No me hagai eso, Gastón Guzmán

Estábamos parados en la entrada de la casa cuando lo vinieron a buscar. Yo creo que ni se acordaba de mi nombre. Tenía una bolsa de plástico en la mano en la que llevaba no sé qué. Quizá nada, pero la estuvo acarreando todo el día. Se acercó a la casa rodante y se quedó un rato admirándola. Debe haber estado pensando en lo lejos que se podía llegar en esa máquina. ¿Habrá querido irse alguna vez en su vida? ¿Arrancarse? Dijo que siempre anduvo en la gente, no siempre contento, pero anduvo repartido. Yo lo veía de lejos. Le hablaba en silencio. O más bien lo admiraba a él mientras admiraba la camioneta. Todo era más lento que de costumbre. Él, tan solo unos minutos antes, me había dado la impresión de que quería irse. De que ese no era su lugar, y de que estaba perdiendo el tiempo conmigo. Hablaba como cantaba —aunque quizá era al revés: solos los niños se embrujan con el canto del molino.
 
Yo quería saber cómo eso era posible. Cómo es que las palabras se organizaban en su vida. ¿Cómo puede un hombre haber pasado por tanto? “Uno no necesita haber vivido algo directamente para sentirlo, basta con poner atención”, me reclamaba mientras yo intentaba entenderlo. Su canto era el canto de los demás, volviendo a la tierra, como greda. Sabía perfectamente que no había demasiada diferencia entre él y los demás. Las diferencias son más bien las que nos separan. Cuando estuvo en el viejo mundo lo sintió fuerte y claro. Los del PC los hacían a un lado. Quizá por eso no le creía a ningún político, fuera del color que fuera. Ni tampoco le creía a los periodistas; “son lo mismo”. Cuando de vez en cuando lo venía a buscar alguno con sus manos suavecitas, se encargaba de corretearlos rápido.
 
Tenía razones de sobra para no creer en la farsa del espectáculo político y cultural. Él mismo me contó más de una historia. Fue a principio de los ochenta quizá. Irrumpieron en su casa fuerzas armadas del Estado. Lo venían a buscar. No hubo mucha explicación ni papeleo. “Vamos andando”. Se sentía como la partida final. Esa era la norma por esos días. No había que ser culpable de nada necesariamente. Pero él sabía que lo tenían bien identificado. ¿Qué es eso de andar llamando a usar los muros como diarios donde anotar los sufrimientos y pasiones? ¿Qué es eso de andar atentando contra frailes que amenazan a punta de cielo? ¿Qué es eso de llamar a gritos a defender la calle como una trinchera? Era cuestión de tiempo, y ese tiempo había llegado. Se despidió para siempre. Lo escoltaron a una camioneta en la que estuvo un rato largo antes de llegar a las afueras de Santiago, a una casa grande, con un portón grande. Lo hicieron bajar y lo metieron en una habitación vacía de una casona antigua. Estaba ahí, esperando solo mientras sacaba las cuentas de su vida cuando lo llamaron de la puerta. Le dijeron “Ya hueón, camina”. Avanzó por un pasillo corto y al cruzar la puerta se encontró en un salón lleno de oficiales repartidos alrededor de un montón de mesas, tomando y comiendo. Al verlo entrar todos se largaron a aplaudir y silbar. Cerca de un pequeño escenario uno de ellos lo esperaba. Todos lo miraban mientras el oficial desde el escenario le mostraba una guitarra y le decía: “Ya po hueón… ¡canta!”.
 
La vida no se acaba. Recién tengo la vida prendida en mi guitarra, cumpliéndose aquel adagio que dice: cantor que vende su voz, su canto y su pensamiento, le morderá la conciencia la boca de su guitarra, le degollará los dedos las cuerdas de su instrumento, hasta que su triste vida se acabe.
 
¿Dónde está el lugar humano? ¿Dónde aquel seno tranquilo? No aquí por lo menos, no entre los escombros de nuestra pobreza cotidiana, no en el trabajo ni en la falta de él, que nos matan de a poco. Quizá el secreto se perdió ya en la infancia. Quizá por eso hizo de la memoria su mejor aliado: “Yo nací viejo”. Con la guitarra en las manos se transformaba en canto, y las palabras parecían brotar de él con la misma soltura con que cae la tarde en el campo en verano, cuando el sol hace vibrar los parrones y las melgas. La noche de los recuerdos venía sólo intempestivamente, como un convidado de piedra, haciendo que esas mismas tardes se sintieran llegando tarde. El conflicto entre la añoranza y el desprecio, esta es la enfermedad de la mente.
 
No sonreía en ninguna foto. ¿Quién habrá inventado eso? Por los primeros 100 años de fotografía a nadie se le habría ocurrido sonreír. Para él los recuerdos no eran una simple imagen en todo caso. Viajaba a ellos a través de la emoción más que de las ideas. Imágenes no sólo con olores y sabores, sino también una sensación en el cuerpo. Puede que toda su música se haya tratado de eso. “No tengan miedo”, solía decir en sus conciertos cuando el público no lograba abandonar su rol de público para acompañarlo en el canto. No tengan miedo de dejarse ser.
 
¿Qué quedó de ese niño?
Travieso a veces
Inquieto a veces
Acorralado siempre
¿Qué quedó?
¿Quedé yo?
Dios quiera que no…
 
Su poesía quizá nunca tuvo tanto sentido y fue tan profunda como cuando me dijo: “No… si la infancia de uno estuvo tan llena de todo… y tan llena de nada”. Pero se quería ir, así que cuando llegó el auto que lo venía a buscar se subió todo lo rápido que podía. Yo lo veía de lejos. Me llamó justo antes de salir por el portón a la calle. Me acerqué corriendo a la ventana mientras la bajaba. Me quedó mirando un segundo con la vista firme y me dijo: “Aprende a leer, hueón…” Y mientras me clavaba fuerte dos dedos en el corazón: “Pero con estos ojos”.
Rodrigo B.
razacomica@gmail.com