{"id":13222,"date":"2021-04-28T05:29:06","date_gmt":"2021-04-28T05:29:06","guid":{"rendered":"https:\/\/razacomica.cl\/sitio\/?p=13222"},"modified":"2021-05-03T03:01:07","modified_gmt":"2021-05-03T03:01:07","slug":"flaubert-el-estilo-del-oso-adultero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/razacomica.cl\/sitio\/2021\/04\/28\/flaubert-el-estilo-del-oso-adultero\/","title":{"rendered":"Flaubert, o el estilo del oso ad\u00faltero"},"content":{"rendered":"<p><\/p>\n<p class=\"align-right\">\u00a0<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p><strong>Gustave Flaubert, el oso embiste a su \u00e9poca<\/strong><\/p>\n<p><strong>\u00a0<\/strong><\/p>\n<p>En mitad del siglo XIX surge con inusitado esc\u00e1ndalo la figura del novelista moderno. El acontecimiento tiene un responsable, Gustave Flaubert; el hijo de un respetado m\u00e9dico de provincia. Ese mismo a\u00f1o, Charles Baudelaire publica los p\u00e9rfidos poemas que conforman <em>Las flores del mal,<\/em> otro t\u00edtulo imprescindible de las letras occidentales (ambas obras fueron sometidas a procesos judiciales). Es 1857, y Emma Bovary, la protagonista de <em>Madame Bobary<\/em>, es un personaje contrariado; suma de las inconfesables y desmesuradas pasiones de su \u00e9poca. Lectora voraz de novelas rom\u00e1nticas, tal como don Quijote y su obsesi\u00f3n con las sagas de caballer\u00eda, Emma se siente atrapada en un matrimonio rutinario; carente de toda emoci\u00f3n. La novela, que narra el paulatino pero insalvable naufragio de la protagonista en los pantanos m\u00e1s profundos del desencanto, lo hace sin ninguna pretensi\u00f3n moralizante. As\u00ed, el debut literario de Flaubert a los treinta y cinco a\u00f1os, inspirado en la noticia del suicidio de una joven esposa burguesa, se convierte en un evento literario significativo. Como un oso, un animal arisco y corpulento con el que el autor se identifica en sus cartas, el novelista franc\u00e9s desgarra a manotazos el velo que cubre la familia en tanto instituci\u00f3n, exponiendo todo el tedio y la hipocres\u00eda de la vida matrimonial burguesa. Es \u201cEl escritor como carnicero, el escritor como delicado bruto\u201d como apunta Julian Barnes en el <em>Loro de Flaubert, <\/em>una de las tantas obras basadas en el novelista franc\u00e9s.<\/p>\n<p><strong>\u00a0<\/strong><\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p><strong>Una cuesti\u00f3n de estilo<\/strong><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h6 style=\"text-align: right;\"><strong>\u201c<\/strong>No soy m\u00e1s que un lagarto literario que se calienta el d\u00eda entero al gran sol de la belleza. S\u00f3lo eso\u201d<\/h6>\n<h6 style=\"text-align: right;\">Flaubert<\/h6>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Una de las entradas a Flaubert -al personaje literario que cada autor famoso deja invariablemente como un fantasma atrapado en las solapas de sus libros- es la que lo presenta como un escritor en extremo prolijo a la hora de encarar su oficio. Se sabe que pod\u00eda pasar semanas corrigiendo una sola p\u00e1gina de un manuscrito, y que se dedicaba a intensas jornadas de trabajo atareado en la elecci\u00f3n de cada una de las palabras que utilizar\u00eda en sus obras. Para el novelista, el estilo no era simple ornamentaci\u00f3n, sino un elemento trascendental en la composici\u00f3n literaria de sus novelas. Las frases de los borradores eran sometidas a un escrutinio est\u00e9tico meticuloso pues deb\u00edan ser contundentes, sonoras, musicales y precisas. Esta es la raz\u00f3n de que cada una de sus obras demore en promedio siete a\u00f1os en ser publicadas.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Adem\u00e1s de esta obsesi\u00f3n con la forma, el escritor galo decidi\u00f3 documentarse exhaustivamente para cada uno de sus proyectos. Sus colegas novelistas, de los que se rode\u00f3 sobre todo durante la \u00faltima parte de su vida, cuentan que solo para un cap\u00edtulo de su \u00faltima obra inconclusa, <em>Bouvard y P\u00e9cuchet, <\/em>sobre dos funcionarios retirados que deciden mudarse al campo para dedicar su energ\u00eda y tiempo en llevar a la praxis todas las teor\u00edas del conocimiento moderno (desde la qu\u00edmica a la frenolog\u00eda, pasando por el espiritismo, la higiene, la pedagog\u00eda y el paisajismo), fracasando estrepitosamente en el intento, el novelista ley\u00f3 m\u00e1s de cien tratados sobre agronom\u00eda, tomando apuntes y copiando fragmentos de su inter\u00e9s para construir la voz y el discurso de sus principales personajes.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Una caracter\u00edstica de su novelas es su enorme capacidad descriptiva, tanto de los ambientes en que transcurren sus relatos -que van desde los remotos paisajes africanos de C\u00e1rtago en <em>Salamb\u00f3,<\/em> o la multitudinaria Par\u00eds del segundo imperio de la <em>Educaci\u00f3n Sentimental<\/em>&#8211; como de la particular psicolog\u00eda de sus personajes; no importa si es la devota y melanc\u00f3lica sirvienta de <em>Un coraz\u00f3n sencillo,<\/em> su celebrado cuento, o la actitud sufriente y estoica de un ermita\u00f1o hostigado por visiones sensuales en <em>La tentaci\u00f3n de San Antonio<\/em>, probablemente su mayor fracaso editorial.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>A caballo entre el romanticismo que permea la cultura de su juventud, con toda su inclinaci\u00f3n por los arrebatos pasionales, la naturaleza exuberante y los sucesos extraordinarios que sirven de argumento para trabajos como <em>Salamb\u00f3 <\/em>o <em>La leyenda de San Juli\u00e1n el hospitalario<\/em>, y una perspectiva desencantada, y quiz\u00e1s por eso mismo brutalmente moderna, presente en el mundo mon\u00f3tono que agobia a Madame Bovary, o los siempre frustrantes empe\u00f1os de <em>Bouvard y P\u00e9cuchet, <\/em>que adelantan casi un siglo los desasosegantes escenarios Kafkianos, \u201cpodr\u00eda decirse [tal como apunta Julian Barnes] que volv\u00eda la vista atr\u00e1s, hacia el siglo XVII, y tambi\u00e9n que miraba hacia adelante, hacia el siglo XX\u201d.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p><strong>\u00a0<\/strong><\/p>\n<p><strong>El idiota de la familia <\/strong><\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Flaubert no termin\u00f3 la carrera de derecho. Se retir\u00f3 aquejado por un violento episodio de epilepsia acontecido en su juventud. Es \u201cel idiota de la familia\u201d, como lo define el fil\u00f3sofo Jean-Paul Sartre en el grueso estudio que dedic\u00f3 a su figura, subrayando la escasa estima que posee el oficio literario durante el siglo XIX. De cierta forma, esa enfermedad ser\u00e1 determinante en el tiempo que dedicar\u00e1 de forma exclusiva a su carrera literaria. Para escribir <em>Un coraz\u00f3n sencillo<\/em>, pidi\u00f3 prestado al museo un enorme papagayo disecado que lo acompa\u00f1o por meses en su escritorio, mientras redactaba la historia de <em>F\u00e9licite, <\/em>la piadosa sirvienta que, al momento de su muerte, confunde la paloma del esp\u00edritu santo con un loro. Podemos imaginarlo en su estudio, concentrado durante horas en encontrar la palabra precisa que exprese de la manera m\u00e1s satisfactoria el mundo en el que sus personajes sonr\u00eden, sufren y sue\u00f1an. Y, sin embargo, un temperamento esc\u00e9ptico, parec\u00eda hacerle desconfiar de la capacidad expresiva del hom\u00ednido promedio: \u201cla palabra humana es como una caldera rota en la que tocamos melod\u00edas para que bailen los osos, cuando quisi\u00e9ramos conmover a las estrellas\u201d apunta en un c\u00e9lebre pasaje de <em>Madame Bobary. <\/em><\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Como fuere, sus novelas no dejaron indiferentes a sus contempor\u00e1neos. Cuentan que <em>Salamb\u00f3 <\/em>influy\u00f3 en la moda francesa y que algunas se\u00f1oritas burguesas comenzaron a vestir vaporosos pa\u00f1os de tul y sandalias con aplicaciones de bisuter\u00eda brillante, inspiradas en el texto de Flaubert. El contenido de la obra, repleto de violencia, y escenas demasiado atrevidas para la censura de la \u00e9poca, provoc\u00f3 que La Santa sede condenara la obra, incluy\u00e9ndola en 1864 en su cat\u00e1logo de libros prohibidos. De igual modo, se dice que luego de la publicaci\u00f3n de <em>Madame Bovary,<\/em> se produjo un notorio incremento en el arriendo de carruajes por parte de decenas de amantes parisenses que sintieron el impulso de recrear una de las escenas m\u00e1s memorables de la novela.<\/p>\n<p><\/p>\n<p><strong>El burgu\u00e9s, una bestia moderna<\/strong><\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>El t\u00e9rmino franc\u00e9s \u201cburgu\u00e9s\u201d, que describe un tipo social moderno, perteneciente a un estrato econ\u00f3mico ascendente, es bastante com\u00fan en el siglo XIX. Designa tanto al funcionario estatal, como al profesional egresado de la academia, e incluye en su amplio -y, tal vez por lo mismo, difuso cat\u00e1logo- tanto al comerciante acaudalado como al con esperanzas de llegar a serlo; al diplom\u00e1tico sibarita, y al banquero avaricioso, y excluye al proletario y al campesino pobre; sus contrapartes en la marcada jerarqu\u00eda que instala el panorama social moderno.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Esta categor\u00eda ha sido por a\u00f1os una clave para leer tanto la personalidad literaria de Flaubert, como su obra. Para muchos, el novelista franc\u00e9s es el gran verdugo de las costumbres e ilusiones burguesas. Se dice que sent\u00eda un enconado e inagotable desprecio contra la estupidez humana, y que ve\u00eda en el conjunto de valores que encarnaba la burgues\u00eda francesa del XIX, a la que indudablemente pertenec\u00eda, su mayor exponente. Esta sincera inquina es documentada por sus contempor\u00e1neos. Emil\u00e9 Zola, lo refiere en un texto dedicado a la personalidad del escritor<em>:<\/em> \u201cFlaubert era burgu\u00e9s, el m\u00e1s digno, el m\u00e1s escrupuloso y el m\u00e1s calificado que pueda existir. El mismo lo dec\u00eda a menudo, mostr\u00e1ndose orgulloso de la consideraci\u00f3n de que gozaba, de su vida entera consagrada al trabajo; lo cual no le imped\u00eda aplastar a los burgueses, aniquilarlos, cuando ten\u00eda ocasi\u00f3n, en sus arranques de lirismo\u201d. Pero mejor, dejemos a Gustave batir los pu\u00f1os al aire:<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>\u201cAnte la estupidez de mi \u00e9poca, siento oleadas de odio que me asfixian. La mierda se me sube a la boca como en las hernias estranguladas. Pero yo quiero conservarla, fijarla, endurecerla; quiero transformarla en una pasta con la que embadurnar\u00e9 el siglo XIX, de la misma manera que doran las pagodas indias con excrementos de vaca\u201d.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>El novelista muere un 8 de mayo de 1880, a los 58 a\u00f1os. La literatura entr\u00f3 y sali\u00f3 de su cuerpo como un cuchillo de sierra cortando la carne anaranjada de un zapallo calvo. \u00abLa \u00fanica forma de soportar la existencia es aturdi\u00e9ndose en la literatura como en una org\u00eda perpetua\u00bb le escribe a Lois Colet. Unos cuantos d\u00edas antes recibe en su casa a un pu\u00f1ado de escritores j\u00f3venes. Toman vino rosado en copones de cristal falso, se drogan con rape y esencia de amapola, mean los geranios reci\u00e9n florecidos a la luz de la luna gibosa de primavera, vomitan por el balc\u00f3n, lloriquean por la irremediable p\u00e9rdida de su juventud -al menos Maupassant lo hace, acodado en el alf\u00e9izar de la ventana-; y recitan a pies pelados extractos de sus trabajos m\u00e1s recientes. Zol\u00e1, sorprendido por la noticia de la muerte de Flaubert, lo recuerda unas semanas despu\u00e9s: \u201cEnorme, silencioso, con sus grandes ojos azules, o bien profiriendo paradojas terribles, levantando hacia el techo sus pu\u00f1os amenazadores\u201d. Sus funerales son sencillos, tanto, que casi pasan desapercibidos en la provincia de Ruan, donde el novelista vive buena parte de su vida. Los habitantes de esta regi\u00f3n francesa, en su mayor\u00eda comerciantes, desprecian la literatura. En la v\u00edspera de su muerte era desconocido por la mitad de la ciudad y detestado por la otra, \u201che ah\u00ed la gloria\u201d, anota Zol\u00e1 ante la ausencia de una masiva romer\u00eda de deudos. Seguramente el novelista reprobar\u00eda con una mueca de desagrado esta intrusi\u00f3n en su vida personal. M\u00e1s de una vez defendi\u00f3 la idea de que el autor deb\u00eda desaparecer en su obra: \u201cEl artista debe arregl\u00e1rselas de modo que la posteridad acabe creyendo que jam\u00e1s existi\u00f3\u201d sentenci\u00f3 en una de sus misivas.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Hoy, doscientos a\u00f1os despu\u00e9s de su nacimiento, le sobreviven sus novelas y cuentos; obras que contin\u00faan susurrando, terribles y musicales, las desoladas dunas que cruzan el coraz\u00f3n humano.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p><strong>Un coraz\u00f3n no tan sencillo <\/strong><\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<h6 style=\"text-align: right;\">\u00danicamente la literatura pod\u00eda poner al desnudo el mecanismo de la transgresi\u00f3n de la ley (sin transgresi\u00f3n, la ley no tendr\u00eda finalidad), independientemente de un orden que hay que crear. La literatura no puede asumir la tarea de ordenar la necesidad colectiva. No le interesa concluir: \u00ablo que yo he dicho nos compromete al respeto fundamental de las leyes de la ciudad\u00bb; o como hace el cristianismo: \u00ablo que yo he dicho (la tragedia del Evangelio) nos compromete en el camino del Bien\u00bb (es decir, de hecho, en el de la raz\u00f3n). La literatura representa incluso, lo mismo que la transgresi\u00f3n de la ley moral, un peligro.<\/h6>\n<h6 style=\"text-align: right;\">\u00a0<\/h6>\n<h6 style=\"text-align: right;\">George Bataille<\/h6>\n<h6 style=\"text-align: right;\">La lectura de novelas es a\u00fan m\u00e1s peligrosa para las mujeres, porque al presentarles al hombre bajo una forma y unos rasgos exagerados, las prepara para unos ascos inevitables y un vac\u00edo que ellas no deben razonablemente esperar llenar.<\/h6>\n<h6 style=\"text-align: right;\"><em>Dictionnaire des sciences m\u00e9dicales<\/em><\/h6>\n<h6 style=\"text-align: right;\"><em>\u00a0<\/em><\/h6>\n<h6 style=\"text-align: right;\">De todas las causas que han da\u00f1ado la salud de las mujeres, tal vez la principal haya sido la multiplicaci\u00f3n infinita de las novelas desde hace cien a\u00f1os\u201d<\/h6>\n<h6 style=\"text-align: right;\"><em>Trait\u00e9 des affections vaporeuses des deux sexes <\/em><\/h6>\n<h6 style=\"text-align: right;\">\u00a0<\/h6>\n<p>\u201cNo se hace arte con buenas intenciones\u201d dijo Gustave Flaubert, en cierta ocasi\u00f3n, pisando en pantuflas de peluche pardo el lugar d\u00f3nde alguna vez estuvo el hueso occipital del pelaje de oso negro que alfombr\u00f3 por a\u00f1os el piso de su escritorio; lo dijo entre dientes y para s\u00ed, congestionado con una alergia de pelusa ploma mientras cruzaba en calzoncillos largos la penumbra de la casa oscura. El escritor franc\u00e9s reniega de las historias edificantes y los desenlaces moralmente satisfactorios -y podemos estar seguros de que esos son los libros que devora Emma-. La fatalidad que nos enrostra el autor es la de las cosas corrientes. Arrastrada por la angustia de lo anodino, Madame Bovary decide romper la regularidad de los d\u00edas id\u00e9nticos a trav\u00e9s de los paliativos del placer. Esto supone un quiebre con la moral utilitarista, cuyo principio dicta la renuncia al reinado del instante en favor del c\u00e1lculo y la previsi\u00f3n de una continuidad que garantice la acumulaci\u00f3n del capital en el tiempo -de un modo similar a la promesa siempre aplazada del para\u00edso para los creyentes-. Pero la voluptuosa inmanencia que punza la carne encendida de los amantes abismados en el encuentro sexual, entregados al traqueteo de las ruedas en un viaje furtivo en coche por las calles de Par\u00eds, tampoco satisface el sentido trascendente que anhela la protagonista. La experiencia pasajera termina por abrir nuevos surcos por los que avanza indolente e irrefrenable el desenga\u00f1o. No se escriben buenas novelas con buenas intenciones.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>La literatura, considerada durante el siglo XIX un pasatiempo abyecto, ocioso y principalmente femenino (<em>madame bovary c&#8217;est moi<\/em>), sobre todo ante la estrecha visi\u00f3n econ\u00f3mica que impone el capitalismo, se inclina por la transgresi\u00f3n de la norma social; toma partido por el yerro. La obra de Flaubert -y lo mismo podr\u00eda decirse de las apuestas m\u00e1s radicales del arte moderno- ilumina los aspectos aborrecidos por la impostura benigna de la cultura dominante; y lo hace contra cualquier ilusi\u00f3n de progreso moral. Su gesto no es el del faro que permite ver los peligros del oleaje, sino la del destello del f\u00f3sforo arrojado a la fosa abisal del alma humana. Soberana y terrible, el destino de la literatura en la modernidad es el de la ad\u00faltera que agoniza sobre su propio v\u00f3mito. Y eso, en la \u00e9poca de la correcci\u00f3n pol\u00edtica, la cultura de la cancelaci\u00f3n y la de manique\u00edsmos cuanto m\u00e1s furiosos m\u00e1s infumables, sigue siendo su mayor cualidad.<\/p>\n<p><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En mitad del siglo XIX surge con inusitado esc\u00e1ndalo la figura del novelista moderno. El acontecimiento tiene un responsable, Gustave Flaubert; el hijo de un respetado m\u00e9dico de provincia. 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