{"id":14751,"date":"2023-11-01T08:37:33","date_gmt":"2023-11-01T08:37:33","guid":{"rendered":"https:\/\/razacomica.cl\/sitio\/?p=14751"},"modified":"2024-12-13T15:16:17","modified_gmt":"2024-12-13T15:16:17","slug":"dracula-o-la-mordida-de-la-imagen-en-el-cuello-del-ojo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/razacomica.cl\/sitio\/2023\/11\/01\/dracula-o-la-mordida-de-la-imagen-en-el-cuello-del-ojo\/","title":{"rendered":"Dr\u00e1cula o la mordida de la imagen en el cuello del ojo."},"content":{"rendered":"<p><\/p>\n<p class=\"align-right\">No es poco lo que una abuela puede hacer por su nieto. Durante alg\u00fan tiempo la m\u00eda me recit\u00f3 de memoria unos versos de Gabriela Mistral que le gustaban mucho y que pronunciaba con algo de susurro, como si rezara el rosario. S\u00e9 que cuando era joven estuvo a punto de ser profesora normalista, pero que no tuvo la plata para costear el ajuar que requer\u00eda el internado. En mi casa de infancia los primeros libros que vi en mi vida fueron los suyos. Si me apuro recuerdo dos. Ambas ediciones ajadas producto de la erosi\u00f3n de sucesivas lecturas. El periodo en que eran le\u00eddos -ambos eran libros gruesos- comenzaban un periplo curioso por la casa; pod\u00edan aparecer arriba de muebles de cocina o sobre el estanque del ba\u00f1o. Uno era <em>El p\u00e1jaro canta hasta morir <\/em>de la novelista australiana Collen Mccullough. El otro; <em>Cien a\u00f1os de soledad, <\/em>la segunda edici\u00f3n, con las extra\u00f1as piezas del juego de Macondo en la portada. Tambi\u00e9n gracias a ella conoc\u00ed el centro de Santiago, los pasajes frescos de las galer\u00edas y el ruidoso echar a volar de las palomas en la plaza de armas. A ella le debo adem\u00e1s el gusto por la fr\u00eda solemnidad de las iglesias, el arrebatado rictus de lo santos y la solitaria condici\u00f3n de los pasajes del cementerio -que hasta hoy ejercen una punzante fascinaci\u00f3n en m\u00ed-.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Ten\u00eda ocho o nueve a\u00f1os cuando una vecina le avis\u00f3 a mi abuela que en la sede deportiva de la poblaci\u00f3n de enfrente estaban proyectando una pel\u00edcula. La actividad formaba parte de la campa\u00f1a de una candidata a diputada que reci\u00e9n comenzaba su carrera pol\u00edtica. Era la hija de un ex presidente de la rep\u00fablica que, a\u00f1os despu\u00e9s, se convirti\u00f3 en una ac\u00e9rrima defensora de la educaci\u00f3n privada, uno de los pilares m\u00e1s nefastos del sistema neoliberal que, por esos a\u00f1os, desovaba sus primeros huevos dorados en la sociedad chilena de post dictadura.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Los \u00faltimos gajos de sol enrojecen tramos disparejos de cielo y con mi abuela cruzamos el polvoriento peladero en direcci\u00f3n a la cancha, envueltos en el frescor de la tarde de algo as\u00ed como octubre. Este no es un recorrido inocuo. De ese lado est\u00e1 el campamento; un conjunto de casas levantadas con retazos irregulares y delgados de tablas, en su mayor\u00eda maderas prensadas (el OSB -como se comercializa hoy- es el material con que se siguen construyendo los campamentos en el pa\u00eds). Esa pobreza, peor disimulada que la nuestra, suscita rumores revestidos de desconfianza en la convivencia vecinal de la Villa O&#8217;Higgins. Uno de ellos contiene una advertencia: no hay que dejar a los perros sueltos porque los pobladores del campamento se los roban para hacerlos asados. El recuerdo de alg\u00fan adulto asegurar que la carne de perro bien preparada es sabrosa despuntaba un comentario que devolv\u00eda solapadamente la experiencia \u201cotra\u201d al \u00e1mbito de lo familiar.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>De pronto la imagen adquiere cierto desgarro grotesco. En ese cuadro, fiesta y miseria entrechocan filamentos. Sus trayectos cortantes hacen saltar chispas que, lo mismo que las soldaduras, si se miran mucho; ciegan. Son esas esquirlas las que encienden la esquina m\u00e1s nocturna de la casa del coraz\u00f3n. Bajo sus se\u00f1as suenan tanto los vasos que se quiebran en mitad del jolgorio como las cumbias que caldean la poblaci\u00f3n. Los animales destazados y la alegr\u00eda de la parrilla humeante que asciende en jirones hasta deshilacharse contra el cielo de la noche popular, forman un solo y afiebrado fuego. M\u00e1s all\u00e1, esa humareda envuelta en risas es olfateada con recelo de perro hambriento por los vecinos del otro lado de la calle.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Cuando llegamos la funci\u00f3n ya hab\u00eda empezado. No quedaban sillas desocupadas as\u00ed que vemos parados lo que queda de pel\u00edcula. La sala est\u00e1 llena de vecinos, pero conseguimos pegarnos a la pared y asegurar un \u00e1ngulo desde el que podemos encuadrar el tel\u00f3n casi completo. Recuerdo bien la escena en que empezamos a ver la funci\u00f3n. El conde, que ya est\u00e1 asentado en Londres, se presenta a medianoche frente a la habitaci\u00f3n de Lucy -otra vez viejo; desde que lleg\u00f3 a la capital ha rejuvenecido-. Uno de los planos de la secuencia es subjetivo, y vemos desde la perspectiva del monstruo como \u00e9ste avanza con furor animal a trav\u00e9s de los jardines del palacio. Su sola presencia maligna marchita los rosales, que sucumben chup\u00e1ndose velozmente hasta quedar resecos y oscur\u00edsimos -un efecto conseguido a trav\u00e9s del montaje de una aceleraci\u00f3n de cuadros-. Se apersona ante la mejor amiga de la protagonista para finalizar el rito de conversi\u00f3n que la transformar\u00e1 en una no muerta. Lo hace, en parte, empujado por el despecho que le provoca el casamiento de Jonhatan y Mina -esto porque, a pesar de su fidelidad al material literario, la adaptaci\u00f3n de la novela de Stoker que filma Coppola incorpora la pasi\u00f3n rom\u00e1ntica como motivaci\u00f3n dram\u00e1tica de Dr\u00e1cula-. Un detalle que no deja de ser significativo, y que lo convierte en un personaje tr\u00e1gico, mucho m\u00e1s en la l\u00ednea del doctor Fausto -el (anti)h\u00e9roe moderno por antonomasia-. Al director le basta con presentar un pr\u00f3logo en que se nos explica el origen de la abyecci\u00f3n del personaje. Es el siglo XV y Vlad III, pr\u00edncipe de Valakia, apodado el empalador por sus adversarios -incluidos los sajones por cierto- regresa de un decisivo encuentro contra del ej\u00e9rcito turco que intenta avanzar hacia territorio cristiano. En venganza por la derrota, un piquete de sarracenos lanza una flecha con una nota falsa al castillo. En ella le informan a Elizabetha (Winona Ryder, quien tambi\u00e9n interpreta a Mina) la muy amada esposa del pr\u00edncipe guerrero, que \u00e9ste ha muerto en el campo de batalla. Desconsolada, la princesa se arroja al r\u00edo que rodea la fortificaci\u00f3n. Ante el cad\u00e1ver de su muerta, condenada al infierno cristiano por quitarse la vida, Dr\u00e1cula abjura del dios que jur\u00f3 defender y atraviesa con su espada el centro de la cruz que preside la capilla haci\u00e9ndola sangrar, como si el s\u00edmbolo y la carne fuesen una misma substancia. Los querubines de piedra lloran sangre, y contra cualquier l\u00f3gica, los cirios chorrean sangre desde el pabilo encendido. En los planos finales de la secuencia el monarca valako llena un caliz de la sangre que mana de la cruz y ebrio de rabia y herej\u00eda, lo bebe de un sorbo. No sin antes pronunciar \u00a0en su b\u00e1rbaro\u00a0un \u00faltimo ensalmo\u00a0idioma que concluye el rito que improvisa; \u201cla sangre es la vida y la vida ser\u00e1 m\u00eda\u201d.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Una vez que la elipsis haga saltar la trama casi cuatro siglos, y el conde encuentre a Mina en Londres a fines del siglo XIX, y la intente seducir en el centro de la metr\u00f3polis anglosajona, y despu\u00e9s de algunos escarceos en la penumbra de las primeras salas de cine, musite al alma inmortal de la prometida de su corredor de propiedades; \u201che cruzado oc\u00e9anos de tiempo para encontrarte\u201d, insinuando la posibilidad de una in\u00e9dita reencarnaci\u00f3n en la historia, el personaje de marras transforma la pasi\u00f3n amorosa en la m\u00e1s humana de sus motivaciones. La reflexi\u00f3n es contundente y en torno a ella el amor se convierte en la raz\u00f3n de la vida del monstruo que no muere. Una simiente tr\u00e1gica atendible y con la que el espectador puede sino identificarse al menos conmoverse.<\/p>\n<p>M\u00e1s adelante, en un sal\u00f3n iluminado por colores c\u00e1lidos, beber\u00e1n absenta hasta alucinar visiones verdes de aquella tr\u00e1gica historia de amor que contin\u00faa reverberando en la superficie de sus cuerpos; en el punto m\u00e1ximo de la anagn\u00f3risis, en el que las l\u00e1grimas del recuerdo se transforman en pepitas de diamante, Mina reconocer\u00e1 su remoto origen. Por eso al final del film, ella ser\u00e1 la responsable de asestar el golpe final al vampiro -otro cambio may\u00fasculo con la novela, en que son los hombres quienes se ensucian las manos cazando al monstruo.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Con ocho o nueve a\u00f1os estoy mordido por la intensidad est\u00e9tica de la pel\u00edcula. La violencia, el terror, el erotismo, la m\u00fasica, la hip\u00e9rbole; todo entre que inquieta y deslumbra. Y no es casual que la banda sonora original del film, a cargo del polaco Wojciech Killar, juegue con tensiones mel\u00f3dicas que estallan en instantes de trastornada estridencia; tormentas sonoras que azotan cada tanto los sensibles nervios del espectador. La composici\u00f3n musical, posiblemente una de las m\u00e1s cautivantes del cine de terror moderno, alterna, remansos rom\u00e1nticos con acordes de cuerda graves. Remonta siniestras percusiones de platillo que avanzan fren\u00e9ticas hacia un horror ext\u00e1tico. En algunos pasajes, incorpora dulces voces fantasmales que se funden con trombones t\u00e9tricos e incrementan paulatinamente sus tonos hasta convertirse en un coro del d\u00eda del juicio. En corto; si no se puede negar que el terror en tanto g\u00e9nero tiene en la partitura musical un elemento decisivo de su representaci\u00f3n f\u00edlmica, el trabajo del compositor polaco se encumbra a regiones poco exploradas por la industria del cine finisecular en este plano.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>El dise\u00f1o de vestuario tambi\u00e9n es un apartado a destacar. La responsable de lo que Coppola defini\u00f3 como el \u201cconcepto visual\u201d del largometraje, fue la artista japonesa Eiko Ishioka (que desconoc\u00eda por completo la iconograf\u00eda cinematogr\u00e1fica del famoso conde antes de trabajar en la producci\u00f3n del film). La paleta de colores y buena parte de los trajes, vestidos y hasta t\u00fanicas que forman parte del impresionante trabajo creativo de la nipona fueron confeccionadas en parte bajo el influjo de la obra pict\u00f3rica de Gustave Klimt, el prerrafaelita John Everett Millais y Gustave Moreau, entre otros pintores del XIX que compart\u00edan una visi\u00f3n numinosa, m\u00edtica y orientalista del arte moderno. Algunas piezas de vestuario poseen una presencia esc\u00e9nica propia, como el yelmo con cuernos y la armadura roja de drag\u00f3n a trav\u00e9s de la que la pel\u00edcula expresa el universo medieval desde donde surge la figura hist\u00f3rica de Vlad III.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p><\/p>\n<p>Otro aspecto t\u00e9cnico relevante corresponde a los efectos con que el film llev\u00f3 a la pantalla los elementos sobrenaturales de la novela. Coppola, que despidi\u00f3 al equipo original que el estudio le asign\u00f3, ten\u00eda una idea espec\u00edfica de c\u00f3mo llevar acabo la tarea. El director quer\u00eda utilizar nada m\u00e1s que efectos pr\u00e1cticos (doble exposici\u00f3n, maquetas, fundidos). Buscaba as\u00ed no solo emular los trucos con que los primeros cineastas se las ingeniaron para filmar escenas en las que acontece lo extraordinario y fant\u00e1stico -recurriendo a una reflexi\u00f3n t\u00e9cnica de los recursos de la imagen f\u00edlmica; es decir, creando el lenguaje cinematogr\u00e1fico moderno en la marcha-, sino adem\u00e1s para otorgarle una saturaci\u00f3n est\u00e9tica al film; una suerte de intensidad visual extra\u00f1ada. Una decisi\u00f3n que, pensada hoy, parece ir a contracorriente del auge tecnol\u00f3gico de los efectos digitales desarrollados durante la d\u00e9cada de los noventa (hace apenas un a\u00f1o se hab\u00eda estrenado <em>Terminator 2<\/em>.) Un ejemplo concreto es la sombra de Dr\u00e1cula, que se desplaza por los decorados del castillo de forma independiente -transmitiendo el car\u00e1cter espectral y siniestro del conde- y cuya referencia directa son los ic\u00f3nicos fotogramas del <em>Nosferatu <\/em>de Mornau (1922). A decir verdad, se pueden hallar trazas de otras cintas, como algunos planos de la versi\u00f3n de 1979, en la que el conde se desliza por las paredes como una alima\u00f1a nocturna, y prende fuego con sus poderes a las cruces con las que pretenden hacerlo retroceder. Lo que hace de la pel\u00edcula una suerte de s\u00edntesis visual de cerca de un siglo de vampiros transilvanos en el cine de terror. De otro lado, la propia pel\u00edcula se las arregla para que el cinemat\u00f3grafo se convierta en la locaci\u00f3n de una secuencia en la que Dr\u00e1cula, rejuvenecido y deliberadamente seductor, aborda a Mina en Londres. Y, entre los fragmentos de cine mudo que son proyectados es posible distinguir algunos fotogramas de <em>La llegada del tren <\/em>(1895) de los Lumiere.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Por supuesto, nada de esto lo s\u00e9 a\u00fan. En mi recuerdo evoco tan s\u00f3lo la sensaci\u00f3n de extra\u00f1o arrobo que me produce la pel\u00edcula. Retazos de otras luces y de otro cuerpo encapsulados en la materia ondulante, sentimental e imprecisa de la memoria. Una tarde de verano junto a mi abuela en una sede deportiva. Un momento de s\u00fabito estremecimiento est\u00e9tico. Puede que algo de aquella condici\u00f3n invisible de la infancia explique este cuadro lejano en el que soy el espectador de una pel\u00edcula para mayores de catorce a\u00f1os. Se trata de una transgresi\u00f3n que cobra sentido s\u00f3lo dentro del tiempo de la ni\u00f1ez poblacional en que crec\u00ed. Un periodo en que la infancia no est\u00e1 sobre vigilada, y a ratos adquiere cierta libertad que le permite escabullirse por las rendijas de un mundo adulto; sino permisivo, indiferente. Esa posibilidad de franquear espacios vedados parece ser la fuente tanto de las maravillas como de las desgracias que alberga el signo del infante en su instante absoluto; el tesoro atribulado que fascina y desgarra el secreto bot\u00edn de su figura.<\/p>\n<p>No lo sabes a\u00fan, pero tambi\u00e9n ser\u00e1s el monstruo que avanza marchitando las rosas.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>No es poco lo que una abuela puede hacer por su nieto, me repito. La m\u00eda, Norma de las Mercedes Calder\u00f3n Jer\u00eda, sin sospecharlo, una tarde cualquiera, me condujo al circo que montaron los pol\u00edticos de turno para conseguir electores en los barrios bajos. Ah\u00ed nos pegamos a la pared fr\u00eda de las limosnas culturales. El azar, sus vientos arremolinados azotando el supuesto orden de los d\u00edas, quiso que esa remota tarde de mi ni\u00f1ez acudiera a cumplir con un instante liminal en mi educaci\u00f3n est\u00e9tica. La experiencia es as\u00ed; una mordida en el cuello pueril de la existencia. La indeleble marca de los colmillos filosos de la imagen sobre la tersa carnadura de los primeros d\u00edas.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Los \u00faltimos gajos de sol enrojecen tramos disparejos de cielo y con mi abuela cruzamos el polvoriento peladero en direcci\u00f3n a la cancha, envueltos en el frescor de la tarde de algo as\u00ed como octubre. Este no es un recorrido inocuo. 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