Para vivir: el implacable tiempo de Pablo Milanés

enero 09, 2026
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(Dirigido por Fabien Pisani, España y México, 2025)

Madrid está lleno de árboles, pero ninguno frutal. Peor para quien extraña el mango, el mamey. La falta y el asombro de la fruta lleva a la insistencia de la pertenencia, a una raíz pródiga, mas no a un exotismo. Vemos a un hombre enfermo, que está constantemente bajo cuidados, que lee y rememora. Uno de sus hijos decide documentar esos últimos años en Madrid. Asistimos, así, a la vida íntima o, más bien, cotidiana y hogareña de Pablo Milanés ya enfermo de leucemia, viviendo con su quinta esposa y los dos hijos de ese matrimonio (de nueve hijos que tuvo). El ámbito es cálido dentro el hogar, sostenido en parte, como podía esperarse, por el carácter musical de la familia. Afuera, la ciudad, Madrid, las clínicas, los tránsitos urbanos son más fríos y distantes, todavía más para un hombre que se moviliza en silla de ruedas.

Así podría describirse el punto de partida del documental Para vivir. Lejos de un acercamiento sentimental o melodramático, que podría haber sido sugerido por el tema y por la cercanía familiar entre realizador y protagonista, la película trata, más bien, de la forma en que este hombre vulnerado y emproblemado enfrenta la enfermedad, la distancia con la patria y con la revolución –distancia espacial y política– y, en fin, la cercanía de la muerte. El mismo Milanés sugiere o demuestra en el filme que es un duro o un resistente. Un hombre contenido que espera y quiere dejar inscritas y claras, en un momento fundamental de tránsito, sus posiciones y su carácter. Este documental es también un mensaje de despedida.

Se trata de una vida notable, a esas alturas asediada estratégicamente por la rememoración y los recuerdos. Por eso, en narración paralela a su vida en presente vemos una versión de la biografía de Milanés; desde su infancia en que cambió el piano clásico por la guitarra popular, apropiándose de esa particular versión cubana del bolero que es el filin, hasta que pocos meses antes de su muerte regresa a Cuba para ofrecer un multitudinario concierto y, como quien dice, saborear las frutas del origen. Contemplamos, pues, el desarrollo y las contradicciones de una vida de constantes cambios: vitales, musicales, amorosos, territoriales, políticos. La contraposición entre el hombre cotidiano y el músico imprescindible para la historia cultural cubana del siglo XX, que da cuerpo a la esencia narrativa del filme, está sostenida por abundante material de archivo, en particular, conciertos; y por una serie de entrevistas que ayudan a iluminar aspectos particulares de su vida o su significado.

La línea histórica destacada en el documental incluye la etapa prerrevolucionaria, los años cincuenta, en que Cuba, y sobre todo La Habana, era un centro de abundante producción y creación cultural y musical. No sólo el filin y los géneros vinculados a las tradiciones afrocubanas, sino también la conversación con el jazz, el spiritual afroamericano, y una intensa tradición popular que circula en el ámbito del Caribe y conversa con el Sur de los Estados Unidos. Así uno se da cuenta que la creatividad de Milanés, entrenado desde joven en la música y el canto, tiene raíces profundas y de un espectro muy amplio, sobre todo de lo que África significa para el desarrollo musical de las Américas. Su ulterior posicionamiento internacional hay que vincularlo con ese origen cosmopolita de abajo que tiene a Cuba como uno de sus centros vitales.

Si los cincuenta representaron un momento de efervescencia musical y cultural, el triunfo de la revolución cubana en 1959 implicará una conmoción incluso más intensa y significativa. Como se sabe, la simbiosis entre el contexto revolucionario y los creadores musicales tendrá en esa época una de sus expresiones visibles en la nueva trova. De nuevo, el contexto internacional enmarca en cierta medida las identificaciones del movimiento. Por ejemplo, hay un momento en que Milanés y sus compinches son asimilados a la llamada “canción protesta” que dominó un período internacional álgido de fines de los sesenta e inicios de los setenta. Las protestas contra la guerra de Vietnam dentro y fuera de los Estados Unidos caracterizarían ese momento. Pero será la nueva trova el apelativo de más éxito y que terminaría sintetizando este modo nuevo que, entre otras cosas, asimila también el rock para el cancionero cubano. En una de las entrevistas de soporte, Silvio Rodríguez afirma que cuando conoció a Milanés el observó el caso inédito y ejemplar de un trovador que escribía letras “con contenido”. Se recordará un verso de “Sábado corto”, canción de Milanés: “sus canciones me hacen pensar”. Practicada estratégicamente por la nueva trova, esta canción “con contenido” y “que hace pensar” no es otra cosa que una postura poética consciente, experimental, identitaria casi, de los trovadores. Se trata de poetas que hacen canciones y las cantan (de Dylan a Chico Buarque), una tendencia internacional más en la que Milanés queda inscrito.

La madre de Pablo Milanés estaba convencida que su hijo iba a ser artista. Así dejó a su Bayamo natal y marchó a La Habana con el hijo y la familia. Una época de privaciones inició entonces, cuenta el trovador. Pero, como ya se dijo, La Habana era el lugar al que debía ir un artista en esa época. La decisión de la madre y la ausencia del padre, quien pronto los abandona, marca la vida del músico. Como lo dice él mismo, la importancia del hogar y los hijos en su vida se vincula con su experiencia de ausencia paterna. Los cinco matrimonios de Milanés, sus nueve hijos, su naturaleza expansiva y sociable, la fortaleza de su labor paterna, la construcción constante de comunidad en su entorno, la música. Todas estas características biográficas, culturales y caracterológicas son ilustradas en el documental y hacen evidente una vez más la tirantez del sujeto con su contexto. Un sostenido e intrincado proceso de internacionalización enmarca las propensiones y las líneas vitales en este caso. Pero también una relación tensa con la revolución cubana.

“No me pidas que a todo diga que sí / que te cansarás”, decía Milanés en una canción de los años setenta. ¿Una expresión que alude a su vida amorosa, a su vida política, a un cruce entre ambas? Esta canción en específico no aparece en el documental, pero la película hace pensar que algo de ese tedio potencial ante cualquier vínculo, corresponde tanto a línea vital intrincada de Milanés como a su compromiso político. Como es conocido, el músico padeció la represión del gobierno revolucionario, cuando fue capturado y enviado a las llamadas UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Pro-ducción), suertes de cárceles de reeducación para sujetos que padecían “vicios capitalistas”. Aun así, en el documental Milanés sigue llamándose a sí mismo revolucionario, si bien reivindicando su derecho a decir la verdad. Otros versos de la canción recién mencionada: “Un culto pleno a la verdad/ vale mil años más que claudicar”—podrían enmarcar esta actitud. Dentro de esa posición crítica resulta ilustrativa la labor como activista cultural de Milanés, destacándose como organizador del Festival de Varadero en los años ochenta, escena fundamental de la internacionalización de la música cubana. Otro hecho decisivo fue el establecimiento de la Fundación Pablo Milanés, una organización inédita en el campo cultural cubano, que durante muy pocos años impulsó varios proyectos musicales y culturales.

Todos los puntos mencionados hasta acá son expuestos por el documental, con lo que ofrece una rica perspectiva sobre la biografía y la obra de Milanés. Hay que preguntarse por eso qué no documenta la película o, en otro sentido, qué asuntos debería el espectador intentar conocer antes de ver la película, o profundizar luego de verla. Señalaría sobre todo una vista a la discografía de Milanés, que es muy rica en aportes musicales, que no desmerece en calidad y conversa bien con otros cantautores, como Chico Buarque o Serrat o Stevie Wonder para mencionar solo tres del ámbito internacional. Destaca, además, su eclecticismo musical y la tensión permanente entre sujeto y comunidad, siempre dentro de su relación con la transformación revolucionaria de la sociedad. En estos aspectos quizá el documental desaprovecha un poco la entrevista con un crítico de la altura de Leonardo Acosta. Por otra parte, no hay que olvidar que Milanés fue también un virtuoso de la musicalización de poetas, entre ellos se destacaron José Martí y Nicolás Guillén, a quienes dedicó sendos álbumes. Por cierto, su musicalización del poema “Tengo” de Guillén es una obra maestra.

Sin ser un documental sentimental, no deja de tener puntos que conmueven. Por ejemplo, cuando aparece la conocida canción “Yo pisaré las calles nuevamente” y uno confronta la realidad política presente chilena en donde pareciera que “llorar por los ausentes” (léase, los muertos por la dictadura) no es prioritario ni está de moda. Otro punto conmovedor es el cierre del documental con tomas de varias épocas y de varios conciertos sobre el tema “Para vivir”. Se trata de una sofisticada canción de desamor, que contiene un lamento por el tiempo junto a una acusación crítica inapelable y una teatralidad musical singular. Quizá eso fue sobre todo Milanés: un poeta del desgaste del tiempo, el cultor de una tierra baldía cercada por grandes promesas, un buscador permanente del sentido del tiempo y del sentido de la vida.

El documental Para vivir fue presentado durante el reciente Festival Internacional de Cine y Documental Musical, y ganó el Premio de Documental Internacional.

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