Gerontofobia y pandemia.

Mi abuela quiere cumplir 90 años. Lo dijo el año pasado antes de apagar las velas, cuando se equivocó en la cuenta y se sumó un año. También me lo dijo por teléfono, hace unos días. Más que un deseo, parece como si fuera una misión. Tampoco es que la vida se la haga fácil o bonita; cuando murió mi abuelo, se encontró con que no le quedaba nadie con quien compartiera el mundo que a ella le habían enseñado. No entendía los conceptos que usaban en la tele, las soluciones de los operadores, y que la gente ya no se llamara por teléfono. Sin embargo, ella espera cumplir noventa en octubre.
 
En medio de esta bomba silenciosa que no sabemos cuándo acabe de explotar, yo no sé qué decirle además de que tenga paciencia, que en octubre celebraremos juntas. Pienso en las imágenes que llegan de Europa y Estados Unidos de ancianos y adultos mayores despidiéndose. Más allá de ese flujo afectivo que tiene como fronteras las líneas telefónicas, se discute con frío pragmatismo el “sacrificio” demográfico que significarán las pérdidas de vidas de quienes nos criaron. Y que, casualmente, desde hace rato venían convirtiéndose en un lastre incómodo para los Estados nacionales. Ella no lo sabe, por supuesto. O espero que no piense en ello.
 
El alargue de la existencia individual pasó de ser un exitazo de la modernidad, a una crisis latente para su heredero neoliberal, que al parecer no calculó que caminaba hacia el precipicio (o, más bien, no le importó). El envejecimiento de la población y la esperanza de vida se suponían indicadores de desarrollo muy apreciados por ciertos clubes tipo OCDE; mientras que en términos de jubilación, la mecánica social neoliberal castiga a las personas por envejecer y dejar de producir, reduciéndolos a cargas.
 
El pasado 8 de abril, Abraham Santibáñez firmó una carta al director de El Mercurio. El premio nacional de periodismo (2015) y ex director de la revista opositora a la dictadura Hoy, le dirigió al diario de Agustín Edwards una misiva en que señalaba que si él enfermaba de covid-19, renunciaba a un ventilador mecánico. Titulada “Invitación a un gesto solidario”, la carta proponía una conducta moral para la tercera edad (asumido «grupo de riesgo») considerándola “un deber de solidaridad”, e invitando a hacer lo mismo a quienes pensaran como él.
 
En el escenario global, el gesto de Santibáñez encuentra otros asideros. Las manifestaciones anti-lockdown que protagonizó la ultra derecha trumpista en EE.UU., revelaron no sólo el negacionismo que abraza la derecha mundial frente a cualquier tragedia de la clase obrera, sino su desprecio por la vida de nuestres ancestres, como una merma de población que sencillamente debe ser sacrificada en nombre del sistema. Tanto los videos de gringos diciendo “That’s just the way of life” (que podríamos traducir “así nomás es la vida”), como los del gobierno de Chile diciendo que «hay que hacer sacrificios por la economía», tienen un claro mensaje para los que venimos más abajo: los muertos los tenemos que poner nosotros. Tal vez no yo (quién sabe), pero sí mis seres queridos. Quienes, al parecer, ya «gozaron» lo suficiente y debieran cedernos el lugar a los más jóvenes, que por alguna extraña razón, merecemos más estar vivos. Argumentos sustentados en edaísmo y gerontofobia, ampliamente aprobados como si fueran un hecho positivo.
 
Descontando la angustia personal que me produce saber que la pérdida de seres queridos en las próximas semanas es una probabilidad numérica, me parece por lo menos preocupante constatar cómo un grupo importante de personas ha internalizado la idea de la pérdida del valor humano en los sujetos que dejan de ser productivos. Como dicen, la pandemia muestra lo mejor y lo peor nuestro. Pero no puedo asumir con el mismo estoicismo, el que los medios de comunicación releven el sacrificio personal de un anciano de 80 años como un ejemplo de lo primero.
 
Mi abuela quiere cumplir noventa, y qué les puedo decir. Claramente ella no es relevante para el destino de la humanidad. Así como nadie lo es. Pero ¿cómo va a carecer de importancia la existencia de alguien que aún me puede contar historias del devenir del pasado siglo? ¿Las personas que nos acompañaron y enseñaron a vivir, y que pueden dar testimonio y lecciones de crisis sociales anteriores? Una persona que trabajó gran parte de su vida, movida por la fe en un futuro que no debía ser tan oscuro y, mucho menos, ingrato y hasta criminal cuando sus huesos no pudieran trajinear más. A personas como ella le atreven insinuar, desde una altura moral ficticia, que debiera caminar solita hacia el tacho de la basura.
 
Mi abuela quiere cumplir noventa, y es asunto de ella. Sus ojos vieron por lo menos 4 terremotos; el primero que la despertó, el de Chillán el ’39, aún la hace estremecer. Vio Santiago levantarse del suelo, bombardeada, alzada, manifestada, oprimida. Y tiene el derecho de seguir observando hasta el día que muera, no que la sacrifiquen. Aún recuerda los recorridos que hacía cuando niña en tranvía para llegar al centro. Me los contaba cuando íbamos de la mano por la Alameda, mientras me enseñaba que el mejor lugar para comprar repuestos era Tenderini, y que las lanas se compraban en 21 de Mayo, a la pasada de la virgen a la que le tiene una manda adeudada de por vida. Me dijo también que la Alameda la conoció con álamos y acequias, riéndose orgullosa de lo vieja que era. Y de las historias que tiene para contar.
 
Ella nació en Santiago y sus primeros recuerdos son en una casona muy elegante en la calle Carrera. Mientras su mamá hacía las labores, ella jugaba sola, muy mimada por los patrones de mi bisabuela. “Eran buenos”, me dijo el día que le fuimos a sacar fotos a las fachadas de todas las que habían sido su casa, o las que todavía resistían al boom inmobiliario. Según ella, que esta locura por comprar departamentos es nueva: antes la gente arrendaba piezas y con eso eran felices.
 
También recuerda el día del golpe y el discurso de Allende, escuchado directamente de la radio. Eran días que se vaticinaban difíciles, pero que ella no pensó que sería tanto: durante tres días no dejó que nadie se acercara a las ventanas de la casa donde vivía con mi abuelo, su mamá y sus hijes cerca del parque O’Higgins. Meses antes, como un acto temerario e infantil, había ido a «mirar» al regimiento Tacna los últimos coletazos del Tancazo; terminó escondiéndose en una acequia del parque, aterrada de las balas y los militares.
 
En ese baúl de recuerdos, el volumen y magnitud de postales ya provoca cierto caos en la sucesión de acontecimientos. A veces, tengo que ayudarla a ordenar esas memorias, que afortunadamente he tenido la lucidez de preservar no sólo en mi cabeza y en el disco duro de este computador; también en la praxis de muchas cosas que hago y amo. Como hacemos los vástagos que tuvimos la fortuna de ser criados en la generosidad de nuestres ancestres, cuyo vínculo no tiene por qué ser despreciado, menos en razón del sistema.
 
Mi abuela quiere cumplir noventa, y está en todo su derecho. Así se retracte y se vaya antes; tiene derecho a tener una muerte sintiéndose digna, amada y apañada. No sacrificada en el matadero.
*Imagen extraída de una pintura firmada por: Bogro ’05.
Daniela Machtig
danimacht@gmail.com