{"id":7674,"date":"2018-06-20T04:28:46","date_gmt":"2018-06-20T04:28:46","guid":{"rendered":"http:\/\/nueva.razacomica.cl\/?p=7674"},"modified":"2018-06-21T21:36:42","modified_gmt":"2018-06-21T21:36:42","slug":"cuerpos-ausentes-cuerpos-presentes","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/razacomica.cl\/sitio\/2018\/06\/20\/cuerpos-ausentes-cuerpos-presentes\/","title":{"rendered":"Cuerpos ausentes \/ cuerpos presentes"},"content":{"rendered":"<p><\/p>\n<p class=\"align-right\">La oscura tarde de un s\u00e1bado de mayo lleg\u00f3 a mis manos <em>Cuando habl\u00e1bamos con los muertos<\/em>\u00a0(Montacerdos, 2013) de Mariana Enr\u00edquez, un volumen que en sus poco m\u00e1s de cien p\u00e1ginas recopila tres relatos distintos, pero que f\u00e1cilmente podr\u00edan leerse como novela. Recomendado y entregado por mi querida amiga Javiera Manzi, soci\u00f3loga y por estos d\u00edas asistente en la editorial Montacerdos, la escritura de Enr\u00edquez entr\u00f3 lentamente como por un callej\u00f3n desolado en este repentinamente fr\u00edo oto\u00f1o santiaguino. Y es que hay en los tres relatos presentados una l\u00ednea que recorre el libro completo y que pone en evidencia los m\u00e1s l\u00f3bregos domicilios de una historia latinoamericana compartida que no ha dejado ni deja a\u00fan hoy de volver: son los muertos, nuestros muertos, los desaparecidos, nuestros desaparecidos, que siguen recorriendo las calles de las ciudades que los dejaron.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>En la escritura de Mariana Enr\u00edquez, en cada una de estas tres historias, los cuerpos (los que est\u00e1n y los que no) son una pieza medular en su arquitectura. Ya como presencia, ya como ausencia, casi de manera <em>espectral<\/em> (en el sentido que Derrida le daba al hablar de Marx), los cuerpos que recorren un Buenos Aires que muchas veces se parece poco a Buenos Aires son parte de una marca que, como historia c\u00edclica, aparecen y reaparecen para volver a desaparecer. Ya sean cinco ni\u00f1as reunidas en una habitaci\u00f3n en secreto para jugar a contactar esp\u00edritus, los archivos de un Consejo de los Derechos de Ni\u00f1os, Ni\u00f1as y Adolescentes, o el rostro desfigurado por el fuego de una mujer que mendiga en los vagones del metro de la ciudad \u2015\u201cno estaba juntando para cirug\u00edas pl\u00e1sticas, no ten\u00eda sentido, nunca volver\u00eda a tener una cara normal, lo sab\u00eda\u201d (28)\u2015, los cuerpos desaparecidos, desfigurados, maltratados, deformados, acribillados o violados reaparecen como marcas de una sociedad que pareciera poco a poco perder el asombro (pero nunca la indignaci\u00f3n) ante la falta de alguno de los suyos.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Quiz\u00e1s la m\u00e1s patente de las formas que reaparece en un evidente trazo que nos lleva a la historia reciente de Argentina \u2015y cuando digo Argentina debiese quiz\u00e1s decir Am\u00e9rica Latina\u2015, es en el relato hom\u00f3nimo al libro y el que abre la lectura. En \u00e9l, cinco amigas deciden jugar a la <em>ouija<\/em> para contactarse con los esp\u00edritus. Pero ese juego, que en un comienzo parece completamente ingenuo, toma un tinte diferente con la petici\u00f3n de Julita, una de las chicas, para contactar a sus padres desaparecidos. \u201cTodos sab\u00edamos que los viejos de Julita no se hab\u00edan muerto en un accidente: los viejos de Julita hab\u00edan desaparecido\u201d (15-16) nos dice la voz de la narradora, y es quiz\u00e1s esa primera confesi\u00f3n el punto desde el cual la urdimbre que Enr\u00edquez traza toma un aire que inunda r\u00e1pidamente no s\u00f3lo su escritura, si no nuestra tambi\u00e9n situada lectura. \u201cEstaban desaparecidos. Eran desaparecidos. Nosotros no sab\u00edamos bien c\u00f3mo se dec\u00eda. Julita dec\u00eda que se los hab\u00edan llevado, porque as\u00ed hablaban sus abuelos\u201d (16). Y es que la falta de palabras para nombrar lo que nos acontece pareciera ser parte del sino de nosotros los latinoamericanos: obligados a pensar estas marcas-cicatrices que nos componen, nos rebelamos como el Calib\u00e1n de Shakespeare y maldecimos con una lengua que no es nuestra. Pero, aunque se crea, no hay ingenuidad en el relato de Mariana Enr\u00edquez. Aunque no se sepa nombrar de manera correcta (como si hubiera algo as\u00ed como una manera correcta de nombrar), la realidad a la que se apunta es para todos los personajes clara: la ausencia de los padres no es producto de su escape ni de su huida. \u201cSe los llevaron\u201d, dicen los abuelos, y las ni\u00f1as saben perfectamente que el sujeto ausente ah\u00ed no son los padres, sino sus captores. Una ausencia que s\u00f3lo la b\u00fasqueda de otros esp\u00edritus ausentes puede ayudar a saldar.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Las ausencias de los cuerpos reaparecen en <em>Chicos que vuelven<\/em>, el relato que cierra el libro y tambi\u00e9n el m\u00e1s largo de los que lo componen (abarca casi la mitad del volumen). Ambientado en los archivos de una repartici\u00f3n estatal en la cual se organiza la informaci\u00f3n sobre los ni\u00f1os, ni\u00f1as y adolescentes desaparecidos (y donde sus familiares se acercan para entregar y buscar nuevas informaciones), la historia sigue a Mechi, funcionaria de dicha repartici\u00f3n, y su amigo y ocasionalmente amante Pedro, un periodista investigador que los vericuetos de la vida llevan a trabajar casos de desapariciones. Debiese aqu\u00ed, y en adelante, hablar en realidad de desaparecidas, \u201cporque la mayor\u00eda de los chicos que faltaban eran en realidad chicas adolescentes\u201d (48). Y si bien gran parte del relato trata sobre las desapariciones y la imposibilidad o dificultad de sus encuentros, quiz\u00e1s lo m\u00e1s significativo ocurre cuando, a partir de un inesperado encuentro de Mechi, una de las desaparecidas vuelve, y lo que ese regreso anuncia no es m\u00e1s que la aparici\u00f3n, poco a poco y en los parques de la ciudad, de todos los chicos y chicas desaparecidas y desaparecidos. Grupos de ni\u00f1os y ni\u00f1as que comienzan a poblar dichos lugares como presencias indeseadas, espectrales, como marcas de un pasado que es quiz\u00e1s ineludiblemente presente. Estas apariciones, vistas en principio como una bendici\u00f3n, poco a poco nos van retrayendo a la misma realidad que, quiz\u00e1s meses o a\u00f1os antes, expuls\u00f3 a esas chicas fuera de sus hogares. \u201cYo no s\u00e9 qui\u00e9n es esta, pero no es mi hija\u201d (82) es una frase que se repite en distintas bocas, pero que evidencia la amenaza que la recuperaci\u00f3n de estas desaparecidas representa. Vaciadas de contenido (en una probable met\u00e1fora de lo que son en efecto las desapariciones forzosas), las chicas que regresan lo hacen tal como se fueron, pero diferentes. No ha pasado el tiempo por sus cuerpos, pero el regreso de esa presencia ya no es nunca lo que fue. Y nuevamente leemos \u201ceso no es nuestra hija\u201d (98), \u201cte fui a ver pero no sos vos\u201d (99). Es esa indiferencia, quiz\u00e1s, lo que hace a las desaparecidas aparecidas nuevamente desaparecer. Esta vez, eso s\u00ed, en grupo, en manada: \u201cMechi sinti\u00f3 entonces que no eran chicos, que formaban un organismo, un ser completo que se mov\u00eda en manada\u201d (106-107). Y es quiz\u00e1s esa manada su \u00fanica posibilidad de volver.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Dejo para el final <em>Las cosas que perdimos en el fuego<\/em>, el segundo relato del libro pero el que me parece m\u00e1s pertinente para leer el momento actual. En \u00e9l se nos muestra, a partir de la historia de Silvina, una realidad que, desde casos de violencia machista muy cercanos a los que cada vez m\u00e1s conocemos en este movilizado oto\u00f1o chileno de 2018, un movimiento de mujeres que con aires sacrificiales transforma poco a poco el rostro de la sociedad que las ataca. Una sociedad en la cual el grito desesperado de \u201cBASTA DE QUEMARNOS\u201d (33) deviene r\u00e1pidamente en organizaci\u00f3n y en acci\u00f3n. El caso que desencadena la historia es el de Lucila, una modelo asesinada por su novio, el futbolista Mario Ponte, quien, luego de una pelea, \u201cle hab\u00eda vaciado una botella de alcohol sobre el cuerpo \u2015ella estaba en la cama\u2015 y, despu\u00e9s, ech\u00f3 un f\u00f3sforo encendido sobre el cuerpo desnudo\u201d (31). Es esta historia terrible de violencia lo que da pie a la organizaci\u00f3n de Mujeres Ardientes y el comienzo de las hogueras. Son mujeres que, voluntariamente y de manera clandestina, deciden quemar sus cuerpos y desfigurar sus rostros con el fuego. Eso es Mujeres Ardientes, mujeres que deciden tomar su destino y su cuerpo en sus manos y hacer con \u00e9l lo que la violencia de los hombres ha hecho con ellas por siglos: quemarlo, desfigurarlo, alejarlo de cualquier inter\u00e9s, de cualquier mirada de deseo masculina. \u201cLes cuento que a nosotras las mujeres siempre nos quemaron, \u00a1que nos quemaron durante cuatro siglos!\u201d (40), y es en ese arder propio y decidido que, como una marea imparable, las mujeres de la ciudad apuestan por una belleza que no es apolog\u00eda del dolor, sino quiz\u00e1s la \u00fanica decisi\u00f3n posible ante tanta violencia y crueldad: \u201cser\u00eda una quemada hermosa, una verdadera flor de fuego\u201d (41).<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Las cicatrices, los cuerpos, las apariciones y desapariciones tienen un largo trayecto en nuestra historia y nuestra biograf\u00eda en Am\u00e9rica Latina. Pero tambi\u00e9n, como ellas, largo recorrido tienen las manifestaciones que, desde distintos \u00e1ngulos, han buscado recomponer, reunir, suturar las separaciones forzadas de nuestra historia; no como armon\u00eda ni como limpieza, sino como cicatriz que se luce todos los d\u00edas. Ya fuere en los <em>Siluetazos<\/em> argentinos que comienzan en 1983, o en los carteles chilenos de \u201cNo me olvides\u201d de <em>Mujeres por la vida<\/em> de 1988, pareciera que esas ausencias se marcan en la historia con las manos y la acci\u00f3n de organizaciones que ahora y desde siempre mantienen vivo el grito que no se rinde ni silencia ni enmudece, sino que mantiene, cobija, resuena. Basta quiz\u00e1s callar un momento y escuchar.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>La tarde que este libro lleg\u00f3 a mis manos, franqueados por el t\u00e9 y el jengibre, hablamos de los viajes y del tiempo, de c\u00f3mo cambia la gente, del amor y los proyectos, de la perpetua capacidad de experimentar y transformar, de la necesidad eterna del recuerdo para poder construir. Quiz\u00e1s la escritura de Mariana Enr\u00edquez nos permita tambi\u00e9n, en el marco de nuestras ausencias y nuestras presencias, ayudar a construir el encuentro que los muertos, nuestros muertos, esperan.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>\u00abCuando habl\u00e1bamos con los muertos\u00bb<\/p>\n<p>Mariana Enr\u00edquez<\/p>\n<p>Montacerdos ediciones<\/p>\n<p>2013<\/p>\n<p><\/p>\n<h6><sub>__________<\/sub><br \/>\n<sub>[Portada] Fotograf\u00eda de Vito Rivelli.<\/sub><\/h6>\n<p><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En la escritura de Mariana Enr\u00edquez, en cada una de estas tres historias, los cuerpos (los que est\u00e1n y los que no) son una pieza medular en su arquitectura. 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