Daniela Catrileo: “Es necesario sacar el blanqueamiento que existe en el feminismo hegemónico”

Escritora fundamental para el pensamiento mapuche contemporáneo, wirife, poeta, profesora de filosofía, recorrimos la Waria Literaria Under de Santiago, sus rincones y manadas, para luego viajar hasta San Bernardo, recuperamos uno que otro libro de su memoria, porque sabemos que venir del mundo popular y ser poblache es sinónimo de crecer sin libros, pero siempre hay una persona o influencia que nos aproxima a viajar en ellos.
 
Daniela Katrülewfü es también militante del colectivo mapuche feminista rangiñtulewfü, un espacio que busca poner en tensión diferentes dimensiones de la hegemonía actual, para incidir desde una perspectiva feminista crítica a los blanqueamientos y liberalismos predominantes de esta época. La ñaña hizo un emplazamiento público a profundizar la educación sexual de nuestra sociedad, descolonizar nuestros cuerpos y a quebrar tabúes, ya que la ignorancia es el principal aliado del colonialismo, el patriarcado y el mercado.
 
Colocamos un poco de Jimmy Hendrix de fondo y la lamngen comenzó a disparar parte del arsenal literario que se encuentra en su último libro Guerra Florida / Rayülechi Malon.
La Waria Under
 
WG: ¿Cómo se desarrollo ese camino poético, desde San Bernardo, pasando por el Santiago under? Porque en definitiva eres una poeta de nuestro pueblo.
 
DC: Me paro desde ahí, desde el lugar donde nací, donde crecí con quienes compartí, mis comunidades diaspóricas de acá. Eso tiene que ver con San Bernardo con el mundo contracultural de allá, con su mundo más punk y hardcore y eso fue circulando hasta que me vine a estudiar a Santiago.
 
WG: Bueno en ese tiempo Santiago todavía no se juntaba con San Bernardo, todavía era una Provincia…(risas)
 
DC: Todavía no, aún no llega el metro, todavía sigue siendo provincia. Bueno pero está el tren, eso hace más bonito todo.
 
WG: Es el tren al sur. El Willimapu de la Waria (risas). Cuando llegaste a Santiago a estudiar ¿cómo fueron esos primeros años?
 
DC: El 2007 me vine a la Arcis a estudiar y al año siguiente a vivir a Santiago. Hasta la fecha ya llevo como 15 rukas habitadas, pero en ese tiempo llegué a una pieza a Plaza Brasil y ahí circulé harto por Barrio Yungay, entonces me metí a la Arcis, estudié allí, conocí al grupo de escritores y poetas más jóvenes en Santiago. Caché lo que era el Centro Cultural Manuel Rojas y ahí en un par de años más entré en la Fundación Neruda, conocí a todo el mundo del Jet Set poético, que pareciera que fuera importante en este mundo tan chiquitito, pero la gente no cacha nada de eso. En fin, de ahí conservo grandes amigas y amigos, y en realidad son mi otra comunidad, mi comunidad poética y además está mi comunidad mapuche.
 
WG: Otra influencia importante a develar es la de las poetas de los ochenta, Soledad Fariña, Carmen Berenguer, Malú Urriola… también bebes de esa tradición.
 
DC: Sí, cuando estaba en San Bernardo todavía, el problema era el poco acceso a los libros. Empecé a escribir por pulsión y es porque una era pobre no más y lo único que tenías a mano era papel y lápiz, era lo más fácil que te salía si eras creativo o creativa. De ahí empecé a recuperar hartos libros de donde podía. Uno de los libros que recuperé fue el de crítica literaria feminista que era de Eliana Ortega, no recuerdo bien el nombre creo que era Lo que se hereda no se hurta, y ese libro estaba en la biblioteca de San Bernardo, perdón biblioteca, lo devolveré (risas).
 
Tenía ese de cabecera, tenía uno de Pablo de Rokha, y varios otros por ahí, pero ese libro me sirvió para conocer quién era Soledad Fariña, Carmen Berenguer, Malú Urriola, Nadia Prado. Empecé a sentir una especie de conexión con esas escrituras que no eran las mismas que con las que me había criado. Me crié harto con «Los Poetas Malditos», con Pablo de Rokha que fue mi favorito en una época, pero luego conocí estas escrituras que me hicieron resonancia de otra manera y quizás esa resonancia como leer Simples Placeres o Carnal de la Nadia Prado, era muy punky o Hija de Perra de la Malú Urriola, era punk pero a la vez desde una perspectiva de mujer distinta, en la calle, periférica.
El Tuwün Literario
 
WG: Desde el mundo popular, periférico, poblacional del que venimos, el acceso a bibliotecas es difícil, los libros son caros, ¿cómo llegaste a la lectura? ¿hubo alguien que te haya motivado?
 
DC: Sí, tuve algunos salvavidas por ahí. El primero fue que entré de chica a un taller literario, buscando desde la pulsión, en el colegio de monjas donde estuve en la básica, había un profesor muy hippie que se llama Ricardo Herrera, el tenía un taller literario que le hacía a los octavos y yo iba en quinto básico y me metí igual, y empecé a escribir. Ya escribía en mis diarios de vida, porque a las mujeres siempre nos han regalado diarios de vida desde que somos muy niñas…
 
 
WG: ¿Pascualinas?
 
DC: Antes de eso, de esas con candadito y todo, era el típico regalo de cumpleaños. Las mujeres recibíamos diarios de vida y eso nos impulsaba a escribir. Bueno, en ese taller aprendí algo, que es el hecho de poder leerle a otro u a otra lo que uno hace, no solamente guardarlo en la intimidad.
 
Ese fue el primer camino, el segundo fue los libros que leía mi tía Norma Catrileo, hermana de mi papá, que leía mucho a Pedro Lemebel, y por ahí también ella me prestaba algunas cosas, entonces mi camino fue por ahí moldeándose. Lo tercero sería la Encarta, que viene a ser la gran revolución en la casa, cuando llega la Encarta, fue mi primera revolución, el primer computador de la casa, uno viejito que lo había armado un tío. Era como el Wikipedia de hoy, podías viajar por todos lados y ñoñamente me encantaba la filosofía y te lo digo, no es que tuviera grandes referentes sino que me fue llegando no más y ahí me metí en la Filosofía y en la Literatura y aprendí un montón de cosas sola, autodidacta con la Encarta, ese fue el camino.
 
WG: También hay un mundo poético que es mapuche que también viene desde la mujer, Ivonne Coñuecar, Roxana Miranda Rupailaf ¿cómo se da tu conexión con esa poesía?
 
DC: Cuando comencé a indagar en esa búsqueda que viniera desde el mismo pueblo mapuche, ahí empecé a buscar qué era con lo que me sentía conectada, porque obviamente me gustaban muchas cosas, pero no siempre tenían resonancia con mi propia vida o mi subjetividad, y desde ahí obviamente con las lecturas de la Roxana que fueron muy tempranamente y desde el mundo poético más que desde el mundo mapuche. Bueno, yo viví mucho tiempo con una amiga de la Roxana que es Marcela Saldaño, viví hartos años con ella y me mostró quien era Roxana Miranda Rupailaf, me prestó sus libros, la leí harto rato, me parecía interesante lo que hacía la lamngen, y con la Ivonne Coñoecar también por el mismo periodo más o menos, entonces sentía que eso era mucho más parecido a lo que yo podía escribir a lo que estaba pensando y que también se conectaba un montón con estas poetas de los ochenta de las que hablamos antes.
Katrü Lewfü
 
WG: Lamngen, el tema o vínculo con lo mapuche, sabemos que no todos nacimos reconociéndonos como mapuche, en algún momento a algunos nos cayó el kultrung, el famoso kultrunazo, ¿siempre supiste que eras mapuche lamngen?
 
DC: Siempre supe que era mapuche, pero enterarme que era indígena fue distinto. Para mí ser mapuche era ir en los veranos a la comunidad, partíamos al sur cuando había plata, porque no siempre había plata para viajar todos para el sur; íbamos a la comunidad de mi abuelito.
 
Supe que era indígena cuando nos empezaron a posicionar en la beca indígena, cuando éramos niñas. Nunca me gané la beca indígena, pero mi mejor amiga sí y habíamos un grupo de lamngen que estábamos en la básica en el colegio de monjas. Era un grupo de 10 más o menos que nos sacaban para todos lados y al principio no sabíamos por qué nos sacaban y luego ahí cachamos que nos sacaban justo para los actos del “día de la raza” o nos sacaban para ciertos actos en especial, y después nos empezaron a sacar para la beca indígena y ahí cachamos que éramos “indígenas”.
 
WG: ¿Cómo era eso del día de la raza, las “vestían de mapuche”, cosas así?
 
DC: Nos sacaban a los actos a leer poemas, a recibir a la gente, para llevar comida mapuche. Entonces me acuerdo que mi tía hacía porotos con mote para que llevara para el colegio. Era súper freaky, porque una sabía que era mapuche, pero no sabías que te tenías que enfrentar a esta circunstancia de que eras distinto, o distinta con otros compañeros.
 
Además en donde crecí, que son los blocks de San Bernardo donde me crié, en general esa población se construyó a partir de la llegada desde el Zanjón de la Aguada. Los campamentos que fueron desplazados en dictadura terminan siendo casas en San Bernardo y las nuevas generaciones terminaron viviendo en esos blocks. Entonces la mayoría de los que venían del Zanjón eran mapuche, obviamente se iba a dar que en el colegio fuéramos mayoritariamente mapuche.
Rangiñtulewfü: Mapuche Feminismo
 
WG: Militas en el colectivo mapuche feminista Rangiñtulewfü, ¿cómo nace este espacio? ¿con qué inquietudes?
 
DC: Para quienes no sepan, Rangiñtulewfü significa en mapudungún: entre ríos, o este espacio de confluencia de aguas y parte con la inquietud de pensar un mapuche feminismo o pensar la posibilidad feminista dentro del proyecto político del pueblo mapuche. Y esto nace a través de diferentes inquietudes que teníamos un grupo de lamgnen, que además de participar del pueblo mapuche activando desde ahí, participamos de espacios de disidencia sexual y también desde grupos feministas. Ahí nos articulamos Doris Quiñimir, Ange Valderrama Cayuman, Daniela Millaleo y yo, problematizando por ejemplo cómo eran esos espacios feministas dentro de la universidad, dentro de la disidencia sexual o también dentro de algunas secretarías de género. Yo llevaba mucho rato activando esos espacios desde la universidad, desde el 2013 y 2014 hacia delante y, a pesar de que me consideraba feminista, estuve en hartos seminarios también, con la Alejandra Castillo moviendo espacios, articulando desde otras voces… sentía que algo faltaba, yo tampoco militaba en ningún piño político, como lo hacían la mayoría de mis amigas que estaban en ese lugar, no vamos a decir esos piños pero más o menos sabemos qué espacios políticos se articulan desde la universidad.
 
Me faltaba algo que excediera, que rebosara esos espacios, desde una política mucho más plural, mucho más múltiple, que también se pudiera trenzar y ejecutar desde otros pensamientos. Por ahí parte la idea de poder sacar el blanqueamiento que teníamos desde el feminismo, la mayoría de las lecturas que habían o los panfletos que se repetían, porque en el feminismo también es así, no todo es una lectura crítica, sino que muchas veces se repiten ciertos panfletos. Eran muy eurocentristas o venían desde el norte global.
 
En eso conocí a la Angelito (Ange Valderrama Cayuman), ahí empezamos a tramar cosas, a tramar algunas alianzas, sobre todo con la seguidilla que tenía la Ange, porque también estudiaba a las poetas mapuche, empezamos a hacernos amigas. Comenzamos un espacio, un trawün de diálogo, un nütramkam, ver en qué estábamos, en dónde nos movíamos y comenzar a hablar de otras perspectivas, no solamente desde un lugar donde se esboza al patriarcado como lugar universal, sino que también hablar que hay colonialismo, hay extractivismo, hay racismo y esas temáticas no se estaban tocando en los espacios universitarios.
 
WG: Este es un tema que toca mucho a la izquierda chilena, al menos en el sector marxista, ocurre lo mismo también, una izquierda bastante blanqueada, muy occidental, no leyendo las prefiguraciones políticas que emanan desde los propios pueblos.
 
DC: Incluso desde el marxismo, las epistemologías indígenas que hay en los pueblos de lo que hoy conocemos como América Latina, muchas veces hay un eco marxista en otras epistemologías de acá, pero transformadas. Sin embargo, esas transformaciones muchas veces no son leídas, se toman proyectos políticos muy desde afuera, muy distinto a lo que podemos ser nosotros con articulaciones internas y esa es la problemática, no solo en la izquierda sino que en el feminismo donde pasa exactamente igual, sobre todo en los espacios universitarios que no dejan de ser privilegiados.
Rayülechi Malon / Guerra Florida
 
WG: Parte de esta reflexión también está en tu trabajo poético y en Guerra Florida, o Rayulechi Malon, tu más reciente libro de poesía bilingüe que está íntegramente traducido al mapudungún por Arturo Ahumada, lo que se vuelve una tarea de artesano, pensar palabra por palabra, incluso a veces creando palabras nuevas, son versos distintos ¿no? Parten de tu inspiración pero se vuelven una segunda lengua.
 
DC: Considero a Arturo como el segundo creador de este libro porque en realidad para mí a pesar de que yo sea la escritora, quien traduce para mí es también otro escritor, al mismo tiempo está pensando mi escritura y al mismo tiempo él está escribiendo algo, eso para mí es una tarea muy valorable y muy significativa desde el mapudungún sobre todo y con palabras a veces tan complejas.
 
WG: La dedicatoria de este libro es muy especial “A cada ñaña con corazón de weichafe”, ¿podrías contarnos un poco de qué se trata este poemario?
 
DC: Sí, en versión spoiler (risas), o de adelanto, o reseña. Guerra Florida es un libro que comencé a escribir el 2011, entonces tiene una poética bien bélica que es lo que vivimos el 2011 en las calles igual, cuando pensamos que todo se podía hasta que murió Felipe Camiroaga (risas).
 
WG: ¡Estábamos tan cerca de la revolución!
 
DC: Sí, fue un momento lindo, pero bueno, empecé a escribirlo desde ahí, entonces muchos de los poemas que están al final de Guerra Florida son parte de ese principio, de ese origen escritural. Lo terminé de escribir el 2018, el verano del año pasado, que es el momento en que Arturo comienza a traducirlo. Es un libro bien extraño, en el sentido del lenguaje, porque está trabajado desde el barroco un poco, con muchas imágenes. Es un libro sobrecargado de imágenes y ahí me voy a la teoría un poco que tenía al escribir esto, justo estaba leyendo a Serge Gruzinski, sobre la colonización de las imágenes y como su versión de la colonización en América Latina había sido algo así como una colonización a través de las imágenes y que eso perduraba hasta lo que hoy es Televisa, ese ícono se vuelve imagen y a la vez se vuelve ídolo. Entonces a través de esa teoría comencé a escribir este libro, por eso tiene una perspectiva de las imágenes abarrotadas y cinematográfica.
 
Además tiene una historia, que está contada en cuatro capítulos poéticos y es de dos ñañas que se enamoran y que van a la weichan, van a la guerra, van a la guerra enamoradas, pero contra los colonos que son hombres. Entonces es un grupo de mujeres que pelean contra los colonos varones. Es muy atemporal el libro, empieza en un periodo similar a la colonización y termina acá en 10 de Julio, en la contemporaneidad.
 
WG: Entonces la dedicatoria, agarra mucha potencia a partir de esto.
 
DC: Cambiando los imaginarios también porque una de las grandes peleas desde el colectivo Rangiñtulewfü, con la poesía, con el debate, con el activismos, es que ese imaginario de la figura del weichafe, hombre, musculoso y todo, baje también a la tierra, y sepamos que las ñañas siempre han estado defendiendo sus tierras, siempre en pie de lucha desde sus comunidades, ahora con la protección de las aguas y las semillas, son ñañas que deberían estar en un libro y que su guerra también es nuestra.
Descolonizar El Ano
 
WG: Estuvimos investigando y nos enteramos que trabajaste en un sexshop, en Japi Jane ¿qué tal fue esa experiencia?
 
DC: Antes de darle publicidad fácil, voy a contar por qué empecé a trabajar ahí y es principalmente por el imaginario poético. Las ganas de entrar un poco en la turbiedad, ver que se podía hablar desde ahí sobre el sexo, ahí Henry Miller, Anaïs Nin, toda esa herencia literaria y de ganas de buscar otras narrativas y poéticas en la gente que iba a un sexshop.
 
Finalmente terminé trabajando en algo que no era tan poético como imaginaba, sino que en un lugar mucho más parecido a una boutique, muy higiénico y se transformó en un espacio laboral para mí durante dos años, donde conocí mujeres increíbles que son mis amigas hasta el día de hoy, pero donde obviamente no deja de estar fuera la explotación laboral y también el feminismo hegemónico. Ese feminismo muy liberal y gringo, que obviamente se escuda detrás de la sexualidad, para vender una necesidad que no siempre es algo fundamental ni urgente.
 
La sexualidad desde la autonomía de nuestros pueblos debiese ser para todos algo con el que luchar por nuestras propias corporalidades y libertades. Necesitamos educación sexual, no racista ni sexista y que eso ojalá fuera fundamental en la educación que recibimos. Debido a la deplorable educación que tenemos es que existen lugares para enriquecerse a partir de la ignorancia en la sexualidad.
 
Mi experiencia al principio fue buena, pero empecé a tener varios choques. De hecho escribí un artículo que se llama “Neoliberalismo Rosa”, y que tiene que ver con el choque que tiene uno con los ideales de emancipación, o de rebeldía con los cuerpos y lo que significa estar dentro de una empresa. Porque si una mujer de este territorio hubiese creado algo así, en los mismos tiempos que lo hizo Jane, no hubiese sido tomada en cuenta de la misma forma que una gringa que viene desde afuera con todas las posibilidades de hacerlo.
 
Entonces mi crítica viene por ahí también, agradecer el espacio y la experiencia pero tener ojo con lo que nos están vendiendo y en qué se termina transformando esta supuesta emancipación liberal de las mujeres.
 
WG: Imaginamos que pasan muchas historias y queríamos saber, ¿qué relatos son los que más rescatas a modo de sociología del sexshop?
 
DC: Se aprende un montón de la gente y de la ignorancia de las personas, por eso creo que la educación sexual es tan importante. Uno de los problemas por ejemplo es que muchas mujeres no saben dónde está su clítoris, muchas mujeres no han tenido un orgasmo, muchas no saben cómo usar la copa menstrual, o para qué son los vibradores, al confundir la palabra “consolador” con vibrador por ejemplo, o con dildo.
 
También la visión masculina y machista que existe de los juegos sexuales y de los juguetes sexuales en sí, como pensar que algo grande es necesariamente mejor o no saber en realidad en qué partes estimular, y las trancas y rollos masculinos con su cuerpo, como no saber que en el ano hay puntos específicos para poder trabajar y estimular y tener un orgasmo mucho más profundo, por no atreverse a tocar zonas erógenas que siempre han estado rodeadas de un tabú, ¿conocen su perineo chiquilles?
 
WG: Qué onda el weichafismo con eso (risas). Además lo indígena en torno a lo sexual siempre es ridiculizado dejándolo cosificado o exotizado, ¿Qué rollo vez entre lo llamado indio y la sexualidad en América Latina?
 
DC: Debo decir que tuve clases con André Menard, entonces aprendí de juguetes sexuales indígenas. Hay algunos artículos muy interesantes de él, yo tomé clases de Arte Americano y dentro del curso había una sección de pornografía y sexualidad. Tienen que leerlo y verlo, habían juguetes que se hacían con pieles de caballo, habían juguetes muy fálicos también. Había una sexualidad que esta colonización y evangelización nos quitó.
 
WG: Entonces hay que recuperar ese kimün, hay que volver a las tradiciones (risas). ¿Algún recomendado entonces para pasar el frío invierno?
 
DC: Bueno, los hombres que descubran su perineo, que dejen los tabúes con sus anos, que descolonicen el ano. Y nosotras que también nos demos cariño autónomamente, por ahí si no nos conocemos nosotras y nuestros cuerpos, nuestra propia sexualidad, es muy difícil que otre pueda darnos lo que necesitamos.
Fotografía del sitio Escritores Indígenas
Wallmapugrama
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