La impunidad patriarcal del ecocidio y la crisis que sostendremos con nuestros cuerpos

Quien posee a las mujeres de un territorio posee el territorio, esta es la regla de los viejos y nuevos patriarcas.
Maria Mies
En Bolivia, los incendios provocados por la agroindustria cruceña y que hacen parte de un pacto depredador con el gobierno y las transnacionales, han devastado alrededor de 2 millones de hectáreas entre los departamentos de Santa Cruz y el Beni1, afectando un total de 20 municipios. En estos territorios se han visto afectadas 10 reservas naturales, Tierras Comunitarias de Origen y territorios de comunidades indígenas de la Amazonia, Chaco y bosque chiquitano en las tierras bajas de Bolivia. Y el fuego sigue.
 
Esta devastación provocada por el fuego, es resultado del complejo de acumulación capitalista que en Bolivia se sostiene a través de una alianza entre diversos actores. Este complejo hace rato que se ha perpetuado de manera intensa en las tierras bajas, cumpliendo quizás así el proyecto de “Geopolítica de la Amazonia” ―que el vicepresidente describió como sostén del progreso en Bolivia años atrás― o el proyecto de “Modelo Productivo Autónomo” como sueño que sostiene la oligarquía cruceña desde la época del dictador Banzer, ambos fundados en proyectos extractivos diversos pero interrelacionados que van desde la agroindustria intensiva, las hidroeléctricas, la minería, deforestación ilegal, el tráfico de tierras y también la extracción de petróleo y gas.
 
Hace ya un tiempo atrás, las comunidades y las resistencias de mujeres ―que se enfrentaban de manera directa e imponiendo sus cuerpos como límites― nos han mostrado que lo que opera en los territorios para devastar es una alianza violenta y criminal. Este momento de zozobra que vivimos por esta serie de incendios provocados es una escalada brutal del régimen progresista y el extractivismo exacerbado vía violencia y saqueo; además, nos está develando ya, de manera muy clara, cómo se instaura y maneja el poder y que tipo de crisis es el que nos tocará afrontar para el presente y futuro.
 
Impunidad y ecocidio
 
El año 2019, casualmente año electoral en Bolivia, la violencia y los despojos se están presentando de forma concadenada. Este 2019 tenemos los números más altos de feminicidios ―83 hasta la fecha― y no paran, casos de violaciones a menores y de violencia grupal. También este año, en diversas ciudades, estábamos saliendo a las calles y movilizábamos nuestra rabia contra la complicidad patriarcal y la falta de respuesta de cualquier aparato institucional para escucharnos. Nuestra rabia se acrecentaba en la medida de que lo que denunciábamos como violencia se invalidaba, pues en la medida que politizamos nuestro dolor las instituciones nos infantilizaban una y otra vez.
 
Mientras eso estaba sucediendo, el gobierno y los empresarios hacían valer una alianza histórica y criminal contra los territorios. Una alianza que se ha ido gestando desde años atrás a través de varios encuentros disfrazados de cumbres y de todo un andamiaje institucional que se viabiliza con decretos, normativas y reglamentos donde el gobierno del MAS fue replanteando toda la política agraria del país, para incentivar la agroindustria de manera voraz y acelerar la avanzada capitalista sobre los territorios del oriente, Chaco y Amazonía boliviana.
 
Si analizamos cómo se sostuvo está alianza, el papel del Estado «progresista» es central, pues a medida que se crea una farsa con normativas que toman la bandera en nombre de una supuesta protección de la madre tierra, sin publicitar lo que realmente está ocurriendo, se establece un sin número de «perdonazos»2 por desmontes y quemas no autorizadas que se extienden por plazos que superan el año y que dan pie a una impunidad concertada y risible. Este proceso culmina con la destrucción de nuestro ecosistema con un incendio voraz e incontrolable como el acontecido durante de las últimas semanas. Si bien el decreto 39733 es causante importante de lo que está suscitando y su derogación es central, lo que está en juego no sólo es el marco normativo sino la impunidad con la que el Estado y sus alianzas están operando.
 
Esta política criminal se reproduce con impunidad; la impunidad no es sólo la falta de justicia, la impunidad es constitutiva de un pacto patriarcal ―desde donde emana el poder del cuerpo sobre el cuerpo, se instala el silencio cómplice y omiso para violentar, se intercambian acuerdos contra los cuerpos y territorios feminizados―, pacto desde donde cada sujeto privilegiado que obtiene poder depreda para pagar su precio de pertenencia. Este pacto ―que se cierra contra las mujeres y todo lo que representan― relanza la avanzada del capital, la reconquista de los territorios, la violencia sobre los cuerpos y la anulación de la capacidad autónoma para reproducir la vida, por tanto, es el centro del desastre que estamos viviendo.
 
La alianza criminal que impunemente está devastándonos territorios y todo lo que de ahí emana para el sostenimiento de la vida misma, a través de una avanzada de maquinaria capitalista, discursos, prácticas y medios simbólicos de cooptación. Cosifica, despoja, coloniza y violenta. Además, intenta hacernos creer que somos sujetos y sujetas autónomas de la naturaleza, individuos sin cuerpos, o cuerpos individualizados que no dependemos más que de ellos para sostenernos, y así entregarnos al «desarrollo» de unos pocos, para transformar y dividir las relaciones sociales e incentivar e imponer jerarquías.
 
Es a través de esta política patriarcal capitalista que el gobierno del MAS tiene condescendencia y hasta admiración por las élites y logias4 que sostienen este modelo depredador. «El interés común» de esta diversidad de actores es someter cuerpos y territorios, centro de la acumulación capitalista, por tanto, han sellado la forma de mantenerse en poder, agradarse y validarse entre sí. Tal como Bolsonaro está entregando la Amazonía al capitalismo, militarismo y fundamentalismo, en Bolivia el progresismo hace exactamente lo mismo, aquí con el disfraz de la distribución de la ganancia y el «fortalecimiento del Estado».
 
Nuestros bosques como banquete; nuestros cuerpos, sus negocios.
 
Mientras en toda Bolivia una masa de personas, desde diversas geografías, moviliza una serie de demandas sociales para gestionar ayuda para los incendios, actuando como bomberos voluntarios, rescatando animales, informando y haciéndose cargo de un sinfín de otras tareas; Evo Morales, sus socios chinos y los ganaderos de Santa Cruz, festejaron la primera exportación de carne a China. A la vez, a medida que las diversas marchas y preocupaciones de colectivas ambientalistas, feministas, universitarias, y Pueblos y organizaciones  indígenas y otrxs hemos pedido distintas medidas ―como la pausa ecológica real (ver enlace en youtube) o la anulación del decreto 3973―, y también nos movilizamos desde consignas más generales como el “no al Extractivismo”, Evo Morales y sus aliados, vuelven a puertas cerradas a alabar la capacidad «productiva de Bolivia».
 
En síntesis, es la fuerza social la que se está haciendo cargo de las consecuencias de este pacto. Así, en el momento en que nosotrxs nos estamos haciendo cargo de la devastación de este pacto, el gobierno no ha tenido ningún problema con escuchar a los agroindustriales, los cuales le piden que no derogue ninguna de las normas ya aprobadas. Tampoco ha pensado renegociar sus políticas de alianzas con las transnacionales chinas y otras, y sus compromisos futuros que estoy segura muy poca gente conoce. ¿Hay algo más patriarcal que eso?
 
Sabemos que el Estado no nos cuida, ahora es claro que nos devasta. Esta alianza, primero incentiva una política de conquista colonial que siempre ha insistido y se ha validado por el intercambio de mujeres y territorios como garantía de los pactos para mantener su poder.  Segundo, incita la relación progresista con la naturaleza, comprendida como el estorbo de la naturaleza salvaje. Bajo esta visión depredadora los territorios son mercancía. Una mercancía que se perpetúa como idea de desarrollo, pero que claramente las resistencias comunitarias impulsadas y sostenidas por mujeres, dan cuenta de que es una política que las golpea y maltrata en sus espacios privados y colectivos (ver más aquí y aquí).
 
Tanto la política de conquista como la violencia contra las mujeres que está implícita en los despojos territoriales alimenta la figura de la conquista del oriente boliviano, como parte de la idea masculina de dominación del cuerpo femenino, que siempre ha sido la política central de las logias terratenientes en Santa Cruz y que hoy son el centro de un capitalismo agroindustrial depredador. No podemos dejar de relacionar la construcción de la feminidad que impulsan como modelo de operación en sus fiestas y juntas de frater, con la cosificación y la idea de trascendencia masculina en referencia a la naturaleza y cuerpo de la mujer que se cosifica.
 
Memoria y luchas emergentes
 
La lucha contra la impunidad que diversas acciones feministas estamos movilizando y que gritan ¡Justicia! tienen total relación con la rabia que emerge por la devastación que estamos viviendo. ¿Acaso no estamos sufriendo con el cuerpo el mismo dolor que sentimos por la violencia que se nos viene encima? ¿Acaso la impotencia no nos genera miedo sobre cómo vamos a subsistir por los próximos años, sino siglos? ¿Acaso no sentimos en las entrañas que se nos ha borrado el pasado y que poco sabemos del futuro, porque no sólo perdemos tierra, si no memoria, experiencia, afectos y linaje? Así también las movilizaciones por los incendios actuales también gritan ¡Justicia!
 
Las luchas feministas emergentes están disputando un sentido otro de la realidad atrofiada que ―gracias al progresismo― estamos viviendo, y venían haciendo visible cómo se sostiene y consolida el poder en Bolivia. A la vez, la politización que iba emergiendo desde los miedos que sentimos y duelos que atravesamos están disputando un conocimiento encarnado, con raíces profundas que no es posible sin la relación con el cuerpo que sostiene la naturaleza y la naturaleza que se sostiene en el cuerpo.
 
Las luchas feministas emergentes también alumbran otras cosas sobre la impunidad, en particular que nosotras ni las comunidades que viven en estos territorios somos parte de ese pacto (si bien existen mujeres que median las políticas extractivistas y de despojo feroz). La red de complicidad que implica la violencia que se gestiona contra nuestros cuerpos y nuestros territorios no es parte de nuestra política, pues contra eso nos estamos rebelando.  No somos herederas de las logias que organizan el poder en torno a la oligarquía terrateniente, sino herederas de las memorias de nuestras abuelas y sus fuerzas por sostener la vida.
 
Las comunidades y pueblos indígenas que habitan desde siempre las tierras bajas de Bolivia históricamente han luchado en común en la medida que se movilizan, en la medida en que habitan ampliamente el territorio, en la medida que salen e ingresan del monte, donde los límites (por supuesto) son los inventos del Estado nación en todas sus vertientes. Se trata de resistencias que se despliegan desde esa rebeldía, desde un habitar nómada y desde cuerpos que no se fijan por mucho tiempo y lugar, por tanto, disputan relaciones más integradas a cómo se reproduce la vida en sus territorios.
 
La rebeldía también está en esconderse del capital, y un claro ejemplo de esto son los pueblos indígenas que habitan estos territorios y tienen una lucha histórica contra el terrateniente, hoy el capitalista agroindustrial. La rebeldía de estos pueblos, al igual que la de muchas luchas que las mujeres están desplegando, cuestionan las estructuras sindicales clásicas, las disputan y las transforman porque no se acoplan a aquello que sienten, piensan, conocen y desean desde una lucha desde redes y territorialidades amplias.
 
Ya las mujeres del TIPNIS nos advirtieron esto en el año 2011; las insurrecciones de los 90 de las tierras bajas de Bolivia también; las mujeres guaranís de Tacovo Mora; las que resisten a hidroeléctricas, diversos despojos territoriales y resistencias cotidianas: por eso la memoria es un campo de disputa importante. La lucha contra el terrateniente es también la lucha contra el patriarcado, pues sus pactos nos han sumido en la crisis sistémica que ya estábamos habitando silenciosamente, pero que el incendio voraz nos hizo gritar desde las llamas que nos destruyen la vida.

Notas:

  1. Datos Fundación Amigos de la Naturaleza
  2. Cumbre Agropecuaria sembrando Bolivia
    https://correodelsur.com/economia/20150421_arranca-la-cumbre-agropecuaria-sembrando-bolivia.html
  3. Decreto Supremo 3973 del 10 de julio de 2019, el presidente Morales autorizó “quemas controladas” para actividades agropecuarias en los departamentos de Santa Cruz y Beni, mismos que han sido afectados por los incendios forestales desde agosto de este año.
  4. Las logias son la forma de poder elitista a través de la cual se ha sostenido el poder terrateniente en Bolivia
Claudia Cuellar
claudia.cuellarsuarez@gmail.com