La mala madre: Sobre El año de la quila de Priscilla Cajales
Si hay una escritora que contribuyó a limitar la condición de mujer a la maternidad, esta fue Gabriela Mistral. Su ideario se sustenta en una idea esencialista y patriarcal sobre la mujer, destinada a completarse siendo madre: “La mujer será igual al hombre, cuando no tenga senos para amamantar y no se haga en su cuerpo la captación de la vid. Eso será en otro mundo, pero no el de los humanos”[1]. Afortunadamente, sabemos muy bien que toda nueva obra literaria se hace parte de una discusión en donde nadie puede atribuirse poseer la última palabra.
La quila, es una gramínea parecida al colihue, pero más flexible. Su particularidad, además de medicinal es que, tras su floración, muere. La quila es el nombre de este poemario, asociado a un ciclo de la naturaleza, donde la floración en años de sequía, significa su sobrevivencia. Brotar para no desaparecer nos dice el primer poema de este poemario en el cual criar al hijo se convierte en un acto de sobrevivencia.
El año de la quila (Santiago: Cuarto Propio, 2025) de Priscila Cajales nos aproxima a la intimidad de una mujer que no naturaliza ni esencializa la maternidad al modo de la Mistral. Por el contrario, maternar, refuerza la división del trabajo doméstico como menor, no hay remuneración ni tiempo de descanso. Mientras, el cuerpo y la cabeza se desgastan. Cumplir con el cuidado implícito a ser madre, significa la postergación de la sujeta que debe concentrarse en cumplir con las funciones afectivas, educativas, de autoridad; además de construir un vínculo amoroso con su hijo.
La hablante vive junto a su pequeño en una casa ubicada en un cerro, parte de una comunidad o población donde no hay lujos. Es en ese espacio, donde la vida sucede más allá de otra posibilidad, porque no hay opción de corregir errores. Por lo mismo, cada instante, adquiere un peso radical.
Me interesa abordar en El año de la quila, la experiencia de una mujer que desoye la normatividad y desautoriza la mirada esencialista hacia la mujer como madre, permitiendo con ello el alzamiento de una sujeta inmersa precisamente en la crisis de la función materna. La mujer que materna sola, sin pareja, ha sido históricamente estigmatizada. De igual manera, la mujer que decide restarse de la función de maternar es condenada socialmente.
La imagen de madre abnegada, sacrificial, corresponde a una construcción cultural a la que nos vemos sometidas las mujeres. De igual manera se nos ha dado a creer que toda mujer desea ser madre para completar su existencia. Como bien señalara, Silvia Tubert, en toda organización patriarcal se identifica feminidad con maternidad[2], exaltando a la buena madre y denostando a la mujer que se atreve a poner en cuestión su “instinto” maternal. Incluso las ciencias médicas han construido un diagnóstico para la mujer violentada por su desapego maternal: depresión posparto. Rótulo que obviamente no cabe ser aplicado para los progenitores varones.
Junto a la condena de maternar como parte del deber ser de las mujeres o naturaleza femenina (Saletti 171)[3] se impone que el bienestar del vástago, depende del amor maternal y su estabilidad psíquica. El problema radica en que es posible suponer que, como mujeres, tenemos la capacidad de decidir sobre nuestros vínculos afectivos de manera autónoma. Sin embargo, no es así. El patriarcado mitifica la función materna porque el neoliberalismo requiere mano de obra, pero la subordina ante la autoridad del padre en la estructura familiar. Al no existir la figura padre, como sucede en este poemario, es en la mujer donde recae con más fuerza la responsabilidad sobre el hijo o hija. La función materna poco tiene de naturaleza, pero sí mucho de función social.
“El ritmo de tu respiración” es el poema que abre el ciclo de la voz poética. El verso de inicio nos dice: “cuando al fin estás dormido/ y el peso de tu respiración es constante/ me levanto”. La locución adverbial “al fin”, da cuenta de un estado de agotamiento de la madre, respecto al cuidado del niño. A continuación, señala: “en la cocina me esperan los tiestos/ los restos de comida/ y el gato / que igual que yo/ está hambriento/ nos detenemos juntos a mirar por la ventana / en esta casa que al fin vuelve a estar en silencio”. Es entonces, cuando la mujer reitera la locución adverbial y dice: “en esta casa que al fin[4] vuelve a estar en silencio”. Nuevamente la expresión de una necesidad contenida, un deseo de tiempo propio, de un silencio negado por la presencia del niño. Esta escena juega culturalmente en contra de la madre. Manifestar su agotamiento por las demandas del niño es un pecado social. Sin embargo, la mujer no es solo madre, sino sujeta; por tanto, sus deseos no se colman con el cumplimiento de las demandas del niño. Es en este giro, desde la madre hacia la sujeta, donde la función madre se revela como una más dentro de muchas. Si restamos la connotación negativa de la locución adverbial “al fin”, lo que nos queda es el deseo de una mujer por algo más que servir al hijo. Un algo más incierto, pero clave en su conformación de subjetividad.
“No irme es una decisión tan repetitiva como los días”, continúa la hablante, en este mismo poema. Una decisión performática, que se toma en el día a día y no por mandato patriarcal. Es en este instante donde se aprecia de manera directa el énfasis feminista del poemario.
Su decisión de maternar no obedece a una imposición de género, lo cual otorga plusvalía a su actuación de madre. Así, abre su función materna y dice: “no hago otra / que crear los que serán tus recuerdos de infancia/ porque no bastará con la casa limpia/ y el menú diario/ debemos tener fotografías sonrientes/ en el parque/ tu sombra y mi sombra en la arena/ el tamaño de mi mano contrastando con el tamaño de la tuya”.
Cajales desafía el contrato patriarcal que atribuye a la mujer/madre la obligatoriedad de permanecer, cualquiera sea la circunstancia, junto a su hijo. Su hablante decide y con ello refuerza aún más la noción de un maternar elegido, donde no es suficiente con cubrir las necesidades básicas del niño, sino que, además, enseñar, crear sus recuerdos de infancia o, en definitiva, construir su memoria. En tal sentido, la memoria se asume como una creación de base materna que incidirá en la identidad futura del niño.
La crisis de pareja es abordada hacia el final del volumen. La voz lírica no le habla al que podría denominarse padre, sino a quien participó únicamente en engendrar al niño. El yo se remarca en el poema “CAL”, donde la mujer afirma la importancia de su labor como madre no solo respecto a mantener a salvo la casa sino, en particular, “Haciendo de tus hijos personas/ traduciendo el contenido de sus balbuceos/ sabiendo antes que ellos cuando están enfermos/ en estas manos se sostiene esta casa”.
La autora privilegia la configuración retórica y cifrada del verso, para luego dar con una tonalidad expresa. Un giro que nos lleva a puntos relevantes de su escritura: enfatizar la voz de mujer más allá del biologicismo, apostar por la emancipación femenina, no claudicar en elegir día a día maternar, demostrar que la crianza es una actividad integral, ligada al presente y al futuro, desmitificar la relación madre e hijo y la figura de la madre monoparental.
La ira que también se hace presente en este poemario, me parece un vector también necesario de mencionar. Porque es precisamente la ira que embarga a la hablante, el detonante de su discurrir. La calma no existe en este poemario sobre una mujer-madre que rechaza con todo el deber ser impuesto por el patriarcado.
Como subtexto a la preocupación sobre maternar, el volumen expone un camino de autorreconocimiento del origen social. El poema “Hubo veces” se adentra en la infancia precaria de la sujeta. La pobreza, el trabajo infantil, el abuso sexual del patrón y la vergüenza. La condición social nos lleva hacia un lugar no simbólico, sino hiperreal, pocas veces identificable en la arribista y alegórica poesía chilena del siglo XXI. La familia no es orgullo, linaje, amparo, arraigo, sino un lugar donde se impone la violencia paterna y el abandono de la madre. Sobre las heridas de la memoria se elabora la voz de la hablante.
El tiempo en el poemario resuena una y otra vez asociado a hechos que no se reiterarán. Esta irreversibilidad implica la muerte, el fin de cada acto vivido o de cada palabra dicha o no dicha. En el poema “El modo en que ocupabas un espacio” se vincula el paso de los años y el cierre de ciclos de vida, donde se incluye la muerte que arrasa, hace desparecer, quedando en su reemplazo los recuerdos que la impulsan a escribir: “un niño dice algo que remotamente me recuerda/ el algoritmo de tu gramática/ y me siento/ a escribir sobre la ausencia/ del cuerpo que te / pertenecía y sobre/ el modo en que/ ocupabas un espacio”. La escritura se presenta, así, en oposición a la muerte de un lenguaje y de una corporalidad.
Cajales nos habla de la sujeción y des-sujeción, revirtiendo mitos. El pequeño hijo es una autoridad, un poder demandante. No olvidar que también masculino. La mujer que habla, es la subalterna del niño, pero también un poder que instituye, norma, crea. Por tanto, su poder se manifiesta en su anhelo de autodeterminación.
El año de la quila es un libro sobre la escritura, la memoria, la maternidad y el deseo de emancipación. Escrito desde un registro íntimo, confesional, pero sin alardes de sentimentalismo. Quizás esto último sea el gran mérito de esta producción, escapar del cliché de la madre luchona. Un ejercicio riesgoso y necesario que la poesía de Cajales explora sin conmiseración.

Más información en cuartopropio.cl
[1] En Quezada, Jaime. Gabriela Mistral: Pensando a Chile. Una tentativa contra lo imposible. Santiago de Chile: Publicaciones del Bicentenario, 2004.
[2] En Fernández, Irati. Feminismo y maternidad: ¿una relación incómoda? Emakunde/Instituto Vasco de la mujer, 2014, p. 22.
[3] Saletti, Lorena. “Propuestas teóricas feministas en relación al concepto de maternidad”. Clepsydra 7, enero 2008, pp. 169-183.
[4] El destacado es mío.



