, el cacique y hombre más poderoso de Comala, es lo que Octavio Paz llamaría “la chingada”; Juan Preciado igualmente va en búsqueda de un padre ausente con el que nunca da, pues este ya está muerto. Juan Preciado es el mexicano, esta es la familia mexicana.
 
El laberinto de la soledad y Pedro Páramo, podría decirse, forman parte de una misma historia: La de México.
*Imagen: Giovanni Battista Bracelli (Italian, active c. 1624/1649), de “Bizzarie di varie Figure”, 1624, etching, Rosenwald Collection. Fuente: The Public Domain Review en https://www.flickr.com.
José Daniel Arias Torres
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