Carta de una feminista añosa a Simone de Beauvoir. Desvelos y revueltas de hoy.

Santiago de Chile, 31 de mayo, 2019 1
Bella Simone, contarte que las cartas me persiguen, me asedian, me desvelan, me demandan su escritura como si esta anacronía fuera lo único posible en estos tiempos. A destiempo, fuera del tiempo, un error. Pero errar es labor metafórica. Imagino cuánto pensarás cuando la recibas vía correo tradicional. No me contestarás, lo sé. No importa. Mi propósito es brindarte un camino sinuoso de ida, una posible comprensión de los sentires y pensares que has provocado en esta indagadora feminista añosa, tercermundista, resistente, más que nunca, a escribir según el mandato de la academia de hoy. Según las disciplinas que habitan la casa del amo, boas constrictoras de la palabra suelta, de la desbocada, de la disparatada. Pero las muchachas de la Colectiva Feminista quieren celebrarte a setenta años de la publicación de El segundo sexo y la escritura epistolar, para celebrarte, es mi encabritada respuesta a su invitación. No, estas muchachas briosas no se hallan a des-tiempo, están montadas en Chronos, cabalgando a galope firme, sudadas, con pecho descubierto, con sus pezones oscuros en ristre, sus cuerpos políticos turgentes, ceñidos, sin escudos. ¡Ay! Te pondrás alegre de ello, lo sé.

 

Bueno, querida mía, esta misiva es la segunda que te dirijo. La primera fue escrita el año 2012 y leída en San Juan, Argentina, para contarte sobre las compañeras mendocinas y su libro compilado por la amada compañera Alejandra Ciriza, en homenaje a tu aniversario: En memoria de Simone de Beauvoir. Herencias, debates, lecturas inesperadas. En ese entonces las cartas no me asediaban, como ahora, pero supe, empapada de ti, que te encantaría saber noticias de escrituras feministas a través de una epístola porque disfrutabas escribirlas y recibirlas. Me gusta esta intimidad de la ausencia, al decir de Patricia Violi. Crear un entorno íntimo entre tu ausencia y yo. Tal vez, ello es una razón poderosa para esta escritura: arrojar el lazo íntimo hacia la otra ausente y expresar los afectos rasposos y benévolos que nos encubren en los vínculos. Narrar(nos) profundas y entrelazarnos en revuelta polifónica. La política feminista de los afectos. Un lugar para indagar, saber, torcer, desajustar el tono de la política tradicional, patriarcal, tan racional, tan mentirosa, calculadora de réditos y reformas embusteras, una que se cuela sibilina en nuestras maneras de hacer política por enceguecidas colonizadas. Sí, bella Simone, la política feminista de los afectos obliga a sondear las zonas más crujientes de nosotras las feministas, nos compele a mirar y revisitar nuestras acciones/reacciones cubiertas por emociones tan silenciadas, nos llama a decir de manera que podamos escucharnos, sentirnos y entendernos benéficas desde nuestras diferencias porque, afortunadamente, no somos iguales. Y aquí me lío a ti, querida Simone, enamorada de tu lema: «pensar la vida», que implica no sólo pensar, ni sólo vivir, sino “pensar la vida” (Memorias, 226). Descubro, entonces, que en él hay una potencia política tremenda hoy, porque implica hacerlo en una intensidad que no puede dejar fuera los afectos y las articulaciones desde nuestras afectaciones múltiples nacidas de las diferencias interminables que cubren nuestras pieles. Pero también pienso, a pesar de que tal vez no te agrade, intervenir este lema para agregar otro verbo poderoso: sentir. Entonces no sólo pensar, ni sólo vivir, ni sólo sentir, sino «pensar/sentir la vida». Me gusta, me enamora y siento profunda, un potencial revoltoso, rebelde en él. Potencial que fractura los modos mercantiles de hoy, las conveniencias, los cálculos, los protagonismos miserables, los rendimientos y su productividad capitalista odiosa, mezquina, racional, avara, fría, cuantificadora.

 

Contarte, bella Simone, que esta misiva me dispuso a leer(me) a través de ti. Ejercicio curioso, extraño, porque favoreció la posibilidad de distanciarme de mí misma para volverme hacia ti−conmigo, apreciar aquello que me obsesionó de tu labor, de tu vida, entre los años 2010−2012 en medio del proyecto Fondecyt que dirigiera Olga Grau, compañera feminista de largo aliento.  Sentir profundo otra vez y recordar ese contexto. Uno ancho que cuajó en las ideaciones de Olga como una fruta madura olorosita y deliciosa para morder, paladear, saborear. Salivaciones interminables porque nuestras papilas gustativas, olfativas nos llevaron por sendas deseantes. Nunca me importó tanto que fuera un proyecto ligado a una institución, tampoco que fuera pagado con una miserable cifra de dinero, como siempre. Importaba porque eras tú, Simone bella, desde tus desvelos vitales y escriturales en estas manos ansiosas. Un goce delicioso, una aventura, un privilegio, sí, privilegiada como feminista que dedicó tiempo a leerte, a sentir contigo en tus derivas múltiples de sentidos; compartir con otrxs estas obsesiones. El libro que nació de esta aventura, Simone de Beauvoir en sus desvelos. Lecturas feministas (2016), fue seleccionado para formar parte de las bibliotecas públicas en esta hilacha−país. Esta noticia te encantaría porque decías que no había mejor regalo para darle a la humanidad que libros (Memorias, 146). Ya ves, se cumplió una vez más tu anhelo.

 

Mi querida Simone, tu lectura resultó un goce completo, una fuga del cotidiano vivir para vivir en tu escritura. Es curioso, cuando pienso que paralelamente, leía con fruición y deleite la poesía de las mujeres mapuche (otra aventura indagativa, vinculada al trabajo con la memoria e imaginación poética en mujeres del Cono Sur). Fluía, de ese modo, híbrido, entre tus disquisiciones como mujer central, blanca, europea burguesa, feminista tardía y las mujeres poetas mapuche devaluadas, marginalizadas y despreciadas por el canon literario hegemónico patriarcal y por esta sociedad excluyente; su perversa matriz colonial. Me movía en aguas tan distintas, a causa de ello podía nadar a mis anchas con placer, con sorpresa y deleite ante los hallazgos que dona la lectura profunda, inquisitiva, sospechosa entre territorios tan distintos. Arribé así a tu escritura autobiográfica y navegaba entre El segundo sexo, algunos escritos filosóficos y el aparato crítico de la teoría feminista. Llegué a pensar en la noción de literatura menor (Deleuze y Guattari, 1978) para designar tu ejercicio escritural autobiográfico a partir de los tres ejes articulados en torno a esa noción 2. Tu obra−acto: “yo misma” en vínculo con el mundo. Ese lazo singular que implica llegar a ser en coexistencia. Esta actitud tuya impregna la escritura de El segundo sexo, implica un plan ético. Involucramiento situado, singularizado, libertario, contenido en el juego vida(s) −escritura(s). En Memorias de una joven formal, leí pleno tu ejercicio escritural obra−acto ligada a la memoria−imaginación; proyecto ético−estético−político. En este sentido te diferenciabas de Sartre porque a él le importaba la belleza a la que no separaba del arte, tú dabas a la vida un valor supremo: “Tengo ganas de escribir; tengo ganas de frases sobre el papel, de cosas de mi vida puestas en frases. Nunca seré escritora por encima de todo, como Sartre” (1961, 30). Prometerte a ti misma escribir tu libro. Transformar tu emoción en acontecimiento. Te prometiste, asimismo, buscar la alegría y obtenerla. Te hallé una sujeto femenina en tránsito en Memorias. Encrucijada que escenificará la vida moldeada como escritura para la libertad. Las palabras atesoradas como personajes te posibilitan nombrar, asediar, acechar el montaje de esa escenificación. Salirse del camino, descalabrar, será el punto de clímax para esa figura narradora que propones en Memorias. El crimen: el desajuste interior/exterior: “entre lo que yo era para mí y lo que era para los demás, no había ninguna relación”, dices. La violencia que conlleva esta constatación. Llego así a las variantes de sujetos femeninos conectados inextricablemente al tránsito experimentado por ti Simone, es la emergencia escritural del escándalo y develará el crimen de constituirte en sujeto femenino anómalo, resistente, subversivo ante la opresión social y cultural sexo−género. Este develamiento de Memorias está en la base de El segundo sexo. Insisto: las escrituras autobiográficas te posibilitaron la llegada al libro teórico sobre las mujeres. Un libro imprescindible para las mujeres feministas de cualquier época y lugar que visto de este modo rompe con la enojosa dicotomía que padecemos, el permanente desencuentro entre activismo y elaboración teórica feminista. Las variantes femeninas: cubren las figuras dibujadas a mano alzada, siluetas seductoras, fascinantes, perturbadoras en sus contornos y cuerpos, en sus anomalías; las próximas amadas, las que sostuvieron el paso de los afectos, las imprescindibles para continuar en la vida; las figuras femeninas de ficción, las que provocaron pensarte a ti misma desde la invención; las filósofas, esas mujeres que no serían las compañeras de profesión.

 

Otra hebra que me toma resulta de la conexión entre vida y muerte. Ese lugar doloroso del deterioro corporal y la vulnerabilidad de la experiencia vital. Deseabas escribirlo todo aun lo más ardoroso de nuestras experiencias. Me nombro intérprete curiosa y escucho ese tono, huelo tu asedio a la carne y al hueso vivos que implican, asimismo, un asedio a la carne y el hueso muertos o en tránsito de tal condición. El cuerpo femenino que emergerá en todos tus escritos para descentrar esa materialidad e interrogarla de manera cruda y profunda. En El segundo sexo, el acápite de “La experiencia vivida” resulta central para pensar los feminismos de ayer y de hoy: “la angustia de ser mujer, en gran parte es lo que roe el cuerpo femenino”, nos dices. El cuerpo enfermo, ese signo, que sitúa al cuerpo en la trama con lo social, lo biológico y lo tecnológico. Otra vez, no sólo pensar, ni sólo vivir, sino pensar la vida. Devenir entre zonas límites, bordes sinuosos de la vida−muerte. Zaza, tu amiga preciosa de infancia y adolescencia, enferma y muere a causa de su medio, su madre y la sociedad burguesa opresora, controladora, normativa. La muerte de Francoise, tu madre. Su vejez, las enfermedades, la caída que la lleva a la muerte. La boca, esa cavidad carnosa, blanda y dura, será la metáfora para decir que tú estabas en su lugar moribundo. Tu propio cuerpo enfermo. Primero, a causa de la incomodidad (¿violencia?) que te causaba el trío amoroso formado por Olga Kosakievich, Sartre y tú.  Contraes una infección que pudo no detenerse, los antibióticos no existían. Pudiste morir, pero por azar, te recuperaste. El segundo episodio fue provocado por la muerte de Sartre. Te asfixias, no logras respirar, tus pulmones colapsan y sufres de amnesia. Una congestión pulmonar te impide estar presente en el entierro de Sartre.
Un tercer desvarío de lectura se trama con el deseo permanente de indagar en aquellas zonas lábiles, frágiles, inestables de la vida y sus sinuosidades. Aparece como obsesión al leerte, Simone, esa persecución de lo vulnerable en tus escritos. Tal vez es mi propia labilidad como humana fracturada por feminista, por mi origen de clase proletaria, por mi resistencia ante cualquier autoridad o institución, por mi sospecha radical, inclusive de mí misma. Pongo mis sentidos en esas frotaciones incómodas que surgen desde un capítulo de  El segundo sexo y las escrituras autobiográficas. Me quedo entonces en “De la madurez a la vejez” como una zona seductora, provocadora para esta sujeto feminista añosa que te lee obsesionada. La vejez, esa zona cultural y biológica no nombrada, escamoteada, silenciada, reprimida, ocultada aparece en todo su esplendor como curva peligrosa. Tú “quebrando la conspiración del silencio”. Tú, maravillosa en usar enunciados breves y descarnados para nombrar lo innombrado. Despellejar, descuerar, desollar. Y escandalizar. En amarte así de ese modo. Cómo nos hace bien levantarnos desde allí para el activismo y la resistencia feminista hoy. Tu asedio a este «pasaje» hacia la vejez en las mujeres escenifica un escenario perturbador. No te refieres a las singularidades de las mujeres para señalar tus disquisiciones, de lo contrario un panorama más complejo habría asomado en tu escritura. El envejecimiento de las mujeres pobres o negras o indígenas o tercermundistas o lesbianas no aparece dibujado por tu mano escrutadora. Me conmueve darme cuenta, Simone, tan claramente, que esta entrada pulsaba en ese momento en mí como mujer madura entrando a la vejez. No sé qué escribiría hoy que me siento habitante inquieta, ansiosa de este lugar arduo, en este devenir mujer vieja, separada a mis sesenta, pensionada con jubilación de miseria, sostenida materialmente por mi Nicolás y Valentina ―mis hijxs―, sola, asustada, tierna. Me conmuevo, Simone, cuando al leer lo que escribí me llega de un modo que escuece mi piel. Pienso en la transformación otra vez. Esta noción cubre tu escritura completa. No sólo porque trabajas territorios en los que las mujeres navegamos incansables, sino porque tu tono, tu estilo, quiere detonar en nosotras esos movimientos internos que necesitamos tanto mirar de manera profunda. No siempre lo logramos. Estamos acostumbradas a mirar y pensar desde el exterior, compelidas por el trabajo urgente del activismo o del pensamiento y la creación para no quedarnos fuera de este ritmo vertiginoso y cruento de los tiempos tardocapitalistas, extractivistas, expoliadores de lo humano en su más ancha dimensión. Tú me provocas ahora Simone, para pensar desde este espacio que abres, la vejez de las mujeres, en la política feminista de los afectos. Cómo nos urge quitar los velos a nuestros afectos entre nosotras y dar lugar así a los (des)encuentros entre las diferentes que somos. Pienso en la emergencia del movimiento feminista de mayo 2018 y las posibles coexistencias entre estas mujeres, las «nuevecitas» como me gusta llamarlas, y las mujeres viejas, las de edad. Pareciera que no hay puentes posibles, las bisagras se han oxidado, crujen ruidosas. Hay un abismo que se abre entre nosotras que está teñido, además por los múltiples factores sociales, tecnológicos y culturales que nos constriñen hoy, un sensorium, para usar la palabra benjaminiana, que nos separa en lugar de reunirnos. Me he preguntado con inquietud este último tiempo: “¿dónde están las mujeres feministas viejas?” Cuando he manifestado esta interrogante a las feministas que están en sus treinta y cuarenta, me han respondido de modo variado: en sus casas cuidando nietxs, tejiendo calcetines para sus nietxs, dedicadas al jardín o dedicadas a las instituciones, trabajando sin ganas de jubilarse aún, temerosas de perder su lugar precario. En medio de todo esto, pienso que no es fácil imaginar nuestros posibles (des)encuentros y coexistencias porque están cruzadas por los sentimientos de amenaza, pavor, miedo a perder protagonismo y vigencia por parte de las mayores; y las jóvenes están tan demandadas por el presente de hoy y sus urgencias políticas feministas que no tienen ganas ni energías de dedicarse a esta labor de inventar e imaginar coexistencias en las diferencias etarias. Pienso en la compañera Beatriz Batszew, de la colectiva “Mujeres sobrevivientes siempre resistentes”, quien, en un encuentro en la ex Clínica Santa Lucía, sitio de desaparición y tortura durante la dictadura, señaló que su colectiva está formada en su mayoría por mujeres jóvenes. Habría que indagar en esa coexistencia entre estas mujeres de edad que portan la memoria como experiencia directa de la dictadura y las jóvenes quienes se abren a la labor memoriosa desde sus lecturas, desde su senti−pensar la historia de Chile y sus opresiones genocidas hacia las mujeres. Sé que ese territorio está lleno de fricciones entre viejas y jóvenes. De algún modo, Simone, tú que no te mides ni escatimas en tus abordajes de zonas difíciles y nos regalas tu arrojo, nos iluminas en estos «pasajes» de crisis epocales, porque este movimiento feminista de mayo 2018 es una época de incertidumbres varias, en medio de un tardo−capitalismo despiadado que parece muy triunfal y ante el cual resistimos desde disímiles frentes inquietos. Desollar, descuerar, despellejar. Ese atrevimiento descarnado para nombrar lo que nos acontece, lo que nos aflige, nos ofrece una revuelta y nos desvela feministamente hoy.

 

Una cuarta hebra me toma. Y entonces, la infancia, Simone, ―esa zona dibujada por tu mano a partir de tus experiencias de niña burguesa, amada, cuidada y protegida, afortunadamente, por mujeres adultas― me cautiva nuevamente como un sitio posible de indagar porque resulta quemante para nosotras. Para todas. Sobre todo, en este continente nuestro que parece ser tan despiadado por abundar en abandonos, abusos, malos tratos, explotación y castigos de diversa índole sobre las infancias de niñxs. Sí, tú nos iluminas esta zona desde ese lugar moderno, europeo y burgués. Desde allí señalas la radical importancia que tiene esta etapa en las vidas de adultas. Fuiste afortunada, sin duda, en imaginar a la niña Simone libertaria en sus pataletas resistentes a la vigilancia y opresión de adultxs; descubridora de las sensaciones y percepciones más gozosas desde la boca y la mirada; niña con sensación de poderío que se sabía más inteligente y capaz que los niños que la rodeaban; capaz de oler y amar a mujeres−niñas para ensanchar el mundo posible; capaz de lecturas y escrituras precoces que nutrirían para siempre el deseo de regalar libros a la humanidad. Este dibujo que armas es un mapa sobre el cual podríamos intentar dibujar otras tantas infancias desde el continente nuestro−americano y el mosaico, entonces, sangraría y gemiría de disímiles maneras. No obstante, en un aspecto estoy de acuerdo contigo: “nunca nada anula nuestra infancia”.

 

Un último cauce. Era necesario, Simone querida, terminar este asedio a tu creación, con un dúo escritural de mujeres tan diferentes. Tú y Violette Leduc se convirtieron en un acicate precioso para escribir sobre la lectura y la escritura autobiográfica. Cómo no hacerlo si la trama entre imaginación y vida vivida nos asalta a las mujeres feministas, las que indagamos, además, en nuestra constitución de sujetos, ese periplo interminable para todas. Sí, Simone, resultas exasperante en la descripción que haces de Violette, en hacer resaltar la diferencia que porta como mujer totalmente sola, lesbiana fea, alcohólica, que sufre desvaríos constantes, a quien le tienes lástima. Y tú, Simone, te levantas frente a Violette como aquella que escribe desde una especie de torre de marfil (aunque fuera sólo el Café del Flore), no eras «totalmente» sola (aunque nunca compartieras habitación con nadie), no te asumías como lesbiana (a pesar de tener amores con mujeres, a pesar de haber terminado la vida junto a la Sylvie Le Bon), tú no sufrías de desvaríos evidentes (a pesar de haber llegado a la escritura porque la diferencia entre lo que experimentabas sobre ti misma era absolutamente diferente a lo que los demás veían y esperaban de ti, una esquizofrenia). Además, parece que, de modo petulante, tuvieras privilegios en esto de llevar la vida y sus sinuosidades. Sí, en este ejercicio comparativo de dos voces escriturales, Violette era marginal, rara, deslenguada y tú parecías central, normal, mesurada. Tal vez por esa misma razón la escritura de Violette tiene ese estilo maravilloso, quemante, hiriente, poético, arrojado. El tuyo, por central, por burgués, es un estilo más limpio, pulcro, coherente, cuidadoso de desbordes barrocos. Tal vez sólo me queda la amarga sensación en la boca de sentir que las diferencias diferentes resultan quemantes entre nosotras porque levantan jerarquías patriarcales odiosas y entonces no basta sólo acogernos compasivamente para llevar a cabo nuestros proyectos de creación, también resulta urgente y necesario imaginar formas próximas a las políticas feministas de los afectos. Descalabrar los modos de relación que delimiten tan pulcramente las diferencias, eso es. Me gusta imaginar que este modo puede ofrecernos terrenos fértiles para construir vidas y praxis que nos salven de caer una y otra vez, entre nosotras, en vínculos colonizados por las lógicas patriarcales, mercantiles, productivistas, cercenadoras de lo posiblemente humano.

 

Hasta una próxima carta, bella Simone.

 

Te abrazo profunda y querendona,
G

Notas:

  1. Escrito presentado en el Coloquio «A 70 años de El Segundo Sexo de Simone de Beauvoir: Vigencias y desvelos», organizado por la Colectiva feminista Grupo de Estudios de Filosofía Feminista, de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile. El encuentro se llevó a cabo el 31 de mayo del año 2019.
  2. Tu ejercicio de descentramiento de la lengua, la posible (im)posibilidad de escribir para las mujeres a partir de su propia y singular situación; en tu escritura autobiográfica todo deviene político, zona genealógica que incuba transformaciones ético−estético−políticas; todo adquiere valor colectivo, las políticas de la localización y singularidades múltiples implicadas en la construcción de lo femenino en disputa inserto en lo social, lo cultural y lo económico.
Gilda Luongo
gildaluongo@gmail.com