Jessica Sequeira: “Creo en el poder de la poesía y de la ficción para ayudarnos a comprender mejor los grandes acontecimientos”

marzo 04, 2026
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Yemén, Islandia, Rusia, Alemania, China y Egipto son algunas de las locaciones donde se desarrolla el conjunto de relatos que componen el libro Una luminosa historia de la palmera, publicado por LOM. Geografías, usos y por sobre todo el vínculo con este árbol para explicar ciertas prácticas y hacerlas evidentes desde esas cotidianidades tan diversas, llegan de la mano de la poesía y gestos mínimos pero poderosos desplegados por la traductora y poeta Jessica Sequeira.

“Comencé a escribir este libro porque me encanta imaginarme en otras vidas”, dice la segunda línea de Una luminosa historia de la palmera (LOM Ediciones, 2025); texto híbrido de la traductora, investigadora, música y poeta, Jessica Sequeira.

Publicado previamente en inglés –A Luminous History of the Palm (Sublunary Editions)- el libro cuenta con dos registros: breves entradas situadas en destinos puntos del planeta y épocas donde la palmera aparece como recurso explotado, como alimento y en otros roles históricos (donde se imaginan, viven y experimentan esas otras vidas); y “mini ensayos”, como define la autora los textos que explicitan su posicionamiento, su voz que se sale de la ficción: “La dicotomía entre lo ‘luminoso’ y lo ‘iluminado’ aparece a lo largo del libro como miniensayos intercalados entre las anécdotas poéticas sobre palmeras”.

“Pude escribir desde tantos lugares porque las diferentes voces comparten un planeta con preocupaciones comunes sobre la ecología y el cambio climático, más allá de las historias de la persona o de la nación. La particularidad de las experiencias y sus tiernos detalles forman parte de algo más grande”, agrega.

“Este libro de la palmera tiene un ancestro, muchos ancestros”, señala en las páginas del libro, aludiendo a la presencia de este árbol en su propia historia, al uso crucial para sus familiares originarios de India; y al encuentro con otros trabajos que la abordan. “Veo los grandes ciclos de la cosecha, la muerte y la resurrección, y veo cómo la palmera se mantiene como la posibilidad de un tronco firme para las historias, un instrumento que puede abarcar los problemáticos laberintos de la dominación, el deseo, la domesticidad y la devoción”, sigue en uno de los textos.Sobre el libro, el rol que juega la creación musical a partir del proyecto Lux Violeta, su trabajo de traductora y sus investigaciones sobre la influencia de la poesía asiática en Latinoamérica, ahonda la autora.

-El libro nos lleva a viajar por latitudes donde, de un modo claro, lúdico o material, la palmera forma parte del relato. De alguna forma es un viaje literario al que llevas a quien lee. ¿Qué quisiste hacer con este movimiento, con situarnos en distintas historias y locaciones?


El impulso inicial surgió del deseo de escribir sobre algo del mundo real, algo que pudiera tocar, un árbol. Y, sí, imaginarme en otras vidas; la ficción, también fue el comienzo. No quería escribir como yo misma, sino desestabilizar la biografía. El árbol se convirtió en protagonista, testigo de la historia, pero también en agente activo, transformando los acontecimientos con sus materiales, su presencia. Pude escribir desde tantos lugares porque las diferentes voces comparten un planeta con preocupaciones comunes sobre la ecología y el cambio climático, más allá de las historias de la persona o de la nación. La particularidad de las experiencias y sus tiernos detalles forman parte de algo más grande.


-También haces una especie de cartografía poética de lo vegetal. En ese sentido, elegiste la palmera como motivo. Cuéntanos un poco más de esa elección.



Sí, la palmera es el símbolo que se repite. Me atraen los patrones de la naturaleza y de la historia. Como dicen, la historia no se repite, pero sí, rima. Antes me obsesionaba la idea del quincuncio de Thomas Browne, la disposición de cinco puntas en una cruz que él consideraba un diseño místico presente en todo el mundo. Ahora me interesan más las historias naturales de árboles o animales que encarnan circunstancias culturales y económicas específicas, pero que, por estar vivos, tienen la capacidad de trascender épocas y lugares en su importancia.

 

Recientemente, leí el impresionante libro de Amitav Ghosh, Humo y cenizas, sobre la historia del opio y la importancia de una planta —la amapola— en la alteración de la historia de la humanidad de maneras fundamentales. En el caso de la palmera, tenemos un árbol que ha sido explotado como recurso natural, atesorado como emblema de la cultura local, plantado como adorno superficial por los nuevos ricos, y convertido en símbolo esotérico, entre otros usos. Mientras escribo esto, un álbum de Chico Buarque y Ennio Morricone acaba de aparecer en mi lista de reproducción, con una palmera en la portada, y también me llega una recomendación de ver un documental sobre Dorival Caymmi, en la cual aparece una palmera. Hay palmeras por todas partes, ¡y no solo en lugares tropicales como Brasil! 

Quise escribir sobre algunos de estos contextos recurriendo a la poesía y a la ficción, en lugar de escribir una historia cultural más abstracta, que pensé en hacer en algún momento. Fue un gran placer imaginar la palmera en todas partes, desde una isla de Yemen hasta las gélidas regiones de Estonia, reflexionando sobre sus múltiples resonancias, desde los textos del Corán y la Biblia hasta la historia del arte renacentista italiano y los bordes de las carreteras del Nueva Delhi contemporánea. La palmera puede traducirse en distintos contextos y sus historias pueden dialogar con las historias de los humanos, así como con las de otros árboles como el pino y el eucalipto.



-Hay una mención a los antepasados a partir de la elección de la palmera. ¿Por qué elegir una especie vegetal para acudir a esta ancestralidad? Por ejemplo, una de las entradas dice: “Los árboles están mirando, siempre mirando”.



Los árboles conectan el pasado y el presente; se mueven al ritmo más lento del tiempo botánico y guardan recuerdos que los humanos hemos perdido. “Los árboles están mirando, siempre mirando”, escribí. Ahora también diría: “Los árboles están escuchando, siempre escuchando”. Quizás sea una idea un tanto romántica la de que todos los sonidos y las imágenes se conservan en algún lugar en lugar de simplemente perderse. Si no en la mente de un dios, al menos en la memoria de un árbol. 

En una nota más personal, la mitad de mi familia es de la India, y las palmeras son simplemente parte del paisaje, nada exótico. Las hojas se usaron en lugar de papel durante miles de años. La savia se puede convertir en el alcohol que se llama «toddy», o en el dulce oscuro que se llama «jaggery», similar a la panela. Los cocos se usan también en la comida; mi abuela decía que “la comida no tiene sabor sin coco rallado”. Y las distintas partes de la palmera forman parte de la construcción de las casas. Creo que una parte de mí sostiene esta idea de la palmera como lo más esencial, que produce tanto la vivienda, como la cena, como el material para escribir. Y las palmeras también debieron ser testigos de la Inquisición en Goa, con las quemas en la hoguera, igual que en Portugal, y de las conversiones masivas del hinduismo al catolicismo.

-El título refiere a una “luminosa historia de la palmera”. En el cuerpo del libro contrapones el relato la luminosidad a la ilustración. ¿Por qué esta distinción? Dices “ser luminosa no es lo mismo que ser ilustrada”.

La dicotomía entre lo “luminoso” y lo “iluminado” aparece a lo largo del libro como miniensayos intercalados entre las anécdotas poéticas sobre palmeras. Para mí, lo luminoso se refiere a lo pequeño, lo particular, el detalle —que se vincula con una idea de microhistoria que parte del individuo o de la comunidad—, más que a lo grande, lo general, la abstracción —que se vincula con una idea de historia económica o de big data—. Creo en el poder de la poesía, de la ficción, para dar precisión a los mundos y ayudarnos a comprender mejor los grandes acontecimientos. Se podría pensar en una metáfora de la luz: aquello que ilumina desde dentro, en lugar de recibir una luz externa. Por supuesto, lo “iluminado” también se refiere a ciertas ideas decimonónicas sobre el progreso y los avances tecnológicos, que también me interesa cuestionar. La idea de progreso ha llevado a la destrucción del medio ambiente y a atentados contra la dignidad humana, precisamente al ignorar a los seres particulares en favor de una idea abstracta de desarrollo.



-Parte de los textos aluden a la explotación de la palmera como recurso, como especie. ¿Hay una intención ecopoética en tu obra?



Sí, hay una intención ecopoética en este libro, de la que soy cada vez más consciente.
El árbol, con su diferente tiempo geológico, sus experiencias extractivistas, su explotación que disminuye la biodiversidad, es un tema muy relevante. Pensemos en los recientes incendios forestales en Chile, que se efectuaron precisamente a la falta de respeto por los árboles y el entorno en el que se plantaron, con un monocultivo lo que creó las condiciones para una quema incontrolable. 

Este año, edité un número de la revista Modern Poetry in Translation titulado “Ritmos de la tierra”, que pedía poesía relacionada con la naturaleza, y recibí una asombrosa variedad de poemas, con sutiles formas de conectar con el mundo de los árboles y las plantas. Soy citadina, y mi interacción con las plantas se centra principalmente en las del balcón de mi apartamento, pero no creo que se pueda hacer la vista gorda (así como los no vegetarianos no pueden ignorar las devastadoras consecuencias de comer carne). 

Este año, tuve la oportunidad de trabajar con la brillante poeta Jacinta Kerketta, de Jharkhand, India, en el prólogo y la presentación de su libro Angor. Sus poemas expresan una perspectiva Adivasi (el nombre para los pueblos originarios en la India) con gran belleza, con un atención a los árboles, los ríos y otros aspectos del mundo natural. El término “ecopoesía” puede ser una palabra nueva, pero creo que la necesidad de escribir sobre el mundo natural de una manera que le otorgue dignidad e importancia histórica, y que proteste contra su explotación, es de larga data y sigue siendo vital.

-¿Cómo se nutre tu trabajo escritural con tu rol de traductora? ¿Cuánto te dejas permear por esto que traduces? Señalas: “La traductora trabaja para crear lo luminoso”.



La traducción literaria es una gran metáfora de la extrema atención al detalle que se encuentra en tantas otras áreas: escribir poesía, redactar un texto sobre la obra de otra persona, prestar atención a la naturaleza, etc. Es una forma de lectura extremadamente activa. En definitiva, como dijo Simone Weil, la atención es la forma más rara de generosidad. La traducción de textos literarios te obliga a centrarte en lo particular, a retener una palabra o frase un rato y considerar las diversas formas posibles de decir algo, a profundizar en la historia y la etimología, a considerar realmente la función de lo dicho en un contexto determinado, a tomar una decisión y pulirla, y a repetir todo esto una y otra vez hasta que el conjunto se lea como coherente porque brilla desde dentro, con las partes más pequeñas ensamblándose o sedimentándose en algo mayor. Así es como escribí el libro de las palmeras: construyendo bloques más pequeños para formar un edificio más grande.

En cuanto a la permeabilidad, los trabajos que elijo o que me llegan tienden a tener afinidad con mi sensibilidad, por lo que es difícil decir qué afecta a qué. Pero, por supuesto, cada vez que te relacionas profundamente con un “otro”, éste se convierte en parte de ti.



-Estas investigando la influencia india y china en la poesía y música de Chile. Sin duda es un proceso pero, preliminarmente, ¿qué hallazgos puedes contar?



Comencé con entrevistas para comprender las trayectorias particulares de personas con una profunda conexión con la música y la poesía de India y China. También he leído mucho sobre el tema, especialmente las filosofías de la música y la poesía, su poder para afectar las emociones y su relación con la naturaleza, y las ideas educativas que han acompañado a la música y la poesía en India y China, que podrían aplicarse con mayor profundidad en Chile. También he comenzado a participar en proyectos más activos para poner en práctica estas ideas, como impartir un taller de poesía y escritura poética, y trabajar en proyectos colaborativos con músicos y comunidades inmigrantes. Además, estoy escribiendo un libro y otros textos, y presentando en congresos sobre temas específicos, como poemarios centrados en China o álbumes musicales con influencia india. 

Unas ausencias se me han hecho evidentes, como la falta de compromiso cultural con las diásporas asiáticas en Chile, el predominio de músicos masculinos sobre femeninos, el desconocimiento general de religiones como el islam, la necesidad de un lenguaje para abordar la cultura asiática en Chile que vaya más allá de la idea del soft power, que pone el gobierno y las políticas de los élites al centro.

Actualmente, también tengo un interés particular en las canciones de protesta y las similitudes de las luchas ecológicas y anticoloniales en Asia y Latinoamérica; sería fantástico crear una antología de la canción de protesta en Asia. El marco teórico del proyecto es la “traducción sonora”, porque creo que las canciones, las letras y los sonidos se mueven entre culturas como los libros. Justo ayer leía sobre las teorías chinas del “no sonido” —en las que la idea del sonido se considera más elegante que la vibración real que emite el instrumento— y sobre la música minimalista, la interpretación instrumental que carece deliberadamente de tensión o funcionalidad. Una canción podría continuar indefinidamente. También pienso en los ragas de la música india, que progresan con ligeras variaciones. Un equivalente en literatura sería un libro donde la trama es menos importante que la idea, el ángulo. El estudio es la mesa de edición donde se corta, pega y ordena la imaginación. Quizá hay algo de esto en Una luminosa historia de la palmera, aunque escribí el libro hace varios años. ¿Qué influye en qué? Al final, el proceso de escribir es un poco misterioso.



-A propósito de ambas disciplinas, la palabra y la música, aplicas esto en Lux Violeta.  ¿Cómo definirías este proceso creativo de musicalizar poesía?



Me conmueve profundamente la palabra en combinación con el sonido, especialmente como “canción”, una palabra que uso para diferenciar lo que hacemos de la música experimental. Dividir el lenguaje en partes y trabajar con la música es como traducir, un proceso de escritura a la inversa. Al descifrar el texto y traducirlo a música, empiezas a comprender las estructuras y excentricidades lingüísticas de grandes poetas como Gabriela Mistral. Es una forma de lectura muy profunda. Para nosotros, musicalizar poesía ha comenzado con la selección del texto, antes del proceso de composición musical.

 

Hasta ahora, hemos seleccionado poemas de Latinoamérica y Asia, junto con algunos poemas de mi autoría. Cantar poesía tiene una larga tradición y la devuelve a sus orígenes. Al leer sobre los santos poetas de la India que vagaban de pueblo en pueblo cantando, o sobre los poetas «ci» de China que bebían vino y cantaban versos mientras observaban el vuelo de las ocas salvajes, también me reconforta saber que esta tradición existe en casi todas las culturas. En Latinoamérica, por supuesto, están Violeta Parra, Mercedes Sosa, Suma Paz y tantas otras cantantes increíbles, muchas de ellas mujeres, que cantan poesía y me inspiran.

Poner música a un texto ya existente es menos habitual que a la inversa. Pero ha sido un proceso muy orgánico. La intención es lograr una belleza musical que llame la atención sobre la palabra. Desde el principio, Lux Violeta también tuvo un enfoque educativo, con la esperanza de acercar la poesía a la esfera pública, o a personas que no necesariamente leerían los poemas en libros. Es un proyecto hermoso y sigue su camino.



-Pusiste en los agradecimientos a nuestra maestra, Roxana Miranda Rupailaf. ¿Cómo describirías tu experiencia en taller?, ¿cuán ávida estás a aprender?



Participar en un taller con Roxana Miranda Rupailaf es una experiencia muy especial. La admiro como poeta y como amiga, y tiene el arte de plantear las preguntas adecuadas, lo que nos ayuda a acceder a una forma diferente de pensar.
Leemos un poema juntos, lo comentamos, y luego ella pregunta algo que, de alguna manera, detona ideas en nosotros y nos impulsa a escribir nuestros mejores poemas. Es un espacio maravilloso para compartir y criticar nuestra escritura. 

En la nueva edición de Una luminosa historia de la palmera, hay un epílogo donde añadí unas reflexiones sobre la naturaleza, la historia y el colonialismo, heridas y conocimientos compartidos que surgieron durante el taller con Roxana. Siempre aprendo de ella y de los demás poetas cuando intercambiamos nuestros poemas.



-¿Cuáles son tus preocupaciones poéticas actuales?


Mis inquietudes poéticas actuales giran en torno a la relación de la poesía con la música y la influencia de la inmigración asiática en Latinoamérica. Este año publicaré un nuevo poemario, y un libro de no ficción sobre la influencia de la India en los escritores latinoamericanos. También saldrá un nuevo álbum de rock con letras de poesía.

Más información sobre Jessica Sequeira en su web: jessicasequeira.com


AUTOR/A/ES
POR 
Francisca Palma
Nortina y hospiciana. Periodista, funcionaria pública y bordadora. Autora de Iquique Glorioso (Editorial Radio U. de Chile, 2016) e Iconoclastas (Navaja, 2024).
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