Al final de mi calle en la población Villa Comercio II de la comuna de La Granja había un potrero infinito hacia el sur. Yo imaginaba que, si salía del cemento y caminaba por días en esa dirección con la cordillera a mi izquierda, me iba a encontrar con otras personas parecidas a mí, con todas esas historias misteriosas que nos contaban los adultos mientras me tomaba el juguito calentito de un pulmay. Mi bisabuela, el ser humano más sabio que he conocido, a pesar de no saber leer ni escribir, me confesaba que veníamos del sur, que nuestro origen no estaba aquí
El 27 de febrero del año 2010 desperté en medio de la noche a causa de uno de los terremotos más grandes registrados en el cono sur de Latinoamérica. Tren-tren volvía a manifestarse y Kai-kai azotaba las costas del sur del océano pacifico con un tsunami que se llevó cientos de vidas, devastando ciudades y pueblos enteros. Este movimiento telúrico fue el principio de un ciclo de liberaciones de energía acumulada, réplicas que también se manifestaron en nuestros cuerpos durante los últimos diez años haciendo emerger nuevos cauces, nuevos continentes y fracturas tectónicas en la conciencia colectiva.
Después de pasar toda la noche en un Ngeikurrewen [Ceremonia de cambio de Rewe], un peñi [hermano] nos dijo de amanecida: “…en otro tiempo, nuestros antepasados estuvieron juntos igual que nosotros en este momento, mateando, compartiendo, conversando, riendo”. En esos días, en un pewma [sueño] aparecieron piños [grupos] en las calles marchando hacia Plaza Italia (hoy rebautizada Plaza de la Dignidad). En ese momento, solo pude comparar la experiencia con las celebraciones de Colo Colo campeón de la Copa Libertadores o el Bicampeonato de la selección de fútbol en Copa América en su versión lumpérica. La gente estaba contenta, se abrazaba, cantaban al unísono alrededor del fuego de la barricada, sonrisas y lágrimas encapuchadas. Pasó el tiempo y unos meses después el pewma se transformó en déjà vu. Miles presenciamos como el peso de la noche[1] que fundó el estado de Chile se quemó en un amanecer.
El dolor con el que cargan las periferias de las ciudades en Chile es un estanque desbordado por la revuelta social del 18 de octubre del 2019. Por el alza de la tarifa del metro, estudiantes escolares desobedecieron el torniquete y traspasaron la línea de la normalidad, saltando por sobre la ley y llamando a evadir masivamente el pasaje del metro. Así se abrió una llave de acontecimientos que rompieron con la historia como la conocíamos hasta entonces, un estadio inédito en que el pueblo movilizado se hizo potencia por todo Chile, no solo haciendo aparecer el hastío y el abuso neoliberal de las últimas décadas, sino también la herida ancestral en el corazón de la champurria [mezcla, mixtura] popular. Nuestros cuerpos encarnaron la marginación radical a nuestros antepasados, capas populares con una memoria aplastada por la mitología colonial de la chilenidad. Éramos pueblo, otro pueblo emergiendo botando monumentos, recuperando por justicia, profanando ciudades, purruneando en las plazas y barrios, haciendo memes, cantando el pueblo unido, gritos futboleros y Los Prisioneros, reconociéndonos en otros anónimos y la radicalidad de ese espacio tiempo. Así nos tomamos el espacio público para hacerlo calle, defendiendo nuestra manifestación de lo común y resistiendo a los aparatos de represión con una valentía que me enorgullece, que me llena de honra y amor.
En la televisión chilena, de un momento a otro desfilaban políticos, analistas y figuras de relevancia tratando de descifrar por qué el pueblo chileno se levantó en revuelta. El historiador social Gabriel Salazar invitado por el matinal “Buenos días a todos” contaba cómo el pueblo mestizo (como lo nombra él) “vivió marginado los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX hasta el código del trabajo de 1931. Ese fue el primer paquete de derechos que los cubrió y los incorporó. En todo ese periodo como no eran sujetos de derecho, podían ser abusados, violados, torturados, servilizados…las mujeres violadas. No podían pactar porque no eran sujetos de derecho. Eso generó una memoria subconsciente en ese pueblo que hay que estudiar. Los psicólogos están hablando que el daño que se produce a una generación se transmite a las generaciones siguientes, por tanto hay un daño transgeneracional. Si eso pasó con la generación nuestra -que nos torturaron en los 70´s y el daño está trasmitido hasta los nietos según han comprobado los psicólogos- me pregunto qué ha pasado con el daño al pueblo mestizo en casi cuatro siglos”.

En Puerto Montt, extremo sur del Wallmapu, mi bisabuela trabajó desde jovencita como nana de una familia de colonos, por ese motivo no pudo criar a su hija. Cuando supo que mi abuela quedó viuda y empobrecida por el alcoholismo de su marido, decidieron a fines de los ‘60 viajar desde Osorno con los niños y niñas a la capital para olvidarlo todo y empezar de cero. Al llegar se instalaron en el campamento El Cobre de Barrancas, hoy comuna de Pudahuel. Mi bisabuela cuidaba a los niños mientras mi abuela laburaba de empaquetadora de velas hasta el golpe militar. Trabajaron duro para darles protección y educación a sus cabros chicos, como también lo hizo posteriormente mi madre conmigo junto a mi padre, oriundo de la población María Luisa Bombal, de la comuna de Lo Prado. Sus padres eran de los pueblos de Traiguén y Pitrufquén. Mi familia materna viajó a la capital como tantas otras que emigraron a los centros urbanos arrancando del empobrecimiento y la discriminación, buscando un mejor vivir a toda costa. Nuestros antepasados se tomaron la tierra desocupada clavando una banderita chilena con la convicción de ser parte de lo que nos rechaza.
Es así como el movimiento de pobladores de Chile solucionó con sus propias manos la grave crisis habitacional de la época, desbordando la lógica patronal de aquel entonces, y demostrando su poder organizado al crear soluciones alternativas con total independencia como estrategia política. Poblaciones callampas les decían, estigma que tuvo que cargar nuestra gente que habitó cuadras y cuadras de viviendas de madera hechas a mano en el paisaje periférico de mediados de siglo XX. La épica más virtuosa fue la toma de la chacra La feria, transformándose en 1957 en La población La Victoria, según se cuenta, la primera toma organizada de tierras de Chile y América Latina. La propia gente loteó los terrenos y espacios comunes sin ayuda del estado. Construyó plazas, sedes sociales y organizó comités de vigilancia contra la delincuencia, consagrándose de este modo, como un modelo a seguir para otros procesos comunitarios que posteriormente demandaron a pala y carretilla su derecho a la vivienda.

Desde el golpe de estado 1973, las tomas de terreno y campamentos fueron desalojados de las comunas céntricas y acomodadas de la capital para ser marginados fuera del cordón vial Américo Vespucio, inventando nuevas comunas ghetto, modelando en nombre de la casa propia la periferia capitalina como la conocemos ahora. Los historiadores Cristián Palacios y César Leyton investigaron cómo las “Operaciones Confraternidad I y II, realizadas en 1976 y 1978, dieron inicio al más grande movimiento de población en Chile. 1.850 familias de los campamentos Nueva Matucana y del Zanjón de la Aguada fueron separadas y llevadas hacia 10 comunas distintas en la periferia de Santiago. Para el año 1987 otras 29 mil familias ya habían sido sacadas de sus campamentos en Santiago centro, Providencia y Las Condes y llevadas, muchas veces en camiones militares, a las nuevas comunas creadas más allá de la Circunvalación Américo Vespucio”[2]. Este fenómeno de segregación urbana solo es comparable con la eugenesia psicosocial que pavimentó Benjamín Vicuña Mackenna en la segunda mitad del siglo XIX para reformar la ciudad de Santiago y expeler a los pobres al otro lado del Río Mapocho, con un cordón sanitario de 11 kilómetros y como muro afluente de la sociedad blanca, católica e ilustrada.
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Todo el resentimiento popular se liberó esa noche del 18 de octubre del 2019 en la Plaza de la Dignidad a todas partes, y no solo hablo del resentimiento en su profundo rencor, me refiero a volver a sentir muchas veces, un ejercicio de memoria que trae al presente la resistencia de nuestro pueblo mapuche, los movimientos sindicales y mutuales, la lucha por la vivienda del movimiento de pobladores, la valentía de las organizaciones de derechos humanos contra la impunidad en dictadura, los pingüinos del 2006, el movimiento “Patagonia Sin Represas” el 2010, el 2011 con el movimiento estudiantil, el movimiento por las pensiones “No más AFP” del 2016, el 2017 con la nueva ola feminista o el 2018 con el movimiento ambientalista Quintero y Puchuncaví. Porque la famosa consigna de la revuelta “no eran 30 pesos, eran 30 años” fue una interpelación genealógica a la noción inmediata que tenemos del tiempo. ¿Podríamos decir que también son 47 años del inicio de la dictadura?, ¿159 de la ocupación de la Araucanía?, ¿210 años de la fundación de la primera junta de gobierno? o ¿500 años desde una perspectiva decolonial? El estallido provocó una seguidilla de confluencias y voluntades que aceleraron los procesos de configuración del tejido social a través de asambleas territoriales, coordinadoras, bloques y diversos tipos de encuentros autoconvocados, una organización que, a pesar de lo emergente y rudimentaria, cristalizó una conciencia colectiva que nos hizo repensarnos en lo común, pensar nuevas realidades posibles, reconociendo nuestra condición histórica y fuerza colectiva frente un nuevo mal gobierno.
El sonido del fuego, el entrecruce de las voces y canciones al son de todas las piedras golpeando las placas de metal de la bunkerización empresarial, son sonidos e imágenes imborrables que hoy nos constituyen y que nos dan la garantía que, pase lo que pase, volveremos una y mil veces abriéndonos camino. Hay un pueblo en una patria muerta manifestando su poética desobediente y con lo que se tiene a mano, sin categorías, con la misma maestría creativa que te enseña la calle con sus peligros y sus posibilidades infinitas, sublevándonos al contrato social dictado por el estado de Chile, a esta sociedad heterónoma.
Esa emergencia cultural que empezamos a masticar desde la primera línea al resurgimiento de las ollas comunes, el canto de barras bravas a los micrófonos abiertos, las resignificaciones de la propaganda a las asambleas u organizaciones afectivas, dieron cuenta de una desidentificación con la forma de vida que llevamos reproduciendo, conjugándonos en una mixtura cultural que evidencia su matriz colonial y profana el sistema de creencias del poder que abusa. Somos el sueño experimental de Milton Friedman, pero también somos champurria popular para enunciar lo kiltro, lo impuro, lo híbrido; una palabra peyorativa de la mapuchidad para calificar la mixtura racial, agüita con harina le decían, sin tierra y sin apellido, pu warriache [mapuche de ciudad] que emergen mezclados entre miles en las periferias de las ciudades del Wallmapu y el Cono Sur de América Latina. Animales de la colonización, del exterminio, de las reducciones, de las poblas. Así nos agarramos de las hilachas de lana que nos dejó nuestra gente para abrigarnos frente a la mitología chilena, habitando el margen entre lo winka [chileno] y lo mapuche hasta que empezamos a tirar con fuerza y enredarnos en un gran chaleco de lana en octubre del 2019. Este pequeño despertar es una alteración sin cálculo, un sismo, una potencia liberadora ya manifestada, corriente estancada por una pandemia y que se desbordará en cualquier momento para seguir su cauce. La revolución es ese modo de hacer champurria, una necesidad por modificar el estatuto de las prácticas expresivas de la poética y la política en diversos ejercicios memoriales, por recrearnos en la acción y repensarnos en el intercambio, rompiendo un modo de reproducción de la vida que saquea y categoriza todo lo que nos rodea. Somos el río, somos nuestros antepasados en la nuca, piel antigua de desbordes morenos, cicatrices y manchas en la piedra, somos lágrimas abriéndose paso en el piñen [mugre], aluviones, venas, vertientes, erupciones y plantas que brotan entre las grietas del cemento que se quiebra.
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*Edición de texto: Antonio Catrileo y Francisco Gonzales Castro
[1] Famosa frase del estadista del siglo XIX Diego Portales en carta a Joaquín Tocornal.
[2] https://www.elciudadano.com/entrevistas/las-olvidadas-erradicaciones-de-la-dictadura/12/17/
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