El rey del oxicorte

a la gitana
Y les decía a mis compañeros en el patio de Jamaica: cabros, ¿no sería hermoso salir cascando todos juntos con las gavetas de un cajero automático, arrancar en el auto con el Benja al volante e irnos todos juntos a Punta de Lobos, a Mandalay, al Mataquito, todos felices y jóvenes y bellos, sin haber disparado un solo tiro, sin haber herido a ningún puto guardia? La Belén y la Jose podrían fabricar los miguelitos y lanzarlos en nuestra fuga como tirando besos, el compañero Beto y el Truli podrían estar a cargo de la logística, vigilar las entradas, las salidas y que ningún paco ni los supermanes se interpongan en nuestro plan. Y yo les decía: pero cabros, ¿se imaginan si tuviéramos varios millones a nuestra disposición? Yo por lo menos me la pasaría bebiendo pisco bajo los sauces a un costado de los perezosos ríos de los valles centrales, no me preocuparía por estudiar y trabajar a la vez, ni de ser un cacho para mi familia, porque chiquillos: los cajeros automáticos son santuarios del sistema, son el ojo electrónico y el corazón encriptado del mercado, a toda esta clase media le duele cuando le tocan sus símbolos, cuando les profanan sus bebés de consumo, se cagan de puro pensar que alguien no respete la legalidad del acceso al dinero. Aun cuando los que chorean de verdad están arriba y en el poder y tienen las armas. Teníamos tanta rabia, Gitana. Pero estábamos estudiando con créditos y con becas y los compañeros estaban preocupados de salvar eso. A mí me pagaban 900 pesos la hora en una botillería del centro. Me hubieras visto ahí, amor, subiendo y bajando cajas con licores polvorientos, intentando robar lo máximo posible a la hora del cierre, cigarros, petacas de ron, para así devolverme a la Interzona chupando en la micro, intentando escribir a la espera de que llegaras y me dijeras Cabeza de Chancho vámonos de esta güeá, este país es una estafa, pero no: debía quedarme en la botillería carreteando con pacos motoristas de la primera comisaría de Santiago, que llegaban a la hora del cierre y el jefe les cerraba las cortinas, él le ofrecía merca a los pacos y éstos aceptaban, felices, y festejaban organizando truchamente la seguridad de la botillería, y yo ahí escuchando, haciéndome el güeón como un pendejo part-time más, tomando notas mentales para fomentar mi odio, porque en ese tiempo odiaba, Gitana, y creo que sabía hacerlo. Era la única güeá que me salía bien. Pero estaba atrapado entre viajes infinitos en micros, idas y vueltas que carcomían los días, y la academia se volvía cada vez más anémica, más marcar el paso, anarquía de universidad privada y si uno no estaba enamorado nada tenía sentido. Y yo lo intentaba, Gitana, pero las chiquillas no estaban ni ahí con robar cajeros. Estaban en otra o yo estaba en otra y ya nadie se encontraba. Los papás se separaban y si no lo hacían se mataban de indiferencia. Yo cada vez me sentía más lejano de algo, Gitana, y el robo de cajeros automáticos ese año tuvo su punto más alto, su cenit, todos choreaban cajeros, todos choreaban algo en algún lado y las técnicas eran múltiples. El alunizaje consistía en estrellar un auto robado, una camioneta Santa Fe por ejemplo, de esas que abundan en los queridos barrios de Vitacura, para romper con todo obstáculo que pudiera tener un cajero, reventando ventanales, haciéndolos mierda en reversa, para así enganchar la máquina con un lazo de acero y con la Santa Fe arrancar el cajero completo, cara de palta, ni un balazo, ni un herido, higiene pura. Dos minutos, máximo. Era una belleza el alunizaje. La carga poética de este tipo de robo era cada vez más elevado, más sugerente, más arrebatado. ¿Dónde fue que nos encontramos por primera vez Gitana? ¿En el metro San José de la Estrella? ¿Recogiendo verduras y frutas de la feria en 10 de Julio? Te ves hermosa robando en el súper con tu rostro tan floridano, tan pikachu pickpocket. Jamás nadie te pilló, ningún guardia te corrió mano, nunca te fuiste en cana en el Homecenter de Ñuble, brígida para las cámaras, para encontrar puntos ciegos, malita para los daiquiri en bolsa como celebración. Fuiste tú la que me dijo que la unidad mínima de acción vulnerable es el amor y me tiraste un cornete y vi cómo te sacabas las zapatillas y posabas los pies húmedos en las baldosas del restorán chino y veíamos en las noticias la historia del rey del oxicorte, que ofreció 100 millones para quienes lo rescataran durante su traslado de Valpo a Calera. Calera, Gitana, tus tierras para el lado del Melón, donde la gente bebe agua de relave, tus tierras y primeras carpas, tu abuela Rosa que vende flores en el cementerio, tu abuela Ana que chorea prendas para sus nietas en la tienda donde trabaja. Estos calzones que respiro se los robó tu abuelita Ana, Gitana, y a tu pueblo lo expulsó la minería transnacional. Me dijiste mira Cabeza de Chancho, rescatemos al rey del oxicorte y nos vamos hacia el norte hasta donde nos llegue la plata. Me evaporaste con eso Gitana, me dejaste escuchando fuego contra fuego de Riqui, Gitana, y nos encerramos por meses en la Interzona verificando un teatro de operaciones fenomenal para el rescate del rey del oxicorte1, nos organizamos con la Unión Fuerza Objetivo UFO y la Unión Fuerza Infantil UFI, las juntas eran organizaciones para el choreo, realidad virtual para el enfrentamiento de guerra ¿Cuántos consejos de guerra no promoviste Gitana, para que la gente a través del amor se diera cuenta que nos están robando, que la realidad es una estafa? Y lo logramos porque el tiempo era poco y nuestros cuerpos elásticos por el sol lo permitieron. Rescatamos al rey del oxicorte contando cada paso y sílaba a ejecutar, como el bello ejercicio de no dejarse de mirar a los ojos cuando se fornica; precisión, cariño en la acción de este robo, al unísono ¿Qué será de ese hombre que liberamos y que nos pagó por ello? ¿Qué será de ese hombre el día de hoy donde cada uno de nosotros está cada vez más lejos? ¿Tendrá familia? ¿Revisará este hombre con un nombre falso en redes sociales lo que fue su leyenda? ¿Estará en Chile fondeado, cagado de susto o seguirá delinquiendo como todos nosotros? No lo sabemos porque nos fuimos, Gitana. El desierto de Atacama fue una lengua muerta en nuestro escape. Camiones, conteiners, más camiones y más conteiners. Cuando estábamos solos y abandonados en los paisajes, pensábamos en nuestros amigos y en lo lindo que sería que estuvieran aquí, en estas playas llenas deseo y conocimiento, en las punas cerradas para el paseante ligero, en los ríos tropicales donde hicimos nuestro cariño de estar juntos, puro engrupiendo para habitar lo más fértil de la ficción. Pero no estábamos en Chile y afuera todo parece más fácil, y no lo es, Gitana. ¿Qué teníamos contra Sudamérica como para andar robando como en Chile? ¿Nos convertiríamos en domésticos de exportación? ¿Nos pondríamos en modo guerra del Pacífico para sobrevivir? El desasosiego en el viaje es una sombra con peso si no existe un objetivo. ¿Y el amor, lo era, Gitana? Regresamos a Chile porque todo olía a farmacia, todo era políticamente correcto y las concesiones le quitaban aire a la pasión. Y lo debo repetir: la palabra concesión se inoculó en el ADN del país como lo venéreo, a la primera concesión, al primer arrendamiento, a la primera firma de contrato, a la primera exigencia de servicios: fichados, enfermos y chilenizados. Porque cuando los chilenos se transformaron en cajeros automáticos fue cuando se murieron. Los vimos besar la cuentarut, Gitana. Los vimos hacer fila rogando por el depósito y las caras de todos estos mayores de edad era el desprolijo y la desazón frente a las pantallas de los cajeros donde el reflejo de su propio rostro los interrogaba, o, al contrario, el orgullo fascista de reventar las tarjetas y salir de las cabinas sacudiendo billetes, para enfrentarse a sí mismos en borracheras con cocaína a lo más repugnante del territorio. Y si algo cambió estos años en Chile, sólo  fue por la seguridad de estos cajeros. De estos chilenos. Gitana, fue triste este reforzamiento de la seguridad nacional. Implantaron el humillante sistema de entintado de billetes para funarnos. Reventábamos cajeros como antes, como en nuestros inicios, pero ahora todos los billetes estaban manchados de tinta. Nuestras manos quedaban oscuras frente al fracaso. Todos los billetes estaban irreconocibles, inútiles. Los billetes manchados eran como jaleas de abortos espontáneos en las manos. Y los cajeros automáticos del país se comenzaron a instalar en las comisarías, atenderían desde ahí, Gitana, todos los supermanes chilenos iban a las comisarías a buscar su plata para salir arrogantes en busca de detenciones ciudadanas para linchar públicamente a su propia gente. Se pusieron tan vulgares, amor, los vimos aluzar gente por un teléfono, los vimos golpear ollas por los daewoo y que alguien piense por los niños y lo intentamos con la saturación de gas y no queríamos caer en la violencia, no queríamos dañar a nadie, todo lo hacíamos para tener tiempo y mirar abrazados el mar, pero nosotros dos nos íbamos quedando cada vez más en la orilla del dar, recibir y devolver, para una guerra inevitable, una guerra beneficiosa mucho más que el estado de paz y anomia clasemediera inspirada en un respeto, tolerancia e inclusión censuradora de lo único nuestro; el lenguaje como gavetas donde escondemos nuestro único tesoro, mi camboyana kurda, deliciosa y apretaíta, mi fábrica de peos mañaneros, mi juguito de kiwi con jengibre. Gitana, hoy amanece y Chile sigue siendo Chile. Llámennos cuando comience la guerra.

Notas:

  1. Carabineros de la región de Valparaíso debieron escoltar el carro de Gendarmería que transportaba desde la Cárcel de Alta Seguridad porteña al Tribunal de Garantía de La Calera a Roberto Carlos Muñoz Armijo (36), más conocido como el “Rey del Oxicorte”, debido a sus reiterados robos a cajeros automáticos con esa técnica delictual. La medida se debió a que personal de Gendarmería tomó conocimiento de una supuesta recompensa que Muñoz Armijo ofreció para quien lograra rescatarlo en el momento de su transferencia. Sobre este operativo, el capitán Juan Pablo Montengro, de la 5º comisaría de Carabineros de Miraflores, indicó que “inteligencia de Gendarmería nos dijo que este sujeto había ofrecido una alta suma de dinero para que lo rescataran en su traslado desde la Cárcel de Valparaíso al Tribunal de Garantía de La Calera, por lo que a petición de Gendarmería reforzamos su traslado y resguardamos el Tribunal”.  En total, Roberto Carlos Muñoz Armijo, quien acumuló unos $400 millones tras robar en sucursales de Servipag y cajeros automáticos de La Serena, La Calera, Viña del Mar, Santiago y Linares, habría ofrecido unos $100 millones como recompensa a quien lograse rescatarlo. http://www.latercera.com/noticia/el-denominado-rey-del-oxicorte-ofrecio-millonaria-suma-de-dinero-para-ser-rescatado/
Juan Carreño
juancomprofierro@gmail.com