«Chernobyl»: el infierno gringo es el desastre ideológico.

Chernobyl es una serie monumental, de eso no cabe duda. Un elenco insuperable, un guión impecable, una escenificación sonora capaz de llevar a la angustia al más sereno de sus espectadores. El nivel de interpretación de los personajes, y el desarrollo de estos, es tan bien logrado que muchas veces la épica del sacrificio que se despliega en la serie no permite ver, a los más incautos, el relato propagandístico que hay detrás de discretas caricaturas. Pero a los gringos se les ve la cola, siempre. Y Chernobyl no es la excepción. No quiero poner en duda el gran nivel de una de las recientes superproducciones de HBO: eso no está en discusión. Pero detrás de las supuestas intenciones de sublimar el temple del pueblo soviético, cuyo sacrificio «salvó» al mundo de una catástrofe mayor (que ellos mismos generaron), hay una fuerte crítica a la burocracia del ex régimen ruso. Y sí, esto no de novedad. O no debiera serlo para nadie, por lo menos.

 

Mirando en retrospectiva, Chernobyl enfrenta dos mundos, cuyos espíritus (o «esencias»; los gringos nos facilitan siempre la realidad) se contraponen imposibilitando el diálogo: la ciencia y la ideología. Si bien en los primeros instantes del accidente se evidencia que la tragedia se desarrolla, minuto a minuto, a la sombra de la disputa entre científicos y burócratas, al finalizar la serie gran parte de la responsabilidad se concentra en el personaje de Anatoli Diátlov, quien reviste fatídicamente características de ambos bandos. El espíritu de la ciencia, personificada en el altruismo y valentía de Valeri Legásov y Ulana Khomyuk, se nos presenta como una esencia cuya pasión por «la verdad» la protege del halo perverso de los intereses políticos defendidos por los burócratas: es ése el campo donde se juega “el costo de las mentiras”. Estos últimos, que ven en la defensa de la estructura soviética un fin en sí mismo (y por encima del bienestar del pueblo, hipócritamente), se muestran interpretados desde el peor representante de las autoridades locales, hasta el estadista Gorbachev, pasando por el manipulable Shcherbina, quien termina encumbrado como “el mejor de todos”. Si la reunión del comité provincial no fuera suficiente para representar la podredumbre de los funcionarios soviéticos en el primer capítulo, en el segundo se manifiesta en una incomodidad descomunal, y por lo mismo mencionable, el diálogo en Minsk entre la física nuclear Khomyuk y el obeso secretario Garanin, quien de fabricante de zapatos pasó a ser una negligente autoridad local que le enrostra a la científica ser él quien manda ahora “en nombre de los obreros del mundo”. Shcherbina era de los mismos, hasta el minuto en que su convivencia con Legásov lo desengaña terriblemente: el partido le ha sacrificado sin asco, su exposición a la radiación de la Central le condenó a morir en cinco años. La cercanía con la muerte, empujada por una estructura despiadada, le devuelve una ética humanitaria perdida por el funcionamiento estatal. Y así, pone su integridad en servicio del bien; en la medida que se aleja de la ideología.

 

Pero volvamos a Diátlov. Las apariciones del personaje no son casuales: precisamente en los momentos donde la campaña propagandística se muestra con menos discreción. En el testimonio que Legásov graba antes de su suicidio, advertimos la centralidad de la persona de Diátlov en la tragedia. Como mencioné más arriba, el ingeniero en jefe de la Central combina dos roles que, en el escenario soviético (demonizado por Estados Unidos, no perdamos de vista esto), sintetizan un peligro público: es el científico que tiene el conocimiento de algo tan peligroso como la energía nuclear, pero tiene su ética supeditada a su ambición por escalar profesional (y políticamente) en la jerarquía administrativa a cargo del desarrollo energético del régimen. Su falta de probidad provoca la catástrofe, cuestión desarrollada en extenso en el último capítulo, en que el guión de la serie se ocupa en exponer detalladamente los visos más oscuros de su personalidad. Son su ambición, prepotencia, desprecio por las opiniones de sus pares y sus subalternos (quienes sufren trabajando con él), las que empujan al manejo irresponsable del reactor y desencadenan la fatalidad.

 

La perversión del personaje antagónico de Chernobyl nos recuerda al rol interpretado por Joseph Fiennes como comisario Danilov en Enemy at the gates (Enemigo al acecho), en los que su vicios personales se superponen a cualquier aspiración altruista que pueda tener el modelo comunista. Danilov, el propagandista político, celoso del francotirador Vasili Záitsev por ser correspondido por la bella Tanya, no puede con la envidia que le generan las dotes del personaje interpretado por Jude Law, por lo que termina inmolándose. Eso sí, antes de hacerlo, abjura de sus convicciones políticas:

 

“He sido un tonto, Vasili. El hombre siempre será un hombre; no existe el hombre nuevo. Hemos tratado tanto de crear una sociedad que fuera igualitaria, donde no hubiera nada que envidiar a tu vecino. Pero siempre hay algo que envidiar. La sonrisa, la amistad. Cosas que no puedes apropiarte en este mundo, incluso en el soviético. Siempre habrá ricos y pobres. Ricos en dones, pobres en dones. Ricos en amor, pobres en amor”.

 

Es esta una de las argumentaciones más caricaturescas, y repetidas hasta el hartazgo, por la propaganda gringa antisoviética: así las condiciones de igualdad estén dadas, el hombre ―sí, el hombre; ése ha sido el sujeto clave en la guerra ideológica― siempre va a querer competir, reconocerse en su éxito individual, superarse a sí mismo y al resto. Y es en ambas producciones; Chernobyl, de este año, y Enemy at the gates, del 2001 (que no queden dudas que los gringos nunca se han cansado de convencer al mundo de que el comunismo es una utopía que contradice la esencia natural del hombre), en que el nudo fatal del relato son aquellas dimensiones más oscuras del alma humana que el socialismo no puede, ni podrá jamás, subsanar. No es casual que así tejan los gringos las tramas de sus relatos sobre la URSS, en los que la historia de la ambición individual acaba con todo. O terminan salvando el mundo, que la miopía comunista por poco destruye.

 

El escenario de la primera parte de la ópera de Chernobyl muestra un grupo de gente que ignora las dimensiones de lo que se ha desencadenado, como una masa inconsciente que se enfrenta a la muerte, y expone al mundo entero a ella. Esto se comprueba en el último capítulo donde se desarrolla el juicio ―escenario cinematográfico gringo por excelencia―, en las que revelan que una de las causas del accidente fue la inexperiencia del personal del turno nocturno de la Central. Leonid Toptunov, el autor material del accidente, llevaba cuatro meses en su puesto de trabajo. Esta es sólo una de las irresponsabilidades irrisorias que, reclama la serie, provocaron la explosión: los operarios no sabían qué tarea tenían que realizar; sólo seguían órdenes, hacían su trabajo.

 

Si bien las negligencias propias de una estructura obtusamente vertical pueden desarrollarse en cualquier contexto, en el primer capítulo de Chernobyl esto queda zanjado como un vicio propio del espíritu de la URSS. La reunión del comité local de Pripyat (ciudad-dormitorio de la Central de Chérnobil) a pocas horas del accidente, es la instancia magistral donde se despliega esta tesis. En el momento de mayor tensión, donde se enfrenta el temor de la población civil (expresado por un representante) y las autoridades de terno y corbata que buscan evitar el escándalo a toda costa, la discusión se zanja por los golpes de bastón del viejo Zharkov (personaje ficticio). Teatralmente interrumpe con un discurso que comienza recordando el nombre oficial de la Central: Vladimir I. Lenin. Esto, para luego desplegar todo un discurso del propósito fundamental del Estado soviético: la pasión por el pueblo, resguardarlo, contenerlo de las bajas pasiones desatadas por el pánico. La fe en el socialismo ruso debe estar por encima de todo. Si el Estado (en este caso, el comité local de Pripyat) dice que no hay peligro, se debe confiar ciegamente. Y trabajar de la misma forma, como borregos, como se suponía que lo hacían los operarios de Chérnobil y, aparentemente, los de la Unión Soviética entera: “Cuando la gente hace preguntas que no les convienen, debe decírseles que se concentren en su trabajo, y dejen las cosas del Estado al Estado”. Más explícito imposible.

 

En ese momento del discurso inicia la atmósfera sonora que a los espectadores de Chernobyl nos revuelven los nervios: la vibración radiactiva, mortífera. Continúa el viejo, dictando lo que se debe hacer: “Acordonemos la ciudad. Que nadie salga. Y corten los teléfonos; evitemos la desinformación. Así se evita que la gente socave los frutos de su propio trabajo”. Briujánov anima con golpes de mesa y aplausos el discurso del viejo Zharkov. Así se sella la fatalidad en Chernobyl: en las reuniones de los comités.

 

Pero la verdad se devela en el juicio. Los estadounidenses, amantes onanistas de su sistema jurídico, no pierden la oportunidad de representar dicha instancia donde la verdad se libera de cualquier pretina y permite a la justicia zanjar lo bueno y lo malo. Durante los testimonios de Shcherbina, Khomyuk y Legásov se comprueba la responsabilidad individual de los encargados de la Central la noche del accidente. Sin embargo, el tiro de gracia lo dispara Legásov al finalizar su declaración. No es fácil, pues el científico lo ha estado meditando durante meses; su colega científica, Khomyuk (personaje ficticio), lo ha estado alentando como la voz de su conciencia. Esa verdad implica la inmolación de Legásov, y su costo se traducirá en su ostracismo total del tejido social soviético. Hasta el último minuto duda, o parece hacerlo, pero una suerte de vocación espiritual de científico lo lleva a profesar una pasión irrefrenable por la verdad que erosiona toda ideología. Cuando el juez le pregunta porqué la Central tenía un error en su diseño al tener grafito en las puntas de boro (elementos relevantes para contener la energía radiactiva), Legásov no parece tener otra escapatoria que decir «la verdad». Y esta no es otra que una terrible crítica al sistema soviético:

 

“Por la misma razón que no tenemos edificios de contención alrededor, como hay en Occidente. Por la misma razón por la que no usamos combustible enriquecido. Por lo mismo por lo que somos el único país que construye reactores refrigerados con agua y moderados con grafito con un coeficiente de vacío positivo. Porque es más barato”.

 

Silencio en la sala, y algunos murmullos. Legásov continúa su relato segundo a segundo de lo que sucedió en Chérnobil, para finalmente responsabilizar al Estado: nadie sabía exactamente lo que podía suceder en el procedimiento, pues en el diseño de centrales nucleares soviéticas había información clasificada. El Comité, la KGB y todo el aparato estatal lo habían obligado, incluso a él, a mentir. El juez le advierte que culpar al Estado es peligroso, pero Legásov está desatado, pues su pasión por la verdad restablece su autonomía de sujeto perdida por el régimen comunista. Su ética humanitaria lo empuja a sacrificarse, y da respuesta a la pregunta que recorre la miniserie de 5 capítulos, sentenciando: “Así es como explota el núcleo de un reactor RBMK: por las mentiras”.

 

Silencio en la sala.

 

Una tensión atraviesa la sala, mientras sonidos vibratorios hacen eco del drama. Son los sonidos que indican, ansiosos, cuando algo se juega en la serie y en el destino de la humanidad. Las vibraciones acompañan todas las escenas de peligro en tiempo real; el sonido angustiante de las linternas de dínamo de los buzos que se sacrificaron para cerrar las fuentes de agua abiertas, los dosímetros de los militares que deben arrojar los trozos de grafito desde el techo del reactor al núcleo aún expuesto. El discurso de Zharkov y la conciencia de Diátlov, cuando su prepotencia provoca el colapso del reactor, la URSS y el planeta completo.

 

En este presente oscuro, donde la debacle medioambiental ha dejado al descubierto la responsabilidad del modelo de explotación y consumo del capitalismo en esta fase (aparentemente, terminal ―tanto para él como para toda la humanidad―), recordarles a los consumidores el desastre de Chérnobil, responsabilizando a toda la estructura de la URSS, podría parecernos un golpe de marketing formidable. Pero en el campo de las mentiras, el modelo occidental también podría hacer sus propios mea culpas. Podríamos preguntarle, por citar apenas un caso, al fenecido gerente de la Volkswagen, Martin Winterkorn, cuál fue el costo de las mentiras de la automotriz cuando en 2015 se descubrió que el mayor fabricante de autos había dispuesto un mecanismo para burlar los indicadores de gases contaminantes en más de 11 millones de vehículos. O, por citar un caso local, cuál ha sido el costo de las mentiras de la empresa Pizarreño y la Mutual de Seguridad al envenenar hasta la muerte a sus trabajadores y habitantes de la villa aledaña a la fábrica en Maipú. Como Legásov, Eduardo Miño se inmoló frente a La Moneda para recordarle al mundo cómo el sistema engaña y asesina silenciosamente a masas de gente que no conciben vivir fuera de la estructura. Y por citar nuestro presente: cómo la humanidad marcha irremediablemente al colapso ecológico, por culpa de las mentiras del capitalismo.

 

Después de cinco capítulos de una hora de la súper serie, a los gringos se les ve la cola. Y ni les importa, pues la escena contiene todo para parecernos magistral. A nosotros, aleccionados durante décadas en la estética y los valores gringos que nos dicen que alejarnos de la ideología nos acerca al bien y la verdad. Mientras el consumo desideologizado arrasa con todo.
 
Daniela Machtig
danimacht@gmail.com