Recorrido por la ciudad de la locura – Reseña de Demiurgo, de Belferith

enero 29, 2026
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Hay algo que no termina de cerrarse cuando cierras el poemario Demiurgo de Belferith – José López Alquinta, autor nacido en Talca, cuya profesión es el periodismo, y que decidió narrar en una combinación entre reportaje, crónica y poesía experimental distintos aconteceres, transitares y derivas debordianas por las calles de Santiago en su faceta más vil, oscura y consumista. Ese resto que queda abierto no es una falla del libro, sino su condición de posibilidad: Demiurgo no busca clausura sino contagio, no propone una tesis sino una inmersión. Esta es una reseña de su primera versión, publicada por Inti Ediciones el 2024.

Talca como herida de origen

La identidad talquina no aparece en Demiurgo como simple dato biográfico ni como folclor de provincia que busca aprobación a través de alguna discriminación positiva, sino como una herida persistente que acompaña al hablante en su errancia metropolitana. Talca funciona como matriz ética y espectral: un territorio marcado por la pequeñez, la repetición, la familiaridad siniestra (“el paco era el primo de mi tía”), que vuelve imposible una inocente integración al relato capitalino. Desde ahí se gesta una mirada desplazada, incómoda, siempre a medio camino entre la pertenencia y el extrañamiento. El espacio de construcción de identidad desterritorializada que se vuelve espectador despersonalizado de dos escenarios. El sujeto que recorre Santiago no es un flâneur burgués sino un kiltro: alguien que camina sin promesa de arraigo, con la memoria provincial a cuestas como lastre y brújula.

“Yo era el kiltro

y la cucaracha

y el ruido

que no tenía lugar donde vivir.”

Flâneur sin aura

El flâneur benjaminiano que habita este libro está despojado de toda elegancia moderna y de cualquier atisbo de ser un inconsciente andante con punto de llegada. No hay punto de partida tampoco. No contempla: sobrevive. No se disuelve en la multitud: choca contra ella. Las caminatas por Morandé, Amunátegui, Teatinos o la Plaza de la Constitución no construyen postales sino escenas de descomposición. El paseo es una práctica forzada, una deriva sin goce, donde el ojo ya no puede confiar en la experiencia estética porque todo ha sido previamente mediado por el consumo, la estadística manipulada – usada como un recurso irónico, en el poema Encuesta Cadem, el titular. El flâneur de Demiurgo no descubre la ciudad: constata su agotamiento.

“Para finalizar, responde las siguientes preguntas:

¿Tú le rezas al garrote o a la neblina?

¿Tú gritas de dolor o prefieres bailar hasta desangrarte?

Sin presión: que acá no hay respuestas correctas,

sólo un anticlimático

e invariable final en el valle de lágrimas”

Capitalismo como paisaje teológico

La oscuridad que atraviesa el poemario no es meramente urbana ni moral: es estructural, causa y efecto. El capitalismo aparece como una teología en ruinas que sigue operando aún después de su descrédito. Mall, ascensor, encuesta, torre, algoritmo, marketing cultural: todo compone una liturgia cotidiana donde los cuerpos son ofrendas y el deseo es administrado. El Costanera Center se erige como Espíritu Santo o Capilla Sixtina; el ascensor deviene dios menor; la poesía misma es encapsulada en memes. En este escenario, la violencia no irrumpe como excepción sino como norma silenciosa, como desgaste prolongado de la sensibilidad que ha sido anestesiada por el salvajismo del individualismo.

“Circulen, circulen.

Ignoren al muertito y sigan subiendo.

No sea morboso, caballero,

si todos vamos a terminar así algún día.

¿No se da cuenta señora?

Él derramó su sangre

para que usted siga cargando peso en su bolso”

El demiurgo: pequeño dios culpable

La figura del demiurgo articula el núcleo conceptual del libro. No se trata del gran creador soberano, sino de un pequeño dios falso, desnutrido, culpable, que funda ciudades estériles sin advertir que están hechas de cadáveres. El hablante reconoce su complicidad: creyó en el sueño del pequeño dios, participó en algún momento, como todxs, del orden que ahora denuncia. Esta autoinculpación evita que Demiurgo caiga en la comodidad del panfleto. Aquí no hay pureza moral posible: todos —poetas, periodistas, ciudadanos, consumidores— participan del mismo dispositivo.

“El tema es que me siento culpable

por haber creído en el sueño del pequeño dios.

“Pequeño imbécil”, me dijo mi padre,

“En este desierto que ves,

solo brotan edificios hechos de cadáveres…”

Escritura como residuo

Formalmente, Demiurgo asume la contaminación como método. El poema se pudre en las alcantarillas, se mezcla con el reportaje, con la jerga matemática, con la consigna política, con la blasfemia y el chiste. Esta hibridez no busca modernizar la poesía, sino evidenciar su precariedad actual: escribir ya no salva, apenas registra. Sin embargo, en ese registro insistente, sucio y a ratos excesivo, el libro logra algo poco frecuente: devolverle a la poesía chilena una incomodidad real, una capacidad de irritar sin ofrecer consuelo.

“Por eso -o -a -e

mejor elimine el bosque.

Queme las ramas, fertilice con cenizas.

Queda solo la raíz,

el verbo sin conjugar.

El grito final

que es la esperanza del amor positivista, materialista y revolucionario:

¡𝒳 será 𝒴 o no será!”

Cierre abierto

Demiurgo es un libro que camina mal, que tropieza, que se desvía del tema y vuelve a él como quien regresa a una herida conocida, una que no quiere ser cerrada del todo porque algo emerge de ella. Tal vez por eso no se deja cerrar del todo. Al terminarlo, queda la sensación de haber recorrido una ciudad que no es solo Santiago, ni solo Talca, sino una geografía mental compartida: la de un país-planeta que sigue avanzando sobre veredas rotas, convencido de que no hay alternativa, mientras un pequeño dios —agotado pero insistente— continúa edificando sobre los restos de cadáveres que deambulan en el absurdo cotidiano.

“En el olvido quedará el hermético lenguaje de los asfaltos corroídos,

plasmados en los muros a las afueras del Sodimac

o esas panderetas ordinarias que nos separan del Cerro de la Virgen, nuestra madre.

Virgen que ya fue desvirgada por la Santa Muerte.

Además, sobrevivieron los relojes digitales. Sobreviví yo.

Sobrevivieron los saludos incómodos y el adiós anticlimático.

Se va la calle Catorce y media sur.

Supongo que solo queda encogerme de hombros

y confiar en esta nueva forma de Dios.

Dios que ahora soy. Dios que ahora somos.

En fin, bailemos.”

AUTOR/A/ES
POR 
Amapola Fuentes
Docente de filosofía, investigadora multidisciplinar en Plataforma Endosimbiótica, poeta y escritora de filosofía política en Colapso y Desvío, y de cuentos de ciencia ficción. Busca entrecruces entre filosofía, biología, política y ética desde una corporalidad discapacitada.
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