Mi Capitán

―¿Lo que quiera­?
―Lo que quiera, repitió el capitán.
 
Pobre. Convirtió su respuesta en una sonrisa. El capitán era firme, pero con el jovencito que tenía al frente no pudo evitar guiñar un ojo. Esquivó las páginas de aperitivos y colaciones hasta llegar al final del menú, ahí donde estaban los sashimis especiales y los combos familiares. Su acompañante se detuvo en la foto desfallecida de un salmón.
 
Sin preguntar, el capitán ordenó dos pisco sour.
 
―¿Siempre vienes aquí?, preguntó el joven.
 
―Sólo cuando quiero estar tranquilo. ­Hizo una pausa, calibrando la mirada como el radar de un misil­. O cuando quiero conocer a alguien.
 
Directo en el blanco.
 
La luz se movía por el salón atravesando capas del mismo papel rojo que todos los restaurantes chinos de la ciudad. En la mesa, una vela minúscula iluminaba las prótesis dentales del capitán.
 
―Ponzu de vinagre, leyó el joven en voz alta el joven. Pescado del día, pulpo y salmón al aceite de sésamo, vinagre y soya. ¿Tú que vas a pedir?
 
―Sorpresa.
 
Cuando el mesero llegó con una bandeja de metal, el capitán le hizo una seña para que se quedara. Miró la copa de pisco sour con sospecha antes de tomar un sorbo.
 
―Esto está muy ácido. Tráeme otro. Perdóneme, pero me gusta que la gente haga bien su trabajo.
 
―Está bien, me gusta la gente con carácter.
 
El muchacho le puso la mano encima, justo al lado de su gran reloj. Pero él, que era un hombre discreto, sacó la suya con rapidez.
 
―Gracias por aceptar mi invitación. Me gustaría conocerlo mejor.
 
Del Ponzu de vinagre sobresalían tentáculos pequeños. Parecía una criatura aplastada a la que le habían nacido hojas de lechuga, sin embargo se convirtió en un plato miserable cuando al otro lado de la mesa pusieron con dificultad el plato del capitán.
 
―¡Es un barco!
 
Los cocineros habían cortado la mitad de una gran piña y luego la habían vaciado hasta convertirla en un plato hondo en donde habían puesto arroz y camarones. En la cima, verduras y trocitos de piña hacían lucir la cena como un barco llevando un cargamento.
 
―¿Te conté que yo también vivía al lado de la playa? Siguió el joven.
 
―¿De verdad? Quizás por eso nos llevamos tan bien. Por el comienzo de algo, dijo el capitán levantando la copa.
 
 
No lo sé capitán. No se muestre tan interesado. No caiga tan fácil. Mire que usted no sabe cómo son las cosas hoy en día. Lo desechable que nos volvimos.
 
 
―¿Por qué te viniste a Santiago entonces? Volvió a preguntar el joven.
 
―¿Que acaso quiere que le cuente mi historia?
 
―¿No es ese el comienzo de algo?
 
―Le cuento cómo me hice marino si usted me cuenta sobre su vida.
 
―Afirmativo. Y esta vez fue el más joven el que tomó la copa para celebrar la alianza.
 
 
Si le preguntan a cualquier persona por qué hizo el servicio militar, van a responder que la necesidad los empujó. Ninguno de ellos quería levantarse a las cinco de la mañana para lustrar botas y cantar sobre cómo la vida era vencer o morir. Una idiotez, considerando que todos ellos llevaban años viviendo sin vencer a nadie. Al final ser pobre era eso: perder todas las veces. Pero había que hacerse hombre, enderezarse, guardar la pelota de fútbol y ayudar a la familia. Usted, en cambio, de chiquitito soñaba con ser marino. Desde que su mamá lo llevaba a la playa los fines de semana y almorzaban los duraznos que le robaban al vecino. Y cuando ella le decía que los barcos allá lejos se estaban moviendo, usted respondía que cómo se iban a mover, si estaban quietos. Y entonces ambos marcaban el mar con una mano y se quedaban con el dedo estirado, esperando a que el barco avanzara. Y avanzaba. No como su papá que nunca se preocupó por usted, obligando a su mamá a hacerse unas monedas mientras el caballero se pasaba el día en la calle.
 
Usted mi niño no sea como él. Usted sea derecho. Los hombres se hacen cargo de las cosas y no se pasan el día pateando las piedras por ahí.
 
En efecto, usted era un hombre derecho. Y pareciera que con el tiempo, su cabeza le ordenó a su cuerpo convertirse en el roble que era hoy. De pocas arrugas, ojos hundidos, pelo corto con pintitas grises. Cuello rasurado y bañado en esa colonia que arde con cada aplicación.
 
Su hermana le contó sobre los grumetes. Que aprendían de mecánica, armas y que estudiaban el mar. Que algunos manejaban barcos o rescataban a la gente. ¡Imagínese contarle todo eso a un niño! ¿Cómo no le iba a gustar? Era tan poco lo que necesitaba, nada más que el desfile en la tele blanco y negro, un océano de hombres luciéndose junto a la avalancha del tambor. Cosas que de seguro su cita no conoce, capitán. ¿Para qué contarle toda su historia?
 
Entre su mamá y una tía lograron matricularlo en el liceo de hombres. Su papá ya no llegaba a la casa, y mientras menos estaba él, usted estaba el doble. Y tan buen alumno que fue. Esforzado y respetuoso con sus superiores, igual que un grumete. Especialmente con el profesor de Educación Física.
 
 
―¿Usted es bueno para los deportes? preguntó el capitán interrumpiendo su historia.
 
 
Él no es como usted, señor. Hizo de su vida algo que a usted y a mí nos hubiera gustado hacer. Del profesor de Educación Física decían que había sido marino, y cada vez que se lo gritaban desde alguna ventana, él mostraba los músculos de sus brazos en una pose. Cuando obligaba al curso a hacer lagartijas o competir por quién llegaba más rápido al otro lado de la cancha, lo hacía de preocupado, de buena gente. Fertilizante para el cuerpo, decía. Para prepararse.
 
 
―Yo me habría muerto, opinó el joven.
 
―Esos fueron los años más bonitos de mi juventud, él me enseñó de camaradería, de cómo ser fuerte y de tomar responsabilidades.
 
 
Fue al profesor a quien le preguntó cómo ser el mejor en la marina. No sea maricón, respondió. Sea obediente, perseverante y no sea maricón. Así usted va a llegar lejos, ahí dentro y en la vida, estimado. Fácil, si lo tenía todo en lista. Y digo todo porque eso de maricón es relativo. Maricones son a los que se les nota, no como a usted capitán. Serio y recto como una figura geométrica. No pensemos en octavo básico, para qué contar esas veces en que su tía iba a dejar a su primo chico a la casa para se lo llevara al liceo. Él era maricón, no usted. A él lo molestaban en el colegio porque caminaba moviendo el poto. Sin necesidad, porque le salía. ¿Cómo no iba a poder aguantarse? Era como si le gustara que le gritaran. Porque de que le gustaba, le gustaba. O si no, se hubiera negado cuando usted lo obligó a chupársela cuando su mamá iba a comprar el pan. Y cuando lo hizo, ahí reflejado en la pantalla verdosa de la tele apagada, sólo dijo que sabía raro. Si costó tan poco era porque de seguro le gustaba. Él era el maricón. Usted estaba enseñándole que había que ser hombre para las cosas, y para eso había que aprender a hacer caso.
 
 
―¿Te puedo decir capitán, entonces?
 
―Dígame como quiera.
 
 
Quién iba a culpar al capitán por las cosquillas que sentía, si no era la primera vez que lo trataban así, aunque ahora no fuera más que un contador. La enseñanza lo dejó mal. El último muchacho que le dijo “capitán” lo dejó tan mal parado, tan cerca del final que había pedido un traslado a Santiago para estar más tranquilo.
 
 
―Imagino que en ese tiempo ser gay era complicado.
 
―Era ilegal, respondió.
 
―¿Cómo?
 
­―Que era ilegal, estaba penado bajo el título de sodomía. Si te encontraban en algo sospechoso podías ir a la cárcel.
 
 
Qué lugar más horrible tenía que ser la cárcel, llena de delincuentes y degenerados. No como usted, que durante los entrenamientos tuvo un comportamiento ejemplar. El que menos se quejaba cuando había que levantarse temprano, el que cantaba más fuerte cuando corría en la playa, el que primero llegaba al otro lado de la cancha. Y siguió cada orden como si se la diera su antiguo profesor: sea obediente, perseverante y no sea maricón.
 
 
―¿Me daría su número de teléfono antes de continuar?
 
 
Mi capitán comenzó a ceder ante los nervios. Cada vez encontraba a su cita más parecida al subalterno que tanto cariño le tuvo. Pero él era otro. Tiene otro número de teléfono, ¿se da cuenta?
 
 
—¿Quieres que lo escriba yo mejor?, le sugirió el muchacho cuando lo vio luchar con las teclas desteñidas de ese aparato viejo. ¿Y qué pasa después de terminar la escuela?
 
El capitán volvió a pedir dos pisco sour. En ese punto ya no sabía qué dejar dentro o qué dejar fuera de la historia.
 
 
No le costó trabajo llegar al cargo de Sargento e Instructor. Luego fue el hombre con mejor hoja de vida para instruir a los grumetes. Un hombre que sabe obedecer, sabe cómo hacer que lo obedezcan, opinaron sus superiores. Y así pasaron las generaciones, sudando, corriendo y enderezándose bajo su mando. Haciéndolos más hombres de lo que eran cuando llegaron a la escuela. Si uno de los cadetes no terminaba las lagartijas, le iba a peor. A correr en la noche. A hacer abdominales. A meterse al agua helada. Y siempre, pero siempre, era el mismo: Palma. Ese joven blanco y flaquito como su primo chico. Él era una madera que había que tallar con violencia para sacarle un músculo, para engruesarle la voz, para afirmarle la cintura que tanto se movía cuando corría en el escuadrón.
 
−En la marina usted no puede ser maricón, ­le dijo una vez en privado, para ayudarlo.
−Lo sé mi capitán, disculpe mi capitán.
−No soy su capitán Palma, soy su instructor.
 
¿Qué más le iba a pedir? Tan minúsculo, tan bonito de cara. Un muchacho que no estaba hecho para el trabajo físico. ¿Cómo iba a sobrevivir a la “noche maldita”? Resistir entrenando bajo la lluvia por doce horas seguidas era muy duro. O era el frío, el hambre o la lluvia con su paciencia terrible. O la sed. Uno no es consciente de cuan poco puede estar sin agua hasta que cae encima sin posibilidad de beberla. Ahí estaban, todo el escuadrón arrastrándose en el barro, chapoteando, tratando de no hundir la cabeza porque si lo hacían nada aseguraba que iban a tener la fuerza para volverla a levantar. Dejando atrás a Palma, que parecía le habían cortado una aleta y no tenía energía ni siquiera para abrir los ojos.
 
Existía la opción de llevarlo a la enfermería y retirarlo del entrenamiento, pero eso habría sido condenarlo a la burla de toda la escuela. Sea obediente, perseverante y no sea maricón, quiso decirle. Usted quería cuidarlo, defenderlo de sus compañeros cuando se burlaban de lo debilucho que era. Y siendo honesto capitán, usted quería que siguiera siendo así de debilucho.
 
 
―Le di la botella con agua y una barra de cereal. Todos estaban tratando de avanzar, así que nadie me vio.
 
La expresión del joven se congeló por un instante. Lo último de pulpo en su plato ya estaba frío.
 
―Pero entonces te gustaba. A ti te gustaba el cadete Palma.
 
―No, claro que no. Quería ayudarlo.
 
 
¿Se siente culpable? ¿Le va a decir también que nunca se quedó ahí, de pie, frente a las duchas para asegurarse de que todos los cadetes se bañaran? ¿Que no sabía que el cadete Palma lo hacía de los últimos y que una vez lo encontró solo? La piel blanca le duele capitán. Mientras el joven se pasaba el jabón tuvo que repetirse no sea maricón, no sea maricón, no sea maricón, como si fuera un martillo empujando un clavo. Cuéntele esa parte. Cuéntele lo mal que lo dejó la visión de esos cachetes apretados. Cuéntele a su cita que desde ese día obligó a Palma a hacer lagartijas en ropa interior, en privado. Que lo obligaba a meterse al mar en calzoncillos solo para verle la piel bajo la ropa salada.
 
 
—¿Y qué pasó con él?
 
­El capitán terminó de vaciar la copa de pisco sour.
 
—Lo trasladaron.
 
 
No lo culpo capitán, yo sé que es difícil hablar de eso, que fue terrible para usted. Fue en verano, un fin de semana que le dieron a todos libre en Valparaíso, una ciudad en la que nadie lo conocía. Era el momento de atreverse, le había dado vueltas a la idea toda la semana, luego de encontrarse un afiche de mal gusto en la calle que promocionaba una discoteca. Nadie lo había visto sin uniforme, unos pocos lo habían visto sin lentes de sol. Era para distraerse. Nadie le podía prohibir que saliera y nadie se iba a enterar a dónde iba. Y así fue. Hizo la hora en el muelle y luego pasó a un bar donde se tomó una cerveza con Fanta antes de partir.
 
Casi se devuelve cuando tuvo que hacer la fila junto a travestis, y casi golpea a uno que se atrevió a pedirle un encendedor como si se conocieran. Entró rápido, mirando al suelo. Y le vino un mareo cuando se enfrentó de golpe a un calabozo lleno de humo y bolas disco. ¿Qué estaba haciendo? Se metió al baño y se encerró en la cabina. Se fumó un cigarro. Si era un hombre, era lo suficientemente hombre para quedarse.
 
De vuelta en la pista se percató de que algunos llevaban camisa como él, y que algunos jóvenes usaban bluejeans tan ajustados a la cintura que el estómago se le puso caliente. Imaginó cómo se vestiría Palma afuera de la escuela, cómo se le vería el culo o el pecho. Quizás se vería como él, ese joven de bigote que lo miraba desde la escalera con unos pelos medios huérfanos saliéndole de la camisa. Y ahí aprendió que ser hombre atraía a los maricones. Que ser firme atraía a otros jovencitos como una red que alguien echaba al mar.
 
Luego del segundo vaso el joven de bigote se le entregó. Le bailó, le acarició los brazos, le cantó al oído. La noche se fue alargando en un tira y afloja con olor a vodka naranja, pero él se mantuvo rígido como un mástil, y cuando el joven le rodeó el cuello en una canción lenta, con el bigote tan cerca que mi capitán sintió su entrepierna palpitar, supo que la noche tenía que morir.
 
Tomó el colectivo e intuyó por una mirada insistente del chofer que algo raro había. ¿Cómo él, que había aprendido tanto del viento y el mar, no se iba a dar cuenta?
 
−Buenas noches, le dijo al conductor para despejar la incertidumbre.
−Buenas noches, estimado. ¿Una noche agitada no le parece? Anda mucha gente.
−¿Y eso no lo debería poner contento?
−Sí, sí, claro. No me mal entienda. Es que anda gente rara. Gente de malas costumbres.
−¿Malas costumbres? preguntó el capitán.
−Sí, malas costumbres. Ya sabe. Sin valores.
−No le entiendo.
−Invertidos, señor. Maricones, perdone mi lenguaje. Hoy andan muchos, parece que los hubieran soltado.
−Sí, yo también he visto harta cosa rara.
−Lo que hay que hacer con esta gente es denunciarla, que se vayan derechito a la cárcel. O matarlos, perdone lo directo.
 
Al capitán las frases se le mezclaban con el ruido que hacía el viento al entrar por la ventana. Se imaginó denunciado, en la cárcel. ¿Cómo era la cárcel? Si ese hombre le estaba diciendo esas cosas era por algo, porque lo había visto en malos pasos. Derechito a la cárcel, se repitió. Y mientras caminaba las tres cuadras que lo separaban de la escuela, se imaginó en una celda con el hombre de bigote bailándole alrededor.
 
De pronto escuchó gritos. Más adelante los cadetes, vestidos de civil, saltaban alrededor de un alarido agotado. Apuró el paso, llamó al orden. El cuerpo le temblaba del miedo sin saber por qué, pero la voz le salió firme.
 
¡¿Qué está pasando?!, al orden, a hacer filas. ¿Qué es este caos?
 
Y una tormenta de gritos se le vino encima.
 
Es maricón, es maricón. Fue como si una ola fría lo diera vuelta y la lanzara contra un roquerío. Ahí estaba frente a todo el escuadrón, al descubierto y temeroso. Sea obediente, perseverante y no sea maricón. Pero el profesor de Educación Física nunca le dijo algo sobre ser valiente. ¿Era de maricones tener miedo? Reaccione, instructor. Hagamos algo. Venegas y Palma son maricones, hay que denunciarlos.
 
Ahí estaba yo, mi capitán, temblando sobre el cemento. ¿Es de maricones sentir miedo?
 
¿Llorar hasta ahogarse?
 
 
El joven del restaurante miró a su al rededor. Estaban cerrando el local y acababan de traerles la cuenta.
 
―El chofer, le dijo el capitán.
 
―¿El del colectivo?
 
―Sí. El chofer también llevó a Palma.
 
―¿Lo llevó a dónde? No entiendo.
 
 
¿Quién diría que se nos iba a ocurrir ir al mismo lugar? Tuve una gran noche si me pregunta. Al fin pude bailar con Venegas libremente, hasta nos pudimos tomar de la mano. Lo siento capitán, usted sabe que fue el número uno, pero Venegas me acompañaba cuando al pelotón se le pasaba la mano con los golpes. Si me hubiera dejado hablar, capitán, le habría dicho que sí, que lo vi en el bar, pero que nunca hubiera dicho algo para perjudicarlo, primero muerto. Y mire lo irónica que es la vida a veces.
 
 
―Palma fue esa noche al mismo bar con el cadete Venegas. Yo no sabía que tenían algo, pero fueron descuidados. Tomaron mucho e hicieron escándalo en el colectivo. Se dieron la mano, se dieron besos en el asiento de atrás. Y en la estupidez deben haberle dicho al chofer que iban a la escuela. Así que él se bajó y les dijo a todos.
 
―¿Y qué hiciste? ¿Qué le pasó?
 
―Hice lo que un instructor tenía que hacer.
 
 
Cuéntele, capitán, yo no lo culpo. Nadie lo culpa. Su posición estaba en peligro, había que reaccionar rápido. ¿Quién aseguraba que yo no lo iba a delatar? ¿Cómo iba a saber usted si los rastreaban a todos? Era yo o usted, mi capitán. Nadie lo culpa.
 
 
―Lo metí a la cárcel.
 
 
Usted no tenía por qué saber que ninguna persona merece lo que me pasó, ni siquiera los maricones. Usted me lo dijo: no se puede ser maricón en la marina. ¿Pero sabía usted que tampoco se puede ser maricón en la cárcel? Después que te violan con un cepillo para el pelo, no se puede aunque se intente. Te indisponen, sólo te dejan el dolor y no hay capitán que a uno lo salve. No hay Venegas que te acompañe. Él nunca llegó a la cárcel, desapareció. O lo hicieron desaparecer, que es lo mismo. Podríamos decir que yo también desaparecí, capitán. La gente se mata o la matan y lo único que queda es una litera vacía. Le prometo que traté de ser un hombre como usted, pero usted no vio las cosas que yo vi. Yo no vencí, mi capitán. Yo perdí justo en el momento en que usted le ordenó al escuadrón encerrarnos en la bodega mientras llegaban los carabineros, antes de gritarme maricón degenerado en la cara. Y si no se vence, se muere como dice el lema. Nadie lo culpa, capitán. Usted hizo lo que tenía que hacer. Sacar la manzana podrida y tirarla lejos. De eso se trata ser capitán, de dictar con el ejemplo.
Franco Cárcamo
franco.carcamo.m@gmail.com