Adelanto del Psicoanalista Desnudo

enero 28, 2026
-

No veo nada. Con las manos palpo a mi alrededor y solo puedo distinguir tierra húmeda y raíces. Es un pozo profundo y frío. Me falta el aire, me resbalo en el fondo lodoso y me da miedo llegar a ahogarme en el fango. Como puedo me levanto y alcanzo a ver un claro de luz más arriba. Trepo y casi logro asomarme a la salida. De pronto, un pajarito de pico y cuello rojo se posa en el borde y me mira. Voy a tomarlo cuando siento que me tiran de las piernas. Quiero soltarme, me volteo hacia atrás: un cadáver en descomposición me quiere hundir en la tierra.

El sobresalto me despierta y abro los ojos en la penumbra. Qué sueño más extraño. Por un instante, no sé dónde estoy. Mantengo los ojos abiertos hasta que mi vista se acostumbra a la oscuridad. Los contornos de las paredes y de los muebles empiezan a aparecer de a poco. La angustia de la pesadilla resurge, pero de golpe recuerdo que me encuentro en la habitación del hotel. Miro hacia el lado y sonrío aliviado al ver a Miranda que duerme tranquila. Su pelo rizado cubre buena parte de la almohada y las sábanas apenas ocultan su cuerpo desnudo. Vuelve la calma y me acomodo para intentar conciliar de nuevo el sueño.

No es el momento, pero mi mente ya se va en busca del significado de la pesadilla. ¿Qué hacía yo en un pozo con un cadáver? Mi intuición me habla de un cementerio y eso puede tener solo un significado: Rodrigo Saldivia. Nada prepara a un psiquiatra para cuando un paciente se suicida. Es una carga que se lleva de por vida.

Una extraña sensación de sofoco se insinúa y me levanto en silencio para salir al balcón. Abro el ventanal y el calor húmedo y poco familiar me golpea. La vista nocturna de Miami es atractiva, lo sé, pero no la cambiaría por la de Santiago con el reconfortante aire fresco de noche. La luz de la ciudad ilumina la cara de Miranda que duerme plácida. Qué hermosa mujer. Siempre que nos vemos en los congresos de psicoanálisis me pregunto por qué me elegiría para ser su amante. ¡Ya van a ser dos años desde que nos conocimos en esa conferencia en París! Es uno de mis recuerdos más gratos de los últimos tiempos. Ahí estaba yo, deprimido, recién separado y algo borracho en el bar del hotel. Ella me reconoció porque horas antes nos habíamos sentado en la misma fila del auditorio, y se acercó a conversar conmigo. Esa noche terminamos juntos en la cama de su pieza, ella me convenció de que un quiebre matrimonial no era el fin del mundo.

Miranda y yo nos vemos dos o tres veces al año. Somos amigos y amantes. Esta vez nos encontramos en el congreso mundial de psicoanálisis en Brickell, Miami. Ella llegó desde Madrid hace unos días y yo lo hice ayer desde Santiago. Como es usual, nos pusimos de acuerdo para alojarnos en el mismo hotel y tenemos habitaciones frente a frente. Me gusta ella. Disfruto de su compañía y, por supuesto, del sexo. Me encanta su piel morena, sus pechos, su aroma, su risa y su entrega total. Cuando estamos juntos, siento que me pertenece, aunque sé que no es así. Ella tiene su vida en España: dos hijos y un marido al que no ama, pero que por el bien de la familia no está dispuesta a dejar. Es muy probable que el carácter clandestino de estos encuentros contribuya a que siempre sean intensos.

La razón principal que tuve para inscribirme en este congreso fue ver a Miranda. Llevaba semanas fantaseando con ella, quería hundirme en su cuerpo con la misma intensidad del dolor que arrastro desde la muerte de Rodrigo. Necesitaba urgente este escape, porque me resulta muy difícil despegarme de su imagen, tendido en un charco de sangre junto al revólver en el suelo. La muerte de ese paciente me llevó a perder la fe ciega que tenía en la cura por la palabra. He llegado al punto de dudar del psicoanálisis como método terapéutico y, lo peor de todo, de mis competencias profesionales.

Intento no pensar en lo breve que serán estos momentos. Trato de consolarme observando a Miranda, pero en el fondo sé que ella no es más que un escape pasajero, una ilusión, un regalo del destino. Cuando regrese a Chile, inevitablemente caeré en elabismo y volveré a quedar más vacío que antes. Nuestra relación solo se sostiene por la fecha de nuestro próximo encuentro. Miranda vuelve a su familia satisfecha, lista para continuar con su rutina. Ella me quiere a su manera y disfruta conmigo, pero también sé que no está dispuesta a hacer cambios en su vida. ¿Qué pasa si escucho a mi conciencia y me niego a volver a verla? La relación está congelada, no puede progresar, es lo que es y nada más. Pero a mí eso no me conforma, no es suficiente, quiero más. Me apoyo en la baranda del balcón y recorro con los ojos las curvas de su cuerpo bajo las sábanas. Siento que la quiero, pero con el paso del tiempo algo del misterio que la rodeaba se quedó en el camino. En algún momento la relación pudo evolucionar y creí que tendríamos una oportunidad, pero luego se estancó. Miranda se mueve en la cama. Vuelvo a observar la ciudad antes de que abra los ojos. Qué ganas de salir y recorrer las calles de Miami, sin destino definido, solo caminar por las luminosas avenidas, sin presiones de tiempo, sin límite. Si quisiera podría hacerlo, pero también deseo volver a hacer el amor sin mediar palabras. Tomo una silla y la sitúo justo entre la cama y el balcón y me siento mientras me tomo un café.

—Lev —dice en voz baja—. Ya estoy despierta.

Me vuelvo a mirarla y veo que está tendida con la sábana a un costado. Ideas van y vienen. No puedo contenerlas. “Es una mujer casada, Lev”.

“¡Qué importa, acuéstate y ya! Después tendrás tiempo para reflexionar”. Miranda espera y me siento paralizado. Es verdad que siempre que estoy con ella me cuestiono el sentido y la moralidad de nuestra relación, pero hoy el juicio tiene más fuerza. Quizás el suicidio de Rodrigo es el detonante de mi descontento, de la permanente autocrítica que me impide disfrutar, una culpa devenida en castigo. Un cansancio, un hastío que me obliga a repensar las cosas.

La mano de Miranda en mi hombro me sobresalta. Ella no espera. Levanta la pierna y se sienta sobre mí, enfrentándome. Sus muslos me enlazan las caderas y su aliento cálido me llega a la cara. Mis pensamientos se alejan rápidamente, ella sabe cómo encontrarme. Quizás el deseo de olvidar el suicidio del paciente me envalentona. Las ideas que me complicaban hace unos minutos ya casi se evaporan cuando levanto a Miranda en vilo y la llevo de vuelta a la cama.

—Estuviste sorprendente hoy día, Lev —dice de espaldas en la cama, aún agitada—. Me encanta cuando te enojas y te pones rudo.

—Sí, tienes razón. Estuvo muy bien. El mérito en todo caso es tuyo.

—¿Solo eso puedes decir? ¿Por qué tan serio? Siento que algo te pasa, Lev.

—No se me ocurre otra cosa, no es mi costumbre comentar los pormenores del sexo —digo, tratando de ocultar un profundo sentimiento de soledad.

—¿Qué ocurre, Lev? Te conozco.

—Nada, solo que me gustaría que nos viéramos más, Miranda.

—Lev, yo también quisiera lo mismo. Pero tú sabes que no tengo cómo justificar un viaje a Santiago. ¿Por qué no vienes tú a Madrid y te instalas unas semanas en un hotel? Puedes trabajar por videoconferencia y yo te visitaría todos los días después de la consulta. ¿Qué dices?

Sonrío. Sé que no es una idea viable. Quiero poder caminar libremente con ella, sin ocultarnos. Lo hemos hablado tantas veces. Miranda apoya la cabeza en mi pecho y me abraza. Nos quedamos un buen rato hablando de las presentaciones en el congreso, de algunos colegas, de su familia, de los problemas que tiene con su marido.

No quiero ilusionarme más, me hace daño. Tengo que prestar atención a mi conciencia.

Cuando Rodrigo era mi paciente no quise escuchar a mi supervisora que dijo que no lo tomara en terapia, que le prescribiera medicamentos, que evitara meterme dentro de él. Me advirtieron que saldría herido, que era un paciente muy grave. Y no escuché. ¿Qué será esa falta de límites o esa soberbia que me hace desestimar los consejos? Hoy, con Miranda, siento algo parecido: es una relación sin movimiento, que da pero que también quita y que cobra un precio demasiado alto. Cómo quisiera relajarme y vivir este amorío como lo que es: solo un encuentro transitorio. Pero no puedo. Tengo que recuperar mi voluntad y abandonar esta relación adictiva que me consume y me deja sin posibilidades de tener una compañera real. Esta vez sí pondré límites y no cometeré los mismos errores del pasado.

Abrazo con fuerza a Miranda y aprovecho de mirarla de cerca. Presiento que será la última vez.

ARTÍCULOS RELACIONADOS