Un libro bello

“Enseñanza práctica del idioma Creole y la cultura haitiana. Conocimientos necesarios para el contexto actual” (Alarido ediciones), del lingüista Peterson Saintard  fue lanzado el 16 de octubre del 2019. Compartimos la presentación del texto a cargo de la socióloga María Emilia Tijoux, en un contexto donde está en vilo el voto migrante en el marco del plebiscito de abril referente a la nueva constitución, muestra de un nuevo golpe a la integración de quienes han venido  a vivir a este país y a sus derechos políticos. Mismo contexto donde se hizo público un estudio referido a la violencia sexual ejercida por integrantes de la misión  de la ONU en Haití, incluyendo al Ejército de Chile.

 

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«Y llamo sociedad burguesa a toda sociedad que se esclerotiza en formas determinadas, prohibiendo toda evolución, todo avance, todo progreso, todo descubrimiento. Llamo sociedad burguesa a una sociedad cerrada en la que no se vive bien, donde el aire esta podrido, las ideas y la gentes putrefactas. Y creo que un hombre que toma partido contra esa muerte es, en un sentido, un revolucionario».

 (Frantz Fanon, Piel negra, máscaras blancas).

 

 

 

Agradezco la generosidad de Peterson Saintard por invitarme a prologar este libro. Pienso que es generosidad porque no soy lingüista ni especialista del tema que esta obra aborda, lo que me hacer sentir por una parte complicada de escribir algo que quizás no será una contribución, y por otra halagada de estar presente en estas páginas respondiendo a una invitación de afecto.

 

Comienzo diciendo lo que el libro me provocó. Sentí que era un libro bello. Bello si aludo a su belleza como objeto pensando en Kant (1992), cuando advertía que no era la belleza objetiva de las cosas lo que le interesaba, sino el juicio que se formula cuando decimos que una cosa es bella, considerando las categorías del entendimiento: cantidad, calidad, modalidad, relación, sobre las cuales nunca me detuve pero que hoy están presentes, provocando a los sentidos. Porque no se trata de un juicio de conocimiento según Kant. Por lo tanto, que lo vea como cosa bella sin duda que nada le agregará a este libro. Siento que es bello y expreso que lo es porque“me gusta” y de este modo hago un juicio, un juicio de gusto, entendido como la facultad que implica juzgar lo bello. Como algo subjetivo, que tiene que ver conmigo, con mi relación con este libro específico. Porque el libro me gusta. Si repito que “me gusta” es porque me place, me satisface, me interesa. El libro apela a mis sentidos, al deseo de leer y de saber más de lo que hay tras de lo que dice. Me provoca, pues me invita a estar en él y a entender algo más de Haití. Me gusta, me agrada, pero en este placer puede estar también inmerso de lo que me genera cuando hay un sufrimiento que rodea –a mis sentidos- al hecho de que un libro como este nazca en Chile por mano de un autor que ha emigrado para convertirse en inmigrante. Un autor llamado Peterson Saintard.

 

Buscando sin embargo las razones de lo que el libro me produce, la sociología de Bourdieu me ayuda a sentirlo como un objeto que me interesa, pero que siguiendo a Kant –con muchas complicaciones- tendría que ser “sin interés”, no obstante que a mis ojos el libro es un objeto que “se distingue”. Es haciendo una crítica social al juicio del gusto sobre la concepción kantiana, que Bourdieu (1979) criticaba el carácter desinteresado del juicio kantiano –aunque no era el primero en haberse detenido en la crítica del desinterés estético -. Es decir, podríamos entender al libro y a lo que nos produce más allá de una pura subjetividad, como producto de las luchas simbólicas que se dan en el campo del arte, pero aun más lejos todavía, entendiendo que el gusto puro que Kant propone, es de una élite que hace ya mucho se ha posicionado en el campo social como la que domina. Para Bourdieu el gusto burgués podría desprenderse del placer y del sentido para devenir en universal. Obviamente que oscilamos entre estos autores cuando volvemos al libro y podríamos eternizarnos en tratar de explicar lo que nos ocurre con él. Pero en lo que me atañe, si bien es complejo hacer el quite a quienes nos procuran pensar, este libro que hoy se presenta ante mí para desafiarme, trae consigo el trabajo de un autor y al mismo tiempo a una comunidad migrante que ha llegado a un Chile poco amable.

 

El desconocimiento de la historia y la cultura haitiana precisa ser enfrentado para buscar no solo las causas del mismo sino las consecuencias que ello tiene respecto a un país que precisa presentarse a los ojos de Chile como lo que es y no solo negativamente. En este contexto de rechazo que se expresa desde las políticas del Estado y la incomprensión de la sociedad chilena, este libro es una luz que invita a hablar de la lengua y del lenguaje, entendiendo que este último es tanto un instrumento de dominación como de discriminación potente, que implica que una lengua se imponga como la única reconocida o valorada como lengua oficial. Bien sabemos sobre esta situación al interior de Chile, cuando lenguas ancestrales no son reconocidas como tales al no ser enseñadas en condiciones de igualdad con la lengua dominante. Luego, socializados(as) sobre esta base de diferencias, se banaliza el hecho de que una persona sea rechazada por su lengua como por el acento con el que pronuncia la lengua dominante. La discriminación lingüística es también una forma en que el racismo se declina para afectar a poblaciones enteras, al igual como se hace frente al color de piel, los rasgos, el origen o la condición sexual y económica. Es el desafío de Philippe Blanchet (2016) para examinar las prácticas lingüísticas a través de los procesos discriminatorios que sufren las personas ampliando el concepto discriminación, y considerando un punto de vista ético. Quizás no tenemos todavía conciencia de la diversidad que permite buscar, no en el “Otro” sino en el “Nosotros” las razones que nos llevan a ofender, en este caso, a una manera de hablar.
 
En Que significa hablar, Bourdieu estudia los efectos sociológicos, además de la competencia y la performance de los conceptos de lengua y palabra, cuando se dan en el terreno del discurso, considerando para ello el lazo que hay entre lo social y la lengua. Oponiéndose a Saussure (1991) para quien la lengua es un hecho social, un sistema de normas objetivas y exteriores que se impone a los individuos y que reproduce aproximadamente los mismos signos y conceptos, Bourdieu advierte que no se puede excluir lo social de la lengua y por lo tanto el sistema mismo debiera ser examinado desde sus condiciones de producción. No habría “una lengua”, sino discursos de estilo producidos por el que habla y que produce en un determinado espacio social cuando en el encuentro con los demás lo que se dice, tiene sentido. Como una performance que se protagoniza en el mercado lingüístico que domina la lengua considerada y evaluada como la lengua legítima. Luego, las demás lenguas posicionadas en lugares inferiores de este mercado que forma parte del campo lingüístico, deberán luchar para posicionarse, pero estas luchas dependerán también de los cruces e intereses que tengan los otros campos que allí confluyen: económico, cultural, político, etc.

 

El creole es la lengua hablada por la totalidad de la población haitiana y el francés la lengua oficial según la Constitución de 1926, durante la ocupación norteamericana. Pero según el artículo 35, es la ley que determina los casos y condiciones en que el uso del creole es permitido y recomendado para quienes desconocen el francés. 80% de personas hablan creole. La población bilingüe es más escasa y la estratificación social muestra que es una minoría (15% a 20%) que son bilingües (Bentolila y Gani, 1981). Vale considerar que ya existe un debate importante en Haití sobre el hecho que allí cohabitan varias lenguas y en lo que nos concierne, esperamos saber más al respecto, si bien podemos imaginar que siendo el creole mayoritario, en el actual contexto de inmigración en nuestro país donde la comunidad haitiana es la única que no habla español, es de todo interés que podamos saber más de esta lengua y que muchos puedan conocerla y manejarla. Por otra parte, si bien no hay estadísticas en Chile sobre el manejo de las lenguas (francés, inglés, español u otras) por parte de la comunidad haitiana, es claro que la gran mayoría habla creole y en muchos casos solamente creole. En este marco, el manejo del español es una necesidad de comunicación fundamental que permite el encuentro con los(as) chilenos y ayuda a la inserción en el país. Sin embargo no basta con hablar español.
 
Hemos dicho ya cuánto hay de social en una lengua y cuánto se debieran considerar sus condiciones de producción, cuestión que podríamos colocar en las condiciones mismas en que se producen los encuentros en Chile que están atravesados por los procesos de racialización. Deseamos que prontamente sea toda la comunidad haitiana la que maneje el español hablado y escrito en Chile. Esperamos que el aprendizaje, más bien el deseo de aprender no sea solo una táctica para resolver la inmediatez de los encuentros, sino que se convierta en la estrategia que cubra la comprensión de la vida chilena que contiene a una lengua que de todos modos, sigue siendo lengua dominante respecto a la comunidad inmigrante en general y dominada respecto al habla y la escritura norteamericana y europea.
 
Peterson Saintard nos entrega este regalo que provocó mi sentimiento de considerarlo inmediatamente como un objeto bello. Probablemente salga de la pura subjetividad que está en esta valoración, en este juicio de gusto. Pero en razón de lo anterior y por estar atenta a las prácticas racistas que cotidianamente se producen contra la comunidad haitiana, siento que este es un libro necesario. No solamente por la potencia de la utilidad propuesta a quienes buscan conocer una u otra lengua, lo que es sin duda su primera riqueza, sino por su construcción en tanto texto que invita a recorrer parte de Haití y parte de Chile con ojos de un agente social haitiano. Cuando decimos agente y no individuo, es porque éste adopta una estrategia para sacar el máximo de provecho, pues este libro tiene efectos que benefician a otros, a otras. Que partiendo de un interés subjetivo –debido al interés personal que ha puesto en su trabajo-, también busca un interés objetivo –el concitar el interés de otros por aprender y conocer-, lo que opera a corto y a mediano plazo. Esta estrategia, señala Bourdieu (1989) puede no haber sido elegida deliberadamente, y a lo mejor por el hecho de no ser intencional, sea más eficaz. En este sentido Peterson es un estratega.
 
Presentado en dos partes: la primera dividida en 13 capítulos que abordan el lenguaje, la gente, la vivienda, la comida, la ropa, la salud, la ciudad, los medios de transporte, los estudios, los animales, el trabajo, la recreación y las referencias gramaticales, el libro nos invita a recorrer una vida cotidiana que se anuncia siempre como una banalidad repleta de historia que no suele ser atendida en su completud. Es a través de esos espacios, escenas y objetos que la existencia se lleva a cabo y entonces la palabra que no se conocía se vuelve cercana por la situación que la vuelve comprensible. La cosa señalada para ser luego nombrada consigue que el nombre la muestre en su relación con otra persona, con otros objetos o en una situación específica que si bien nunca será igual a otra, ya ha mostrado al objeto que estando en todas partes, “se llama” (como si se lo llamara para un encuentro) de cierto modo.
 
Por ejemplo, la urgencia que tan mal ha jugado en los desencuentros con mujeres u hombres haitianos que han pasado por momentos de extrema violencia debido a la incomprensión de sus situaciones, ya no tendría que ser tal, es decir, ya no tendría que ser urgencia. Porque si seguimos la idea de Peterson, no serian solo haitianos(as) quienes precisaran de los elementos para comprender una situación que resulta ambigua, extraña, “rara” (como se ha dicho recientemente sobre una joven que invocaba a sus dioses en un momento de crisis por no hacerse entender[1]), sino también los chilenos(as) que en estos años han construidos lazos de amistad en el trabajo, el barrio, la escuela de los niños, los terminales de buses, los consultorios, cuando buscan acercarse disminuyendo la distancia que un “inmigrante” ha puesto entre ellos, cuando en realidad la distancia y con ella el distanciamiento y la incomprensión han sido construidos por los poderes del Estado, las instituciones y lo jurídico.

 

La segunda parte del libro nos invita a compartir lecciones que involucran al Estado y la política, la comunidad, la historia de Haití y su descripción geográfica, o ingresar a problemas como la delincuencia. Las lecciones ofrecen conocer una sala de clases, tipos de escuelas, ministerios –que podrán ser el de educación o de la cultura- y la literatura deteniéndose en los pájaros, en un bosque, los animales y ampliamente en el trabajo. Una diversidad tan múltiple como lo es la vida de quienes hemos vivido la experiencia de la emigración de nuestro país cuando éste nos empujara o nos expulsara, para vestir la ropa de un(a) inmigrante que al llegar al país que supuestamente recibe, nos despoja de una historia que solo entrega en diminuto pedazo que nos hace nombrado(as) por la nacionalidad: haitianos, chilenos, etc.
 
Hay que entrar a este puzle que el autor ha esbozado para proponernos buscar las piezas hasta dar con la figura. Solo que no hay una caja con la figura exacta. Esta caja debemos construirla nosotros para dar cabida a las piezas, tal como ocurre cuando un inmigrante, una inmigrante trata de organizarse para armar organizar la vida que se desarmó cuando se parte repentinamente. Porque al llegar de repente a un país no-nuestro llevando con uno al nuestro, todo se complica y se enreda el cuerpo entre las calles, la lengua que desconocemos nos acusa, las miradas no se entienden pues surgen como burla o simpatía, los gestos de y entre los demás en los espacios públicos señalan nuestra vestimenta, color de cabello o forma de desplazarse, la mueca generalizada ante nuestra inicial pronunciación invita a callar, la interrogante en el rostro del(a) nacional ante los diplomas de origen se repiten, el currículo o la experiencia laboral de nuestros países no cuenta además de la obligación ante la propuesta del trabajo precario y humillante imposible de rechazar. Este “enredo” sin embargo no lo es. Porque la vida misma llevada a cuestas tal como se ha dado, sin aprendizaje de un viaje, es la que se debe enfrentar para sobrevivir.
 
El inmigrante se enfrenta a la pérdida en la calle y a una nueva pérdida cuando dependiendo del cuerpo que se porta alguien nos indica o nos des-indica la buena ruta según si le “gustamos” o no. Este puzle es una realidad en la ruta migrante. La más cotidiana de todas las realidades, que no obstante parecen tan complejas cuando se trata de hacer entrar en el cuerpo a otra lengua que nos dicen desconocida, pero de la que siempre sabemos algo. Porque quien la habla, no puede ser un completo desconocido(a), dado que lo encontramos en el mismo mundo nuestro: el metro, la micro, la fila, la escuela.
 
Se trata aquí del encuentro del español con el creole, dos lenguas que podrán tocarse, sentirse, igualarse en el trabajo duro o en el dolor físico, pero que parecen apartarse por su historia y por la dominación particular que las ha cruzado hasta colocarlas en distintos sitiales de la percepción y de la apreciación social. Tal como Peterson lo ha expresado, este libro no es un diccionario pues no extrae de un lugar sin vida a la palabra que ilumina, sino que la hace vivir en el mundo social que la precisa y en el agente que la hace circular.
 
Esta es una propuesta de búsqueda –necesaria por cierto- de una palabra que se desconoce y que precisa ser traducida por el sujeto que la busca, desde un encuentro de conocimiento entre dos culturas y dos historias, a partir de la propia historia migrante de su autor, avecindado ya en Chile y que pone a disposición su formación universitaria de lingüista junto al cariño por personas haitianas y chilenas a las que invita a saber más sobre su origen, su manejo, su instalación al interior del espacio donde toda lengua adquiere sentido y por lo tanto, vida.

 

Un libro bello. Tal vez porque resiste. Y porque es obstinado y amable al mismo tiempo. Resiste del mejor modo al racismo que tiene tantas formas y por eso es tan plural. Resiste por ejemplo a lo que Bourdieu llamaba “el racismo de la inteligencia” manejado por la clase dominante y que se caracteriza por la reproducción que depende de la transmisión del capital cultural heredado y puesto en el cuerpo, dado que se trata de un proceso que vuelve al racismo “natural” y lo naturaliza a los ojos de los demás, debido al propio privilegio que despliega para justificar el orden social al que nos han sometido (Bourdieu, 2004). Luego, después de ellos y de ellas, está la pequeña burguesía y quienes les siguen, hasta llegar a otros situados en el mismo lugar que nosotros, más abajo aún, que construyen sus propios racismos hasta terminar en el más primario, ese que pone al color de piel como el principal obstáculo de humanidad.

 

Entonces, contra esa fuerza que supuestamente nos derrotará con su violencia, este libro abre una puerta a la fuerza de la compresión proveniente de los encuentros. Junto con Fanon, aprovechemos este libro y sumémoslo al trabajo de pensar contra la esclerosis de las formas que impiden el avance de un mundo que hoy se ha mezclado para salir del sueño de una absurda pureza perfecta.

 

 
[1] Véase el caso de Joane Florvil y su cruel desenlace o el de Vitha ocurrido en el mes de febrero 2019 cuando viajaba hacia Brasil con su bebé para encontrarse con su hermano, que finalmente, gracias a organizaciones sociales de Iquique llegó a buen término.
María Emilia Tijoux
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