Tiempos de transparencia: Comentario a «Figuras de la violencia. Ensayos sobre narrativa, política y música popular» de Idelber Avelar.

 
Figuras de la violencia. Ensayos sobre narrativa, política y música popular (2016) del ensayista brasileño Idelber Avelar, publicado por Ediciones Palinodia, se inscribe —al igual que su anterior libro, titulado en traducción Alegorías de la derrota. La ficción postdictatorial y el trabajo del duelo (1999)— en la estela de la crítica cultural contra las dictaduras en el Cono Sur. En la «escena» constituida por el programa que dirigieron Nelly Richard, Willy Thayer y Carlos Pérez Villalobos a fines de los años noventa en la Universidad ARCIS, el primer libro de Avelar circuló en una versión manuscrita que muchxs de lxs que asistíamos a un seminario del Diplomado en Crítica Cultural, en el que se desarrollaría la protohistoria de los temas sobre memoria y postdictadura, devoramos como si fuésemos antropófagos capturados en el carnívoro placer de la lectura. Un manjar que se había gestado en uno de los centros más importantes de producción de los saberes y de la(s) teoría(s) de los estudios latinoamericanos. Alegorías de la derrota revolucionó las formas de la crítica y las formas complejas de pensar la política justo en su momento de declive postpolítico.
 
En su traducción al castellano, emulando el popular título Alegorías de la lectura: lenguaje figurado en Rousseau, Nietzsche, Rilke y Proust de Paul de Man, Avelar recompuso las alegorías de la derrota, las politizó desde la crítica cultural transformando los modos de la lectura y los modos del quehacer de la teoría. En una escena chilena asfixiada por los lenguajes de la filosofía institucionalizada y, sobre todo, en una escena intelectual tomada por las lenguas de la transitología con las que desde el discurso de las ciencias sociales pactaba la más larga de las transiciones a la democracia, lo cierto es que el libro de Avelar se hizo muy querido para muchxs de nosotrxs. Alegorías de la derrota alimentó la pasión por los archivos latinoamericanos y animó la “agudeza de ingenio” como compromiso con las posibilidades y la potencia inventiva de la teoría. Se trataba de una nueva pasión por el espacio de composición crítico-cultural de lo latinoamericano. La relación entre pensamiento y crítica literaria aparecieron como un arma capaz de desatar los demiurgos de un lenguaje que se oponía a las retóricas normalizadoras de lo que —en un contexto no tan distinto al sembrado por las dictaduras conosureñas— Hannah Arendt llamó “tiempos de oscuridad”. El libro de Avelar recorría, dibujando críticamente, los debates sobre la cultura autoritaria y la crítica a las políticas del duelo de los Estados del neoliberalismo avanzado. El recorrido postestimonial por las experiencias literarias de las dictaduras del Cono Sur estaba acompañado de la más poderosa lectura de Walter Benjamin, en tiempos en que Benjamin no era el componente del fetichismo académico de los estudios culturales o del repliegue «filosofante» en la parálisis de las filosofías académicas del paper indexado. Lo mismo ocurrió con la lectura que Avelar desarrolló tempranamente sobre Espectros de Marx: el Estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva Internacional (1991) de Jacques Derrida. En su lectura, el joven Avelar hacía temblar el academicismo de la deconstrucción á la americana, es decir, de la deconstrucción girando los saberes periféricos a su invisibilidad y ubicando la deconstrucción no solo en la parálisis de su más íntima relación con la justicia, sino también en manos de la buena conciencia moral, del enjoyment escolástico por el comercio académico de las tragedias políticas del Tercer Mundo. En la lectura de Avelar, el goce y el asentamiento en la lágrima cosificada del mercado universitario norteamericano están desplazados, deconstruidos en nombre de la justicia por venir.
 
Avelar no leyó los tiempos de oscuridad desde el canon autorizado de la literatura latinoamericana, sino que más bien, leyó la tragedia política de la izquierda literaria des-canonizando lugares institucionalizados desde una escritura deconstructiva y seminal. La crítica deconstructiva de Avelar se posicionaba políticamente desde la resistencia a la racionalidad violenta e irreflexiva del tránsito del Estado-nacional a las perversiones de un “nuevo estado de cosas” dominado de cabo a rabo por la violencia transnacionalizada del mercado neoliberal. Su libro, Alegorías de la derrota, aún acosa la cabeza de muchos, despierta pasiones encontradas, desdibuja las letras de otros libros que corrieron la buena o mala suerte de desaparecer, “como lágrimas en la lluvia”,  sin la dimensión exitosa que tuvo la interpretación del libro de Avelar. Libros inscritos en eso que hoy de manera sentida algunos han comenzado a llamar el fin del “campo de los estudios latinoamericanos” no tuvieron la buena o mala suerte de ser leídos en el seno de esa pequeña escuela de teoría crítica que fue la Universidad ARCIS1.
 
¿Por qué recordar el primer libro de Avelar si estamos presentando hoy su nuevo libro? Porque en el festejo académico o en la fama efímera del comercio de los libros el olvido, justa o injustamente, es el barbecho en el que la lectura se abisma —o no— en la densidad de una experiencia de vida. Como lector del libro del joven Avelar, mi propia relación biográfica con el Diplomado de Critica Cultural de ARCIS me impide olvidar su primer texto y las primeras veces que lo escuché hablar. Sería injusto, por cierto, no mencionar que en la escena de ARCIS se leyó apasionadamente Alegorías de la derrota junto con Tercer espacio: Literatura y duelo en América Latina (1999) de Alberto Moreiras. Ambos libros y ambos personajes son hoy una especie de leyendas vivientes de una universidad que se evaporó con los vientos del neoliberalismo en Chile. En los años noventa, estos dos personajes constituyen una parte importante de una de las más significativas historias de lo que se puede aún enunciar como la máquina de solidaridad genuina con América Latina. Ese escenario noventero, al menos en Chile, ha cambiado significativamente y habrá en algún momento que describir lo que hoy ha ocurrido con la solidaridad genuina y sobre todo con la promesa de justicia en América Latina. Pero ya no estamos en ARCIS y no son hoy las “alegorías de la derrota” ni el análisis de la solidaridad genuina o no genuina de los académicos de la universidades del primer mundo lo que nos reúne y convoca.
 
Lo que nos convoca aquí es el hecho que Idelber Avelar ha escrito otro libro y que ese libro promete ser un artefacto para despertar de la comodidad de la lectura que, al menos en Chile, se logra rastrear en esas tres palabras que son arte, política y memoria en «tiempos democráticos», en tiempos de postdictadura, en tiempos de transparencia absoluta. Sí, Figuras de la violencia. Ensayos sobre narrativa, política y música popular es otro regalo de Avelar a la escena chilena, otra «máquina de guerra», a propósito de las guerras de postdictadura. A diferencia de las dictaduras y de las interpretaciones dedicadas a ellas, se trata de guerras en tiempos de transparencia absoluta, guerras en las que los «tiempos de oscuridad» son parte de los festines de las políticas de la memoria del Estado democrático. Mientras esos mismos Estados administran la guerra del fin de las dictaduras y el comienzo de la guerra neoliberal fundada en la competencia del «todos contra todos» y en la guerra de exterminio físico mediante la retirada de toda idea estatal de comunidad inmunitaria, la violencia se encarna en la crueldad de lo que hace o deja de hacer a plena luz del día el Estado híperpolicial de la oligarquía nacional y transnacional; Estado híperpolicial que la clase media, demandante de cultura autoritaria y consumo, ha internalizado sin reparar en el distingo de la moderna diferencia entre la izquierda y la derecha.
 
En el Chile de hoy, la guerra y la violencia son lo que en la cotidianeidad y a plena luz del día se halla naturalizado como programa estatal de una democracia que funciona subordinada a la dictadura del mercado; y es en este escenario, escenario de la postdictadura neoliberal, que habría que hablar de Figuras de la violencia. Se trata de un libro cuya temática está centrada en la figuración de una violencia desinscrita de los tiempos de oscuridad de las dictaduras. Entonces se trata de un libro mucho más difícil que el anterior porque aparece en un contexto mucho más complejo que el de la postdictadura de las alegorías de la derrota. Avelar ha escrito un libro en el que las figuras de la violencia se inscriben propiamente en el registro de una historicidad postdictatorial y de una violencia que hoy es mucho más compleja y enrevesada que la de los Golpes de Estado en el Cono Sur.  Se trata, quizá, de la violencia sin trauma en el marco del capitalismo mundial y cuya figura axial es hoy la de la «guerra sin guerra» que impuso la política globalizadora del neoliberalismo o, más precisamente hablando, del liberalismo avanzado.
 
Si bien no hay continuidad entre el primer libro de Avelar y Figuras de la violencia, ambos están tejidos por largos velos y desvelos de grafemas que buscan alumbrar los «tiempos oscuros» que habitamos. Tiempos del triunfo del «lado oscuro de la fuerza», tiempos tan oscuros como el “peso de una noche sin estrellas”. ¿Pero hay hoy tal oscuridad? La metáfora de la oscuridad supone toda la carga pesada de la Ilustración y sus correlatos en las filosofías del progreso que tanto daño han ocasionado a las poblaciones vivientes en todo el globo terráqueo. A la pregunta del pequeño texto kantiano, “¿Qué es la Ilustración?”, hay hoy que agregar la pregunta de qué es la violencia en un contexto en el que el imaginario de las nociones modernas de la política, del espacio público, del Estado, de la propia emancipación se halla desplazado o fracasado en la consumación global de una violencia sin precedentes modernos. La Ilustración como programa de transformación del anthropos tiene sus demonios, sus fantasmas, sus pulsiones creativas, sus monstruos inherentes a las toponimias de los tiempos oscuros. La anatomía de la violencia de la modernidad y sus estructuras narrativas no parecen tener la misma configuración que antes y, sin duda, la metáfora de la iluminación no tiene más asidero que la de la nostalgia de los derrotados. Más allá de la noventera dialéctica entre modernidad y posmodernidad, hoy la violencia inscrita en el proyecto de la Ilustración parece ser el simple reverso perverso de la oscuridad en la que la violencia se prolonga bajo la hipótesis de la destrucción del planeta. El terror como forma de gobierno y como criterio liberal de modernización es tan ilustrado como postilustrado, es decir, pertenece a los tiempos de oscuridad, pero también a los nuevos tiempos de transparencia total. Sabemos, por cierto, que Arendt nunca dejó de interesarse por la política como realización de cierto iluminismo en lo público, es decir, en el espacio de deliberación de lo público construido desde la voluntad política de un mundo razonante y razonado según criterios ilustrados. La filosofía arendtiana es fiel a la traza griega de la política y de la democracia como formas políticas que salen y se avientan por fuera de los tiempos de oscuridad. En Arendt, la política moderna es de hecho extensión traductiva o en traducción de ese concepto griego del demos que debe aparecer como la verdad deliberada en el espacio de lo público. La democracia que debía iluminar los tiempos de oscuridad poniendo fin a los totalitarismos hoy se prolonga en la violencia y el terror postdemocrático de los programas neoliberales que, como en Chile, han logrado triunfar a costa de nuestras propias “alegorías de la derrota”.
 
En la escena postdemocrática, la democracia que debía preservar su autonomía se halla sometida y subordinada a la dictadura del mercado. La democracia que debía ofrecer el topos que desestabilizara los cierres totalitarios desde la fuerza no violenta de las palabras es hoy el simulacro pactado con la figuración de la violencia neoliberal que marca y destruye el cuerpo de los que no pertenecen a la patria del dinero. Nos ha tocado vivir malos tiempos, tiempos en que el desplazamiento de la democracia y del espacio público han sido censurados abierta o solapadamente. No hay que olvidar entonces que para Arendt la censura o la subordinación de la democracia a cualquier totalitarismo es el lugar de oscurecimiento de la política e, incluso, podemos decir, la topología misma de su retirada. No vivimos tiempos democráticos. La post-democracia es el lugar de la hegemonía del mercado capitalista globalizado como retirada del mundo de vida al que se le ausenta la vida misma. La postdemocracia es el gobierno del cadáver de las figuraciones de la violencia por sobre la vida de la polis que, quizá, nunca fue posible en tiempos de oscuridad, y aún menos en los tiempos de transparencia.
 
Ahora bien, los temas que ocupan Figuras de la violencia de Idelber Avelar, son variados. El libro funciona a través de mesetas, de lugares de inversión de lo siniestro freudiano; de cuestionamientos de lugares comunes para la filosofía y para el sentido común en política. Los seis ensayos y el epílogo reunidos en este volumen se leen perfectamente como lugares estriados, citas secretas entre el archivo como espacio de los síntomas y la potencia del que piensa amalgamas de enunciados. Enunciados que se retuercen en la velocidad, en la transparencia, en la descomposición permanente, en la falsificación de los Derechos Humanos como ética abstracta, como articulación de una cultura victimista que hace mímesis con la lógica del liberalismo avanzado y perpetúa así la guerra globalizada, la guerra sin oposición porque todas los opositores han sido derrotados en nombre de ese sospechoso impostor al que la buena conciencia liberal y mezquina de nuestro presente llama democracia-parlamentaria.
 
En el nuevo libro de Avelar, los tiempos han dejado de ser oscuros, este enunciado me parece que es el que articula esas mesetas que son: “De Platón a Pinochet. Tortura, confesión e historia de la verdad. Espectros de Walter Benjamin”; “Duelo, trabajo y violencia en Jacques Derrida”; “Sepultura y la codificación de lo nacional en el heavy metal brasileño”; “El manguebeat y la superstición de la brecha entre lo nacional y lo joven en la música popular”; “Borges, la ética de la crítica y la división internacional del trabajo intelectual”; “Transculturación en suspenso. Los orígenes de los cánones narrativos colombianos” y, por último, “Vida nuda y derechos humanos en la era de la guerra sin fin”. En estos textos o mesetas hay una respiración desde los orificios de lo minoritario, desde una política que desconfía de la fidelidad a la verdad del proyecto ilustrado, y, así, desconfía de la dialéctica entre los tiempos de oscuridad y la buena conciencia ilustrada que desde la tradición liberal hasta cierta tradición del marxismo iluminista ha compartido el mismo suelo de lo que hoy vendría a ser la consumación de la vida nuda, de la vida como pura sobrevivencia. Por eso, Figuras de la violencia buscará la posición difícil de suspender convenciones y, sobre todo, hacer una epojé, una puesta entre paréntesis fenomenológica a la inmediatez de las lecturas ilustradas o victimistas para buscar agencias, contra-argumentos, destrucciones de metáforas consensuadas en el reconocimiento y, a su vez, en la desidentificación de las tramas contemporáneas de la guerra. En clave schimittiana o post-clausewitziana el libro piensa la disolución del campo de la política dialectizados en las figuras de amigo-enemigo. Piensa, así, el agotamiento de la sentencia de Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política por otros medios. El agotamiento pone en crisis la relación simétrica de la guerra de los ejércitos regulares, es decir, pone en crisis el concepto moderno de soberanía y hace de la guerra lo que Avelar llama el “sin fin” de la misma. Crisis entonces de toda posibilidad de la inminencia de lo que el proyecto ilustrado de Kant llamaba las condiciones de posibilidad de “la paz perpetua”. Pero decíamos que los tiempos han dejado la oscuridad. No vivimos en tiempos de oscuridad. Por el contrario, vivimos en la interioridad de una especie de fin de los programas civilizatorios que se sostenían en dialécticas oposicionales amigo-enemigo. El enemigo ha desaparecido, la paz perpetua es el permanente simulacro de la globalización neoliberal y su violencia se halla suplementada por la democracia-parlamentaria de la hegemonía mundial. En medio de una crisis de lo político, en medio de las guerras neoimperiales y globalizadas de las que Achille Mbembe describe como ejercicio de una tanatopolítica, en medio de la postdemocracia Figuras de la violencia… se las ingenia para pensar las resistencias. Se las ingenia en medio de la barbarie consumada como estado de excepción generalizada para encontrar nichos de resistencia, se las ingenia con cierto coraje para insistir en una especie de violencia acontecimental. Una violencia oposicional a la violencia consumada como barbarie de las estructuras del capital y, así, de esta manera, una violencia que resiste la violencia, es decir, una «contra-violencia» que nada podría tener que ver con la violencia estructurante puesta en marcha por las empresas genocidas de la «guerra sin guerra» del capital globalizado. Se trata de la guerra sin oposición política, la guerra contra los inmigrantes, las minorías racializadas e integradas biopolíticamente, la guerra contra la juventud radicalizada musicalmente por el «metal pesado» (el hevy metal) que resiste el nihil de la violencia contemporánea. Guerra, así, contra todos los que a través de la cultura y su politicidad se encuentren en otro lado, en otra topología que no sea la de la administración de la guerra total. En otras palabras, guerra del sometimiento tal a costa de lo que Avelar llama —en uno de los análisis más lúcidos sobre la relación entre tortura y verdad— “tecnologías del dolor”. Esta tecnología de la guerra sin fin, de la guerra total es un mecanismo no sólo de control, sino también de la producción transparente, sin oscuridad, de que a la verdad de las “figuras de la violencia” le son inherentes a los dispositivos del terror contra el cuerpo. La guerra sin fin es la producción de cadáveres o de sobrevivientes y es, así, vida o sobrevida a la que se le ha ausentado el mundo. En esta ausencia no hay ya civilización. No hay posibilidad de distinguir la civilización de la barbarie consumada. Pero Avelar insiste, insiste en que hay resistencias.
 
La existencia de la guerra sin fin pone en tensión el clamor por la política, transforma las resistencias en enemigo de la humanidad. El clamor por la humanidad no es político, es propaganda al servicio de empresas bélicas cuya globalización es articulada a través de las transnacionalización de la producción de cadáveres. El humanismo es el poder de lo abstracto, es el escamoteo del cuerpo del otro y del cuerpo que resiste las abstracciones. No es casual que Emmanuel Lévinas explicite que la relación entre fascismo y humanismo es una relación interna. El fascismo es una forma del humanismo. Pero esta sentencia levinasiana, probablemente no es la que marca estos tiempos de transparencia, en las que el fascismo cotidiano, el fascismo de las figuraciones de la violencia del comercio, de la violencia de la prensa y del control de los medios, de la violencia de la acumulación por desposesión en prácticas naturalizadas. Vivimos en tiempos postfascistas porque la violencia no ha dejado de ser la metamorfosis de ese gran experimento humanista que fue el fascismo.  ¿Pero, cómo detener, cómo contener lo que está, tal como lo pensara Michel Foucault, internalizado en nosotros? ¿Cómo detener el fascismo micropolítico, el fascismo que también hace rizoma por todas partes y, luego, cómo detener la guerra sin guerra?
 
Avelar no responde a estas preguntas. No ofrece ninguna respuesta. Sin embargo, su libro tiene el coraje de privilegiar contra las guerras preventivas que hoy se hacen en nombre de la democracia, la única guerra que no se hace en nombre del capital; la guerra revolucionaria. Guerra “redentoemanacipatoria”, guerra no-civilizatoria que redime todo el pasado oprimido, al mismo tiempo que suspende la dialéctica con la que las filosofías de la historia nos han condenado a la violencia de las catástrofes y la acumulación de cadáveres. Así, Avelar no duda en cerrar o, tal vez deberíamos decir, en abrir Figuras de la violencia al clamor benjaminiano de la “violencia divina”. Violencia acontecimental, problemática y generalmente bajo sospecha de no ser más que una teología-negativa. Sin embargo, lugar posible e imposible donde todas las figuraciones de la violencia son disueltas por un acontecimiento que aún no ha tomado lugar. Quizá por eso, Avelar diga en su epígrafe: “Ya no hay más pesimistas. Solo realistas y mentirosos”. ¿Querrá este epígrafe decirnos que toda la problemática de una teología negativa, de una teología-política que sólo tiene como objeto su propia disolución, es un asunto de aquellos que se oponen al nihilismo en marcha con el que la guerra sin fin avanza sin oposicionalidad de ningún tipo?
 
 
 
*Este texto fue leído en la presentación del libro de Idelber Avelar en la librería del Centro Cultural Gabriela Mistral. Agradezco a Editorial Palinodia la invitación a presentar el libro de una de las más importantes figuras académicas de fines de los años noventa.

Notas:

  1. Esta institución, declarada como una de las repúblicas de las luces por el diario de la derecha chilena El Mercurio durante los primeros años de la transición chilena, fue cerrada y demolida este año (2019) por el programa neoliberal de los gobiernos democráticos de la izquierda (Concertación y Nueva Mayoría) y de la derecha (De Pinochet a Piñera).
Oscar Ariel Cabezas
oscar.cabezas@umce.cl