Joaquín Jiménez Barrera: “El deseo es una zona de riesgo, una dimensión que no controlamos”

enero 15, 2026
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Joaquín Jiménez Barrera publicó en 2025 Cyberia, en la editorial Trazos de Aves, un texto experimental que busca trasladar la experiencia sensorial de la fiesta, el baile, el deseo, la música, la intensidad corporal, a la forma misma de la escritura. En esta entrevista aborda su proceso creativo, su trayectoria y sus inquietudes literarias.

Joaquín Jiménez Barrera se formó en literatura a partir de una decisión que él mismo describe como natural: ingresó a Letras, continuó con estudios de posgrado y encontró en el estudio y en el diálogo con amigos y compañeros un modo de vivir el mundo literario. Su acercamiento a la lectura comenzó en la adolescencia, alrededor de los quince años, cuando leer dejó de ser una obligación escolar y se volvió una experiencia.

En esos primeros años estuvo marcado por una fuerte fascinación por Julio Cortázar, junto a lecturas decisivas como la obra de María Luisa Bombal y, de manera especial, Pedro Páramo, novela que reconoce como un punto de inflexión. Desde entonces, su interés ha estado ligado principalmente a la literatura latinoamericana, una inclinación que asocia también a la influencia de su profesor de Lenguaje, el poeta Eduardo Serrano, quien lo introdujo a textos y autores de circuitos menos canónicos, como Opio en las nubes de Rafael Chaparro.

Su escritura comenzó a tomar forma de manera más consciente entre 2022 y 2023, mientras desarrollaba su tesis de magíster en torno a los cuerpos digitales. Ese trabajo teórico abrió el deseo de expandir su búsqueda hacia la poesía. El ingreso a un taller con Ivonne Coñuecar fue clave en ese proceso: allí empezó a soltar la mano, a explorar una escritura creativa propia y a encontrar una guía que sigue siendo un referente central en su trabajo actual.

Este año publicó Cyberia (2025, Trazos de Aves), un texto experimental que busca trasladar la experiencia sensorial de la fiesta, el baile, el deseo, la música, la intensidad corporal, a la forma misma de la escritura. Concebido como un “cuento fracturado”, el libro mezcla relato y ensayo para explorar la fiesta como espacio mental y de pensamiento, donde el yo se desestabiliza y los cuerpos se vuelven umbrales abiertos a la transformación.

—Respecto a Cyberia, ¿cómo nace la idea? 

No sabría decirte un punto exacto, pero tenía la intención de escribir sobre la fiesta. Me pregunté qué textos existían, y me di cuenta de que, aunque hay muchas escenas de ese tipo en la literatura, quise llevar la experiencia sensorial de estar en una fiesta a los movimientos del texto. Para mí la fiesta es también un espacio mental: cuando bailo, siento que estoy elaborando un pensamiento. El baile tiene derivas introspectivas, sensibles. El cuerpo siempre está presente en ese proceso. 

—Hay una frase que dice: «no retrases más el fin del mundo, ven a Cyberia». ¿Cyberia es un refugio o un lugar que acelera ese final?

Creo que Cyberia es, ante todo, un espacio abierto. Abierto al otro, a lo ajeno, a lo ambiguo. Es un espacio de pensamiento y de transformación. El yo, como categoría identitaria, no es una entidad estable: siempre estamos siendo otros, constantemente afectados por el mundo y por los demás. En esa dirección quise ir.

—En el texto aparece el patio trasero como un espacio vivo y marginal. ¿Qué te atrae de esos lugares?

Lo que me atrae de esos espacios es que el yo puede experimentar con un mundo alterado, artificial, muchas veces prohibido o ajeno a la realidad cotidiana. En Cyberia, los marcos de percepción se abren. La realidad se ve interrumpida y los cuerpos pueden mutar, ser otros.

—En el texto se dice: «Los cuerpos son umbrales de un deseo que se vuelca hacia afuera, hacia el mundo, como una náusea». ¿Ese deseo se elige o aparece sin control?

Creo que aparece sin control. El deseo es una zona de riesgo, una dimensión que no controlamos; más bien, es el deseo el que nos controla a nosotros.

—En Cyberia aparecen androides y cuerpos que no se reconocen como humanos. ¿Te interesa pensar la identidad desde lo poshumano?

Sí, me interesa el pensamiento poshumano porque nos ayuda a entender con más profundidad cómo nos relacionamos con otras especies y las mismas tecnologías.  En esa convivencia se generan roces inesperados, no calculados. Me gusta explorar esas fricciones. 

—Tu tesis de magíster trata sobre cuerpos digitales. ¿Cómo influyó esa teoría en el libro?

Influyó mucho. Son lecturas que vengo trabajando desde 2018, cuando estaba en pregrado. Empecé leyendo ciencia ficción, sobre todo latinoamericana, que tiene una genealogía anómala, pero muy interesante. Con el tiempo me adentré en filosofía de la técnica con autores como Benjamin, Simondon o Heidegger. Muchas veces se piensa lo digital como un espacio inmaterial, pero en esta tesis quise proponer que también hay una base material y corporal importante. La infraestructura digital planetaria está hecha de cables submarinos, antenas, centros de datos, servidores, etc. Podemos rastrear corporalmente esa composición.

Joaquín concibe Cyberia como un «cuento fracturado» que combina relato y ensayo y se aparta de una estructura narrativa clásica, permitiendo que la historia se bifurque hacia distintas zonas escriturales y géneros. El libro llegó a publicarse en Trazos de Aves a través de una convocatoria, luego de que los editores se interesaran especialmente por ese texto entre otros materiales enviados. En cuanto a sus intenciones, Joaquín señala que Cyberia nace como una exploración del lenguaje y de la escritura fragmentaria, influida por su formación poética y por el interés en experimentar con formas narrativas difíciles de clasificar, como las creepypastas, tomando como referente la obra de Cynthia Matayoshi y valorando, en general, el trabajo formal de los libros del catálogo de la editorial.

—La música pop tiene mucha presencia en el texto.

Me encanta la música en general, y el pop en particular suele subestimarse mucho. Es una música intensa, difícil de componer. Me interesa también su lado alternativo y oscuro, que no suele discutirse tanto, como el disco Blackout de Britney Spears. También hay un segmento dedicado a Nadia Oh, una pop star de Essex. Lanzó apenas dos álbumes y desapareció. No se supo mucho sobre ella hasta hace poco, y en los foros de ese entonces se solía discutir su ausencia. 

—¿Escribes escuchando música?

No. Paradójicamente, me cuesta mucho escribir con música. Creo que la escritura por sí misma ya ofrece un ritmo, una respiración, y me parece importante respetar esos flujos.

—¿Cómo describirías tu proceso de escritura?

Nace de una intensidad muy fuerte, de una energía que quiere transmitirse a través del lenguaje. No me cierro a ningún género, porque creo que la escritura en sí misma no tiene género discursivo; muchas veces son categorías impuestas por el mercado. Entiendo que los libros tienen un circuito de distribución, deben llegar a ciertas audiencias, y de allí que las categorías sean útiles.

—En el texto aparece la chaqueta del padre como un objeto significativo. ¿Qué te interesa de esos objetos familiares?

Me interesaba retratar esos vínculos familiares a retazos. Tal vez se relaciona con una reflexión sobre la masculinidad: el intento de ingresar a ese relato y, al mismo tiempo, no encajar del todo. 

—¿Cómo ha reaccionado tu entorno a la publicación?

Muy bien. Tengo una red de apoyo bastante cariñosa. Mis cercanos han preguntado por mi primera novela, que publicaré en 2026 en una editorial muy querida. Esta plaquette apareció como una sorpresa entremedio. Estoy contento con el resultado y con la generosidad de Trazos de Aves.

—En el relato aparecen amistades formadas en foros y espacios digitales. ¿Cómo ves las amistades online de nuestra generación?

Creo que están mediadas por la distancia, que paradójicamente se transforma en una forma de proximidad. Los foros me interesan porque son espacios muertos, liminales, casi fantasmagóricos dentro de internet. Hay una potencia escritural que quizás no se ha explorado tanto. Mi referente máximo en ese sentido es Mónica Ojeda. En Nefando y Mandíbula aparecen creepypastas al lado de referentes culturales muy extraños. 

—En el libro aparece la creación musical mediante inteligencia artificial. ¿Cómo ves ese fenómeno?

Es un tema complejo y abierto. No creo que haya que satanizar la inteligencia artificial: es otra técnica, como lo fue Photoshop, o el arte digital. No basta con usarla para obtener un resultado satisfactorio. Me interesan sus usos creativos, como el poemario Dron de Christian Anwandter, donde un programa computacional interviene en el montaje y la propuesta de escritura. Lo que me parece importante es fijar criterios éticos y responsables, siempre desde la discusión pública.

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